CAPITULO 9 – LA SEGUNDA PRUEBA
ALEX
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Las puertas de Umbrafort se alzaban como una grieta oscura en el amanecer, aún teñido de púrpura.
El sol apenas despuntaba, deshilachando la bruma suspendida sobre la ciudad de las artes y las ciencias.
Caminábamos en silencio, Rui un paso por delante, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en algún punto invisible del horizonte.
Yo iba detrás, con la ropa arrugada, el cuello marcado y el corazón demasiado expuesto.
No habíamos hablado desde que salimos de mi casa.
Nada más cruzar el umbral y entrar en umbrafort, la voz de Eloi cayó como una piedra desde lo alto de la escalera —Vaya, qué puntualidad tan… casual.
Lo encontramos esperándonos junto a la baranda superior del patio interior.
Vestía el uniforme de comandante, adornado con todas sus insignias.
Estaba con los brazos cruzados y llevaba el cabello engominado, peinado hacia atrás.
A su lado, Clara Montalt lo observaba en silencio, con una ceja arqueada y las manos entrelazadas en la espalda.
—¿Dormimos bien anoche, Rui? —añadió Eloi, con ese tono afilado que parecía querer sacarte la verdad a tiras.
Rui no contestó. Ni siquiera lo miró. Solo siguió andando, como si no hubiera oído nada. Pero algo en su mandíbula, tensa y apretada, respondía por él.
Yo me detuve un segundo. Sentí las miradas. Desde las columnas, desde los balcones superiores, desde las sombras. Umbrafort era un lugar que vigilaba.
Eloi descendió las escaleras con paso firme.
—Tú ven conmigo, Álex. Rui, desaparece. Oficialmente no formas parte de esta prueba.
—¿Oficialmente? —repitió Rui, sin girarse.
Eloi se detuvo. Su voz fue tan baja que casi no la oí:
—No me hagas decir lo que todos piensan.
Rui se detuvo un instante, como si fuera a girarse. Pero no lo hizo. Solo siguió andando, perdiéndose entre los muros curvos de Umbrafort. Se fundió con la piedra. Con la sombra.
Eloi me miró entonces, de frente. Su expresión no era hostil, pero tampoco amable.
—Vamos. Tienes una prueba muy dura por delante. Y todos te están esperando.
Yo asentí sin decir nada. Sentía aún el calor de Rui en mi piel, pero también la presión de mil ojos que esperaban que me equivocara y en Umbrafort, equivocarse podía ser letal.
Eloi me acompañó en silencio hasta las duchas.
El pasillo estaba en penumbra, apenas iluminado por los cristales mágicos del techo, y cada paso resonaba entre las paredes como una pregunta sin respuesta.
Sentía sus ojos sobre mí, como un peso constante, una mirada afilada que buscaba atravesarme.
No me atrevía a mirarle directamente. Era como si supiera.
Como si pudiera olerlo. Rui. Seguía impregnado en mi piel, en mi cuello, en mis manos.
Un rastro apenas perceptible para mí, pero no para él.
Los templarios tienen sentidos más agudos que los nuestros, y la tensión en sus facciones lo delataba.
No dijo nada. No hizo falta. Cuando llegamos a la puerta del vestuario, se detuvo.
—Tienes cinco minutos. No te entretengas —murmuró.
No me atreví a replicar. Asentí y entré. Él se quedó unos segundos más, quieto, como si quisiera asegurarse de que no me giraba. Y luego se marchó, dejando tras de sí un aire más denso aún que el vapor que me recibiría dentro...
El vapor lo cubría todo. Salía de las duchas como un aliento espeso, flotando en el aire como si Umbrafort exhalara sus propios fantasmas.
La luz azulada de los cristales se filtraba entre la neblina, tiñendo la estancia de un brillo frío, casi onírico.
Las paredes sudaban humedad, y cada sonido parecía amortiguado por una membrana invisible.
Me quité la camiseta despacio, sintiendo el roce pegajoso del tejido mojado al despegarse de mi espalda.
Alrededor, los demás iniciados se cambiaban en silencio.
Lua estaba sentada en un banco, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, como si buscara refugio dentro de sí misma.
Alguien le murmuraba algo a Cass en una esquina, pero hasta sus risas sonaban apagadas.
Todo estaba contenido. Como si estuviéramos dentro de una calma falsa, una antesala.
Entonces Aitor irrumpió en la sala. El golpe de su taquilla al abrirla hizo eco en mi pecho.
Se movía como si algo lo empujara desde dentro: torpe, brusco, casi…
poseído. Lanzó su camiseta al interior sin mirar, y luego se quedó quieto, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada.
Su respiración era demasiado fuerte para ese momento.
Me acerqué con cautela.
—¿Estás bien?
Giró la cabeza, y me bastó un segundo para notar que algo en él había cambiado. Sus ojos estaban enturbiados. No vacíos, sino… opacos. Como si lo mirase a través de una capa de sombra.
—No me hables —espetó, con un filo en la voz que nunca le había oído antes.
Me quedé quieto. No por miedo, sino por una intuición. Algo no encajaba. Aitor no era así.
Annia también lo notó. Estaba unos metros más allá, pero se giró al instante, como si ese tono la hubiese cortado por dentro.
—Aitor —dijo, casi sin voz—. ¿Qué te pasa?
Él gruñó una especie de respuesta, pasó la mano por su rostro —como si intentara arrancarse la piel— y giró bruscamente de espaldas. El aire se volvió más pesado, más cargado. Quise decir algo, pero en ese instante, la puerta del vestuario se abrió con un chirrido suave.
Y entró Kaelan.
Todo cambió.
Iba con el torso desnudo y un vendaje oscuro cruzándole el pecho. La piel le brillaba con gotas de sudor, y caminaba con una seguridad que olía a arrogancia. Parecía moverse como si la sala le perteneciera.
—Qué silencio —dijo con una sonrisa ladeada, mientras se pasaba una mano por el pelo húmedo—. ¿O es que no os hace ilusión enfrentaros a la segunda prueba?
Nadie contestó. Solo el eco del agua.
Se acercó a su taquilla, pero antes de abrirla, me miró. Me sostuvo la mirada. Y algo en sus ojos me recordó a una fiera que huele a presa antes de morder.
—Tú debes de estar encantado, ¿no? —musitó con un tono demasiado suave—. Cuatro días y ya eres el protagonista. Ataques, visiones, profecías… Rui siguiéndote como un perro. Todo un logro.
No respondí. No iba a darle eso.
Kaelan dio un paso más. Quedó a menos de medio metro.
—¿Sabes? —añadió, más bajo. Chasqueó los dedos y una pequeña llama nació en la palma de su mano. La observó con una sonrisa burlona y, sin dejar de mirarme, la aplastó lentamente con la otra mano hasta extinguirla—. A veces, los que brillan muy rápido... se apagan más deprisa.
Su voz me rozó como una amenaza envuelta en terciopelo.
No me moví. No pestañeé.
Él sonrió, satisfecho con el efecto. Luego, como si nada, se giró, se puso una camiseta gris oscura y salió sin mirar atrás.
La puerta se cerró. Y el vestuario exhaló.
Solo entonces me di cuenta de que había estado conteniendo el aire.
Annia se acercó, con la preocupación desbordándole los ojos.
—Mi hermano no está bien —me susurró, como si temiera decirlo en voz alta—. Lleva desde el día de la primera prueba así. Algo lo está cambiando.
Asentí despacio, pero mi mente ya estaba en otro lugar. En la oscuridad que había visto en los ojos de Aitor. En la sombra de la fosca. En la presión invisible que parecía expandirse por todo Umbrafort, como una epidemia.
Algo estaba creciendo y empezaba a oler a peligro.
El vestuario todavía olía a humedad, a jabón… y a tensión. Me había quedado sentado en el banco un rato, fingiendo buscar algo en la mochila para que nadie notara que se me había encogido el estómago.
Entonces escuché pasos decididos.
—¿Vienes o te vas a quedar ahí todo el día? —la voz de Cass rompió el aire como un soplo cálido.
Levanté la mirada. Detrás de ella, Sonie aparecía con su chaqueta a medio poner y la mirada brillante. Me hicieron un gesto y las seguí, aún con la cabeza embotada por la escena con Kaelan… y por algo más oscuro que latía en Aitor.
Avanzamos por los pasillos curvos de Umbrafort, iluminados por hilos de luz turquesa que recorrían las paredes como raíces vivas. Las pisadas resonaban sobre el suelo de piedra pulida, y el silencio de la fortaleza parecía respetar la gravedad del momento.
—¿Dónde vamos exactamente? —pregunté, intentando sonar más seguro de lo que me sentía.
—A la Arena de los iniciados —respondió Sonie, sin dejar de andar—. Está justo debajo de la Sala Espiral, donde se reúne el Consejo. Es donde se forjan los vínculos de combate y se evalúa si estás hecho para resistir… o no.
Cass se giró un segundo para mirarme con una ceja alzada.
—Es decir: donde más de uno ha vomitado de los nervios.
—No ayuda —murmuré, aunque en el fondo agradecía su forma de quitarle hierro.
—La señora estirada me ha contado que es un entrenamiento de iniciación —continuó Sonie, más seria ahora—. No es una prueba formal, pero sí un primer filtro.
Esta prueba no va por ramas. Aquí no importa si eres brujo, templario o cazador. Todos pasamos por lo mismo.
—Dos fases —añadió Cass, mientras se recogía el pelo en una coleta—. La primera es grupal, es física. Coordinación, aguante, combate básico. Necesitan saber si puedes moverte bajo presión, si piensas antes de actuar, si sangras fácil.
—¿Y tú cómo sabes todo eso? —pregunté, con una risa nerviosa. Parecía que todos se habían leído un manual de instrucciones que a mí no me habían dado.
Cass me lanzó una mirada entre divertida y resignada, con ese gesto suyo que mezclaba dulzura y rebeldía:
—Amor, la señora todopoderosa Clara Montalt se ha encargado de que todo me quede extremadamente claro —dijo, imitando su pose recta y altiva con una perfección cómica. Se irguió como una estatua y soltó, con voz engolada—: “Control es poder, señorita. Y tú no vas a ser una inútil bajo mi tutela”.
Nos echamos a reír, y por un momento la tensión se disolvió.
—¿Y la segunda…? —pregunté aún entre sonrisas.
—La segunda… —intervino Sonie, con una ceja alzada y tono dramático— es un duelo a muerte.
Se rió justo después, como si nada, pero a mí se me heló la espalda por un instante.