CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #6
No necesitó más.
Rui se abalanzó sobre mí con una furia contenida, como si al fin se hubiese permitido ser lo que siempre había estado reprimiendo.
Me besó con violencia, como si quisiera devorarme, y yo le correspondí con la misma necesidad.
Nuestras bocas se encontraron con urgencia, chocando, mordiendo, jadeando sin aire.
Sus manos me agarraron fuerte de la cintura, del muslo, del cuello.
Me levantó y me giró con una facilidad salvaje.
Me empotró contra la pared sin apenas darnos tiempo a respirar, sus dedos hundiéndose en mi piel como si quisiera dejar marca.
Lo escuché gruñirme algo inentendible al oído, una mezcla de mi nombre y un gemido contenido.
Me tensé entero cuando lo sentí rozarme desde atrás. Me agarró del pelo y me forzó a mirarlo, sus ojos azules resplandeciendo como fuego contenido.
—Eres mío —murmuró, con la voz ronca, apenas humana—. Mío.
No pude decir nada. Solo asentí. Solo me rendí.
Entonces lo sentí.
El mordisco.
Fue rápido, certero, preciso. En la curva de mi cuello, entre los latidos de mi pulso.
Sus colmillos me atravesaron la piel y un estremecimiento me recorrió entero, eléctrico, como una explosión de placer y dolor al mismo tiempo.
Jadeé tan fuerte que se me cortó la voz. Lo abracé más fuerte, deseando más.
El mundo se redujo a él.
Su boca en mi piel, su cuerpo en el mío, su deseo mezclado con el mío hasta que ya no hubo distinción entre dónde acababa él y dónde empezaba yo.
Y entonces me tomó.
Sin pausa, sin permiso, sin tregua. Como si lleváramos días conteniéndonos —y lo habíamos hecho— y ya no quedara nada que detener.
Cada embestida suya era una sentencia, un “te deseo”, un “te quiero dentro de mí”, un “no hay nadie más”.
Mi espalda chocaba contra la pared, sus manos me sujetaban con fuerza, y su boca volvía una y otra vez a mi cuello, a mi clavícula, a mi boca.
—Rui… —gemí, ya sin control.
Él gruñó contra mi piel, su respiración acelerada, sus músculos temblando por el esfuerzo y el frenesí.
—Eres fuego —dijo con la voz entrecortada, clavando los dientes más fuerte—. Fuego, luz… y me estás quemando.
—Entonces arde conmigo.
Y lo hicimos.
Ardimos. Una y otra vez. En la cama, contra la pared, en el suelo. Nos rompimos de placer. Nos devoramos. Nos perdimos.
Hasta que solo quedó el silencio.
Y nuestros cuerpos exhaustos, entrelazados.
Su aliento cálido en mi cuello.
Mi nombre, apenas un suspiro entre sus labios.
Y el mundo… detenido.
Fueron los mejores polvos de mi vida.
No hacía falta darle más vueltas. No era solo el cuerpo, ni la fuerza con la que me había tomado, ni el modo en que me había mordido justo en el instante exacto.
Era todo. Su risa después. Su mano que aún no soltaba la mía.
Su forma de besarme como si no se creyera que yo estuviera allí, con él, de verdad.
Yo tampoco acababa de creérmelo.
Nos habíamos dejado caer sobre la cama, empapados en sudor, jadeando todavía como si algo dentro siguiera latiendo con urgencia. Rui se tumbó de lado y me atrajo hacia él, como si el simple contacto le resultara tan necesario como respirar.
—¿Estás bien? —susurró, casi en mi oído, con la voz rasposa, agotada.
Asentí, cerrando los ojos un instante.
—Más que bien.
Me besó la frente. Luego el mentón. Luego el pecho, muy despacio. Como si quisiera memorizar cada parte de mí.
Me reí bajito y lo abracé con fuerza, hundiéndome en él, notando su respiración ir haciéndose más profunda, más lenta.
Rui me envolvió entre sus brazos y dejó que mi cabeza reposara sobre su pecho desnudo.
Allí, donde podía oír los latidos. Donde podía sentir que, por una vez, no estaba huyendo de nada.
Me dormí así. Con su olor. Su calor.
Y una frase que se me escapó sin querer, medio dormido, medio despierto:
—No te vayas.
No sé si la oyó. Pero no se fue.
Me despertó la vibración del móvil.
Un mensaje de voz.
Rui gruñó dormido, buscándome con los brazos como un animal entre las sábanas. Yo giré la cara aún adormecido y vi que tenía el pelo revuelto, la espalda arañada, y una sonrisa en los labios.
Le di un codazo suave y le tendí el móvil.
—Es para ti, dientes de sable.
Lo cogió, todavía medio dormido, riéndose por el mote. Le dio al play, y entonces la voz de Eloi inundó la habitación:
—Rui, ¿dónde coño estás? Y… ¿dónde está Álex? —Una pausa dramática, con un suspiro de resignación—. Sospechoso que ninguno de los dos estéis aquí. Os quiero a los dos en Umbrafort en menos de una hora. Y que Álex se ponga las pilas. Comienza la segunda prueba.
Rui soltó una carcajada ronca y me miró de reojo.
—Nos han pillado.
—Yo me voy a morir —dije, tapándome la cara con la almohada.
—No. Ahora vas a entrenar. Con resaca sexual.
Me giré hacia él. Nos besamos una vez más, lenta, cálidamente, como si todo lo demás pudiera esperar. Pero no podía. Porque Umbrafort nos esperaba. Y el mundo real —ese donde yo era la llave de algo que aún no comprendía— estaba a punto de abrirse del todo