Llum i ombra CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #5
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CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #5

—Como si todo lo que sabía de mí mismo fuera mentira. Como si… una parte de mí ya hubiese estado allí antes, y solo ahora me diera cuenta. Es jodidamente confuso. Todo el mundo parece saber mas de mí que yo mismo.

—Bienvenido al club —dijo él, sin ironía esta vez.

Apoyé la cabeza contra la ventana. Las luces pasaban como cuchilladas de neón. La ciudad parecía otra desde dentro de ese vagón. Una ciudad secreta. Como si todo lo real estuviera justo debajo.

Benimaclet nos recibió con su calma habitual. Bajamos y caminamos hasta mi edificio. Las paredes me parecieron demasiado silenciosas. Demasiado limpias. Como si la magia se hubiera quedado fuera, esperando.

Subimos las escaleras.

Yo aún temblaba.

Él caminaba detrás, sin hablar. Subimos las escaleras.

Yo aún temblaba. Él caminaba detrás, sin hablar.

Al llegar al rellano, Satán apareció entre las sombras.

En cuanto me vio, arqueó el lomo y me bufó.

—Te juro que este gato me odia...

Rui dio un paso a mi lado.

El gato levantó la cabeza.

Rui enseñó los colmillos y soltó un bufido grave.

Satán le sostuvo la mirada apenas un segundo.

Después salió disparado escaleras arriba.

Solté una risa.

—Que se joda, yo también le odio.

Al abrir la puerta, el silencio me golpeó de nuevo. Todo estaba como lo había dejado. Deducí que Sergi estaba durmiendo en casa de alguno de sus ligues.

—Puedes ducharte si quieres —dije, sin mirarlo—. Debería haber toallas limpias en el armario.

—Gracias. Que hospitalario.

Lo oí descalzarse. Luego, el leve crujido de sus pasos sobre el suelo de madera. Y el clic de la puerta del baño.

Me quedé solo en el salón. Las manos apoyadas en el respaldo del sofá. Y la sensación de que algo había cambiado para siempre.

No solo fuera.

Dentro.

El sonido del agua al caer me envolvió como una hipnosis.

Intenté concentrarme en cualquier otra cosa: en la grieta de la pared, en el roce de mi camiseta contra la piel sudada, en las luces de la calle colándose a través de las cortinas. Pero no sirvió de nada.

La puerta del baño no estaba del todo cerrada.

Y algo en mí —quizá la parte curiosa, quizá la estúpida, o quizá la que ya no aguantaba más— me empujó a cruzar ese umbral.

—Rui —dije, en voz apenas audible.

No hubo respuesta.

Empujé suavemente la puerta.

El vapor me acarició como una lengua tibia. Me tragué el aliento sin querer.

Rui estaba de espaldas, bajo el agua. El vapor dibujaba su silueta como una visión maldita. El agua resbalaba por su espalda, marcada por alguna cicatriz que aún no conocía, y descendía hasta el final de la curva de su cadera.

Mi corazón empezó a golpearme el pecho desde dentro, como si quisiera escapar de mí.

—¿Necesitabas algo? —su voz salió como un zarpazo suave, sin girarse.

Me quedé inmóvil. Literalmente, sin saber qué hacer con mis ojos, con mi cuerpo, con mi lengua.

—Perdona… —balbuceé, dando medio paso atrás—. Solo… iba a decirte que la toalla está al lado.

—¿Quieres dármela tú o prefieres seguir mirando?

Me atraganté con el aire.

Él rió, vacilando muy bajo.

—No te preocupes, llumeta. Ya casi he acabado.

Giró la cabeza solo un poco. Lo justo para que pudiera ver esa sonrisa suya, torcida, peligrosa.

—A no ser que quieras meterte también.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Literalmente. Pantalla en negro.

No supe si estaba bromeando, provocando, o simplemente jugando a quemarme desde dentro.

—Te… te espero fuera —murmuré, huyendo como si me ardieran los pies.

Cerré la puerta con más cuidado del que me gustaría reconocer, y me quedé apoyado contra ella, como si todo mi sistema nervioso estuviera intentando reiniciarse.

El problema era que no quería olvidarlo.

Quería recordarlo todo.

Seguía apoyado contra la puerta, con las palmas húmedas y el pulso encajado entre las costillas, cuando oí cómo se apagaba el agua.

Silencio.

Y luego, pasos.

La puerta se abrió despacio, sin aviso, como si él supiera perfectamente que seguía allí.

Y lo sabía.

—¿Aún aquí? —dijo con voz suave, ronca por el vapor.

Lo vi.

Completamente desnudo.

El agua aún le caía por el cuello, bajando por su pecho, dibujando líneas sobre su abdomen marcado. Caminó con total normalidad, como si no hubiera nada fuera de lugar, como si su cuerpo no fuera lo que era: un maldito atentado.

Yo no podía hablar.

—¿Estás bien, llumeta? —preguntó con esa sonrisa ladeada que ya era su firma.

—Yo… sí. O sea… —me obligué a mirar a otra parte—. Tienes… tienes una toalla.

—Lo sé. —Cogió la toalla con toda la parsimonia del mundo, como si fuera una ceremonia sagrada, pero no se la puso. Se la echó al hombro—. Pero no me apetece taparme aún.

Avanzó un paso. Luego otro.

Yo retrocedí. La espalda chocó contra la pared del pasillo.

—¿Te molesta? —dijo, bajando un poco la voz, como si probara mis límites.

—No —contesté, sin pensar. Con la voz rota.

—Bien. —Se inclinó un poco, hasta que su rostro quedó cerca del mío—. Porque me encanta lo rojo que te pones cuando intentas no mirar.

Me derretí por dentro.

Sus ojos de ese azul tan intenso me atrapaban. Su aliento, aún tibio por la ducha, me rozaba los labios.

—A veces me pregunto si te da más miedo mi cuerpo o lo que te hace sentir.

—No me das miedo —mentí. O tal vez no.

—Mientes muy mal, Álex.

Su mano rozó mi cintura. Casi nada. Solo un roce. Pero me encendió como una cerilla.

—Vístete —murmuré, sin fuerza alguna.

—¿Estás seguro de que quieres que lo haga?

Me tragué las palabras. Me las tragué todas.

Y, aun así, sabía que si decía una sola sílaba más…

…se acababa la contención.

Su mano se deslizó hasta mi mentón y lo sostuvo con firmeza. Me hizo alzar la mirada.

—Dímelo —susurró, con la boca peligrosamente cerca de la mía—. Dime que me aparte. Dime que me vista.

No dije nada.

Solo lo miré. Solo respiré su aliento, sentí el calor de su piel tan cerca y el pulso acelerado en mi cuello, que él debía notar incluso sin tocarme.

—Eso pensaba —murmuró, y entonces me besó.

Fue un beso sin sutilezas. A fuego. Sin respiro.

Sus labios aplastaron los míos con urgencia, y su cuerpo se pegó al mío sin dejar espacio entre nosotros. Yo respondí con las manos contra su pecho, bajando por su abdomen aún húmedo, hasta rodear su cintura.

Pero él fue más rápido.

En un solo movimiento, me agarró de la camiseta y me la arrancó con tanta fuerza que escuché cómo se desgarraba la tela. No me dio tiempo a reaccionar. Ya me había empotrado contra la pared, sujetándome con una mano por la nuca y con la otra presionando mi cadera.

—Rui…

—Cállate —susurró contra mi oído, con voz grave y rota—. No me hables ahora. No si no vas a pedirme más.

Su aliento me erizó entero. Me agarró del pelo y tiró hacia un lado, dejando mi cuello expuesto. No me hizo daño. Pero sí me hizo temblar.

—Tú no sabes lo que haces cuando me miras así —continuó, y su lengua trazó una línea desde mi clavícula hasta el hueco justo debajo de la mandíbula—. No sabes lo cerca que estoy de dejar que lo saque todo.

—¿Todo? —jadeé, con la voz rota.

El se rio. Esa risa baja que es puro veneno.

—Mi parte más oscura. Esa que no puedo enseñarle a nadie.

Y entonces me mordió.

No con colmillos. No aún. Fue un mordisco humano, desesperado, salvaje, justo en la parte interior del hombro. Un mordisco de deseo.

Me arqueé contra él. Lo deseé todo.

—Rui…

—Estoy intentando contenerme —confesó con los ojos cerrados, como si pelease contra algo dentro de sí—. Pero si me quedo esta noche…

No acabó la frase.

Y yo, entre jadeos, lo empujé para que me mirara.

—Quédate.

—Ya la has cruzado —dije, con la voz rota de deseo, mirándolo a los ojos—. Así que hazlo.