CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #4
La fosca se deslizó tras de mí sin hacer ruido, como si flotara, como si no necesitara pisar.
Cada vez que doblaba una esquina, la sentía más cerca.
Un susurro entre las hojas. Una presión detrás de la espalda.
Mierda, porque los iluminados estos de umbrafort no me han enseñado a matar a estos bichos.
Joder… Corre, Alex. que correr si que sabes.
Corre. Giré por una calle estrecha. Una farola chisporroteó.
Me tropecé con un bolardo y casi caigo. Mi respiración se deshacía.
Cada vez más corta. Más rota. Entré a una plazoleta vacía, con bancos húmedos y una fuente sin agua. Me giré.
No había nadie.
Nada.
Silencio.
Mis pulmones ardían. La frente me goteaba.
Me apoyé en una pared, intentando calmar el temblor.
Me lo he imaginado. Estoy paranoico. Demasiados días en ese mundo raro.
Estoy en Valencia. Aquí no pasa nada. Y entonces la sombra emergió del suelo.
Justo delante de mí. Como un vómito de oscuridad que tomó forma.
Me empujó contra la pared sin tocarme. El impacto fue seco.
El aire me salió de los pulmones de golpe.
Intenté gritar, pero la garganta se me cerró.
La fosca alzó un brazo. O algo que parecía un brazo.
La sombra se curvó como un tentáculo afilado. Voy a morir aquí.
En una calle vacía de Valencia. Solo. Sin entender nada.
Y entonces algo estalló dentro de mí. No sé qué fue.
Una palabra no dicha. Una luz dormida. Un pulso.
La Bruma se abrió paso a través de mis ojos.
Lo supe porque el mundo cambió. Como si hubiera agua entre yo y la realidad. Como si todo latiera distinto.
Levanté una mano sin saber por qué.
Y la sombra gritó.
No con voz. Con forma. Se deshizo en sí misma. Se dobló hacia atrás como una ola al romper. Se contrajo. Y entonces, ardió.
Una luz blanca y verdosa salió de mi pecho. Me atravesó la palma. Y golpeó a la fosca con un rugido sordo. La criatura chilló. Vibró como una campana distorsionada. Y desapareció.
Como si nunca hubiera estado.
Me desplomé de rodillas.
El mundo tardó en volver a sonar. Como si alguien hubiera quitado el mute poco a poco.
Unos pasos llegaron por detrás. No los oí, los sentí.
—Llumeta…
Rui.
Y cuando me giré hacia él, tenía los colmillos fuera.
Como una bestia a punto de atacar. Sus ojos estaban rojos. Alerta.
Los restos de la fosca se disipaban como humo pesado, dejando en el aire un silencio denso, casi líquido. Aún jadeaba. Mis dedos temblaban, con el recuerdo de la magia aún grabada en la piel. Rui estaba allí, mirándome.
—¿Has sentido eso? —dijo, en voz muy baja. Como si el silencio fuese lo único que nos protegía.
Asentí, sin saber por qué. Porque sí, lo había sentido. Un escalofrío distinto. No como el de las fosques, no como el de la magia. Algo mucho más antiguo. Más frío. Como si la ciudad hubiese dejado de respirar.
Un paso. Luego otro. Y la figura emergió de las sombras al fondo del callejón. Alta. Cubierta con una túnica oscura, la capucha echada hacia delante, apenas dejaba entrever el rostro. Lo que sí vi fue su mirada: vacía. Ni odio ni emoción. Solo propósito.
Me quedé helado.
—Ese hombre… —susurré—. Yo creo que lo he visto.
—¿Dónde? —preguntó Rui, sin apartar los ojos.
—En la Bruma… en una visión… no lo sé.
Rui dio un paso al frente, flexionando las manos. Chasqueó la lengua.
—Así que tú eres el que se esconde detrás del telón. Feo, rancio y cobarde. Manda narices dejar que esas cosas hagan el trabajo por ti.
El encapuchado no respondió. Apenas alzó una mano.
Y Rui salió disparado.
Fue tan rápido que no vi cuándo se lanzó… pero sí vi cuándo se estrelló contra el lateral de un coche. El impacto resonó en mi pecho. Rui cayó al suelo con un quejido grave. Se levantó con dificultad, la camiseta rasgada, sangre resbalándole por la comisura de los labios.
—¿Estás bien? —grité, dando un paso hacia él.
—Sí. Me ha dolido más destrozar este Audi Q5 —murmuró con una sonrisa, dejando ver los colmillos manchados de sangre—. Lo siento, precioso. Se llevó dos dedos a los labios, les dio un beso y, acto seguido, los apoyó con delicadeza sobre el capó del coche.
El encapuchado me miró. Directo. Como si me atravesara.
—La llave ya ha despertado y pronto sangrara. —dijo. Su voz era la de un eco antiguo.
— Vain. Ombrat. Vain. —Susurro el encapuchado.
Dos fosques surgieron de la nada, reptando desde las paredes. Una fue directa a por mí.
—¡Álex, cuidado!
Me giré. Tarde. Noté el zarpazo rasgando el aire a un palmo de mi cara.
Instinto.
La magia volvió a salir de mí, como un latido descontrolado. Alcé los brazos. Grité.
Alex.
Joder.
Haz lo de antes. Venga campeón tu puedes. Vuelvo a extender los brazos.
Nada.
La fosca se abalanzo sobre mí. Maldición.
— Levitat
Funciona. Le estampo un contenedor y consigo apartarla. Rui me mira.
—Brusc. ¿Solo eso? ¿Enserio? Matala.
La segunda se lanzó sobre Rui. Rugió y moviéndose tan rápido como un relámpago la esquivó, giró en el aire, y le clavó los colmillos al pasar. La criatura chilló. Rui rodó, se impulsó contra la pared y volvió a cargar.
Todo era velocidad, calor, sangre. Y miedo.
Tanto miedo.
La criatura rugió y volvió a lanzarse contra mí.
Esta vez no esperé a que llegara. Me aparté en el último instante y rodé por el suelo, justo como Eloi me había obligado a repetir una y otra vez. La fosca pasó de largo. Aproveché su propio impulso para impulsarme sobre ella y, de un puñetazo, le golpeé.
Apenas retrocedió.
Segui usando magia menor. Una bicicleta salió disparada contra su costado. Después otro objeto. Y otro más. La mantuve a raya mientras esquivaba zarpazos que silbaban a escasos centímetros de mi cara. Cada movimiento era casi instintivo. Bloquear. Esquivar. Rodar. Levantarme.
Pero no era suficiente.
La fosca volvió a rugir.
Entonces Rui desapareció.
O eso me pareció.
En un parpadeo ya estaba sobre ella. La derribó contra el asfalto con una violencia salvaje.
Sus colmillos encontraron el cuello de la criatura y un desgarrador crujido rompió el silencio.
La fosca apenas tuvo tiempo de revolverse.
Rui la despedazó con una rapidez brutal, arrancándole la garganta antes de apartarse de un salto.
El cuerpo se deshizo en sombras y se desvaneció frente a nosotros.
Nunca dejaría de parecerme extraño. Las foscas estaban hechas de sombra, pero sangraban, golpeaban... y también podían morir. Parecían humo con forma humana, pero eran tan tangibles como cualquiera de nosotros.
El encapuchado ya no estaba.
—¿Dónde…? —empecé a decir.
—Se ha ido. Como si solo quisiera mirar. Evaluar. —Rui escupió sangre—. Mierda. Esto no es normal.
—¿Quién es…?
—Uno de los objetivos de la Orden. Esto es clasificaso. Hay muchas leyendas. Muchas cosas que no se cuentan a los iniciados o a los miembros de bajo rango. La orden lleva tiempo detrás de él, le dieron el nombre del purificador.
—¿Y por qué me miraba así?
Rui me sujetó del brazo.
—Mierda Alex. ¿Aun no lo entiendes? Porque tú eres la llave. Tenemos que irnos.
Me quedé helado.
No sabía qué decir. Qué pensar. Últimamente no paran de decirme que soy una puta llave.
—No puedes quedarte solo esta noche —añadió—. Vamos.
—¿A dónde?
—A tu casa. Pero yo te acompaño. No me mires así llumeta, es por protección.
No protesté.
Estaba demasiado cansado para hacerlo.
Caminamos en silencio durante un rato. Rui andaba en silencio, apretando la mandíbula.
Tenso, completamente tenso. La ciudad había cambiado de piel.
El aire olía a ozono, a gasolina y a magia quemada.
Valencia, de noche, tenía esa forma extraña de parecer menos real.
Los edificios eran sombras en el horizonte, el cielo se había vuelto violeta, y las farolas parpadeaban como si también tuvieran miedo.
Rui apretaba sus puños con tanta fuerza que yo no podía dejar de mirarlo. Su labio seguía sangrando. Me quede observándolo. No tanto por el corte, sino por su expresión: contenida. Como si algo en él estuviera a punto de romperse, o de desatarse del todo.
—¿Estás bien? —pregunté, por fin.
—Sí. Nada que no se cure con una ducha y un trago largo —respondió sin mirarme.
Me abrazaba el silencio otra vez, pero tenía la garganta llena de preguntas. Era como si las palabras se me hubieran quedado pegadas al paladar.
—Lo que has dicho antes, lo que ha dicho ese hombre… —empecé—. Lo de la llave…
Rui giró apenas el rostro, con esa media sonrisa suya que no sabía si era ironía o dolor.
—Alex ahora no. Tengo hambre y estoy cansado.
—No parecía. Un loco, digo. Parecía… seguro. Como si supiera quién era yo antes que yo mismo. No paráis de decirme que soy una maldita llave.
Rui no dijo nada.
Nos detuvimos en la estación del tranvía. Un par de personas dormitaban en los bancos. Rui se apoyó en la pared, cerrando los ojos un instante.
—¿Por qué tú también dices eso? —dije más bajo—. Esa mierda de que soy la puta Llave... —resoplé, dibujando unas comillas en el aire con los dedos.
Abrió los ojos. Lentamente.
—No sé todo sobre ti Brusc. Pero sí… hay cosas que no encajan. Y tú… tú encajas demasiado bien.
—¿Eso qué significa?
—Que cuando la magia se mueve con ese tipo de hambre, es porque ha encontrado algo importante.
—Eso no es una respuesta.
Rui sostuvo mi mirada unos segundos. Después esbozó una sonrisa de soslayo y posó una mano sobre mi hombro.
—No. Pero es lo más que vas a tener esta noche.
El tranvía llegó. Subimos en silencio. Las puertas se cerraron con un susurro eléctrico, y el vagón se puso en marcha.
Yo me senté al fondo. Rui permaneció de pie, sujetándose de la barra con una mano.
La camiseta de tirantes marcaba unos hombros anchos y unos bíceps que se contraían cada vez que el tren se balanceaba.
Me descubrí observándolos unos segundos de más antes de obligarme a levantar la vista. Sus dedos aún temblaban un poco.
—¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Qué sientes?