CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #3
—Desde Umbrafort podemos abrir portales al exterior, a la superficie.
Sonie es la única capaz de abrirlos en cualquier lugar; es su don único.
Bueno, ya la conoces. Los demás dependemos de estos amuletos y estas puertas especiales.
Si lo prefieres, también puedes salir por los pasadizos ocultos...
aunque para eso tendrás que subir un sinfín de escaleras.
Eloi alzó el amuleto apoyándolo frente al portón metálico. Murmuró algo en voz baja. Una lengua que no reconocí pero que sentí, como si la runa la hablara desde dentro de mí.
La puerta tembló. Y luego… se disolvió.
Tras ella, no había más piedra. Solo una abertura de luz ondulante, como la superficie de un lago vista desde abajo.
—Cruza y piensa en tu casa —me dijo—. Te dejará cerca.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—¿Y si me pierdo?
Eloi alzó una ceja.
—Tú ya estás perdido, renacuajo. Solo procura no olvidarte de volver.
Sonreí. Pero al acercarme, la sonrisa desapareció.
La luz me acarició la cara antes de tragarme por completo.
Y entonces…
Ciudad de las Artes. Mierda no he pensado en casa solo en salir de aquí. La curva del Hemisfèric reflejada en el agua. Turistas. Un niño corriendo con un helado. Unos skaters cruzando bajo el Umbracle.
El sol golpeándome en las pupilas. Y yo, en mitad de todo, con el pecho latiéndome como si acabara de escapar de otro mundo.
Porque lo había hecho. Y lo más loco era que todo ese mundo, todo ese abismo…
estaba justo debajo de mis pies. No sabía cuánto tiempo me quedé allí parado.
La gente pasaba a mi lado como si nada. Como si yo no acabara de atravesar una pared de luz.
Como si no llevara en el pecho el temblor de algo que todavía no entendía.
Crucé el puente. El sol me golpeaba en la nuca y sentí, por primera vez en días, el aire libre en la cara. Tenía ganas de llorar. De reír. De sentarme en el suelo y no moverme más.
Pero caminé.
Las palmeras del Umbracle proyectaban sombras largas, como dedos que se estiraban hasta rozarme. Un grupo de chicas se hacía fotos. Un músico tocaba en un rincón. Todo parecía igual.
Demasiado igual. Y, aun así, había algo que no encajaba.
Lo sentí a la altura del Museo de les Ciències: un escalofrío, como si alguien hubiera rozado mi nuca sin llegar a tocarla. Me giré.
Nadie.
Seguí andando.
Y volvió a pasar.
Como si algo caminara justo un paso por detrás de mí, pero desapareciera en cuanto me daba la vuelta.
Como si una sombra aprendiera a fingirse humana.
Mis pasos se hicieron más rápidos. Pasé junto a una familia.
Me pegué al grupo sin saber por qué, como si su ruido pudiera protegerme. Pero lo sentía. No era paranoia.
Alguien —algo— me seguía.
Y cada vez estaba más cerca.
Seguí andando, pero más deprisa.
No era miedo exactamente. Era esa tensión sorda, sutil, que se instala en el cuello cuando sabes que algo no va bien. Esa sensación de estar siendo observado sin saber desde dónde.
Me detuve frente al agua del hemisfèric. La superficie estaba quieta, apenas perturbada por el viento. Me miré en el reflejo y no vi nada extraño. Solo mi rostro: pálido, con las ojeras marcadas, el pelo un poco desordenado. Y, detrás, nada. Pero la sensación seguía ahí.
Metí la mano en el bolsillo y saqué el móvil. Casi cien notificaciones. Todas de Sergi. Abrí una. Luego otra. Luego otra.
”¿Dónde coño estás, Álex?”
“Has desaparecido, tío.”
“Si no me contestas voy a la poli, lo juro.”
Marcado por la urgencia, llamé. Tardó menos de cinco segundos en descolgar.
—¿Álex?
—Eh… Sí. Soy yo.
—¡La madre que te parió! ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Sí, sí. Estoy… —miré a mi alrededor, a la gente caminando, al agua tranquila, al cielo azul— estoy en la Ciutat de les Arts.
—¿Qué haces allí?
—Largo. ¿Puedes venir?
—Ya estoy por el centro. Llego en diez.
—Vale. Gracias, Sergi.
Colgué. Y, durante unos segundos, todo quedó en silencio.
Sentí de nuevo la presencia, como un eco detrás de mi espalda. Pero esta vez no me giré. Solo cerré los ojos. Inspiré. Y la ahogué.
Caminé hasta la pasarela junto al Ágora. Me senté en el borde, con los pies colgando sobre el agua.
Y esperé.
Cuando vi a Sergi aparecer entre la gente, con el pelo revuelto y esa camiseta de The Strokes que siempre se ponía cuando estaba nervioso, algo en mí se aflojó.
Se acercó corriendo, frenó justo delante de mí, y se agachó.
—¿Pero tú estás tonto?
—Hola, Sergi.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Eso es todo? Llevas dos semanas desaparecido. No has cogido ni una llamada. Pensaba que estabas muerto. ¡Tu tía me ha escrito, Álex!
—Lo siento.
Y era verdad.
Lo sentía de una forma extraña, profunda, como si las disculpas no pudieran tapar todo lo que ya se había roto.
—¿Dónde has estado? —insistió.
Lo miré. Y quise decírselo. Todo. Pero… ¿cómo?
¿Cómo le explicas a alguien que hay una ciudad bajo la ciudad? Que hay criaturas que se alimentan de miedo. Que hay magia en tus dedos y oscuridad en tus sueños.
—Me metí en algo —dije, bajando la mirada—. Algo raro. Pero estoy bien. De verdad.
Sergi suspiró.
—¿Te han liado esos del grupito raro? ¿Es por eso que desapareciste también en Fallas?
—No… O sí. No lo sé. Es complicado.
—Tío… no me jodas.
Me empujó con el hombro y se sentó a mi lado. Nos quedamos en silencio.
Durante un instante, parecía que el mundo era solo eso: dos chicos sentados frente al agua, con el eco de la ciudad flotando a lo lejos.
Pero yo seguía notándolo.
Muy cerca.
Y cada vez más nítido.
—Es que… —empecé a decir, y luego me callé—. No te puedo contar todo. No ahora. Pero estoy bien. Eso te lo juro.
Sergi me miró como si intentara buscarme entre mis propias palabras. Como si no acabara de creerme.
—¿Estás en un lío? ¿Es por alguien?
—No es eso. Es… otra cosa. Algo que me ha removido. Pero estoy bien.
Silencio. Uno de esos largos, tensos, donde parece que todo puede romperse si alguien respira más fuerte de la cuenta.
Al final, fui yo quien habló:
—Voy a estar unos días fuera. Me han cogido en una especie de curso especial de la facultad. Es un viaje. Algo intensivo.
Mentira a medias. Verdad distorsionada. Algo que pudiera sostenerse lo justo.
Sergi resopló.
—¿Y no podías decir eso antes? ¿Es que te han comido la lengua o qué?
—No sabía si iba a volver. Ni cuándo. Todo ha ido muy deprisa.
—Tío… eres mi mejor amigo. No me hagas esto. Al menos dime si te volveré a ver.
Lo miré. Vi sus ojos enrojecidos. La preocupación. Y me sentí un poco menos solo.
—Sí. Lo prometo.
Apretó los labios. Y asintió. Como si con eso bastara.
Después, hablamos de tonterías. De las prácticas. De la chica de Magisterio que le había dado like. Cosas normales.
Pero por dentro, yo ya no me sentía del todo normal.
Disimulé bien. Conseguí calmarlo. Convencerlo. Y, cuando nos despedimos con un abrazo largo, dejé que me creyera.
Lo vi alejarse entre la gente, con el sol de la tarde filtrándose entre las palmeras, y supe que algo se había desplazado para siempre.
No sabía si volvería a ser el mismo con él. Crucé el puente con las manos en los bolsillos. Las torres del Ágora recortaban el cielo con esa forma alienígena que ya no me parecía tan irreal como antes. Todo era distinto. Como si la ciudad me mirase con otros ojos.
Sergi ya se había ido. Su voz se había quedado rebotando en mi cabeza como un eco suave, lejano.
“Eres mi mejor amigo.”
¿Y si ya no lo era?
Caminé en silencio, entre turistas que hacían fotos, niños corriendo y runners que esquivaban sombras. Todo seguía igual… y sin embargo, yo no encajaba. Era como si me hubieran sacado del mundo y luego intentaran meterme de nuevo, a la fuerza, sin haber leído las instrucciones.
Pasé junto al Umbracle. El aire olía a azahar y a algo más: humedad estancada, hierro.
Me froté los brazos. Tenía la piel erizada. No hacía frío. No era eso.
Era esa sensación otra vez. La misma que me había seguido en Umbrafort, en el espejo, en la Bruma. La de ser observado. Como si algo me rozara la nuca sin tocarla. Como si el aire vibrara justo a mi espalda.
Aceleré el paso.
Intenté no mirar atrás.
Pero cada sombra parecía más densa de lo normal. Más alargada. Más viva.
Cogí el móvil del bolsillo. Marqué el número de Rui sin pensarlo.
Comunicando. Joder. Guardé el móvil. Me concentré en caminar.
En seguir recto. Pasé frente a un edificio abandonado que nunca había notado antes, cubierto de grafitis en valenciano y con una verja torcida.
Las ventanas parecían ojos. Apagados. Pero atentos.
Tragué saliva. Mi piso no estaba lejos. Pero cada paso era más pesado que el anterior. Como si la ciudad se estuviera vaciando. Como si el mundo se hubiera echado a dormir… y yo fuese el único que aún no cerraba los ojos. Y entonces, el silencio se quebró.
Un crujido.
Algo entre cristales. O huesos.
Me giré en seco.
Y la vi.
Una sombra más negra que la sombra.
Alta. Estática. Pero no inerte. Los ojos eran dos faroles encendidos. Vacíos.
Una fosca.
Y estaba allí por mí. Me quedé paralizado.
El corazón me dio un salto, como si alguien hubiera tirado de él con una cuerda desde el pecho.
La fosca seguía ahí, sin moverse… pero lo hacía todo a su alrededor.
La luz del farol más cercano parpadeó. El aire dejó de fluir.
Hasta los coches que se oían a lo lejos parecieron callarse.
Era como si el mundo se hubiera inclinado hacia ella. Como si gravitara. Yo también lo hacía. No podía apartar la vista de esos ojos sin fondo. Intenté moverme. Las piernas me respondieron tarde. Eché a correr sin mirar atrás.