Llum i ombra CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #2
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CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS #2

Rui permanecía de espaldas a mí, con ambos puños apoyados contra la pared y la cabeza ligeramente inclinada. Sus omóplatos se movían con cada respiración acelerada. Todo en él vibraba.

Como si luchara contra algo. O consigo mismo.

Avancé un paso. El suelo crujió bajo mis pies descalzos.

—¿Y si no me importa?

Su cuerpo se tensó. Muy despacio, giró la cabeza hacia mí.

En sus ojos que se habían vuelto rojos brillaba algo salvaje. No era solo deseo.

Hambre.

Una parte de mí debería haber tenido miedo.

Pero no lo tuve.

—Alex —murmuró, con una voz que ya no era del todo suya—. No sabes lo que dices.

Me acerqué más. Estaba tan cerca que podía oír su corazón, desbocado, o tal vez era el mío.

—Entonces dime que pare —le susurré—. Dímelo y me detengo.

Mi mano se deslizó desde su abdomen hasta su miembro, rozándolo con una lentitud casi insoportable.

Noté cómo todo su cuerpo se tensaba bajo mis dedos, pero no se apartó.Su respiración se volvió más profunda.

Continúe el movimiento. Lento. Fuerte.  La mandíbula se le contrajo.

Bajó la mirada. Exhalaba. —No puedo decírtelo —murmuró con la voz ronca. —¿Por qué?

—Porque quiero lo mismo que tú.

Permaneció inmóvil un segundo más, disfrutando de aquella cercanía que llevaba días intentando evitar.

Entonces, con un movimiento rápido, sujetó mi muñeca y apartó mi mano con una firmeza que contrastaba con el temblor de sus dedos.

Me hizo girar hasta quedar frente a él. Sus ojos buscaron los míos. Había deseo en ellos. Y también miedo.

Me acorraló sin tocarme. Solo con la forma en la que me miraba.

Como si ya me tuviera en su boca.

Entonces me rozó. Solo los dedos. En la cintura.

Como si necesitara pedir permiso y al mismo tiempo no pudiera evitarlo.

Mis pantalones seguían desabrochados. Su mano rozó mi piel desnuda.

—No sabes lo que provoca tu sangre —susurró.

—Tampoco tú lo sabes —le respondí, bajando su mano hasta mi paquete.

Él gimió, como un animal contenido.

Me empujó contra la pared y apoyó la frente en la mía.

—No lo entiendes, Alex. Si me dejo llevar, puedo hacerte daño.

—Entonces no te contengas. Hazlo.

Y ahí fue cuando me besó otra vez.

Esta vez sin frenos. Con los colmillos apenas rozándome el labio.

Sus manos en mi espalda. En mi pecho.

La tensión entre los dos era fuego puro. Instinto. Peligro.

Pero también ternura. Como si una parte de él no quisiera herirme. Como si lo peor de él luchara contra lo mejor de él.

Su lengua buscó mi cuello.

—Dímelo —susurró—. Dime que pare.

Yo solo incliné la cabeza, ofreciéndome.

—No lo hagas —le dije—. No pares.

Sentí el roce de sus colmillos. No llegaron a perforarme, pero la amenaza estaba ahí. Palpitante.

Su aliento era ardiente.

Mis piernas temblaban.

Y entonces se separó de golpe, con un gemido seco, como si lo hubieran apuñalado desde dentro.

—¡Joder! —gritó, y se apartó, con la respiración entrecortada. Se llevó las manos a la cabeza, como si le doliera contenerse.

—Rui…

—No puedo. No así. No ahora. Si me quedo, te juro que no respondo de mí mismo. Me aparto las manos.

Lo miré. Tenía los ojos cargados de deseo. Y de miedo.

Y aún así, no se fue.

Se quedó allí. A mi lado. Como si algo en él supiera que el daño no sería quedándose, sino huyendo.

Rui aún estaba allí.

De pie. Temblando.

Mirándome como si tuviera que grabarme en su memoria antes de hacer algo imperdonable.

Yo tampoco me movía.

El aire entre nosotros era una línea eléctrica a punto de estallar.

Pero ninguno de los dos cruzó el umbral.

Entonces se oyó un clic.

La puerta.

—¿Alex?

La voz de Cass.

Rui reaccionó primero. Como un animal asustado, dio un paso atrás y se pasó una mano por el pelo, cubriéndose los ojos un segundo. Como si necesitara esconder todo lo que acababa de pasar. Todo lo que estaba a punto de pasar.

Yo aún tenía los pantalones desabrochados y un problema entre las piernas que era bastante evidente.

Mi respiración, descompuesta.

Cass entró con el ceño fruncido. Se detuvo en seco al vernos.

Nos escaneó de arriba abajo.

—¿Interrumpo algo?

—No —solté, demasiado rápido.

—Justo me iba —dijo Rui, ya con su voz más templada, pero la tensión aún colgando en el aire.

Me lanzó una última mirada. Una mezcla de deseo, advertencia y algo más.

Y entonces cruzó la puerta sin añadir nada más.

Cass cerró tras él. Me miró.

—    Alex Brusc. Cuéntamelo todo. Ya.

Silencio.

—Estás rojo. ¿Te ha dado fiebre?

No contesté.

Ella suspiró y se dejó caer en su cama.

—Tienes que dejar de tontear con criaturas que pueden matarte.

—¿Tú también lo has notado?

—Alex, vas sin camiseta y se te nota hasta en el cuello —soltó, señalándolo—. No tienes gran marca, pero casi. Y bueno tu erección…

Me giré. Me tape corriendo con el primer cojín que encontré. Evité su mirada. Ella no dijo más. Solo me tendió una manta.

—Duerme. Mañana tienes que seguir vivo.

Y se tumbó, dándome la espalda.

Solo entonces me permití cerrar los ojos.

Pero Rui seguía ahí, en mi piel.

Como un temblor que no se había ido del todo.

Desperté envuelto en calor y algo que no era exactamente tranquilidad.

Era como si mi cuerpo aún estuviese dentro de los entrenamientos, pero mi mente se hubiese ido a algún otro sitio —un lugar más cálido, más peligroso—.

La luz del amanecer se colaba por la ventana en haces dorados, como dedos suaves que tocaban mi piel sin permiso. No me moví. Solo escuché. ¿Cómo era posible que entrase la luz del sol si esta fortaleza estaba bajo tierra? me desconcertaba.

El silencio de Umbrafort no era nunca absoluto. Siempre había un eco, una corriente mágica leve que recorría los muros como si la piedra respirase.

Pero esa mañana… todo parecía más quieto. Como si el mundo contuviera el aliento.

O quizá era yo el que no quería respirar del todo, por si despertaba.

Soñé que Rui dormía a mi lado. Era un sueño que parecía real.

Su espalda desnuda estaba vuelta hacia mí, y su respiración era tan medida, tan elegante incluso dormido, que por un momento creí que estaba fingiendo.

No lo toqué.

Tenía miedo de romper algo. De que si le rozaba, se esfumara.

Había algo sagrado en la forma en la que la luz rozaba su piel.

Como si la noche que habíamos compartido no fuera del todo real.

Mis dedos temblaban bajo las sábanas. Aún podía notar su aliento en mi cuello, la presión de su cuerpo sobre el mío, sus colmillos tan cerca.

El deseo, la tensión, la necesidad contenida… todo seguía ahí, suspendido entre el sueño y la vigilia.

Quise decir algo.

Quise moverme.

Pero solo fui capaz de girar el rostro hacia la mesilla y alargar el brazo.

Mi móvil seguía ahí, apagado desde el día que crucé la puerta de Umbrafort.

Lo encendí.

Y lo primero que vi fueron los mensajes. A la mierda mi sueño humedo. 37 notificaciones. 12 llamadas perdidas. 1 audio. Todos del mismo nombre: Sergi. El estómago se me cerró. De pronto, todo lo demás se desdibujó.

Mi vida mortal me había alcanzado.

Toqué el primer mensaje con el pulgar.

Y de inmediato llegó el audio, cargado, brutal, desesperado:

“Tío, ¿dónde estás? Han pasado dos semanas. ¡Dos semanas, Álex! He llamado a todos. A tu tía, a Marta, incluso fui a la facultad. ¿Estás bien? Dime que estás bien. Por favor…”

Sentí como si alguien me apretara el pecho desde dentro.

La voz de Sergi, temblando, me hizo recordar que yo también tenía una vida fuera de esto. Que alguien me esperaba. Que alguien se preocupaba por mí.

Y yo… yo me había esfumado. Sin dejar rastro.

La culpa me golpeó con más fuerza que cualquier hechizo.

Salí de la cama en silencio, descalzo. Me vestí sin hacer ruido.

Sentía el corazón bombeando magia y vergüenza a partes iguales. Tenía que volver. Tenía que dar la cara. Bajé por los pasillos de Umbrafort como si pisara sobre cristales. Cada sombra parecía más densa. Cada piedra más antigua. Como si el lugar supiera que estaba intentando cruzar sus límites.

Encontré a Eloi en la sala común, encorvado sobre unos mapas encantados que levitaban como alas abiertas sobre una mesa de obsidiana. Las líneas se movían solas. Parecían heridas latentes. Alzó la mirada al oír mis pasos. Sus ojos eran interrogantes, pero suaves.

—Has dormido poco —dijo. No era una pregunta.

—Necesito salir.

Eloi no respondió al instante. Se incorporó y me observó con algo que parecía pesar.

—¿Estás seguro?

—No puedo desaparecer así. Tengo a alguien fuera que me necesita.

—¿El chico? —preguntó con una ceja apenas arqueada. Me sorprendió que lo supiera.

—Sí. Se llama Sergi. Es… mi mejor amigo. Mi casa está en Benimaclet. Solo quiero coger algo de ropa, decirle que estoy bien. Volveré.

—Volverás —repitió, como si fuera un juramento.

Se acercó despacio, colocó una mano en mi hombro. Su toque era cálido, firme, casi fraternal.

—La ciudad no es segura. No te alejes mucho. Y si ves sombras que no proyectan luz… corre.

¿Entendido?

—Entendido.

Eloi asintió y sacó una pequeña runa de plata. La apoyó contra mi pecho. Una bruma tenue la absorbió.

—Llévala. Te ocultará si las cosas se tuercen.

Me giré para marcharme. Justo entonces, su voz me alcanzó de nuevo:

—Álex…

—¿Sí?

—Ten cuidado. Eres más importante de lo que crees.

No supe si eso era por lo que había pasado el día de la prueba… o por lo que podía hacer aún.

Pero me hizo estremecerme.

—Vale, pero… —me detuve— ¿cómo salgo?

Eloi esbozó una media sonrisa. Se llevó una mano al cuello y descolgó un colgante que apenas había notado antes. Era un amuleto tallado en piedra volcánica, con una runa que centelleaba en azul tenue, como si respirara.

—Ven.

Lo seguí por un pasillo que no recordaba haber cruzado nunca. Las paredes se estrechaban, la luz cambiaba de tono. Se volvió un ámbar opaco, como si el aire filtrara la realidad. Al final, una puerta metálica con símbolos grabados. Viejos, como arrancados de otra era.