CAPÍTULO 8 - ENTRE DOS MUNDOS
ALEX
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Rui cerró la puerta tras de sí sin apartar los ojos de mí.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Solo nos miramos. Sentí un nudo formarse en el estómago.
Habían pasado demasiados días. Demasiadas miradas robadas desde el otro extremo de una sala.
Demasiados pasillos en los que fingíamos no existir.
Y, aun así, bastó un segundo para que todo volviera exactamente al mismo lugar donde lo habíamos dejado.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al fin.
Rui tardó en responder. Su mandíbula estaba tensa. Las manos, cerradas en dos puños a los lados del cuerpo.
—Necesitaba verte.
La respuesta me desarmó. No era lo que esperaba. No después de dos semanas evitándome. Me levanté despacio de la cama.
—Curiosa forma de demostrarlo.
Una sonrisa cansada apareció apenas un instante en la comisura de sus labios.
—Lo sé.
Di un paso hacia él. Él no retrocedió. Bajó la mirada un segundo. Después volvió a buscar la mía.
—Cada vez que estoy contigo…
Su voz sonó más baja. Más ronca.
—…me resulta más difícil.
El corazón empezó a golpearme con fuerza.
Di otro paso.
Ahora apenas nos separaba un metro. Podía volver a percibir aquel olor inconfundible. Tierra mojada. Cuero. Y algo más. Algo que solo olía cuando él estaba demasiado cerca.
—Entonces… ¿por qué te marchaste la otra noche?
Rui soltó una risa sin humor.
Negó despacio con la cabeza.
—Porque si no lo hacía…
Dejó la frase suspendida.
Mis ojos bajaron sin querer hasta sus labios.
Él lo notó. Di un último paso.
Tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.
Su respiración rozó mi piel.
Lenta.
Irregular.
Levanté la vista.
Sus ojos ya no eran solo azules. Había algo salvaje escondido detrás.
Algo que luchaba por mantenerse quieto.
—Álex…
Pronunció mi nombre como si le costara hacerlo.
Como si decirlo doliera. No aparté la mirada. No quería hacerlo. No podía. Él levantó una mano muy despacio. Los nudillos rozaron mi mejilla. Apenas un roce. Suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda. Noté cómo contenía el aire. Cómo tensaba el brazo. Cómo luchaba contra sí mismo.
Su pulgar acarició mi piel una sola vez. Después descendió lentamente hasta detenerse bajo mi mandíbula.
Tragué saliva.
Él siguió mirándome. Con una intensidad casi insoportable. Sus ojos bajaron otra vez a mi boca. Los míos hicieron exactamente lo mismo. Ninguno de los dos parecía capaz de respirar con normalidad. Rui dio un paso. Ahora su pecho casi rozaba el mío.
Sentía el calor de su cuerpo incluso sin tocarlo.
Sus labios quedaron a apenas unos centímetros.
Podía besarlo. Estaba seguro de que él también lo quería Su mandíbula volvió a tensarse.
Los músculos de sus antebrazos se marcaron bajo la camiseta.
Cerró los ojos apenas un instante. Como si estuviera reuniendo todas sus fuerzas para hacer exactamente lo contrario de lo que deseaba.
Le aguanté la mirada. Sin apartarla. Dejé que me viera. Que me encontrara.
Silencio. Ni una palabra. Pero el aire entre nosotros dejó de ser aire.
Rui se inclinó. Lentamente. Muy lentamente.
Como si aún pudiera echarse atrás. Como si quisiera darme espacio para huir.
Yo no me moví. Cuando sus labios rozaron los míos, lo hicieron como una pregunta.
Y yo respondí con un sí. Entonces nos besamos.
No fue un beso dulce. Fue un beso largo, intenso, torpe y cálido.
Salvaje. Con sabor a magia antigua, a miedo, a deseo contenido durante días.
Sus manos se aferraron a mis mejillas, a mi nuca, a mi respiración.
Yo lo agarré del cuello, del pecho, de cualquier parte que pudiera confirmar que era real.
El mundo se contrajo hasta volverse piel, aliento, roce. El roce de sus labios, su lengua, su aliento en mi boca.
No sé cuánto tiempo pasó.
Solo sé que por primera vez, después de tanto vértigo, sentí que tocaba algo firme. Algo vivo. Algo que me quería allí.
Él.
Rui.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, seguía con los ojos cerrados. Como si no quisiera volver.
—Joder —dijo al fin, con la voz rasgada—. No sabía que besabas así.
—Ni yo —contesté, aún sin aliento.
Él rió. Y esa risa me hizo sonreír.
Entonces bajé la voz y dije:
—Quédate esta noche.
Rui abrió los ojos. Me miró en silencio.
La pregunta ya estaba hecha.
No sé quién se inclinó primero, pero de pronto estábamos otra vez enredados, besándonos como si hubiéramos cruzado una línea que ya no se podía deshacer. Sus labios buscaron los míos con más hambre, como si esta vez no quisiera dejar nada a medias.
Mi cuerpo, que hasta hace un rato parecía de papel, ardía ahora con cada roce suyo.
Sus manos me agarraron por la nuca y me empujaron suavemente hacia él. Yo me aferré a su camiseta de tirantes, tirando de ella sin pensarlo, queriendo más. Queriéndolo más.
—Quita esto —susurró contra mi boca.
Me separé un segundo, solo para ayudarle a levantar su camiseta. Se la quitó de un tirón. Joder. Por poco la parto. La luz tenue acarició su torso, marcado, cálido, con esa piel salpicada de pecas que había imaginado tantas veces sin querer hacerlo.
Me mordí el labio, sin poder evitarlo.
—¿Qué? —preguntó, con esa media sonrisa suya de peligro.
—Nada. Que no es justo que estés tan bueno.
Rui me quito la camiseta con una rapidez que no supe de dónde salió. Sus manos me recorrieron la espalda, el cuello, los hombros. Cada contacto era fuego.
Volvimos a besarnos, esta vez aún más fuerte, más profundo. Su lengua rozó la mía como si fuera un conjuro. Me lamió el labio inferior antes de morderlo apenas, provocándome una sacudida que me bajó directo al estómago.
Gemí sin querer. Él lo notó.
—¿Eso ha sido un gemido, llumeta?
—Tú cállate y bésame.
Gemí sin querer.
Él lo notó.
—¿Eso ha sido un gemido, llumeta?
—Tú cállate y bésame.
Acto seguido, Rui se humedeció los labios con la lengua. Me agarró de las muñecas, me giró y me empotró contra la pared, dejándome de espaldas a él. Acercó los labios a mi oído y susurró:
—Aquí las órdenes las doy yo, bruixet .
Exhaló.
Me olió.
Me sintió.
Sentí su cuerpo pegado al mío. Apretó todo su cuerpo contra el mío mientras sus labios recorrían lentamente mi cuello, dejando un rastro de respiraciones cálidas sobre mi piel. Volvió a exhalar.
Su mano derecha ascendió hasta mi cuello y lo sujetó con fuerza. Después me hizo girar de nuevo.
Quedamos frente a frente.
Nos reímos contra la boca del otro. Y seguimos.
Mi cuerpo empezó a responder solo. Mis piernas rodearon las suyas sin que lo decidiera. Sentía su pecho contra el mío, el calor de su piel, su respiración cada vez más agitada, mis manos recorriendo su espalda.
Fue como entrar en otra dimensión. Como si todo lo que había fuera piel, aliento y deseo. Y Rui. Joder. Rui estaba por todas partes.
—Esto no es una buena idea —susurró, con la frente apoyada en la mía, sin apartar los ojos de los míos.
—Puede que no —respondí, jadeando—. Pero no quiero que pares.
Él me besó otra vez, más suave, más íntimo.
Entonces, sin apartarse, sin dejar de tocarme, dijo muy bajito:
—No quiero hacerte daño, Álex.
Abrí los ojos. Y lo miré.
—No lo estás haciendo.
Otra pausa. Y luego, solo una palabra que casi fue una caricia:
—Quédate.
Rui retrocedió. No respondió. No enseguida.
Me miró con los ojos muy abiertos, como si no se esperara que yo dijera eso. Como si nadie se lo hubiera dicho nunca.
Sus labios se entreabrieron, y por un momento pensé que iba a reírse, o soltar una de sus frases sarcásticas para romper la tensión. Pero no dijo nada. Solo me miró y saco sus colmillos. Y entonces bajó la mirada a mis labios.
Mi pecho subía y bajaba, alterado. La habitación estaba en penumbra, pero la luz que entraba desde la ventana, pálida y azulada, dibujaba su silueta con un detalle casi sagrado. Pude ver cómo se tensaban los músculos de su cuello, cómo se le marcaba la mandíbula, cómo apretaba las manos.
—Alex… —susurró al fin, pero no terminó la frase. Dio un paso hacia mí. Luego otro.
Yo no me aparté.
No podía.
Cuando estuvo justo delante, apenas un suspiro entre nosotros, noté otra vez el calor de su piel.
Su olor. Ese aroma a noche, a tierra mojada que estaba convirtiéndose en mi aroma favorito.
Cerré los ojos un instante. Y cuando los abrí, él seguía allí.
Tan cerca que podía contar las pecas de su rostro.
Le toqué la cara con los dedos. Despacio. Como si no quisiera romper el hechizo.
—No tienes que decir nada —le murmuré—. Solo… no te vayas.
Apretó la mandíbula. Su frente se apoyó contra la mía. Su aliento temblaba.
—No sabes lo que pides —dijo con la voz rota.
—Lo sé —contesté.
Y entonces me besó.
No como antes. No como un juego.
Esta vez fue distinto. Fue como si se deshiciera por dentro. Como si ya no pudiera seguir fingiendo.
Sus labios me buscaron con hambre, con ansiedad contenida. Sus manos subieron por mi espalda, me sujetaron la nuca, y luego bajaron a mi cintura como si necesitara tocar cada parte de mí para creerse que esto estaba pasando.
Yo respondí sin pensar. Dejé que el deseo me arrastrara. Le devolví el beso con la misma necesidad.
—Estás temblando Alex.
—Tú también. Rui arqueó una ceja con falsa suficiencia, pero la tensión de su mandíbula lo traicionó.
Volvimos a besarnos. Más lento esta vez. Más profundo.
Sus labios bajaron por mi cuello. Mi espalda se arqueó. Sentí cómo sus manos recorrían mi torso, cómo mi cuerpo reaccionaba a cada roce. Como si fuera suyo. Como si siempre lo hubiera sido.
Y entonces, sin pensarlo, me desabroché los pantalones.
Él se tensó al instante. Como si algo dentro de él se activara.
Lo vi apartarse medio paso. Tragó saliva. No me miraba a los ojos.
Sus manos se cerraron en puños. Apoyó las palmas contra la pared, como si necesitara contenerse.
—Rui… —susurré.
—Si me quedo… —dijo, casi sin voz— puede que no sea solo un mordisco.
Se hizo un silencio denso, eléctrico.