Llum i ombra CAPÍTULO 7 – PRIMEROS ENTRENAMIENTOS #3
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CAPÍTULO 7 – PRIMEROS ENTRENAMIENTOS #3

Eloi seguía apoyado contra el mismo pilar desde el principio del entrenamiento. No recordaba haberlo visto moverse una sola vez. Solo observar. Esperó a que el resto de iniciados abandonaran la sala. Cuando la puerta se cerró, descruzó los brazos.

—Otra hora.

Lo miré.

Luego miré la arena.

Después volví a mirarlo.

—¿Otra?

—¿Tienes algún sitio mejor al que ir?

Bufé.

—No.

—Entonces deja de perder el tiempo.

Se acercó hasta quedar frente a mí. Sin previo aviso… Me lanzó un golpe directo al pecho. Lo bloqueé por puro reflejo. O eso creí. Su otra mano ya me había golpeado el hombro. Perdí el equilibrio.

—Muy lento.

Me incorporé.

—No me has avisado.

—Tu enemigo tampoco lo hará.

Volví a levantar la guardia. Esta vez fui yo quien atacó primero.

Directo.

Gancho.

Patada baja.

Nada.

Eloi parecía saber exactamente dónde iba a golpear antes incluso de que yo lo decidiera. Esquivó el primero. Desvió el segundo con el antebrazo. Atrapó mi muñeca. Giró la cadera. El mundo dio una vuelta. Caí de espaldas con un golpe seco. El aire escapó de mis pulmones.

—Otra vez.

Apreté los dientes. Me levanté. Ataqué. Caí.

Me levanté. Ataqué. Caí. Otra vez. Y otra.

Y otra. Poco a poco dejé de pensar. Solo reaccionaba.

Solo intentaba tocarlo. Aunque fuera una vez.

Entonces ocurrió. Lancé un amago con la izquierda.

Eloi respondió. Cambió el peso hacia un lado.

Entré por el otro. Mi puño rozó su hombro.

Apenas un roce. Pero lo había tocado. Eloi retrocedió medio paso.

Sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi orgullosa.

—Eso ha estado mejor renacuajo. No era una felicitación.

Pero para mí era suficiente. Volví a levantar la guardia.

—Otra vez.

Y esta vez fui yo quien sonrió.

Las siguientes jornadas empezaron a confundirse unas con otras. Las mañanas pertenecían a la magia. Las tardes, a los golpes.

Y las noches… Las noches eran otra guerra.

Poco a poco, usar algunos hechizos de magia menor dejaron de parecerme un milagro.

La pequeña esfera ya no se elevaba apenas un par de centímetros.

Empezaba a mantenerse suspendida varios segundos antes de caer de nuevo sobre la mesa.

Seguía sin conseguir dominar la magia de la Bruma y sin entenderla.

Lo intentaba al terminar los entrenamientos.

Lo intentaba antes de cenar. Lo intentaba incluso cuando todos se marchaban a dormir.

Nada. No tener un maestro de la casa Bruma tambien estaba teniendo algo que ver.

En combate tampoco había milagros. Seguía cayendo.

Mucho. Aunque ya no tanto. Las caídas dejaron de doler tanto.

Mi cuerpo empezaba a aprender a rodar antes de golpear la arena.

A cubrirme la cara casi sin pensar. A mantener el equilibrio un segundo más.

Era poco. Pero Gabriel asentía de vez en cuando.

Y en Umbrafort, aquello era prácticamente una felicitación.

Una tarde, mientras esperaba mi turno, levanté la vista por casualidad.

Las galerías superiores rodeaban toda la sala de combate.

Desde allí podían observarse los entrenamientos sin interferir en ellos.

Había varios cazadores apoyados sobre la barandilla, hablando entre ellos. Y, un poco más apartado del resto…

Rui. Los antebrazos descansaban sobre la piedra.

Observaba la arena con expresión seria. No hablaba con nadie.

No parecía prestar atención a nada. Hasta que nuestras miradas se encontraron.

Solo un instante. Apenas un segundo. No sonrió.

Ni yo. Fue él quien apartó la vista primero.

Se incorporó despacio. Y desapareció tras uno de los arcos de la galería.

—¡Brusc!

La voz de Gabriel me hizo volver a la realidad.

—¿Piensas pelear hoy o vas a seguir mirando al techo?

Pero durante el resto del entrenamiento no pude quitarme aquella imagen de la cabeza. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Ni si estaba observándonos a todos… O solo a mí. Aquella misma tarde, cuando el resto de iniciados comenzó a abandonar la sala…

—Brusc.

Ni siquiera me giré. Ya conocía esa voz. Cass pasó a mi lado con una sonrisa burlona.

—Disfruta de tu hora extra.

—Creo que prefiero limpiar letrinas.

—No te preocupes. Seguro que también llegáis a eso.

Se marchó riéndose. Esperé a que la puerta se cerrara. Eloi seguía en el mismo sitio de siempre. Apoyado contra el pilar. Con los brazos cruzados.

—Recoge una espada de entrenamiento.

Fruncí el ceño.

—¿Hoy no vamos a pegarnos?

—También.

—Ah.

Cogí una espada de madera del armero. Durante la siguiente hora no hice más que bloquear, esquivar, caer y volver a levantarme.

Cada error era un golpe. Cada acierto, una invitación a repetirlo diez veces más.

Cuando Eloi dio el entrenamiento por terminado, apenas era capaz de sostener la espada entre las manos.

Exhausto, puse rumbo a mi habitación. Me dejé caer sobre el colchón con un suspiro. Solo quería cerrar los ojos cinco minutos.

Tres golpes secos resonaron en la puerta. Fruncí el ceño.

—¿Cass? Está abierto.

La puerta se abrió lentamente. Y quien entró no fue Cass.

Fue Rui.