CAPÍTULO 7 – PRIMEROS ENTRENAMIENTOS #2
—Quizá la Bruma estaba más extinguida de lo que creíamos.
Le lancé una mirada.
—Quizá deberías intentar levantar tu ego. Aunque no creo que la sala tenga espacio suficiente.
Cass ahogó una carcajada. Valerio dio un paso hacia mí, pero Arnau golpeó la mesa con los nudillos.
—La magia no responde mejor porque os insultéis. Aunque sería una clase bastante más entretenida.
Volvió a mirarme.
—Estás pronunciando la palabra, pero no estás dando ninguna orden.
—Claro que sí. Le estoy diciendo que se levante.
—No. Estás esperando que lo haga.
Fruncí el ceño.
—¿Y cuál es la diferencia?
Arnau se acercó hasta colocarse a mi lado.
—No le pidas permiso. Guiala. Dirige su movimiento.
Miré la esfera. Respiré hondo. Intenté ignorar a Valerio. A los demás. A Rui. A la Llave. Al Dol. A todas las cosas que no entendía y que parecían haber decidido instalarse dentro de mi cabeza.
Solo la piedra. Imaginé que se elevaba. No como una posibilidad. Como un hecho.
— Levitat.
La esfera tembló. Después se alzó. Un centímetro. Quizá dos. Y cayó de nuevo. Me quedé mirándola. —Lo he hecho. —Apenas —dijo Valerio. —Pero lo he hecho.
No pude evitar sonreír. Era una magia ridícula. Una piedra flotando dos centímetros durante menos de un segundo.
Y, aun así, algo cálido se encendió en mi pecho.
Arnau asintió una sola vez.
—Otra vez.
Y eso hicimos.
Una y otra vez.
Hasta que me dolieron los dedos, aunque no los estaba utilizando. Hasta que Cass consiguió mantener su esfera suspendida durante diez segundos. Hasta que Iván levantó tres a la vez y Arnau lo obligó a empezar desde cero por presumido.
Cuando la clase terminó, Arnau hizo desaparecer las esferas con un movimiento de muñeca.
—Diez minutos de descanso. Después, sala de combate. Hoy aprenderéis a caer sin romperos el cuello. Aitor soltó una risa baja. Pero cuando se giró, vi que se frotaba la palma de la mano. Bajo sus dedos, durante apenas un instante, algo oscuro pareció moverse bajo la piel.
Parpadeé.
Ya no estaba.
Los iniciados fuimos entrando en la sala de combate mientras varios instructores terminaban de preparar el entrenamiento.
La estancia era inmensa. El suelo estaba cubierto por arena gris y las paredes rebosaban armas de todas las épocas. Espadas, lanzas, hachas, escudos… incluso algunas que ni siquiera sabía nombrar.
En el centro nos esperaba un hombre alto, de cabello oscuro salpicado por algunas canas y una barba perfectamente recortada. Vestía el uniforme negro de los templarios y mantenía las manos cruzadas a la espalda.
Su sola presencia imponía más silencio que cualquier grito.
—Soy Gabriel Valls —dijo con voz firme—. Líder de los cazadores y responsable de vuestra formación física durante los próximos meses.
Nadie abrió la boca.
—Para los brujos la magia es una herramienta. Un arma. Está genial. Pero brujos, cazadores y templarios aquí aprenderéis que vuestro cuerpo también puede ser un arma.
Comenzó a caminar despacio frente a la fila de iniciados.
—Y cuando una falle… será la otra la que os mantenga con vida.
Se detuvo frente a Valerio.
—Aquí aprenderéis a derribar a cualquier oponente.
Continuó caminando.
—Aprenderéis a sobrevivir a cualquier golpe
Entonces lo vi. Apoyado contra uno de los pilares de piedra, con los brazos cruzados, estaba Eloi.
No decía nada. Simplemente observaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó apenas la barbilla a modo de saludo.
Después señaló discretamente mis pies. Fruncí el ceño.
Miré hacia abajo. Estaba apoyando todo el peso sobre una sola pierna.
Corregí la postura casi por instinto. Desde el otro lado de la sala, Eloi sonrió apenas un segundo.
Nadie más pareció darse cuenta. Gabriel se detuvo.
—Por parejas.
Un instante después, la sala estalló en movimiento. Cass terminó frente a Annia. Aitor se colocó con Iván. Yo apenas tuve tiempo de preguntarme con quién me tocaría cuando una voz sonó detrás de mí.
—Conmigo.
Me giré.
Gabriel.
Tragué saliva.
—¿Algún problema, Brusc?
—No… ninguno.
—Bien. Porque vas a besar mucha arena hoy.
—La guardia.
Levanté los puños.
—No.
Con dos movimientos rápidos me recolocó los brazos.
—Los codos protegen las costillas. La barbilla baja. Si me regalas la mandíbula, te la romperán.
Asentí.
—Ahora intenta golpearme.
Lancé un directo. Ni siquiera llegó a tocarlo. Gabriel giró apenas el cuerpo. Mi puño atravesó el aire. Antes de entender qué había pasado… La arena golpeó mi espalda. El aire escapó de mis pulmones.
—Otra vez.
Me levanté.
Volví a atacar.
Esta vez intenté sorprenderlo con un gancho. Me sujetó la muñeca. Giró sobre sí mismo. Mi propio impulso me lanzó por encima de su cadera. Otra vez al suelo.
—Demasiada fuerza.
Me tendió la mano. No para ayudarme. Para obligarme a levantarme más deprisa.
—Otra vez.
Una hora después, la arena estaba llena de huellas, sudor y algún que otro orgullo destrozado.
Gabriel caminaba entre los combates corrigiendo posturas con la misma facilidad con la que derribaba a cualquiera que cometiera un error.
—¡Los pies, Sendra!
Cass corrigió la posición una fracción de segundo antes de que Annia la hiciera caer.
—Mucho mejor.
A unos metros, Aitor había vencido a su rival en apenas unos segundos.
Sonreía como si acabara de salvar el mundo.
Poco a poco los combates fueron terminando.
Yo respiraba como si acabara de correr una maratón.
La camiseta se me pegaba a la espalda y los nudillos empezaban a dolerme.
—Recoged la sala. Mañana seguiremos.
Los iniciados comenzaron a abandonar la arena entre quejas y bromas. Cass pasó junto a mí.
—¿Sigues vivo?
—De milagro.
—Te espero en el comedor.
Asentí. Esperé apenas dos pasos antes de seguirla.
—Brusc.
Me detuve. Ya está. Había llegado mi sentencia. Me giré despacio.