Llum i ombra CAPÍTULO 7 – PRIMEROS ENTRENAMIENTOS
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CAPÍTULO 7 – PRIMEROS ENTRENAMIENTOS

ALEX.

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Dormí fatal.

O, mejor dicho, apenas dormí.

Cada vez que conseguía cerrar los ojos, volvía a sentir su respiración demasiado cerca. La forma en que me había mirado. La tensión con la que había apretado la mandíbula antes de marcharse.

No había sido un rechazo.

Pero tampoco un sí.

Y eso era incluso peor.

Un golpe seco contra la puerta me hizo dar un respingo.

—¡Arriba, iniciados! ¡Cinco minutos! —rugió una voz al otro lado del pasillo.

Me vestí deprisa con el uniforme que había en el armario y salimos al pasillo junto al resto de iniciados.

Estaba claro que Umbrafort nunca duerme.

Había brujos cruzándose con templarios, cazadores terminando el turno de vigilancia y comandantes dando órdenes mientras atravesaban los corredores de piedra como si llevaran horas levantados.

Nosotros apenas éramos una gota más en aquel río de gente.

—¿Qué toca hoy? —preguntó Cass, bostezando.

—Magia menor. Después combate sin armas —respondió Aitor, que apareció a nuestro lado acompañado de Annia—. Si sobrevivimos, nos dejarán desayunar.

—Qué considerados.

Seguimos el flujo de iniciados por uno de los interminables pasillos de piedra. A aquellas horas, Umbrafort era un hervidero.

Brujos que repasaban pergaminos mientras caminaban. Cazadores cruzaban cargados con arcos y espadas. Un comando paso junto a nosotros con el uniforme a medio colocar, comentando algo sobre una misión nocturna.

Todo el mundo parecía tener un destino.

Excepto nosotros.

—¿Siempre hay tanta gente? —pregunté, bajando la voz.

Annia sonrió sin dejar de caminar.

—Esto no es ni la mitad. Hay comandantes que todavía están fuera y otros que acaban de volver. Umbrafort nunca para.

Miré a mi alrededor.

Hasta ese momento solo había visto habitaciones, pasillos y alguna sala enorme. Ahora empezaba a entender que aquello no era un refugio.

Era una ciudad.

Una ciudad enterrada bajo otra ciudad.

Doblamos una esquina y el pasillo desembocó en una estancia que ya conocia.

La sala de los juicios, donde realizamos la primera prueba.

Que sentimiento tan amargo me despierta esta sala.

Decenas de iniciados ya esperaban allí formando pequeños grupos.

Algunos hablaban entre ellos. Otros repasaban libros escritos en una lengua que no reconocía.

—Bienvenidos a vuestra primera clase de magia menor.

La voz grave hizo que toda la sala guardara silencio.

—Bienvenidos Brujos, cazadores y templarios. Todos aprenderéis los entresijos de la magia menor, no solo los brujos. Los cazadores y los templarios asistiréis a mis entrenamientos.

El brujo que acababa de entrar tendría unos cincuenta años. Vestía un traje de cuero verde oscuro con el símbolo de la Orden bordado en el pecho, con una capa colgada del hombro izquierdo y caminaba despacio, con las manos entrelazadas a la espalda.

Su mirada recorrió uno por uno a todos los iniciados.

—Antes de aprender a utilizar la magia de vuestra casa… tendréis que aprender a utilizar la magia. La magia menor.

El brujo esperó a que el murmullo desapareciera por completo antes de hablar.

—Mi nombre es Arnau Vidal. Soy brujo de la Casa d’Aigua y, durante las próximas semanas, seré el responsable de enseñaros magia menor.

Recorrió la sala con la mirada.

—Olvidaos de todo lo que creéis saber sobre la magia. No vais a lanzar rayos ni a incendiar montañas.

Alguno soltó una risa nerviosa.

Arnau no sonrió.

—Todavía.

El silencio regresó.

—Todos vosotros pertenecéis a una de las cuatro casas que alberga la orden. Bruma, Aigua, Foc o Ferro. Cada una posee una afinidad distinta con la magia, pero ninguna de esas afinidades sirve de nada si antes no aprendéis a dominar la base de toda magia.

Levantó una mano.

Sobre su palma apareció una pequeña piedra.

—La magia menor.

Susurro algo que no logre escuchar. La piedra comenzó a girar lentamente sobre sí misma.

—Es la magia que cualquier brujo puede aprender y debe dominar. No importa la casa de la que proceda. Son hechizos sencillos, útiles y, sobre todo, seguros.

La piedra descendió de nuevo hasta su mano.

—O casi siempre.

Más de uno tragó saliva.

—Para utilizarla necesitaréis dos cosas.

Levantó dos dedos.

—Voluntad…

Un tercero.

—…y la Lengua de las Madres.

Aquel nombre consiguió captar toda mi atención.

—La Lengua de las Madres es el idioma con el que las primeras brujas moldeaban la magia. No es un idioma cualquiera. Cada palabra tiene un propósito. Cada sonido tiene un peso. Si pronunciáis un hechizo sin intención…

Chasqueó los dedos.

No ocurrió absolutamente nada.

—…la magia os ignorará.

Entonces volvió a chasquearlos.

Esta vez la piedra salió despedida hacia el techo, quedó suspendida en el aire durante un instante y regresó suavemente a su mano.

—Pero si vuestra voluntad acompaña a vuestra voz…

Dejó que la frase muriera sola.

No hacía falta terminarla.

Todos habíamos entendido el mensaje.

Arnau paseó entre nosotros con las manos a la espalda.

—Hoy aprenderéis vuestros primeros hechizos.

Se detuvo frente a una mesa llena de pequeñas esferas de piedra.

—Levitat.

Con un simple gesto, una de las esferas se elevó unos centímetros del suelo.

—No intentéis levantarla muy alto. No intentéis impresionar a nadie. Si conseguís moverla un dedo… será suficiente.

Nos repartieron una esfera a cada uno.

La mía no debía pesar más que una manzana.

Y, aun así, tuve la sensación de que acababa de colocar una montaña delante de mí.

Arnau dejó que el silencio se asentara antes de continuar.

—¿Sabéis por qué los brujos no utilizamos magia para absolutamente todo?

Nadie respondió.

Valerio parecía aburrido. Cass observaba las esferas con una concentración casi agresiva. Aitor, a mi lado, mantenía la vista clavada en el suelo.

—Porque la magia nunca viene sola —dijo Arnau.

Algunas cabezas se alzaron.

—Cada vez que pronunciáis una palabra en la Lengua de las Madres, abrís una puerta. La mayoría de las veces será apenas una rendija. Lo suficiente para que la magia os atraviese, obedezca vuestra intención y desaparezca.

Hizo una pausa.

—Pero toda puerta puede abrirse demasiado.

El ambiente de la sala pareció enfriarse.

—Y, cuando eso ocurre, el Dol puede escucharos.

Noté que Aitor tensaba la mandíbula.

Fue un gesto mínimo. Tan breve que quizá me lo habría perdido si no estuviera justo a su lado.

—¿Escucharnos cómo? —preguntó una iniciada desde el fondo.

Arnau la miró.

—Como vosotros escucharíais a alguien pidiendo ayuda al otro lado de una pared.

Nadie volvió a hablar.

—El Dol no se presenta como un enemigo. No al principio. No os obliga ni os arrastra. Os ofrece exactamente aquello que creéis necesitar. Fuerza cuando os sentís débiles. Control cuando tenéis miedo. Poder cuando teméis perder a alguien.

Aitor cerró una mano alrededor de la otra.

Sus nudillos se quedaron blancos.

Annia, situada a pocos pasos, lo miró de reojo.

—Por eso aprenderéis primero a cerrar la puerta —continuó Arnau—. La magia no consiste únicamente en dejar entrar poder. Consiste en saber cuándo detenerlo.

Qué tranquilizador.

Mi primera clase de magia y ya estaban explicándonos cómo evitar que una energía ancestral corrompiera nuestra alma.

Arnau señaló las esferas.

—Colocad una mano sobre la piedra. No la agarréis. Sentid su peso sin tocarla.

Me incliné sobre la mesa.

La esfera permanecía inmóvil, ajena a mi crisis existencial.

—La palabra es Levitat —dijo Arnau—. Pero no cometáis el error de pensar que basta con pronunciarla. La Lengua de las Madres responde a la intención. Si dudáis de vosotros mismos, la magia también dudará.

Lua una de las iniciadas que estaba en primera fila levantó la mano sin esperar permiso.

— Levitat.

Su esfera salió disparada hacia arriba.

No unos centímetros.

Casi alcanzó el techo.

Lua sonrió mientras la hacía descender con una lentitud irritante, como si llevara haciéndolo desde la cuna.

—He dicho que no intentéis impresionar a nadie —dijo Arnau.

—No lo intentaba.

Mentirosa. Ya tenemos a la doña perfecta. Genial.

—Entonces tendrás que aprender a controlar el exceso de fuerza —respondió Arnau—. La falta de dominio no es talento.

La sonrisa de Lua se endureció.

Cass soltó una risita a mi lado.

—Me cae bien este hombre —susurró.

—Concéntrate, Sendra —dijo Arnau sin siquiera mirarla.

Cass compuso una expresión inocente y extendió la mano hacia su esfera.

— Levitat.

La piedra tembló.

Se desplazó apenas un dedo sobre la mesa y volvió a caer.

Cass abrió mucho los ojos.

—La he movido.

—La has asustado —dije.

Me dio un codazo sin apartar la vista de la esfera.

— Levitat —repitió.

Esta vez se elevó unos centímetros.

No fue elegante. La esfera osciló como si estuviera borracha, pero permaneció suspendida.

Cass sonrió con tanta satisfacción que parecía haber levantado Umbrafort entera.

Un chico pelirrojo que se encontraba al final, al lado de Valerio fue el siguiente. Iván Delgado. Casa del Foc.

Colocó la palma sobre su esfera y cerró los ojos.

— Levitat.

La piedra se elevó de inmediato.

Demasiado rápido.

Se detuvo a la altura de su rostro y comenzó a vibrar.

Iván abrió los ojos.

Durante un instante, una sombra oscura recorrió la superficie de la esfera. No era un reflejo. Parecía algo que se movía desde dentro.

Iván cortó el hechizo.

La piedra cayó sobre la mesa con un golpe seco.

Cass frunció el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió él demasiado deprisa—. He calculado mal.

Arnau lo observó durante un segundo más de lo necesario.

—Otra vez. Con menos fuerza.

Iván apretó los labios.

— Levitat.

Esta vez la piedra se elevó con suavidad.

Normal.

Como si nada hubiera ocurrido.

—Brusc —dijo Arnau.

Genial. Mi turno. Extendí la mano hacia la esfera. No sentí nada. Ni una vibración. Ni una corriente.

Ni una voz ancestral susurrándome que era la llave.

Solo una piedra.

Una piedra pequeña y, aparentemente, muy comprometida con permanecer exactamente donde estaba.

— Levitat.

Nada.

Esperé.

La esfera no tuvo ni la decencia de temblar. Muévete guarra.

Alguien soltó una risa por lo bajo.

Volví a intentarlo.

— Levitat.

Nada.

Valerio se cruzó de brazos.