CAPÍTULO 6 - LA BRUMA DECIDE #2
No distinguía qué era real y qué no.
¿Estaba aún dentro de la prueba?
¿O eso que había visto… Leo… era verdad?
—Leo Gómez —dijo una voz. Firme. Poderosa.
La Ancestra.
—No ha superado la prueba. Que el eco del Dol no te reclame. Que tu alma encuentre la paz. Que la Bruma te envuelva y el Abisme te olvide.
Un susurro colectivo recorrió la sala. Gente bajando la cabeza. Otros conteniendo la respiración. Yo solo veía destellos. Nombres que no reconocía. Fragmentos de símbolos.
Y luego una sombra familiar.
Eloi.
Me estaba sujetando los hombros, inclinándose sobre mí.
—Álex. Eh, mírame, renacuajo. Respira. Ya estás fuera. Estoy contigo.
Quise decirle que no podía respirar. Que aún sentía esa cosa mirándome desde el fondo del espejo. Pero no me salían las palabras.
Entonces noté unos brazos más fuertes.
Un calor distinto.
—Tranquilo —susurró una voz en mi oído—. Ya te tengo.
Rui.
Me alzó como si no pesara nada. Su pecho era cálido. Su olor a tierra húmeda, a noche, a algo salvaje, me envolvió.
—¿Dónde coño estabas? — escucho decir a Eloi, a lo lejos.
—Observando —respondió Rui, sin dejar de caminar—. Como un buen depredador. Ahora déjame ocuparme de él.
No sé cómo, pero en algún momento cerré los ojos. La oscuridad me tragó. No era negra. Era azul. Como la bruma cuando duerme.
Como Rui. Cuando está cerca y no dice nada, pero lo dice todo.
Y por un instante, creí que estaba a salvo.
—¿Está bien? —escuché la voz de Sonie, ahogada por el eco del pasillo.
—Ha tenido que pasar algo muy raro dentro —añadió Román.
—La Ancestra se ha puesto nerviosa —murmuró Sonie—. Y eso no ocurre ni cuando muere alguien.
Un silencio. Un paso más fuerte. Rui seguía sin hablar.
—¿Qué ha pasado ahí dentro, te ha tocado el dol? —preguntó Eloi, más cerca de mí. Sentí su tensión, como un nudo apretado en el aire—.
Me latía la cabeza.
Intenté mover los dedos, pero se negaban. Quería decirles que estaba despierto. Que estaba aquí.
Quería preguntar por Leo.
—Chicos no creo que pueda ser posible pero y si Alex…? —dijo Sonie más bajo.
—¿Uno de los cuatro? —replicó Román, incrédulo.
—¿Habéis visto la runa que ha quedado en el suelo? —añadió Sonie, con un tono contenido—. Era antigua. Como las del templo de la Torre…
—No lo digáis en voz alta —le corta Rui—. Al menos no todavía.
Un nuevo silencio.
Y en él, mi respiración. Irregular. Pesada.
Como si mi propio cuerpo no supiera si quería quedarse.
—¿Crees que estará bien? —preguntó Sonie, casi en un suspiro.
—Lo estará —dijo Rui.
Me apretó contra su pecho. Como si pudiera protegerme de algo. Como si supiera que ese algo me había tocado ya. Están hablando de mí, delante de mi y no estoy entendiendo nada. Joder parece que están hablando en Klingon.
Y esta vez, estaba completamente acojonado.
No de los otros.
De mí.
¿Quién coño soy?
Al poco rato de haberme dormido me desperté con la sensación de estar flotando.
No como en un sueño, sino como si el cuerpo aún no hubiese aterrizado del todo. Las sábanas estaban revueltas, el pecho me ardía y el aire olía a algo familiar.
A él.
Me giré despacio. Rui estaba sentado junto a mi cama, apoyado en la silla, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en mí. Como si llevara horas ahí.
—¿Estás bien? —preguntó, sin moverse.
Tardé un momento en poder responder.
—Creo que sí. ¿Qué ha pasado?
—Te desmayaste en la prueba. La Ancestra anunció la muerte de Leo. El resto… fue raro. Estás aquí desde hace horas.
Me incorporé con dificultad, sintiendo un hormigueo en las extremidades. Rui se levantó para ayudarme, y al rozarme el brazo, todo volvió de golpe: el miedo, la ilusión, su voz gritando mi nombre desde fuera.
—Estabas en el suelo —dijo, en voz baja—. No reaccionabas.
Frunció la mandíbula antes de continuar.
—Joder Alex.
Me miró a los ojos. De verdad.
Y yo también lo hice.
Durante un instante no existió Umbrafort, ni las runas, ni la Ancestra, ni los sellos. Solo nosotros dos, en esa habitación demasiado pequeña para tanto silencio.
—No te vi antes de la prueba —murmuré—. Te estuve buscando.
—Lo sé.
—¿Y?
—Tuve que hablar con Nym. No podía decirte nada. Pero… llegué a tiempo. ¿No?
Asentí.
Rui respiró hondo. Luego se acercó un paso más, y otro. Se quedó frente a mí, podía sentir su respiración, pero sin invadir. Como si esperara a que yo dijera algo, o a que el mundo se reordenara.
Me reí, aunque fue más un bufido incrédulo.
—¿Tú tienes corazón?
—Depende del día. Y del que lo pregunte.
Me miró. De esa forma suya. No intensa, sino lenta. Como si sus ojos buscaran algo en mi cara. Como si intentara memorizarme.
—Tenías sangre en la boca —añadió.
—¿Qué?
—Durante la prueba. Cuando caíste. Te sangraban los labios.
Llevé un dedo a la comisura. Aún quedaba una línea seca.
—Podrías haberme limpiado —dije, medio en broma.
—Podría.
—Pero no lo hiciste.
—Estabas tan quieto que no quería hacerte… desaparecer. Como si fueras humo. O un sueño.
Bajé la mirada.
—Qué poético te pones.
—No es poesía si es verdad.
Silencio. Largo. Casi cargado.
Rui dio un paso más. Ya no había distancia entre los dos. Solo la duda.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
—¿Quieres tú?
—No suelo quedarme. En ningún sitio.
—¿Y si te digo que esta vez podrías probar?
No respondió. Pero su mano subió despacio hasta mi nuca. No me tocó, solo se quedó ahí, suspendida. A centímetros.
—Estás temblando —susurró.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
—¿Y tú qué sabes?
—Lo noto. Aquí.
Colocó su mano abierta sobre mi pecho. Justo encima del esternón. La piel me ardió bajo la camiseta.
No se movió. No se fue. No dijo nada.
Yo tampoco.
Solo estábamos ahí, midiendo el aire entre nosotros.
—Siempre hablas como si no te importara nada —le dije.
—Y tú siempre finges que no necesitas a nadie.
El mundo se volvió más pequeño. Más lento. Más claro.
—¿Y si solo fingimos juntos? —le pregunté.
Sonrió. Esta vez de verdad. Con esa mueca torcida que parecía construida para romperme por dentro.
—Lo estás haciendo otra vez —murmuré.
—¿El qué?
—Mirarme como si me vieras.
—Es que te veo.
Sus dedos no bajaron. Seguían ahí, quietos sobre mi pecho, como si quisieran sentir no solo mi respiración, sino todo lo que intentaba esconder.
Yo no me movía. Estaba agotado. Pero había algo en su cercanía que me sostenía más que cualquier magia.
—Nunca me dejas tranquilo —le dije.
—Y tú nunca me dices que pare.
—A lo mejor es porque no quiero que pares.
La frase quedó en el aire, vibrando entre nosotros como un encantamiento.
Rui bajó la mirada, pero no apartó la mano. Su voz se volvió más baja.
—No sé cómo tratarte, llumeta. A veces me dan ganas de empujarte contra la pared. O de abrazarte. O de irme y no volver.
—Haz lo que quieras —susurré.
—¿Aunque me arrepienta?
—Quizá yo también me arrepienta.
Una pausa.
Sus dedos se movieron apenas, dibujando un gesto lento sobre mi pecho, como si reconocieran el contorno de algo sagrado.
—¿Te has dado cuenta? —dijo, casi sin voz— Siempre estás temblando cuando estoy cerca.
—Eso es mentira.
—Entonces por qué no puedes dejar de mirarme.
Le sostuve la mirada. sin apartarla. Desafiando. Provocándole.
El silencio se alargó. Sentía el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que estaba convencido de que él también podía oírlo. Tragué saliva. Los ojos de Rui descendieron un instante hasta mi boca.
Apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
El aire cambió.
Su mandíbula se tensó.
Los músculos de sus brazos se marcaron bajo la camiseta, como si estuviera conteniéndose.
Dio un paso hacia mí.
Tan cerca que volví a notar su respiración.
Apretó los puños.
Con fuerza.
Tanta que los nudillos se le quedaron blancos.
Cerró los ojos apenas un instante.
Respiró hondo.
Cuando volvió a abrirlos, aquella intensidad había desaparecido.
Había levantado un muro.
—No vuelvas a mirarme así, Álex.
Su voz salió ronca.
Casi rota.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Negó con la cabeza, como si estuviera enfadado consigo mismo.
—No sabes lo peligroso que es esto.
Se dio la vuelta.
Y se marchó.
Me quedé inmóvil.
Con el pulso disparado.
Con la respiración hecha un desastre.
Y con una sensación ridícula de vacío instalada en el pecho.
Porque durante un segundo había estado convencido de que iba a besarme.
Y había sido él quien había decidido no hacerlo.