CAPÍTULO 6 - LA BRUMA DECIDE
ALEX.
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La cúpula se estremeció.
Brillos violetas, turquesas y dorados se arremolinaron en lo alto como si una tormenta mágica se formara dentro del cielo de piedra. La luz descendía poco a poco, como si los símbolos de las Casas respiraran. Y entonces, la escuchamos.
La Ancestra. Su voz era como un río que llevaba siglos fluyendo bajo tierra. No alzaba el tono. No lo necesitaba. Se escuchaba igual que el viento que se cuela por las rendijas y pone la piel de gallina.
—Brujos.
Solo esa palabra. Y el silencio se hizo más hondo.
—Que la Bruma os reconozca. Que el eco Dol no os reclame aún. —Pausa—. Aquellos que estéis preparados… dad un paso al frente.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba. Como si en lugar de moverme tuviera que abrir una compuerta desde dentro. Vi a Cass moverse antes que nadie. Firme. En silencio. Después, otro iniciado. Y otro.
Tragué saliva.
Iba a moverme.
—Llumeta.
Me giré.
Allí estaba.
Apoyado contra una de las columnas, con los brazos cruzados y el mismo brillo desafiante en los ojos que la primera vez. Rui. Su sonrisa era todo menos tranquila. Como si supiera algo que los demás no. Como si lo disfrutara. O como si le importara más de lo que admitía.
—Vas a hacerlo bien —dijo—. Ya te lo dije: los raros sobrevivimos.
—Llegas tarde —le solté, el pecho comprimido de un modo que no sabía si era alivio o rabia.
—Llego cuando hace falta —replicó, encogiéndose de hombros—. Te lo prometí, ¿no?
Eloi no dijo nada, pero sus ojos fueron de Rui a mí con una expresión que no supe descifrar. Como si tomara nota mental de algo que no pensaba compartir.
—Vamos, Álex —dijo—. Es hora.
Tragué saliva por segunda vez.
Vi los ojos de Cass, más adelante, clavados al frente. Aitor, firme junto a otro brujo que apenas conocía. Sonie ya no sonreía. La tensión era una cuerda invisible que nos rodeaba a todos, como si la magia misma nos estuviera midiendo.
Di un paso.
Uno solo.
Pero fue suficiente. Sentí cómo la Bruma vibraba bajo mis pies. Como si me reconociera. Como si me esperara.
—Que los brujos sean juzgados —dijo la Ancestra.
Y las puertas se abrieron.
—Brujos… vuestro momento ha llegado.
Me quedé clavado en el suelo. Todo en mí se tensó, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no. Tragué saliva. La piedra bajo mis botas parecía vibrar.
—Álex —dijo Eloi, bajando la voz—. Mira solo al frente. Pase lo que pase, recuerda quién eres.
Asentí, aunque no tenía ni idea de quién era.
Cass acababa de volver del portal, magullada.
Los iniciados que aún quedábamos comenzamos a avanzar hacia la zona central.
La sala se ensanchaba. El suelo parecía neblinoso, pero no había niebla.
Solo una bruma que flotaba. Las paredes nos miraban.
Los símbolos de las casas brillaban, uno por uno. Fuego. Agua. Hierro. Bruma.
Yo no brillaba. Aún no.
Y justo cuando iba a dar el primer paso, algo me hizo girar.
Rui. Alzando una ceja. Mostrando sus afilados dientes en una sonrisa provocadora, felina.
—Saca garra, llumeta.
No sé por qué, pero eso me bastó.
No “buena suerte”, no “cuídate”.
Saca garra. Como si esperara que luchara. Como si supiera que podía.
Me di la vuelta. Respiré hondo.
Y crucé.
La niebla me tragó en cuanto crucé el umbral.
Al principio no vi nada. Ni suelo, ni techo. Solo… Bruma. Suspendida, viva, densa como un suspiro que no termina de salir. Caminé, o al menos eso creía. Mis pies no tocaban suelo firme, pero tampoco flotaba. Era como moverse dentro de un pensamiento.
Empezaron los ecos. Voces. No mías. No ahora. Pero conocidas.
—No vas a ser capaz.
—Estás aquí por error.
—Tú no perteneces a esto.
Cerré los ojos. No. No era verdad. Quería creer que no era verdad.
Seguí avanzando, o lo intenté. De pronto, frente a mí, una especie de símbolo flotante, hecho de luz negra.
Una espiral incompleta, con tres líneas que cruzaban su centro como un ojo cerrado.
Detrás una figura de una mujer de espaldas, la misma de mis sueños, delgada alta, con el cabello oscuro y el pelo negro y largo.
Lo toqué. No sé por qué. Quizá fue instinto. Curiosidad.
Me quemó.
Un latigazo me atravesó el brazo y, con él, un destello de imágenes que no eran mías… o lo habían sido hace mucho. Una ciudad enterrada. Un río seco. Una palabra en un idioma que no conocía, pero que mi cuerpo sí:
“Sagnatia.”
Sangra.
Di un paso atrás. Entonces mi boca se movió sola, como si fuera otro el que hablaba con mi voz:
—La llave sangrara y el umbral se abrirá.
Me quedé paralizado.
¿Qué…? ¿Qué coño estaba pasando?
Me giré al sentir un cambio en la temperatura.
Frente a mí, flotando entre la niebla, apareció un espejo.
Antiguo, de marco ennegrecido por el tiempo.
No había estado ahí antes. Estoy seguro.
La mujer sigue de espaldas, de repente roza el espejo con sus afiladas uñas, el espejo se agrieta, ella comienza a caminar y a desvanecerse.
Me acerqué, con la respiración contenida.
Mi reflejo… no era yo.
Me miraba con ojos vacíos, como pozos secos. La piel estaba gris, como si el tiempo lo hubiera podrido por dentro. Sus venas estaban completamente negras. Pero lo peor no era eso. Era que… sonreía.
—Tú no deberías estar aquí. —dijo mi reflejo. Su voz era la mía, pero más baja, más rota.
—Esto es solo una ilusión —me dije en voz alta—. No es real.
—¿Y si lo es? —respondió la imagen—. ¿Y si siempre has sido esto? Una grieta. Un error. Una llave rota.
La bruma tembló.
—Sabes lo que eres. Sabes que no eres como los demás. Eres la grieta en el sello. El Dol te llama por tu nombre.
—¿Qué es el Dol? —susurré.
El espejo se agrietó.
—Es el lugar del que nunca volverás.
Y entonces, el reflejo se alzó en llamas negras. No fuego real, sino un resplandor opaco que se tragaba la luz. La imagen estalló en mil fragmentos que giraron en torno a mí como cuchillas.
Me agaché, cubriéndome. Una de ellas me rozó la mejilla. Sangré.
El mundo se resquebrajó.
pero no se rompió.
En lugar de volver a la sala, me encontré de pie en medio de un pasillo que no reconocía. Antiguo. De piedra húmeda y paredes cubiertas de musgo. Había un silencio espeso, como si la realidad se hubiera detenido para observarme.
Caminé. No porque quisiera, sino porque mis pies lo hicieron por mí. A cada paso, la niebla se hacía más densa, más pegajosa.
Entonces lo vi.
—¿Leo?
Estaba en el suelo, Leo era uno de los iniciados que había entrado poco antes que yo, lo acababa de conocer, estaba con la cabeza ladeada. Los ojos abiertos, vacíos. La piel, cenicienta. El mismo uniforme que llevaba cuando entro a hacer la prueba, manchada de barro. Y sangre.
Me arrodillé junto a él, pero no me atrevía a tocarlo.
—Esto no es real —murmuré—. Tú no puedes estar aquí.
—Estoy en todas partes, —dijo Leo.
Me congelé.
No había movido los labios.
—¿No lo entiendes todavía, Álex? Lo que pasa aquí no es una ilusión. Es una puerta. Y tú la estás abriendo.
—¿Puerta? ¿Qué puerta?
—La que no debiste abrir.
El cuerpo de Leo se levantó con un crujido grotesco. Su cuello se doblaba como un tallo roto. Y me miraba con una expresión que no era suya.
—Somos el eco del Dol, Álex Brusc. Y el Dol viene a buscarte. Ella viene a buscarte.
El suelo empezó a deshacerse bajo mis pies como ceniza.
—Tú eres el error. La grieta. La llave rota.
—¡Calla! —grité.
Pero las voces no paraban. Ahora eran muchas. De todas partes. Voces que sonaban como la mía. Como Cass. Como Eloi. Como Rui.
—No deberían haberte dejado entrar.
—No eres uno de nosotros.
—Nunca lo fuiste.
—Nunca lo serás.
Tapé mis oídos, pero estaban dentro.
Respira Alex. Respira.
Entonces, lo sentí.
Algo dentro de mí. Como una chispa. Como si la bruma en mi pecho ardiera. No en fuego… sino en visión.
Leo estaba en el suelo.
Su cuerpo.
Su cara.
Vacía, sin luz. La sangre le manchaba el cuello y los labios. Tenía los ojos abiertos, fijos en mí, como si me hubiera estado esperando.
—No he podido —susurró. Aunque su boca no se movió. El aire se volvió frío. Denso. Como si algo estuviera presionándome el pecho desde dentro.
—No he sido suficiente.
—Tú tampoco lo serás.
Me giré. Otra figura caminaba entre la bruma.
No. No era una figura. Era una grieta. Un desgarro en la realidad, con forma humana. Su piel parecía hecha de sombra, con runas brillando a fuego lento bajo la superficie. Su rostro se curvaba, pero no era sonrisa. Era una mueca. Porta una corona
Quise moverme, retroceder, escapar… pero mis pies no respondían.
Leo me agarró del tobillo, aún con los ojos vacíos.
—Vas a hundirte con nosotros.
Mi garganta se cerró.
Y entonces… la bruma en mí despertó.
No fue una explosión. Fue como si algo que llevaba años contenido encontrara una rendija. Una grieta en el corazón. Y desde ahí se desbordó todo.
Luz. Magia. Dolor.
Una ilusión inversa se formó en la sala real: runas flotantes, símbolos antiguos, fragmentos de memoria que no eran mías. Fragmentos de otros. De él.
Los demás no veían lo mismo que yo, pero sentían el impacto.
Un viento giró sobre el centro de la sala. El techo tembló. Los muros resonaron con un eco arcano.
Y en medio de todo, yo grité.
La figura desapareció.
Leo se desvaneció.
Caí de rodillas.
La bruma se disipó… lentamente.
Me temblaban las manos. Los ojos me ardían.
Sentí una mirada sobre mí.
La Ancestra se había puesto en pie.
—…Álex —pronunció—. Has cruzado el umbral de la ilusión, y lo que has mostrado no es solo magia… es un presagio.
Sus ojos, por primera vez, mostraban algo cercano al miedo.
—La Bruma te reconoce como suyo.
—Y aunque aún no lo comprendas…
—Tú también la has reclamado.
Me temblaban las piernas.
Sentía la bruma salirme por los poros, como si no cupiera dentro de mí. Como si yo fuera solo un canal, un recipiente torpe para algo demasiado grande. El suelo giraba bajo mis pies. O era el techo. O todo.
Quise decir algo. Levantar la mano. Mirar a alguien.
Pero lo único que hice fue caer.
Mi cuerpo golpeó el mármol con un ruido seco. Todo se volvió borroso. Vi manchas de luz flotando en el aire. Voces. Muchas voces. Pasos corriendo. Alguien gritó mi nombre.