CAPÍTULO 5 – LA PRIMERA PRUEBA #4
—Aitor —susurró, cogiéndole de los brazos—. Escúchame. Da igual lo que veas ahí dentro. Acuérdate de nuestros entrenamientos, Acuérdate de quién eres.
Él intentó bromear, pero la voz se le quebró.
—¿Un tío con mala suerte y alergia al esfuerzo?
Ella sonrió. Le apoyó la frente, como hacían los hermanos cuando eran niños.
—No. Eres un Claramunt. Y los Claramunt protegemos los sellos. Aunque cueste la vida.
Él asintió. Se abrazaron fuerte, como si supieran que ese gesto podría ser el último. Cuando se separaron, ambos se irguieron al unísono. Firmes. Silenciosos. Orgullosos.
Un segundo después, el suelo volvió a abrirse. El nombre de Aitor Claramunt brilló en el aire, flotando en letras de luz.
Me miró. Y sonrió, con esa mezcla de miedo y valentía tan suya.
—Volveré —dijo, y desapareció bajo tierra.
—¿Lo hará? —le pregunté a Eloi, sin pensar.
—Sí —contestó él, al instante—. No lo dudes.
Pero algo en su voz era más grave de lo habitual. Como si supiera que, incluso cuando alguien vuelve, algo dentro no siempre regresa con ellos.
La bruma mágica de la cúpula oscilaba como un mar invertido cuando la voz profunda de Edrian resonó de nuevo:
—Los cazadores… han concluido su prueba.
Un silencio tenso atravesó la sala. Incluso los símbolos de los muros parecieron apagarse por un instante.
Contuve la respiración.
Del arco norte, entre sombras y piedra, comenzaron a salir figuras.
Uno a uno, los cazadores regresaban y se alineaban.
Lentos, cubiertos de polvo, algunos con heridas leves.
Annia Claramunt fue la primera en erguirse con la barbilla alta, aunque su trenza estaba suelta y tenía sangre seca en la ceja. Tras ella, otro grupo.
Y entonces, entre los últimos… Aitor.
—¡Aitor! —susurré aliviado, dandome cuenta solo entonces de que había estado apretando los puños con fuerza.
El chico Claramunt caminaba con paso firme, pero su expresión no coincidía. Los ojos, muy abiertos. La mandíbula apretada. Como si acabara de ver algo que no sabía cómo olvidar.
Annia rompió filas y corrió a su encuentro.
—¡T’estava esperant! —le dijo, abrazándole. El gesto fue fuerte, casi desesperado. Aitor tardó unos segundos en rodearla con los brazos. Lo hizo, pero sin convicción.
—Los Claramunt protegemos los sellos… ¿recuerdas? —murmuró ella, con una sonrisa temblorosa.
Aitor no respondió. Asintió apenas.
Senti un escalofrío.
Eloi, a su lado, también observaba en silencio. Luego se acercó a los hermanos, les posó una mano breve en el hombro y les dijo algo en voz baja, demasiado bajo para oírlo.
—¿Estás bien? —pregunté cuando Aitor volvió a mi lado.
Aitor hizo un esfuerzo por sonreír, pero falló. Su boca se curvó solo un poco.
—Sí… —dijo, sin mirarme a los ojos—. Sí, claro. Lo hemos conseguido, ¿no?
Dude. Me dieron ganas de agarrarlo del brazo, de decirle que no hacía falta fingir, que podía hablar, pero algo en la mirada de Aitor me detuvo.
Se habían llevado algo de él, pensé . Algo invisible.
Y eso, en Umbrafort, parecía más peligroso que una herida abierta.
La sala se quedó en silencio, salvo por el murmullo lejano de las respiraciones contenidas y las botas de los cazadores que volvían, paso a paso, como si regresaran de una guerra.
La ancestra nombraba a los que habían sobrevivido a la prueba y a los caídos, La cúpula sobre nuestras cabezas temblaba, proyectando una luz dorada que parecía querer calmar el aire…
pero no podía. Era como si Umbrafort también aguantara la respiración.
Me ardían las manos. No sabía por qué. Ni siquiera había hecho nada aún. Pero las tenía cerradas, tensas, como si mi cuerpo supiera lo que venía y mi mente aún estuviera a años luz.
—Respira.
Me giré.
Eloi estaba a mi lado. No lo había oído acercarse. Su voz sonaba distinta esta vez, más baja. Como si solo fuera para mí.
Obedecí. Cogí aire. Lo solté.
—¿Has visto la cara de Aitor? —dije, sin mirarlo del todo—. Tenía miedo. De verdad.
—No se le va a ir esta noche —respondió—. Ni mañana. Pero ha vuelto. Eso ya es mucho más de lo que algunos pueden decir.
Tragué saliva.
—¿Yo también voy a volver… distinto?
Eloi no contestó de inmediato. Se limitó a observar al resto de iniciados. Cass no hablaba. Aitor, de nuevo junto a su hermana, tenía los hombros caídos. Hasta Sonie parecía más quieta de lo normal, sin su habitual fuego recorriéndole los dedos.
—No va a ser fácil —dijo por fin—. Pero tú no eres como los demás, Álex.
Lo miré de reojo.
—Porque soy tu iniciado, ¿no?
Eloi sonrió, esa sonrisa suya que siempre parece saber más de lo que dice.
—Porque eres tú. Y sí, también porque soy tu comandante. No un acosador nocturno, por si lo dudabas.
—Acosador nocturno con licencia de mando —murmuré, cruzándome de brazos.
—Podría ser peor —rió—. Podría ser ambos.
Me atreví a mirarlo bien por un segundo.
No sabía qué había cambiado en su expresión, pero algo se ablandó. Como si, por un instante, hubiera bajado la guardia.
—Ahora, en serio, Álex. Concéntrate. Sigue tu instinto. No te pierdas ahí dentro.
Ya no sonreía. Solo me miraba con una intensidad que me hizo olvidar, durante un segundo, todas las bromas anteriores.
—Cuando llegue tu momento —añadió, más bajo—, recuerda esto: no estás solo. Incluso si te sientes perdido. Incluso si te ciegas. Me tendrás ahí.
Me quedé quieto. No sabía qué decir. Las palabras se me congelaron en la garganta.
—¿Siempre eres así de intenso con tus novatos?
—Alex centrate —respondió, sin apartar la mirada—. Esta prueba no es ninguna tontería.
Me quedé mirándole. Había algo cálido en su forma de estar. Y también peligroso.
Entonces giró la cabeza hacia el palco.
—Ya casi es vuestro turno.
El nudo en mi estómago se apretó.
—¿Y Rui?
Maldición. La pregunta se me escapó de nuevo. No sabía si lo hacía por costumbre o porque, de verdad, necesitaba ver a ese tío arrogante de orejas puntiagudas. Como si algo dentro de mí no pudiera empezar sin él.
Eloi tardó unos segundos en contestar.
—Rui aparece cuando menos lo esperas ya te lo he dicho. No te preocupes. Siempre sabe cuándo hacerlo.
No supe si eso era una promesa o una advertencia.
Pero entonces, las luces del techo temblaron.
Y desde lo alto, como si naciera de la piedra, la voz de la Ancestra descendió como un eco antiguo. Mierda. Me toca. Voy a morir.