CAPÍTULO 5 – LA PRIMERA PRUEBA #3
Miré alrededor. El grupo no era pequeño. Aparte de nosotros, vi a un chico fuerte y callado que parecía templario, y una chica con mirada afilada que aún no había cruzado palabra con nadie. También estaba el rubito que parecía perdido.
Mi mirada se alzó por inercia. Busqué entre la gente, entre los comandantes que nos acompañaban a una distancia prudente.
Rui no estaba.
Mi estómago dio un vuelco.
Al frente, Clara Montalt caminaba con paso firme, sus botas resonando sobre la piedra con un ritmo casi militar. De vez en cuando giraba el rostro hacia nosotros, como si evaluara nuestras posturas, nuestras respiraciones. Parecía estar esperando que alguien dudara.
En un momento dado, Clara se giró bruscamente para decir algo a un ayudante, y sus ojos se cruzaron con los de Eloi. No dijeron nada. Pero no hacía falta.
El roce. La rivalidad. El pulso de dos fuerzas antiguas que no se soportaban, pero que se necesitaban.
Por un segundo, el ambiente pareció cortarse en dos. Clara resopló y siguió andando.
Eloi se giró hacia mí y murmuró, solo para que yo lo oyera:
—Cuando esos dos caminan juntos, huele a guerra santa.
Tragué saliva. La boca me sabía a hierro.
—¿Y qué hacemos nosotros? —pregunté.
—Sobrevivir —me respondió con una media sonrisa.
Entramos.
Fue como cruzar un umbral hacia otra época.
La sala era inmensa, tan vasta que las paredes se perdían en la oscuridad.
Los muros estaban cubiertos de relieves antiguos, y sobre ellos flotaban, como tatuajes vivos, los símbolos de las ramas y de cada Casa: la Bruma se deslizaba lenta como una niebla morada; el Foc ardía en espirales rojos; el Ferro plateado brillaba con fuerza estático y frío; l’Aigua caía en ondas suaves que se deshacían y volvían a formarse.
El techo no tenía lámparas. No las necesitaba. Sobre nuestras cabezas, una cúpula encantada emitía luz propia, hecha de reflejos líquidos que se movían como un mar suspendido. La bruma flotaba allí también, como si respirara.
Una pasarela se alzaba frente a nosotros, elevada, blanca, tallada en piedra.
La pasarela estaba flanqueada por antorchas que no albergaban fuego.
En su lugar, sobre cada una de ellas flotaba uno de los elementos de la magia, bañando la sala con una luz sobrenatural.
Desde allí, decenas de miradas nos examinaban en silencio.
Estaban todos.
La Ancestra, con su piel de mármol y su túnica de plata.
Inmóvil. Inmensa. Como si el tiempo no la tocara.
A su izquierda, Edrian, el líder supremo, observaba con los dedos entrelazados y los ojos entrecerrados, como un juez que decide qué piezas salvar.
Cerca de él, Gabriel Valls, imponente y silencioso.
Las figuras que nos observaban no hablaban. No necesitaban hacerlo.
Yo sentía cómo me bajaba la sangre a los pies.
Edrian dio un paso al frente. Su voz se alzó con un eco que parecía activado por la sala misma:
—Hoy comienza vuestro primer juicio.
Nadie se movió. Solo Cass tragó saliva a mi lado.
—No es una prueba de fuego —continuó Edrian—. No es un combate. Y sin embargo, podéis morir.
Silencio absoluto.
—Brujos, enfrentaréis la magia más allá de vuestra voluntad. Cazadores, actuaréis bajo presión, sin margen de error. Templarios, demostraréis que vuestra fuerza no os exime del sacrificio.
Vi cómo una mujer del grupo alzaba la cabeza con orgullo. Aitor apretó los puños. Cass cerró los ojos un instante.
—Frente a vosotros —prosiguió— se abrirán cuatro puertas. No elegiréis. Seréis elegidos.
Las palabras quedaron flotando como humo.
Entonces las vimos. Cuatro puertas talladas surgieron del suelo, girando lentamente sobre sí mismas. Una se cubrió de agua. Otra se agrietó con fuego. Otra se tiñó de sombras. La última brilló con una runa dorada que parecía emitir un sonido grave, como un corazón latiendo.
Yo no sabía cuál me llamaría.
Solo sabía que, cuando lo hiciera, no habría vuelta atrás.
Edrian alzó una mano.
Las puertas mágicas se detuvieron. El aire pareció espesarse, como si la sala entera contuviera el aliento.
—Templarios —proclamó, su voz retumbando como un tambor ancestral—. Que comience vuestra prueba.
Una runa dorada se encendió bajo los pies de los dos templarios presentes. El suelo vibró. La piedra reconocía a los suyos.
Uno era Valerio el chico de complexión fuerte, con el rostro tenso.
La otra, una mujer de piel tostada, expresión indescifrable y ojos que no parpadeaban.
Sus pasos resonaron sobre el mármol cuando avanzaron hacia la puerta dorada.
No hizo falta abrirla: se abrió sola, como si la sala misma les permitiera el paso.
Una luz antigua, espesa, los tragó.
Y la puerta se cerró.
El silencio se prolongó.
Demasiado.
Solo se oía la respiración contenida de los demás iniciados. Nadie se atrevía a susurrar. Ni siquiera Sonie.
A mi lado, Eloi cruzó los brazos, con el ceño levemente fruncido.
—¿Qué está pasando ahí dentro? —pregunté en voz baja.
—Lo que tenga que pasar —murmuró sin mirarme—. Pero no deberíamos tardar tanto en saberlo.
—¿No era una prueba rápida?
—Las decisiones… no siempre lo son.
Pasó otro minuto. Luego otro. Algunos se removían, otros miraban hacia la puerta esperando algún signo.
Y entonces, ella habló.
La Ancestra.
Estaba en lo alto del palco, rodeada de otros altos cargos, pero su voz descendió como si viniera del centro de la tierra.
—Uno de ellos ha muerto —dijo.
Fue una frase tan seca, tan escueta, que al principio costó entenderla.
—¿Qué? —susurró alguien.
Eloi giró lentamente el rostro hacia arriba.
—¿Cómo lo sabe?
—Puede verlo —dijo Sonie por lo bajo, sin apartar la vista de la Ancestra—. No con los ojos. Con su don.
Y como si su frase lo invocara, la puerta se abrió.
Solo uno salió.
El chico.
Avanzaba como si tuviera las piernas entumecidas. No sangraba, pero parecía haber sido herido por dentro. Sus ojos no miraban a nadie.
—Ella… eligió quedarse —musitó, más para sí que para los demás.
El eco de sus palabras se disolvió en la sala como humo frío.
Nadie se atrevió a romper el silencio.
—Uno de los templarios ha sido aceptado —anunció la Ancestra—. Otro ha caído.
La Ancestra alzó la cabeza con los ojos cerrados, como si escuchara algo que el resto no podía oír.
—Sandra Estelrich —pronunció con una voz que parecía surgir desde las profundidades de la piedra—. No ha superado la prueba. Que el eco del Dol no te reclame. Que tu alma encuentre la paz. Que la Bruma te envuelva y el Abisme te olvide.
Nadie se atrevió a moverse.
La frase cayó como una losa en el centro de la sala. Un ritual antiguo. Una despedida que sonaba más a conjuro que a plegaria.
A mi lado, noté cómo Eloi se tensaba un segundo.
—Es una pena... —dijo en voz baja—. Sandra llevaba dos años preparándose para esta prueba. Dos años. No sé qué habrá podido pasar.
Aitor bajó la mirada. Cass no parpadeó.
Entonces, la Ancestra volvió a hablar, esta vez con una inflexión distinta, casi orgullosa:
—Valerio Gael. Has demostrado visión, juicio y temple. Has superado la prueba. Bienvenido a la Orden.
Otros iniciados fueron entrando y saliendo de las puertas, perdí completamente la noción del tiempo, de pronto un murmullo respetuoso recorrió las gradas superiores. Algunos templarios inclinaron la cabeza desde sus posiciones elevadas.
La Ancestra hizo un gesto leve, y entonces Edrian retomó la palabra:
—Cazadores. Preparaos.
Aitor tragó saliva. Su hermana, Annia, apretó los labios, seria como nunca.
Un eco sordo se extendió por el suelo cuando una parte de la piedra se abrió lentamente, revelando una plataforma inferior.
Los cazadores descendieron en fila, encabezados por una figura más joven que el resto: un muchacho de pelo rizado que temblaba ligeramente.
Marc Delmas. Ya lo había visto el día de la iniciación y por los pasillos, pobre chico esta más perdido que yo.
—¿Dónde van ellos? —pregunté en voz baja.
Eloi, junto a mí, no despegó la vista del centro.
—A la prueba del temple. Simulaciones mágicas. A veces son trampas físicas, otras veces mentales. Nadie sabe lo que le toca. Cada uno va solo.
—¿Solos?
—Sí. Así descubrimos si son capaces de actuar cuando no hay nadie mirando. O cuando nadie puede salvarlos.
No me gustó nada cómo sonó eso.
Aitor se volvió hacia mí, intentando sonreír, pero sus ojos tenían un brillo tembloroso.
—Si no vuelvo… dile a Rui que sus chistes son una mierda —bromeó.
Le sonreí a medias, intentando fingir que no me afectaba.
—Volverás. Y se lo dirás tú mismo. Para eso estamos aquí, ¿no?
Annia se acercó a su hermano y lo abrazó con fuerza. No dijo nada. Luego me miró, como si de repente me reconociera como algo más que un iniciado.
—Cuida de él... si yo no vuelvo.
Negué con la cabeza.
—No digas tonterías. Vas a volver.
Una media sonrisa asomó en el rostro de Annia.
—Cierto. Además, tengo mucha mejor puntería que Aitor.
Uno a uno, los cazadores comenzaron a desaparecer por los portales que se abrían en el suelo.
El silencio era tenso. Un susurro invisible de magia recorría el aire.
Me incliné hacia Eloi.
—¿Por qué Rui no está? —Mierda. Lo he dicho en voz alta.
—Puede que venga —respondió sin girarse—. El viene y va, siempre en las sombras, cuanto menos te lo esperes ahí estará.
No sonó a simple confianza. Sonó a certeza.
Yo solo sentía ese hueco, ese espacio vacío a mi lado, como si su presencia me faltara. Y eso me ponía aún más nervioso.
Los minutos pasaban. Un portal. Otro. Algunos regresaban. Heridos, temblando. Otros salían erguidos. Hubo un chico que rompió a llorar al cruzar la línea mágica.
—¿Qué le ha pasado? —pregunté.
Eloi me miro despacio.
—Los cazadores aprenden a callar lo que sienten. Pero ahí dentro… todo se desborda.
Cass seguía callada. No apartaba la vista del centro de la sala. Parecía estar en otra parte.
Un portal se abrió. Annia Claramunt salió jadeando, con una herida leve en el hombro y barro hasta las rodillas. Se sacudió como pudo, respirando hondo. Buscó a su hermano entre los presentes y se acercó directamente a él.