CAPÍTULO 5 – LA PRIMERA PRUEBA #2
Clara Montalt, impecable incluso a esas horas, irrumpió en la habitación contigua con su tono de general en campaña.
Eloi suspiró y se apartó un paso, como si el aire se hubiera vuelto más frío.
—Solo a los que lo merecen, ¿verdad, Montalt? —replicó con una sonrisa seca.
—Ajá. Seguro.
Clara se volvió hacia Cass, que aún estaba envuelta en las sábanas como un rollito de primavera sin ganas de ser cocinado.
—Levántate, holgazana. Más te vale no defraudarme hoy.
Cass soltó un gruñido.
—¿Y tú siempre eres tan amable por las mañanas o es un trato especial?
—Solo con las que prometen y aún no han demostrado nada. Y te lo advierto: cuida esos modales conmigo, pelirroja. No habrá un segundo aviso.
Cass le lanzó una mirada afilada, pero se incorporó en silencio.
Eloi me guiñó un ojo.
—Vístete. La prueba empieza al amanecer. Te espero fuera. Y ponte algo que no te importe ensuciar.
Desapareció por el pasillo, sin mirar atrás.
Me levanté. El recuerdo de la noche anterior seguía pegado al cuerpo como una película invisible. La ducha. El espejo. La voz. El símbolo.
Algo dentro de mí no se había apagado. Como si algo, en lo más profundo, hubiera sido tocado.
Cuando salí al pasillo, todos estaban ya preparándose.
Cass se ataba las botas con expresión tensa y recogía su largo pelo en una coleta larga muy estilizada.
Clara revisaba una lista en una tablilla flotante.
Aitor apareció detrás de mí con una media sonrisa, ya vestido con su uniforme de cuero ajustado y detalles metálicos, como un explorador de otro tiempo.
—¿Preparado para que te machaquen el ego?
—Llevo años entrenando para eso.
—Buen escudo, pero hoy lo vas a necesitar —bromeó, dándome un leve codazo—. Por cierto, si lo necesitas me ofrezco como pareja de combate. Soy rápido, pero gentil. Como una comadreja cariñosa.
—¿Siempre usas analogías de fauna para ligar?
—Solo contigo, estrella. Porque me inspiras naturaleza salvaje.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Aunque, por dentro, algo seguía ardiendo. Como un zumbido lejano.
Nos hicieron pasar a una sala anexa, donde una hilera de maniquíes flotantes sostenía los uniformes que llevaríamos durante las pruebas.
Los ropajes eran diferentes según la persona, rama y comando.
Los brujos teníamos trajes ajustados, con hombreras, de tonos oscuros, con inscripciones brillando en las costuras.
Brazaletes con runas marcadas. Deslicé los brazos por las mangas y la tela se ajustó a mi piel como si hubiera sido hecha exactamente para mí.
No era una chaqueta cualquiera. Terminaba a la altura de la cintura, dejando libertad de movimiento, y el tejido negro, grueso pero sorprendentemente ligero, parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Sobre los hombros caían pequeñas piezas de cuero reforzado que le daban un aire casi militar, mientras que los antebrazos quedaban protegidos por brazales oscuros grabados con finas líneas plateadas.
Bajé la vista. En el centro del pecho, justo sobre el corazón, brillaba el símbolo de la Orden, bordado con un hilo gris que cambiaba ligeramente según incidía la luz.
Era discreto, pero imposible no fijarse en él.
Los pantalones seguían el mismo estilo: negros, ajustados y resistentes, reforzados en las rodillas y unidos a unas botas altas que parecían preparadas para correr, escalar o entrar en una batalla sin deshacerse por el camino.
Los cazadores llevaban trajes de combate de cuero ligero, con correas y fundas para armas, aunque todavía no nos habían dado ninguna. El de Aitor parecía hecho a medida.
Los templarios, sin embargo, vestían una armadura ritual: más simbólica que práctica, con detalles en blanco hueso y grabados antiguos.
Clara miró a Cass como si ya la estuviera evaluando.
—Vas a sudar pelirroja. Pero te acostumbrarás.
—Prometo no desmayarme en tu honor.
—No me interesan tus promesas. Me interesa lo que hagas cuando estés sola ante el abismo.
Cass tragó saliva y asintió.
Mientras nos preparábamos, vi a Eloi al otro lado de la sala. Su expresión era distinta. No la sonrisa socarrona de siempre. Estaba midiendo a todos. Y a mí, más que a nadie.
Como si supiera algo que yo aún no entendía.
Como si esperara… que algo despertara.
Ya casi todos estábamos vestidos cuando las puertas del fondo de la sala se abrieron solas con un siseo leve. Un grupo entró como si el suelo les perteneciera.
Al frente, Kaelan.
Está vez con el pelo recogido en una coleta baja impecable, un traje de cuero rojo ajustado con detalles de fuego que ondeaban a pesar de que no había viento.
Su sola presencia parecía exigir espacio.
A su lado, una figura completamente distinta, pero igual de impactante: una mujer de mirada afilada y rostro de estatua.
Llevaba el uniforme de cazadora con tonos rojos, pero el suyo tenía algo distinto: era más sobrio, sin insignias, como si no necesitara decoraciones para que supieras que era letal.
— ahí está otra vez Kaelan, de la Casa del Foc —susurró Aitor, pegado a mi costado—. No te acerques mucho. Está tan lleno de sí mismo que podrías quemarte solo con mirarle.
—¿Y la otra?
—Angélica Prust. Veintisiete años, exespía rusa. Kaelan la reclutó para la Orden hace tres inviernos. Nadie sabe cómo. Solo que si te mira así, estás jodido. Y si sonríe… corre.
—Genial. Amigos por todas partes —murmuré.
Kaelan se detuvo justo delante de mí. Sus ojos recorrieron mi uniforme, mi postura, mis manos. Como si buscara grietas que aún ni yo conocía.
—Otra vez tu, el nuevo—dijo sin sonreír.
—Qué observador —repliqué.
—La Casa de la Bruma estaba prácticamente extinta. Y ahora, de repente, tú. Qué… curioso.
—Supongo que soy especial.
—¿Eso te dices para dormir por las noches?
—No. Para no dormirme en mitad de discursos pretenciosos como este.
Aitor soltó una carcajada, bajita, como para no llamar demasiado la atención. Angélica, por su parte, ladeó la cabeza, estudiándome como si fuera un puzle.
Kaelan no dijo nada más. Sonrió. Una sonrisa sin alegría, sin humanidad.
—Nos veremos —dijo, y se giró con el movimiento de alguien acostumbrado a que le sigan.
Angélica no se movió al principio. Se quedó mirándome un segundo más, los labios pintados con un tono burdeos casi marcial, los ojos como cuchillas.
—Espero que sobrevivas a la prueba —dijo con un acento apenas perceptible, como si cada palabra le costara esfuerzo por no sonar como una amenaza—. Me cae bien la gente con agallas.
Y se fue tras él.
Aitor silbó por lo bajo.
—¿Sabes qué? Creo que acabo de enamorarme. De ti, por cómo le has contestado a Kaelan. Y de ella, porque creo que podría matarme con una cuchara y aun así le daría las gracias.
—Sois una Orden rarita, ¿eh?
—¿Y tú no? Por eso encajas tan bien.
Aitor aún se estaba riendo por lo bajo cuando me crucé de brazos, mirando en dirección a la entrada, como si esperara algo. O a alguien.
—¿Has visto a Rui? —pregunté, intentando sonar casual. Fracasando, probablemente. Mierda. ¿Por qué diablos me importa que no este Rui? Alex centrate que estas a punto de morir coño.
Aitor parpadeó, como si le sorprendiera la pregunta.
—¿El medio vampiro?
Asentí. ¿Cómo que medio vampiro?, pensé
—No lo he visto desde anoche. ¿Por?
Me encogí de hombros.
—No sé… pensé que estaría aquí. Con su… actitud.
—¿Te preocupas por él?
—¿Qué? No. O sea… no me preocupa. Solo… no sé.
—Ya. Solo te intriga. Y te mira como si supiera cosas de ti que ni tú mismo sabes. Totalmente normal.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír un poco. Aitor se acercó más, hombro con hombro.
—Seguro que aparece en el momento justo. Ese tipo parece hecho para entrar cuando más dramático resulta.
—¿Crees que le gusta lo dramático?
—Creo que le gustas tú. Y tú también eres un poco drama, si me permites decirlo.
—No te permito.
—Tarde —dijo, dándome un pequeño codazo.
Aitor se giró hacia la explanada, donde los iniciados empezaban a agruparse en pequeños círculos, tensos, intercambiando miradas y susurros. Había una expectación espesa en el aire, como antes de una tormenta.
—Por cierto —añadió—, ten cuidado con Kaelan. Cuando te ha visto antes… bueno. No es de los que olvidan rápido una mirada desafiante.
—¿Ah, sí? Pues no recuerdo haberle mirado así —mentí, mal.
Aitor sonrió de lado.
—Él sí. Y créeme, se alimenta de esas mierdas.
Lo seguí con la vista hasta un grupo apartado, cerca del borde de la gran galería donde se alineaban los mandos y mentores. Allí estaba Kaelan, de pie, de brazos cruzados, rodeado por otros iniciados y por Angélica Prust, que lucía como si estuviera a punto de entrar a una pasarela de guerra.
Kaelan me estaba mirando.
Fijo.
La mandíbula apretada, la expresión calculada, desafiante. Como si ya estuviéramos dentro de una competición que yo no había aceptado jugar… pero que tampoco pensaba perder.
—Perfecto —murmuré—. mi club de fans crece.
Aitor soltó una risita incómoda, pero no dijo nada. El silencio volvió, denso, justo antes del inicio de la prueba.
Los pasillos de Umbrafort estaban inusualmente silenciosos. Solo se oían pasos, roces de tela y alguna que otra respiración acelerada.
Cass caminaba delante de mí, con los hombros tensos y el rostro serio. Aitor, por una vez, no soltaba bromas… aunque se le escapaban algunas miradas nerviosas hacia mí, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo empezar.
—No mueras, guapa —soltó Sonie al cruzarse con Cass, guiñándole un ojo y dándole un pequeño empujón en el brazo.
Cass no respondió. Solo tragó saliva y siguió andando.
—¿Esto va a ser tan duro como parece? —le susurré a Aitor.
—No —dijo bajito—. Normalmente esta es la prueba en la que menos gente muere.
Le lancé una mirada, a punto de decirle que no ayudaba, pero entonces añadió:
—Si me caigo al suelo, me finges muerto. ¿Vale?
Tuve que morderme el labio para no reír. Agradecí ese tipo de humor absurdo. Era lo único que me mantenía cuerdo.