Llum i ombra CAPÍTULO 5 – LA  PRIMERA  PRUEBA
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CAPÍTULO 5 – LA  PRIMERA  PRUEBA

ALEX

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No podía dormir.

Las sábanas me ardían en la piel como si aún llevara grabada la runa que nos marcó la Ancestra. A mi lado, Cass roncaba suave, con la manta hasta la nariz y el pelo revuelto como una criatura que nunca hubiese temido a nada.

Yo sí temía.

Temía no entender qué era lo que había visto en el agua. Por qué había cambiado de color. Por qué todos me miraron como si hubiera hecho algo mal. Como si, en lugar de encajar, me hubiera roto algo dentro.

Quizás por eso no podía dormir. había llegado hasta aquí.

Había cruzado un portal imposible. Había conocido brujos, templarios y cazadores.

Había visto el agua cambiar de color al caer mi sangre.

Y seguía sin tener respuestas. Solo mas preguntas.

¿Qué era exactamente lo que me había llamado a estar aquí?

¿Por qué llevaba días escuchando el nombre de este lugar? ¿Por qué yo?

Me levanté en silencio. El frío del suelo me hizo fruncir los dedos de los pies. Cogí ropa limpia, una toalla y salí al pasillo de piedra. Cada paso parecía resonar en un lugar demasiado vivo, como si Umbrafort tuviera oídos.

El corredor de las duchas era largo y curvado, iluminado apenas por runas flotantes. El aire olía a vapor, a sal, a piedra mojada. Crucé la estancia sin decir nada. Nadie más allí. Perfecto.

Dejé la ropa sobre un banco. Me desnudé. El aire me golpeó como un suspiro helado.

Abrí la ducha. El agua cayó con fuerza. Dejé que me calara por completo, de cabeza a pies. Quería borrar el día. Quería borrar el temblor que me quedaba aún en los dedos.

Pero no se iba.

Ni el temblor. Ni la sensación de estar siendo observado.

Giré la cabeza.

Nadie.

Solo el vapor.

Parpadeé. Me acerqué al espejo empañado del fondo.

Y lo vi.

No a mí.

A algo más.

Una figura quieta, inmóvil. Alta. Delgada. Hecha de humo espeso, como un cuerpo disuelto en ceniza.

No tenía cara. Pero sus ojos brillaban dorados. No un dorado cálido. Un dorado vacío, como el de los metales oxidados. Como el de un reloj parado.

Di un paso atrás. El suelo me resbaló. Me sujeté al borde del banco de piedra.

—¿Qué…? —mi voz se perdió entre el vapor.

La figura no se movió. Solo me miraba.

Y entonces habló.

Pero no con palabras. No con voz. Era como si el sonido surgiera dentro de mí. Desde el pecho. Desde la sangre.

—Tu sombra ya no te pertenece.

Una vibración me cruzó el cuerpo. Como una corriente que me helaba por dentro.

Quise hablar, preguntar, gritar, pero no pude. El vapor se hizo más espeso.

—El Dol duerme en ti. Pero no por mucho.

—¿Qué… qué es el Dol?

El espejo comenzó a agrietarse.

Pero no con fisuras reales. Era como si el reflejo mismo se rompiera. Como si el mundo no pudiera sostener esa imagen un segundo más.

Una última palabra me llegó. Como un susurro contra el cuello.

—La llave sangra.

Y se esfumó.

No desapareció: fue absorbido por el reflejo. Como si nunca hubiera estado allí.

Y yo… yo solo era un chico temblando bajo el agua caliente. Sintiéndome de pronto más desnudo que nunca.

Miré el espejo.

Donde había pasado la mano para desempañarlo, ahora había algo grabado. Como una runa. Oscura. Húmeda.

Yo no la había hecho.

¿O sí?

Di un paso atrás. Mi reflejo parecía observarme con más intensidad que antes, como si me desafiara. Como si supiera algo que yo aún no.

—Genial —murmuré, saliendo al pasillo con el pelo aún mojado—. Me van a funar por ser el nuevo rarito, y encima los cabrones tienen magia y aparecen en cristales.

Intenté reírme, pero no sonó como esperaba.

Caminé de vuelta a la habitación, cruzando corredores silenciosos donde las luces temblaban al paso de alguna brisa invisible.

Cass dormía, enredada entre las sábanas, con una pierna fuera del edredón.

Me tumbé en mi cama, mirando al techo. Cerré los ojos.

Pero la runa seguía ahí, en mi cabeza, ardiendo en la parte de atrás de los párpados.

Todas mis preguntas sin respuesta seguían ahí.

Dol.

No sabía qué significaba. Pero me había rozado como un filo helado.

No sé cuánto tiempo pasó, pero alguien llamó suavemente a la puerta.

Me incorporé de golpe.

—¿Sí?

La puerta se abrió sin esperar respuesta. Eloi.

Su silueta recortada por la luz del pasillo, el pelo ligeramente despeinado, la chaqueta de cuero aún puesta.

—¿Puedo pasar?

—¿Tengo que prestar otro juramento o qué? —pregunté, sin moverme de la cama.

Él sonrió, cruzando los brazos.

—Tranquilo, renacuajo. Solo venía a ver cómo estabas. Soy tu comandante, ¿recuerdas? Eres mi responsabilidad.

—Genial. Primero me tatúan con fuego, luego me dicen que puedo morir mañana, y ahora mi comandante hace visitas nocturnas. Todo muy Hogwarts oscuro.

Se rio. Caminó hacia mí con una lentitud que no sabría si llamar felina o condescendiente.

—¿Te molesta?

—¿La parte del juramento mágico? Un poco. ¿La parte de la visita? Depende.

—¿De qué?

—De si traes chocolate —respondí, encogiéndome de hombros.

Se acercó más, y por un segundo pensé que iba a sentarse en el borde de la cama, pero se quedó de pie, a un palmo de mis piernas. Bajó la mirada. Estaba descalzo.

—¿Siempre bromeas cuando estás nervioso?

—Solo cuando hay comandantes guapos en mi habitación —dije sin pensar. Y entonces me arrepentí. O no.

Eloi ladeó la cabeza, como si analizara la frase. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—Vaya. No sabía que ibas tan rápido.

—No lo hago. Estoy medio dormido. No soy responsable de mis comentarios a partir de las dos de la madrugada.

—Apuntado queda.

Finalmente se sentó, pero en la silla junto al escritorio, dejando una distancia prudente entre nosotros. Aunque, por alguna razón, su presencia llenaba la habitación.

—Has tenido un día largo.

—Una semana larga, en un solo día —respondí.

Lo miré. La conversación con Eloi continuo largo y tendido.

No estaba seguro de cuánto tiempo llevábamos hablando.

Habíamos saltado de una conversación a otra casi sin darme cuenta.

Umbrafort. Los iniciados. La prueba del día siguiente.

Incluso Sergi había aparecido en algún momento de la conversación.

Y, por alguna razón, el tiempo parecía pasar más deprisa cuando estaba con él.

Me sorprendió. Porque aquella mañana era un desconocido.

Y ahora me encontraba sentado en ropa interior, hablando con él en mitad de la noche como si lo conociera desde hacía mucho más tiempo.

Tal vez porque escuchaba de verdad. La luz temblaba en sus ojos oscuros, como si escondieran más cosas de las que mostraban.

De repente me acorde de que no le había preguntado por aquella misión sorpresa

—¿Y tú? ¿Cómo ha ido la misión?

La sonrisa de Eloi se desvaneció, aunque no del todo.

—Mal. Han asesinado a un brujo. No hemos llegado a tiempo.

—Joder.

—Pero no te preocupes por eso ahora. No es tu guerra. Aún no.

—¿Y bueno qué haces aquí? ¿Revisar si sigo vivo? ¿O es que no puedes dormir si no me ves en calzoncillos?

Él rio, bajo.

—Tenía curiosidad por ver como estaba mi iniciado. Eso es todo.

No supe qué responder.

Entonces, como si necesitara romper el momento, se levantó y fue hacia la puerta. Antes de salir, se giró con una media sonrisa torcida.

—Por cierto, te quedan bien esos gallumbos.

—¿Perdón?

—Buen corte. Buena caída. Aunque igual deberías dejar de mirar tanto el techo. Se te va a quedar cara de mármol.

—Estás fatal —dije, riéndome entre dientes—. ¿Así instruyes a tus soldados?

—Solo a los que tienen nombre de estrella.

Y entonces, justo cuando iba a abrir la puerta, lo solté.

—Espera.

Se giró.

—¿Qué es el Dol?

La expresión de Eloi cambió. En un segundo.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Nada… creo que un brujo me ha gastado una broma. Antes, en las duchas. Había una especie de símbolo en el espejo. Y una voz. Decía cosas. Que la llave sangra. Y esa palabra: Dol.

El silencio que siguió fue tan espeso como la bruma.

Eloi se apoyó en la pared. Ya no bromeaba.

—El Dol es real —dijo, finalmente, en voz baja—. Es una corrupción que se arrastra desde el Abisme. No tiene forma. Solo se manifiesta cuando algo está mal. Cuando alguien lleva algo roto por dentro. Se alimenta de eso. Del dolor. Del silencio. De las partes de ti que escondes incluso de ti mismo.

Tragué saliva.

—Entonces no fue una broma.

—Probablemente sí —respondió, demasiado rápido—. Hay brujos que saben hacer ilusiones. Te han tomado el pelo, eso es todo. Ya te lo dije: aquí les encanta probar a los nuevos.

Se quedó en la puerta.

—Descansa, renacuajo.

Y entonces la cerró.

Me giré en la cama. Me tapé hasta la cabeza. Pero entonces, oí sus voces.

Al otro lado de la pared.

No entendía bien las palabras, pero reconocí los tonos: Sonie. Román. Y Eloi.

—…la runa apareció sola.

—¿Estás seguro de que fue eso lo que dijo?

—Sí. Dol. Tal cual.

—Esto no es normal.

—Hay que avisar a Nym. O incluso a la Ancestra.

Un silencio.

Y luego, la voz grave de Eloi, más baja.

—Si es lo que creemos… entonces ya está empezando.

Se hizo el silencio. Dejé de respirar.

No sabía qué significaba todo aquello.

Solo que yo formaba parte de ello.

El primer sonido que escuché al despertarme no fue una campana, ni una alarma mágica.

Fue la puerta golpeando suavemente contra la pared.

—¿Qué tal has dormido, renacuajo?

Eloi.

Me froté los ojos, aún envuelto en la neblina del sueño. Su voz tenía ese tono medio ronco de las mañanas, casi íntimo.

—Genial. Primero me acosas cuando me voy a dormir y ahora vienes a despertarme. Si quieres meterte en mi cama, adelante —murmuré, medio en broma, medio no.

—¿Tan fácil eres?

—Solo para mi comandante con claros problemas de límites —le devolví mientras me incorporaba. Eloi arqueó una ceja.

Mierda.

Me había pasado.

Mierda, mierda.

Este me va a poner a hacer flexiones.

Me encogí de hombros.

—Perdón, Eloi —dije entre dientes.

—Qué peligro tienes, estrella. Voy a tener que pedir que te pongan un hechizo de contención —dijo, acercándose un poco, mirándome con descaro.

Pero justo entonces, otra voz rompió el aire.

—¿Siempre das los buenos días con insinuaciones, Beltrán?