Llum i ombra CAPÍTULO 4- LA INICIACIÓN #3
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CAPÍTULO 4- LA INICIACIÓN #3

—Cuidado con ella —advirtió Eloi, bajando un poco el tono—. Es de un linaje fuerte. Los Montalt llevan siglos sirviendo a la Orden. Se lo toma en serio. Demasiado. Y no me soporta desde que casi le gano en la última prueba de mando de los templarios. Típico.

No sonreí, pero me quedó claro que la rivalidad entre ellos no era ninguna tontería.

Eloi me hizo girar hacia el otro extremo de la sala, donde tres figuras con túnicas oscuras hablaban en voz baja junto a una mesa cubierta de mapas mágicos y copas de vino brillante.

—Esos son los maestros de las Casas de los brujos.

La del Foc es Eneko, el que parece que puede partirte en dos con una ceja.

La del Ferro es Rocco, el padre de Annia y Aitor.

Y la de l’Aigua es el señor que parece que flota, se llama Ilian.

A la Ancestra no la verás aquí, no baja para estas cosas, salvo para rituales.

—¿Y la Casa de la Bruma? —pregunté, con un nudo en el estómago.

Eloi se quedó callado un segundo.

—Ya no tiene líder —dijo al fin—. Dicen que murió hace décadas. Solo queda la Arcana. Y tú… bueno, ya veremos.

Antes de poder decir nada más, oí mi nombre.

—Álex.

Era Aitor, que volvía con una copa en la mano. Annia se había separado un poco, hablando con otros cazadores. Me sonrió con esa mezcla de timidez y picardía que le salía tan natural.

—¿Todo bien?

—Sí, bueno… lo que se puede con tanto uniforme y tanta profecía —bromeé.

Eloi dio un paso atrás, cruzándose de brazos. Observándonos.

—Bueno, renacuajo —dijo con tono burlón—. Disfruta de la noche.

—Eso suena sospechosamente a permiso.

—No lo es.

Aitor soltó una risa.

—Mañana empieza lo difícil —continuó Eloi—. Descansa, come y procura no hacer ninguna estupidez. Necesito que llegues entero a la prueba.

—¿Siempre es así? —pregunté en voz baja.

—No lo sé —dijo Aitor, rascándose la nuca—. Pero… joder. Imponen. Todos. Aunque yo solo quisiera poder dormir ocho horas y no morir mañana.

Sonreí. Estábamos en eso cuando, entre el bullicio, una presencia se coló como una sombra que no pedía permiso.

Pelo plateado, ojos grises y angulosos, una capa de bruma flotando en torno a él como si el aire se plegara a su voluntad.

Se plantó frente a mí sin presentarse.

—¿Tú eres el nuevo?

—Supongo —dije, firme.

Me midió de arriba abajo, con una mueca que no supe si era desdén o simple superioridad.

—Interesante. Pero espero que no seas tan torpe como pareces. En esta Orden, no se regalan sitios.

Y sin más, se giró y se fue.

—¿Quién era ese gilipollas? —pregunté.

Aitor suspiró.

—Kaelan. Brujo de la Casa del Foc. Iniciado del año pasado. Muy bueno. Muy creído. Se le da todo demasiado bien.

—Genial —dije—. Ya tengo némesis.

Aitor se echó a reír, medio atragantado con el vino.

—Pues tan valencianos que sois, Kaelan no suena muy de la terreta —solté, arqueando una ceja.

—Me parto contigo. No sé si eres valiente o directamente suicida.

—¿Por?

—Ese tío es letal. Literalmente. Dicen que en su primera misión quemo a tres wendigos con sus manos. Pero claro, como su madre es embajadora de la Orden en Oslo o no sé dónde, va de estrellita por la vida.

—Estupendo. Primero los vampiros, luego las foscas y ahora un noruego con ínfulas de dios del fuego.

Aitor se rió de nuevo, esta vez más relajado.

—Me caes bien, Álex.

—Tú tampoco estás mal —respondí, sonriendo. Se me escapó. Pero era verdad.

Durante unos segundos se hizo el silencio entre nosotros. Un silencio de esos que no incomodan.

—¿Tienes miedo de la prueba? —me preguntó.

—Sería idiota si dijera que no —dije—. No sé ni qué soy. Ni por qué estoy aquí. Solo sé que… algo dentro de mí ha cambiado. Y no sé si eso es bueno.

Aitor asintió con lentitud, como si entendiera más de lo que decía.

—Yo también tengo miedo. Y eso que mi hermana y yo llevamos años entrenando. Y que mi familia ha sido de la Orden toda la vida. Pero esto… esto es otra cosa.

Lo miré. Aitor tenía esa clase de honestidad que se notaba hasta en el modo en que sujetaba la copa. Sin necesidad de palabras rebuscadas ni poses.

—Ojalá nos toque en la misma misión algún día —dije, sin pensarlo demasiado.

Él sonrió. Bajó la mirada. Y asintió.

—Ojalá.

Después de la cena, la sala se fue vaciando poco a poco. Las conversaciones se diluían entre las columnas, como ecos suaves que se extinguían con el paso de las horas.

Cass y Aitor hablaban animadamente cerca de uno de los ventanales altos, con restos de fruta en sus platos y una copa medio vacía entre ellos.

Annia se había unido a otro grupo de cazadores.

Sonie reía con un par de brujos más jóvenes, una chispa encendida en los dedos mientras gesticulaba.

Román, como siempre, parecía estar vigilando desde la sombra.

Rui no estaba.

Me quedé solo junto a uno de los cristales flotantes que surcaban el techo, suspendidos en ese equilibrio imposible entre magia y gravedad. Alargué la mano y rocé uno.

Una vibración sutil recorrió mis dedos.

Fue como un pulso.

Una corriente invisible se activó dentro de mí, partiendo del pecho, ascendiendo por la garganta. Una ráfaga de algo —no sabría decir qué— me atravesó. No la vi, pero la sentí. Era como si la bruma se agitara en mi interior. Di un paso atrás, aturdido. Me agarré a la mesa más cercana.

—¿Álex? —me llamó Cass desde lejos.

Levanté el pulgar en alto, fingiendo una sonrisa.

Estábamos saliendo del salón cuando ocurrió.

Un sonido cortó el aire. No fue una alarma. Fue un estallido. Como si mil campanas de cristal se rompieran a la vez en lo alto de una bóveda invisible.

Umbrafort entera pareció estremecerse.

Las luces parpadearon. Las corrientes de aire que no existían se volvieron reales. Noté cómo mi piel se erizaba. Algo vibraba en los muros, en el suelo, en las paredes de piedra viva.

Cass se volvió hacia mí. Tenía los ojos muy abiertos.

—¿Qué ha sido eso?

Eloi apareció por uno de los arcos. Ya no sonreía. Su rostro era otra cosa: tenso, afilado, enfocado.

—Tenemos un problema —dijo, sin alzar la voz.

Cass se adelantó.

—¿Qué tipo de problema?

Y entonces, como salido de la nada, Rui.

Emergió de las sombras como si hubiera estado ahí desde siempre, apoyado en un muro con los brazos cruzados. Una sombra dibujada en sonrisa.

—Prepárate, llumeta —me dijo, guiñándome un ojo mientras pasaba a mi lado—. Esto es solo el principio.

Se desvaneció tras Eloi.

Los dos giraron una esquina, seguidos de Román y Sonie, que ya habían aparecido con paso rápido. Cass dio un par de pasos hacia ellos, pero se detuvo.

—Cass —dije—. No eres de su comando.

—Ya —murmuró, frustrada.

Se volvió hacia mí. Me encogí de hombros.

—¿Siempre están así? ¿Saliendo a misiones como si esto fuera una serie de Netflix?

Aitor apareció a mi lado, aún con los restos del postre en la mano.

—No es lo habitual —dijo, apoyándose en una columna—. La mayoría de comandos tienen ritmos distintos. Entrenan, patrullan, esperan. Pero tu mando Alex…

—¿Tenian un nombre, no?

Aitor asintió.

—Les llaman el Comando Eclipse. Siempre están en movimiento. Siempre al borde de algo. Son los mejores. Y los más peligrosos. No siempre siguen las normas. Si hay una misión difícil, se la dan a ellos. Eloi nunca falla. Y Rui… bueno, Rui tampoco sabe quedarse quieto.

—Genial —murmuré—. Estoy en el comando de los intensos.

—Más bien de los legendarios —añadió Aitor—. No todo el mundo tiene a un brujo del fuego, un templario descendiente directo de la línea de los Beltrán , un cazador con más de cincuenta misiones exitosas… y a Rui.

—¿Y Rui qué es?

—Un problema —rió Aitor—. Pero uno de los buenos.

Miré hacia donde el grupo había desaparecido. No entendía nada. No sabía si alguna vez llegaría a entenderlo. Pero una cosa estaba clara: todo se movía demasiado deprisa.

Y yo acababa de llegar.