CAPÍTULO 4- LA INICIACIÓN #2
Mientras caminábamos, noté miradas. Los otros iniciados —no sé cuántos eran— nos observaban con una mezcla de respeto, sospecha y algo que no supe descifrar.
Pasamos junto a uno más alto que el resto, moreno, cuerpo fuerte, con una cicatriz fina en el cuello y una actitud que me recordó a esos compañeros de clase que siempre sacaban sobresaliente en Educación Física. Me sostuvo la mirada y se acercó.
—Tú eres el del agua negra, ¿no? —me preguntó. Su voz era grave pero tranquila.
—Supongo que sí —dije, algo incómodo.
Me tendió la mano.
—Aitor. Aitor Claramunt. Cazador. Aunque mi padre es brujo, a mí me tocó herencia sin chispa.
Le estreché la mano, aún con el cosquilleo de la ceremonia recorriéndome el brazo.
—Álex. No sé exactamente qué soy. Pero parece que brujo… con extras.
Cass asintió con una sonrisa.
—Brujo con asterisco. Eso es canon ya.
Aitor se rió, bajando un poco la tensión.
—Me caes bien. Si algún día te apetece entrenar con alguien que no conjura fuego con las manos, búscame. Aquí también se valora la puntería y los reflejos.
—Gracias. Lo tendré en cuenta —le dije, y para mi sorpresa, sonreí de verdad.
Entonces, detrás de nosotros, alguien carraspeó.
Me giré.
Y ahí estaba. Apoyado en el marco de la puerta como si lo hubieran diseñado solo para que él pudiera posar en ella.
Enserio creo que tiene esa pose ensallada.
Maldita sea no me lo quito de encima. Por supuesto es de los unicos que no lleva puesto el uniforme de umbrafort.
Rui parece sufrir una alergia mortal a hacer lo mismo que el resto de mortales.
Joder pero que bien le queda esa camiseta ajustada.
Mierda. La tela se le adiere al torso lo justo para insinuar su abdomen.
Nunca me habia fijado en sus manos. Gran error.
Ahora no puedo dejar de mirarlas. Tenia los nudillos llenos de pequeñas cicatrices blancas.
Mi mirada siguio subiendo. Vale Alex no vas a volver a mirarle la sonrisa esa arrogante que tiene. Ni esos ojos azules. No.
—Vaya, bruixet. No pierdes el tiempo —dijo Rui, con esa sonrisa de media luna que parecía tatuada en su cara—. Te estás adaptando más rápido de lo que pensaba.
—¿Qué pasa? —le respondí—. ¿Celoso?
Sus cejas se alzaron con un gesto teatral.
—¿Yo? No. Yo no compito. Gano.
Y se fue, girando sobre sí mismo como si llevara capa. Aunque no llevaba ninguna.
Cass soltó una carcajada tan sincera que incluso Aitor sonrió.
—No compite, dice —murmuró ella—. Si eso no era marcar territorio, yo me llamo Clara Montalt.
Aitor la miró sin entender del todo.
—¿Ya os conocéis?
—Lo suficiente para saber que es una pesadilla con un raro sentido del humor —respondí, aún mirando el pasillo vacío por donde se había ido Rui.
Y sí, puede que no quisiera admitirlo… pero algo en su forma de mirarme me dejó el estómago revuelto.
Otra vez.
—Chicos venid!
Seguimos a Clara Montalt por un pasillo en espiral que subía hacia una estancia superior. Las paredes brillaban con reflejos nacarados y, poco a poco, el murmullo de voces y cubiertos se fue haciendo más presente.
El gran salón era amplio, cálido, vivo.
Un techo abovedado cubierto de cristales suspendidos como estrellas flotantes iluminaba las mesas dispuestas en forma circular.
Las ramas de la Orden ocupaban secciones distintas, aunque no había separación física.
Solo una especie de atmósfera. Los templarios rectos, erguidos.
Los cazadores distendidos, hablando entre risas.
Y los brujos… bueno, eran otra cosa. Cada uno llevaba el uniforme de Umbrafort adaptado a su estilo y su forma de ser.
Algunos llevaban marcas, símbolos, colgantes extraños. Uno iba descalzo.
Yo, por supuesto, no sabía a dónde mirar.
Cass se sentó a mi lado. Sonie nos saludó desde una mesa cercana, alzando una copa. Al otro lado, Clara Montalt nos observaba en silencio. Rui no estaba. Aitor Claramunt se deslizó a mi lado con su sonrisa suave y esa calma que parecía tan incompatible con el caos que acabábamos de vivir.
—¿Cómo va tu primer día en la locura? —preguntó.
—Definitivamente, supera al instituto.
Cass rió. Aitor también. Me sentí raro, cómodo, un poco menos solo.
Y entonces, Edrian se levantó.
No necesitó alzar la voz. Bastó con su presencia.
—Hoy habéis dado el primer paso. La Orden os ha aceptado. Pero eso no significa que estéis preparados —dijo, caminando despacio entre las mesas—. Mañana, al amanecer, enfrentaréis una prueba inicial. Nada letal… si sabéis lo que hacéis.
Hubo miradas. Nervios. Alguien dejó caer una copa.
—Brujos, descubriréis hasta dónde os habla la magia. Cazadores, demostraréis vuestras habilidades bajo presión. Templarios, seréis puestos frente a decisiones que requieren más que fuerza.
Me tensé.
—Y si alguien no supera la prueba —añadió, girando sobre sus talones—, no será considerado digno de continuar.
No hubo aplausos. Solo silencio.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuello. El murmullo de los iniciados empezó apenas un segundo después, como un rugido contenido. A mi lado, Cass apretaba la mandíbula.
—¿Qué tipo de prueba crees que será? —le susurré.
—Una que no quiero suspender —respondió.
Antes de que pudiera decir nada más, Aitor Claramunt se giró hacia nosotros con una media sonrisa.
—¿Y vosotros qué? ¿Listos para morir?
—Qué animado vienes —le dije, medio en broma.
—Siempre que hay una prueba de vida o muerte, saco mi mejor humor —respondió.
—¿Siempre?
—Me crie aquí —respondió—. He visto más pruebas de las que puedas imaginar.
A su lado, una chica con ojos igual de oscuros, pero gesto más afilado, arqueó una ceja.
—Soy Annia —dijo, antes de que preguntáramos nada—. Hermanos, sí. Por desgracia.
—Se me pegó en el vientre —añadió Aitor—. Desde entonces no se me despega.
—Me ha tocado en el comando de papa —continuó ella hacia Aitor—. Nuestro brujo es Eneko. No habla mucho, pero cuando usa su don parece que hable con el aire. Es… intenso.
—No te quejes, Cass de templaria tiene a Clara Montalt —añadió Aitor, como si nombrara a una figura histórica—. Ya sabes. Postura perfecta, voz de mando. La santa.
Tu comando te cuidara bien. Aunque ten cuidado con la Montalt, que parece que va a misa incluso cuando respira.
—Y tú —añadió Aitor, girándose hacia mí—, estás con los otros. La del fuego, el templario intenso y Rui.
—Rui —repetí, como si el nombre por sí solo explicara todo.
—No te quejes —añadió Annia—. Te ha tocado el comando estrella, los eclipse. Solo falta que os den capa y banda sonora.
—Encantadores, de verdad —mascullé, justo cuando una voz familiar surgió detrás de mí.
—¿Molesto? —dijo Eloi, con media sonrisa—. Pues prepárate, porque esto solo es el principio.
Me giré. Llevaba su chaqueta militar abierta, parece que mi comando son los alternativos, no son muy propensos a usar el uniforme. En la mano llevaba una copa, aunque no parecía haber bebido más que los demás.
—Veo que has hecho amigos —añadió, observando a Aitor con una leve inclinación de cabeza.
—Los Claramunt. Un linaje de brujos del ferro, los hermanos serán buenos cazadores, un poco bocazas, pero eficaces —comentó, en tono lo bastante alto como para que Annia lo oyera.
—Lo dices con cariño —añadió ella, alzando su copa—. Más o menos.
Eloi ignoró la réplica y se volvió hacia mí.
—Ven. Te voy a presentar a los que deberías conocer si no quieres terminar muerto en una esquina de Umbrafort.
Me acompañó entre las mesas. Todo estaba iluminado por lámparas flotantes con cristales de colores. La gente reía en voz baja, aunque la tensión se colaba entre platos y copas como una sombra más.
—Ese de ahí es Gabriel Valls —susurró Eloi, señalando a un hombre alto, de barba recortada y mirada vigilante—. Líder de los cazadores. Se dice que una vez mató a una fosca con un cuchillo de cocina. No sonríe desde 1998.
—Anotado —dije.
—Y ese —añadió, señalando a un hombre misterioso que parecía estar bordando algo con hilos dorados—, es Mael. El Tejedor. Puede cambiar de forma. Es el cronista de la Orden y… algo más. Nadie sabe cuántos años tiene. Mejor caerle bien.
—¿Y que es ella?
—Nym. La Silente. Custodia las reliquias. Y puede ver más que nadie. También te escuchará, aunque no hables, así que ten cuidado con lo que piensas. Como habrás podido observar no es humana.
—Genial —murmuré.
—Y si ves a un tipo enorme, con piel algo grisácea y cuernos apenas visibles, no huyas. Se llama Sethar. Es el Guardián del Umbral. No es miembro oficial, pero no puedo darte mas información, esta clasificada.
Me quedé en silencio un momento.
—Esto es una locura.
Eloi me miró de lado.
—Bienvenido a Umbrafort, bruixet.
—¿Tú también me vas a llamar así o qué pasa? —le solté, alzando una ceja.
Eloi dejó escapar una risa breve.
—Cierto, cierto. Tendré que buscarte mi propio mote. Ese se lo dejo a Rui, que es más creativo con las cursiladas.
—Genial —murmuré—. Tú también vas a vacilarme.
Me rodeó con un brazo por los hombros, como si fuéramos viejos amigos. Olía a acero, o a algo metálico. A peligro, en el mejor sentido.
Y joder.
No me había dado cuenta de lo fuerte que estaba Eloi. Literalmente me estaba estrujando contra su costado y sentía cada músculo como si me hubiera abrazado una maldita estatua. Uf. ¿Siempre hacía tanto calor aquí dentro?
Me obligué a no reaccionar. Ni a separarme. Ni a pensar demasiado. Estaba demasiado cerca. Y al mismo tiempo, parecía que él ni se inmutaba.
—Tranquilo —dijo en voz baja—. Soy tu comandante. Me encargaré de entrenarte hasta que te hartes de mí.
—Genial. A ti también te odiaré entonces —respondí, girando un poco el rostro para mirarle.
Eloi sonrió, satisfecho. Me soltó despacio, como si hubiera sido un simple gesto instintivo. Pero no lo fue. Lo sabía. Y él también lo sabía.
—Ven —dijo—. Seguiré con las presentaciones. Aunque tú ya conoces a Clara Montalt.
Giramos hacia el centro del salón, donde la templaria se movía con la rigidez de una espada afilada.
—Bueno… aunque sea una estirada no es la que peor me cae de momento.