CAPÍTULO 4- LA INICIACIÓN
ALEX
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La puerta de la habitación se abrió de golpe.
—Arriba —dijo una voz seca—. Es la hora.
Cass y yo nos miramos. Yo ni siquiera había dormido. Ella asintió en silencio, se puso las botas y salió tras la figura que nos esperaba.
Los pasillos de Umbrafort estaban oscuros, pero no vacíos. Más puertas se abrían. Más pasos acelerados. Ojos abiertos, espaldas tensas. Éramos más novatos que ayer. Algunos con la cara aún medio dormida, otros con la mandíbula apretada como si fueran al matadero.
Y en cierto modo, lo era.
Nos guiaron sin decir una palabra. Escaleras en espiral. Muros cubiertos de runas que palpitaban débilmente. Un temblor bajo los pies, como si el suelo respirase.
—¿Dónde vamos? —susurró Cass.
—A que nos arranquen el alma, probablemente —respondí sin pensar.
Ella rió. Bajito. Pero su mano temblaba.
Al fondo, una sala se abría como una grieta en la roca. Alta. Inmensa. Fría. Un altar de piedra en el centro. Cuencos con agua brillante. Antorchas verdes clavadas en la piedra. Olor a hierro quemado. A sangre seca.
Había antorchas clavadas en las paredes, pero la mayoría de la luz provenía de una gran bóveda circular en el techo, donde una runa flotaba en el aire: el símbolo de Llum i Ombra.
Un círculo dividido en dos mitades. La superior mostraba un sol dorado de largos rayos curvos.
La inferior contenía una luna creciente plateada.
Entre ambos brillaba una estrella de ocho puntas que atravesaba el círculo como una aguja de luz.
A su alrededor flotaban otros símbolos más pequeños.
Cuatro que pertenecían a las ramas de la Orden.
El primero era un círculo arcano verde formado por varios anillos concéntricos cubiertos de runas.
En el centro brillaba una estrella de ocho puntas encerrada dentro de una figura geométrica perfecta.
Brujos. El segundo mostraba una gran punta de flecha dorada atravesando un triángulo.
Bajo ella podían distinguirse marcas semejantes a huellas grabadas en metal envejecido.
Cazadores. El tercero era una cruz plateada de brazos anchos y afilados.
Cada extremo terminaba en una punta semejante a una espada.
Templarios. El último era un ojo violeta suspendido entre dos medias lunas enfrentadas.
El iris parecía moverse lentamente bajo la luz de las antorchas.
Sobrenaturales. Más abajo aparecían otros cuatro emblemas.
Las casas de los brujos. El símbolo de la Casa de la Bruma era una espiral de niebla violeta que giraba sobre sí misma dentro de un círculo de plata.
No tenía principio ni final. Solo remolinos de humo formando una figura hipnótica.
La Casa del Foc estaba representada por una llama roja de tres puntas rodeada por un anillo de cobre oscuro.
La Casa de l’Aigua mostraba una enorme gota azul cristalina.
En su interior brillaba una estrella blanca como si estuviera atrapada bajo el agua.
La Casa del Ferro aparecía como un hexágono metálico atravesado por una espada vertical.
El acero oscuro del emblema estaba cubierto de pequeñas marcas que recordaban antiguas cicatrices.
Alce la vista. No podía dejar de mirar la espiral de la Bruma. De todos los símbolos, era el único que parecía moverse. Como si estuviera respirando.
Al fondo, de pie en una plataforma tallada en roca, Edrian. Imponente. Los ojos como cuchillas. A su lado, Nym la Silente, vestida con telas moradas y grises, sonrisa enigmática, dedos llenos de anillos antiguos. Y entre ellos, ella.
La mujer más vieja y más viva que había visto nunca.
Su cabello era una cascada blanca, trenzado en espiral.
Llevaba un bastón retorcido que parecía brotar del suelo.
Sus ojos estaban cubiertos por un velo semitransparente, pero cuando su mirada se volvió hacia mí, lo supe: podía verme mejor que nadie.
—Ella es la ancestra —susurro Eloi a mi lado. Trague saliva sin apartar la vista. La ancestra. Genial. Hay una manda más por encima del manda más. Suena a que no me interesa hacer enfadar a esta tía.
—Que empiece la iniciación —dijo Edrian. Su voz no era alta, pero resonó como si el mundo se hubiese inclinado para escucharle.
Edrian —el líder supremo— alzó la mano.
—Hoy selláis vuestro vínculo con Umbrafort. Hoy dejáis de ser solo lo que erais. Cazadores, templarios, brujos… o algo más. Vuestra sangre hablará. Y la Orden escuchará.
Nym apareció entre las sombras, con su voz aflautada y esa sonrisa que parecía eterna.
—¿Preparados, chicos y chicas? —canturreó—. Qué emoción. No os desmayéis. Bueno, o sí, a veces pasa…
Sentí cómo mis pulsaciones se aceleraban.
La Ancestra se colocó al frente. Las runas de la sala se encendieron a su alrededor. Abrió los brazos y habló por fin, con una voz que parecía viento antiguo:
—Per llaor de la llum, per la força de l’ombra, per la sang que ens uneix… Doneu el pas.
El suelo tembló. Un recipiente tallado en obsidiana se alzó desde el centro de la sala. Estaba lleno de agua cristalina. A su lado, una daga curva y antigua.
—Uno a uno. Sin miedo —dijo Edrian—. La Orden observa. La magia escucha.
El primero en avanzar fue el chico rubio, nervioso. Temblaba mientras alzaba la manga y cogía la daga. Se cortó con torpeza, su sangre cayó al agua… y esta no cambió.
Cazador.
El siguiente fue el chico atlético. El grandullón. Valerio creo que se llamaba. Su sangre tiñó el agua… y esta se volvió blanca como la leche.
Templario.
Cass se giró hacia mí, tragando saliva.
—¿Y si exploto o algo? —susurró.
Sonreí sin querer.
—En ese caso, yo heredo tu cama.
Ella me guiña un ojo, y avanza.
Cass cogió la daga sin titubear. El corte fue limpio. Su sangre cayó al agua, y durante un segundo no pasó nada.
Entonces, una chispa. Un destello grisáceo, metálico.
La Ancestra la observó con atención.
—Casa del Ferro —dijo con suavidad—. Ya lo veremos, niña. Ya lo veremos…
Cass se apartó. Le temblaban un poco las manos.
Y entonces, todos me miraron.
Silencio.
Rui, desde una esquina, me susurra:
—Ánimo, llumeta. A ver de qué estás hecho.
Doy un paso al frente.
El mundo pareció hacerse más pequeño.
Respiro hondo. Extiendo el brazo. Cojo la daga.
Y siento algo.
Una vibración.
Como si el metal me conociera.
La hoja era más pesada de lo que esperaba. Fría. Palpitante. Como si contuviera siglos de juramentos anteriores, cicatrices acumuladas de los que cruzaron esa línea antes que yo.
Respiro hondo.
Me arremangó la chaqueta. Coloco el brazo sobre el cuenco de obsidiana.
Y corto.
La herida fue rápida. No demasiado profunda, pero lo suficiente para que la sangre brotara, tibia, roja, viva.
Una gota cayó al agua.
Luego otra.
Y entonces…
La superficie empezó a temblar. A girar. Un vórtice silencioso se formó en el centro del recipiente. La sangre se diluía, pero no desaparecía. Se mezclaba con el agua de una forma imposible, creando remolinos esmeralda.
Un murmullo recorrió la sala.
—Brujo… —susurró alguien.
—Casa de l’Aigua, quizás —aventuró otra voz.
Pero entonces ocurrió.
La tonalidad verde empezó a oscurecerse. Lenta. Inevitable. Como si una sombra se deslizara por debajo del agua, ensuciándola desde dentro. El vórtice se detuvo. Y la obsidiana pareció absorber la luz.
El agua se volvió negra.
Negra como el olvido.
Negra como el Dol.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
Sonie dio un paso hacia delante, entre asombrada y en guardia. Román cruzó los brazos, tensando la mandíbula. Rui alzó una ceja, sus colmillos apenas visibles, pero sin sonrisa esta vez. Eloi apretó el mango de su daga.
La Ancestra, sin embargo, no parpadeó.
Avanzó.
Se acercó a mí y, sin pedir permiso, me tomó la muñeca herida entre sus dedos.
Sus ojos se entornaron. Sus labios murmuraron algo en un idioma que no comprendí. Su pulgar trazó un símbolo invisible en mi piel.
Luego, sin mirar a nadie más, habló:
—Es un brujo.
Los murmullos estallaron. Cass se giró para mirarlo con los ojos como platos. Rui soltó un silbido bajo.
—Pero… —empezó a decir alguien—. ¿Y el agua? Eso no es normal.
—No —confirmó la Ancestra—. No lo es. Porque él tampoco lo es.
Noto un escalofrío bajarme por la espalda.
La Ancestra se volvió hacia Edrian, que solo asintió una vez. Luego, con un leve movimiento de mano, hizo flotar en el aire un sello ardiente: el símbolo de la Orden, mitad luz, mitad sombra.
—La sangre os une. Pero la marca os protege.
El símbolo se posó sobre mi herida. Y ardió.
Un grito se me escapó de la garganta, breve y roto, como si un metal incandescente se me hubiera incrustado bajo la piel.
Cuando bajo la mirada, la runa seguía allí. Grabada a fuego, palpitando lentamente.
Los demás se acercaban, observándo con esa mezcla de respeto y miedo que solo despierta lo que no se entiende del todo.
Cass se colocó a mi lado, sin decir nada.
—¿Estás bien? —preguntó al fin, en voz baja.
Asenti. Aunque no sabía si era verdad.
Al fondo de la sala, la Ancestra anunció:
—Casa de la Bruma…
Solo Nym, pareció oírlo. Y por una vez, no sonrió.
El resto de iniciados fueron pasando uno a uno, completando el ritual.
La sala sagrada olía a humo, piedra húmeda y sangre. Sentía la runa grabada en el brazo como un hierro candente que me ardía por dentro, aunque por fuera ya apenas se notara. El ritual había terminado, pero el eco de las voces aún parecía rebotar en mi pecho.
Cuando las puertas se abrieron, todos empezaron a salir en silencio. Nadie decía mucho, solo pasos y alguna respiración acelerada.
Cass me esperó fuera, apoyada en una columna.
—Te has marcado un efecto especial, Alex Brusc. Ya podrías haber avisado —dijo al verme, cruzada de brazos.
—No me mires así, como si yo supiera algo —respondí, aún algo aturdido.
—Eh, tranquiliza tu aura, ¿vale? Solo digo que, si vas a convertirte en el protagonista de esta saga mágica subterránea, mínimo comparte el guion conmigo.
Solté una risa, floja, pero real. Cass era todo lo que esta bien en este lugar.