CAPÍTULO 3 - LA ORDEN #4
—¿Otra misión? —preguntó Cass, con voz queda.
Eloi asintió, sacando un pequeño dispositivo de su cinturón. La luz roja era intensa.
—Nivel dos. Tenemos que irnos ya.
—¿Y nosotros? —me atreví a preguntar.
—Vosotros descansad —dijo Román, seco, ya girándose.
Sonie, que se detuvo un segundo frente a Cass. Sonrió, y por un instante, su fuego se apagó—. Nos vemos luego.
Y sin más, salieron los tres por el pasillo.
Rui, sin embargo, se quedó un segundo más.
Se volvió hacia mí, esa media sonrisa cargada de algo que no sabía si me gustaba o me aterraba.
—Adéu, bruixet —susurró, llevándose dos dedos a la sien en un gesto burlón—. Que sueñes con sombras con colmillos.
Y se fue.
Me quedé mirando el pasillo vacío.
—¿Se ha ido llamándote bruixet? —preguntó Cass.
—No hablemos de eso —respondí, llevándome una mano a la frente—. Por favor.
Justo entonces, una figura emergió de las sombras.
Clara Montalt.
Elegante. Erguida. Con esa expresión de superioridad grabada a fuego.
—Vaya —dijo, cruzándose de brazos mientras nos miraba—. Tu flamante comando ya te ha abandonado. Ni siquiera has prestado juramento y ya te han dejado solo.
—Ha sido una emergencia —dije, sin saber por qué me estaba justificando.
—Claro —sonrió sin sonreír—. Siempre hay excusas para no hacer lo que se espera de uno. ¿ Ha ido bien el tour Cass Sendra?
Cass carraspeó.
—¿Nos ibas a llevar a algún sitio o has venido solo a soltar frases pasivo-agresivas?
Clara alzó una ceja, sorprendida.
—Venid conmigo. Ya que el comandante Beltran ha decidido que no es necesario ocuparse de vosotros, alguien tendrá que hacerlo.
Clara Montalt nos enseñó el resto de Umbrafort casi en silencio, como si de una marcha fúnebre se tratase, cada vez que Cass y yo tratábamos de hablar, se giraba con una mirada asesina la cual era imposible evitar.
Nos condujo por un pasillo, este más frío, más silencioso.
Las paredes parecían absorber los sonidos.
Me pregunté cuántos secretos había escuchado aquel pasillo.
—Aquí tenéis vuestra nueva habitación —anunció, abriendo una puerta con un movimiento seco de muñeca—. Al menos tendréis un lugar donde procesar vuestro desconcierto.
—Gracias —murmuró Cass, entrando.
—No me las des —dijo Clara—. Esto no es un favor.
Es una responsabilidad. No os perdáis mañana.
Nadie vendrá a despertaros. Señorita Sendra, mañana tendrás el placer de conocer al resto de nuestro comando.
Nil, brujo de la casa del agua. Excepcional.
Y Paola Gutierrez una cazadora tan letal como impaciente.
Y desapareció como había venido.
Cass se tiró sobre la cama con un suspiro sonoro.
—¿Nos odian a todos los nuevos o solo a nosotros?
Me senté en el borde de la otra cama, pasándome una mano por el pelo.
—Creo que solo a nosotros. Vamos bien.
—¿Esto está pasando de verdad, no? —preguntó, mirando al techo—. Porque sigo esperando que nos despierten en el autobús.
—Si esto es un sueño, es el más raro que he tenido —dije—. Sombras vivas, tipos con fuego en las manos, engreidos que se creen graciosos…
—Y tú que te has ligado al vampiro antes de hacer el juramento. Enhorabuena, bruixet —dijo, alzando una ceja.
Le lancé una almohada.
—¡No empecemos!
Por un instante, el peso de todo lo que estaba ocurriendo pareció más llevadero.
Cass rió. Fue breve, suave. Pero real.
—Espera —dije, frunciendo el ceño—. ¿Has dicho vampiro?
Ella giró la cabeza hacia mí con lentitud dramática, como si le costara creer que estaba preguntando eso.
—Bobo, no soy experta en esto que nos está pasando, pero… ¿tú le has visto los colmillos? ¿Cómo se movía el otro día? Amore, he visto Crepúsculo las suficientes veces como para saber que ese tipo es un vampiro.
—No puede ser —murmuré—. Los vampiros no existen.
Cass se incorporó un poco sobre un codo, con una ceja levantada.
—Cariño, acabamos de llegar a una ciudad subterránea mágica a través de un portal. ¿En serio te parece demasiado que existan los vampiros?
Me quedé en silencio.
—A ver —continuó ella, sonriendo mientras se dejaba caer de nuevo—, igual no brilla al sol ni escribe poesía, pero ese hombre es un vampiro. Uno chulito. Uno que claramente quiere algo contigo.
—No quiere nada.
—Claro que no —asintió con sarcasmo—. Por eso te llama bruixet y te mira como si fueras un postre caro en un escaparate de Navidad.
Me cubrí la cara con las manos.
—Por favor, para ya.
—No puedo —se rió—. Es demasiado bueno.
Me tumbé de lado, mirando el techo de piedra. Las luces de Umbrafort titilaban suavemente, como respirando. Cass se acurrucó en su cama, suspirando como si necesitara que el aire la contuviera un poco.
—Mañana será peor, ¿verdad?
—Mañana lo entenderemos todo —dije. Aunque no lo creía del todo.
Silencio.
Y luego, muy bajito:
—Buenas noches, bruixet.
No respondí. Pero sonreí.
Aunque en el fondo, una parte de mí seguía preguntándose si Cass tenía razón.
¿Y si Rui era un vampiro?
¿Y si yo no era quien pensaba?
¿Y si…?
Pero ya era tarde para hacerse preguntas.
Estábamos dentro.
Y nadie había dicho cómo se salía.