CAPÍTULO 3 - LA ORDEN #3
Un guerrero. Llevaba una lanza apoyada contra el hombro y una expresión tan severa que parecía capaz de juzgarme incluso después de muerto.
Fruncí el ceño. ¿Quiénes serían todas aquellas figuras?
Desde luego, no parecían santos. Ni reyes.
Ni nada que hubiera visto antes en una iglesia o un museo.
Mi mirada descendió hasta el pedestal. Había una inscripción. Corvian...
—Chicos —dijo Sonie, por delante—. ¿Queréis un duelo verbal o vais a mirar dónde pisáis? Que hay pasadizos que no tienen fondo.
—Gracias por la advertencia, GPS humano —respondió Rui.
—De nada, mosca cojonera —le devolvió ella con una sonrisa afilada.
Pasamos por delante de una sala circular con el techo abierto al cielo artificial. Adentro, jóvenes entrenaban con armas y con magia. Uno de ellos lanzó una ráfaga de viento tan potente que hizo volar a otro por los aires.
—Eh… ¿esto es lo que vamos a hacer nosotros también? —preguntó Cass, a mi lado.
—Depende de lo que seas —dijo Román, que hasta entonces había estado en silencio. Su voz era grave, como si masticara piedras antes de hablar.
—¿Lo que… soy?
—Lo que sois —añadió Eloi, deteniéndose y dándose la vuelta para mirarnos a los dos—. Ya lo dijo Nym, aunque lo hace tan teatral que seguro no entendisteis nada.
—Un ser adorable, pero sí —murmuré.
Eloi suspiró.
—En Umbrafort existen tres grandes ramas: cazadores, templarios y brujos. Todos trabajamos juntos, pero cada rama tiene funciones, entrenamiento y… talentos distintos.
—¿Y cómo se decide eso? —pregunté.
—No se decide. Se descubre. La mayoría lleva desde que nació preparándose para entrar en la orden.
Algunos ya saben lo que son porque han heredado la sangre o han sido entrenados.
Otros… lo demuestran con el tiempo. Y luego están los casos como el tuyo —añadió, clavando en mí esa mirada que no sabía si era desprecio, interés o pura duda—.
Que sois como cajas cerradas. Y hay que abrirlas.
—Sutil, gracias.
—¿Y qué somos nosotros dos y vosotros? —preguntó Cass, mirando a los del comando.
—Román es cazador —dijo Rui—. Duro como el hierro, tozudo como una montaña.
Román lo ignoró.
—Sonie es bruja, como toda su familia, de la Casa del Foc. No hace falta explicar más.
¿Y tú? —pregunté, mirando a Rui.
Rui sonrió, como si le divirtiera la pregunta más de lo debido.
—Clasificado.
—Él es otra cosa —intervino Eloi, con ese tono seco que usaba cuando quería cortar el tema—. Pertenece a la cuarta rama. Los sobrenaturales. No son cazadores, ni templarios, ni brujos. Pero se le permite estar aquí porque es útil. Aunque no siempre bienvenido.
—Gracias por la calidez, jefe —dijo Rui, con un gesto teatral.
—¿Y tú? —pregunté, antes de poder evitarlo, volviéndome hacia Eloi.
—Templario —dijo simplemente.
Su voz no tenía orgullo ni arrogancia. Era un hecho. Una raíz. Algo que no se cuestionaba.
—Entonces… ¿los templarios qué hacen?
—Proteger. Resistir. Luchar sin magia. Pero con capacidades mejoradas a las de cualquier otro ser humano, no somos humanos, nuestro linaje es distinto —dijo Eloi.
—¿Y los brujos?
—Canalizan la magia —explicó Sonie, con una chispa de orgullo—. Cada casa tiene sus talentos. Los más comunes son Fuego. Curación. Ilusión. Defensa. Visión. Y otras cosas más… oscuras.
—¿Y los cazadores?
—Rastrean. Analizan. Luchan. No necesitamos magia para sobrevivir, pero aprendemos a entenderla. Somos los más prácticos. Los más rápidos. Los que siempre están listos para morir. Los que llegan aquí por error o nacen sin magia.
—respondió Román , sin emoción en la voz.
Un silencio se instaló entre nosotros.
—¿Y si no quiero ser nada de eso? —pregunté.
—Entonces no durarás mucho —dijo Rui, bajando la voz.
—Eso no ayuda.
—No estoy aquí para ayudar —dijo. Pero no se alejó.
Seguimos caminando. A lo lejos, una torre con cristales flotantes vibraba con energía. Me dolía la cabeza de tanta información. Pero también algo dentro de mí despertaba con cada paso.
Umbrafort no era un lugar. Era un reto.
Y ahora… tenía que encontrar mi sitio en él.
Avanzamos por un pasillo de piedra azulada que descendía en espiral, flanqueado por antorchas flotantes que se encendían solas al paso del comando. El aire olía a piedra húmeda y algo más antiguo, como pergamino quemado.
—¿Siempre hace tanto frío aquí? —murmuré.
Rui iba delante de mí. Se giró sin dejar de caminar y alzó una ceja.
—Eso es que no te has acostumbrado aún al peso del lugar.
—¿Qué significa eso?
—Lo entenderás cuando dejes de temblar —dijo con una sonrisa que era mitad burla, mitad algo más.
Eloi se detuvo de pronto frente a una puerta doble, enorme, de hierro bruñido. Grabado sobre ella, un símbolo.
Una media luna entrelazada con una estrella negra, unidas por una espiral central que parecía latir como un corazón antiguo.
Llum i Ombra.
Me quedé mirándolo, sin parpadear.
—¿Qué es eso?
Eloi apoyó la mano en la puerta y la empujó. Crujió al abrirse, revelando una sala circular con vitrales oscuros, columnas talladas con símbolos extraños y una cúpula central abierta al cielo.
—El corazón de la Orden —dijo—. Aquí empezó todo.
Nos hizo pasar. Me giré para ver a Cass. También ella estaba impresionada, sus ojos grandes recorriendo cada rincón, como si todo pudiera deshacerse en cuanto respiráramos demasiado fuerte.
—La Orden de Llum i Ombra nació hace más de ocho siglos —comenzó Eloi, su voz resonando en la piedra—. En esta misma ciudad. Cuando Valencia aún no era más que una promesa de ciudad bajo un cielo lleno de peligros invisibles.
Nos condujo hacia una de las columnas. Estaba grabada con un nombre que apenas podía leerse. Jaume.
—Un rey, Jaume I, hizo un pacto con los primeros cuatro —explicó—. Una bruja, un cazador, un templario y un ser sin nombre. Juntos sellaron los límites entre el mundo que conocéis y el que habita en las grietas.
—¿El mundo de las foscas? —pregunté.
Eloi asintió.
—Y de muchas otras cosas. Las foscas son solo la sombra de algo más profundo. Algo que llevamos siglos conteniendo.
Rui resopló.
—Y a veces conteniéndonos entre nosotros —añadió en voz baja.
Eloi lo ignoró.
—La Orden protege el equilibrio entre la luz y la oscuridad. De ahí su nombre: Llum i Ombra. Cada miembro, cada iniciado, cada sello… tiene un papel en esa balanza.
Me acerqué al centro de la sala. En el suelo, bajo la cúpula, había un mosaico con los mismos símbolos entrelazados. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
—¿Y por qué ahora? —pregunté—. ¿Por qué nos habéis traído justo ahora?
Eloi clavó sus ojos en los míos. Había algo en su mirada que parecía pesar siglos.
—Porque la balanza se está rompiendo.
Silencio.
Cass y yo intercambiamos una mirada, y por un instante todo se quedó suspendido.
Como si el destino acabara de guiñarnos un ojo.
—dijo Eloi, y su voz se apagó en el eco de la cúpula.
Silencio.
Una tensión extraña se acumulaba en el aire, como si los muros también contuvieran la respiración.
Entonces, una voz grave rompió la calma:
—Bueno, ya está bien de cuentos de fantasmas.
Me giré. Román acababa de aparecer por la entrada, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos.
—Ya tendrás tiempo de aprender todo sobre la Orden, créeme —dijo, avanzando con paso firme—. Pero ahora toca lo importante.
—¿Lo importante? —pregunté, alerta.
—El juramento —respondió, como si fuera lo más lógico del mundo—. No puedes estar aquí sin hacer uno. Es un antiguo pacto con Umbrafort. Es una manera de averiguar que sois y una forma de sellar tu voluntad. Una promesa.
—Una atadura —murmuró Rui, medio sonriendo desde la columna donde se apoyaba—. Con sangre, claro. Siempre con sangre.
—No asustes al crío —resopló Sonie, que apareció justo detrás de Román.
Se me quedó mirando.
—Aunque ahora que te veo bien… no tengo claro que tipo de brujo eres.
—¿Perdón?
—Vamos a ver, cariño —dijo ella, girando alrededor de mí como un satélite brillante—. Eres capaz de ver foscas, las atraes como si llevaras incienso mágico encima, has sobrevivido a dos ataques en una noche, y ahora Umbrafort entero se pone en marcha por tu culpa.
—¿Por mi culpa?
—No te hagas el modesto, chico —sonrió—. No vas a ser cazador, eso lo tengo claro.
—¿Y qué voy a ser entonces?
Antes de que nadie pudiera responder, Rui se acercó con esa forma suya de caminar como si el suelo lo esperara con ansias. Se detuvo justo delante de mí, inclinó la cabeza y sonrió.
—Bueno, igual eres de los míos.
Y entonces… enseñó los dientes.
Literalmente.
Colmillos.
Solo por un instante. Rápido. Como un secreto entreabierto. Y luego me guiñó un ojo, como si nada.
—Aggg —bromeó, mordiéndose el labio—. Te pega ser un poquito oscuro.
Me quedé helado.
—¿Qué…? ¿Qué ha sido eso?
—Nada. No te preocupes, llumeta —se burló—. Ya lo entenderás. O no. Lo divertido es mirar tu cara cuando pasa.
Román puso los ojos en blanco.
—¿Puedes dejar de jugar con los iniciados?
—¿Y dejar de divertirme? —replicó Rui—. Ni en sueños.
Eloi suspiró, recuperando el control de la escena.
—El juramento se hará esta noche, en la Sala del Eco. Y tú —me miró directamente—, deberías prepararte. Porque después viene la prueba.
—¿Qué prueba?
Sonie alzó una ceja, su fuego chispeando en los dedos.
—La que nos dirá de qué pasta estás hecho, cielo. O mejor dicho… de qué linaje.
—Bueno, yo ya me he divertido suficiente por hoy —dijo Rui, alzando las cejas mientras el comunicador en su muñeca parpadeaba en rojo—. El deber me llama.