CAPÍTULO 3 - LA ORDEN #2
Llevaba una túnica violeta con bordados en espiral que parecían moverse si los mirabas demasiado rato.
Sus ojos eran los más raros que había visto nunca —uno azul hielo, otro dorado— tenían un brillo divertido, como si supiera exactamente qué nos pasaba por la cabeza a todos.
Su figura no era humana. Era un ser extraño.
Su cabeza me recuerda como a la de un delfin.
—Hola chicos y chicas —canturreó, con una voz aguda pero suave, como de campanilla rota—. Ya habéis oído al Líder Supremo. Yo soy Nym. Nym la Silente. Aunque de silente tengo poco, la verdad.
Sonrió. Nadie dijo nada. Yo no podía dejar de mirar su túnica.
—Tranquilos, es normal que estéis en shock. También es normal que dudéis de si esto es una broma. No lo es. Aunque si lo fuera… sería una muy buena.
Se paseó frente a nosotros, observándonos como si fuéramos obras de arte rotas que aún merecían restauración.
—A partir de ahora, cada uno de vosotros será asignado a un comando. Ellos os enseñarán Umbrafort, os resolverán preguntas y os darán vuestra primera impresión de este lugar.
Para cualquier duda que tengáis… también estoy yo. En mi cámara. Jijiji.
¿Había dicho “jijiji” en voz alta?
—Los que seáis cazadores, iréis con los cazadores.
Los templarios, con los templarios.
Y los brujos… bueno. Vosotros seréis puestos a prueba. Para averiguar a qué casa pertenecéis y de qué linaje venís.
—Sí, sí, ya sé que tenéis dudas —añadió, levantando una mano antes de que alguien protestara—. Ahora lo entenderéis. Dadle tiempo. O no. Es Umbrafort, todo va como le da la gana.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
Una mano me agarró del brazo. Me giré, medio listo para soltar un grito, y me encontré con él.
Rui.
—Tú vienes con nosotros, llumeta —dijo con esa sonrisa torcida que me sacaba de quicio.
—¿Perdona? —murmuré.
—Tú. Conmigo. Bueno, con nosotros.
La voz de Eloi tronó por encima del murmullo general.
—Tú no tienes poder para decidir quién entra en este comando.
—Eso —dijo Román, cruzándose de brazos—. Ni siquiera perteneces oficialmente al comando. Eres un… añadido.
—Los comandos están formados por un cazador, un brujo, un templario y un iniciado la mayoría de las veces, aunque en algunos comandos hay dos templarios para respetar las tradiciones —añadió Sonie, lanzándole una mirada que podía prender fuego—. Tú no puedes decidir.
—Tranquilos —respondió Rui, alzando las manos con teatralidad—. Ya sabéis que soy del comando aunque no lo sea técnicamente. ¿Cuántas veces os he salvado el culo?
—Demasiadas —masculló Román.
—El chico es especial. Y tú lo sabes —dijo Rui, mirando a Eloi con esa intensidad que me hacía querer mirar hacia otro lado. O empujarlo contra una pared. O las dos cosas.
Yo no sabía si estaba enfadado, fascinado o ambas cosas.
Cass, a mi lado, estaba boquiabierta. Una mujer, al fondo, dio un paso hacia mí. Me miró como si ya supiera que iba a cogerme por el cuello y arrastrarme a su equipo.
Pero Eloi se adelantó antes de que pudiera hacerlo.
—Lo cojo yo Clara Montalt.
—¿Perdón? — La mujer se tensó.
—Quiero verlo de cerca. A ver si Rui tiene razón —dijo Eloi, mirándome con ese brillo competitivo que no sabía si me daba más miedo o más curiosidad.
La mujer con aires de superioridad frunció el ceño, pero no discutió. A su lado, otro iniciado fue empujado levemente hacia ella. Uno rubio, con expresión de no saber si se había dormido o estaba en una película muy rara.
Cass se volvió hacia Sonie, esperando.
—Tú vienes conmigo, chica —dijo Sonie, señalándola con los dedos encendidos en un resplandor rojo.
Cass me lanzó una mirada de pánico fingido, pero tenía una media sonrisa. Yo asentí. Nos separarían. Lo sabía. Pero no me importaba. No si significaba descubrir qué demonios me estaba pasando.
Y entonces Rui se acercó a mi oído, muy cerca, y susurró:
—Te dije que ibas a tener que aguantarnos, llumeta.
No contesté.
Porque odiaba admitir que, en el fondo, quería hacerlo.
Eloi se giró hacia Clara Montalt con una media sonrisa cargada de arrogancia.
—Lo siento, señora Montalt, pero el chico es nuestro. Tendrás que quedarte con ese otro iniciado.
Señaló al rubio despistado, que parecía haber aterrizado en Umbrafort por error o por un sorteo cósmico mal hecho.
Clara entrecerró los ojos.
—Qué conveniente.
—Qué competitivo —musitó Román sin esfuerzo por ocultarlo.
Y justo entonces, Sonie alzó la voz:
—¡Oye! Pero yo había pedido a Cass. Es mía. Desde el primer momento.
Sus dedos se encendieron. Literalmente. Llamas pequeñas, rojizas, danzaron en la punta de sus uñas como si fueran extensiones de su enfado.
Cass dio un paso hacia ella, sin pestañear, y le tomó las manos con suavidad. Las llamas se apagaron de inmediato con un leve destello azulado. Como si la calma hubiera vencido al fuego.
Sonie se quedó quieta.
Demasiado quieta.
La expresión en su rostro pasó del fastidio a una mezcla de sorpresa, rubor y algo más. Como si Cass hubiera activado un interruptor que no sabía que existía.
—Eso… no suele pasar —murmuró Sonie, aún mirándola.
—Yo solo… lo he sentido —dijo Cass, bajando la mirada y luego volviendo a alzarla, desafiante.
La tensión era distinta ahora. De otro tipo. Un calor más lento. Más profundo.
Clara Montalt, que lo observaba todo con los brazos cruzados, alzó una ceja. Y entonces, casi sonriendo, dijo:
—Muy bien, Beltran. Quédate con el chico. Yo me quedo con la pelirroja. Le harás tu mismo el tour junto a tu iniciado, yo tengo otros asuntos que atender.
Sonie parpadeó.
—¿Qué?
—Tendrás que esperar, querida —sentenció Clara dándole a Cass con una palmada en el hombro—. La Casa del Ferro te espera.
Sonie la siguió con la mirada, entre frustrada y fascinada.
Yo no podía evitarlo: todo me parecía una locura. Una locura organizada.
Eloi se volvió hacia mí.
—Bien, Álex. Bienvenido oficialmente al comando Eclipse. Desde ahora eres mi responsabilidad. Empezaremos en cuanto estemos listos. Prepárate.
—¿Preparado para qué?
—Para descubrir de qué estás hecho.
Y fue raro, esta vez no sentí miedo. Solo una certeza extraña: esto era el principio de todo.
—¿Estás listo, bruixet? —preguntó Rui con una ceja arqueada, apoyado despreocupadamente contra la pared mientras los demás se ponían en marcha.
—No me llames así —mascullé, ajustándome la chaqueta. No porque tuviera frío, sino para disimular lo nervioso que estaba.
—¿No te gusta? Pensaba que nos estábamos encariñando —dijo con una sonrisa tan peligrosa como su forma de moverse.
—Vamos, Rui. No lo asustes el primer día —intervino Sonie, caminando delante de nosotros, con ese aura entre explosiva y encantadora. Aún tenía una chispa en los dedos, como si el fuego nunca quisiera irse del todo.
—Yo no me asusto —dije, con más orgullo que convicción.
Román soltó una risa baja. Caminaba como si el pasillo fuera demasiado pequeño para él, con los brazos cruzados y una mirada que lo medía todo.
—Seguro que no —añadió, pero sin burlarse. Solo constatando algo.
Umbrafort se desplegaba ante nosotros como una catedral sumergida en piedra y luz azul.
Techos imposibles. Escaleras que se curvaban hacia arriba y hacia abajo como si hubieran olvidado la gravedad.
Murales tallados con símbolos antiguos que vibraban al pasar junto a ellos.
Era como estar caminando dentro de un secreto.
—¿Qué es este lugar? —pregunté, incapaz de callármelo más.
—Una reliquia de otra época —respondió Eloi, sin detener el paso—. Fundada cuando la magia era ley y no excepción. Oculta bajo la ciudad, protegida por pactos viejos y sangre aún más vieja.
—Poético —murmuré.
—Práctico —añadió él, sin mirar atrás—. Aquí se entrena, se aprende… o se muere. Así de simple.
—Qué motivador —dije. Rui soltó una carcajada suave.
—Te vas a divertir, llumeta —me susurró—. Aquí no hay clases de Ciencias del Mar.
—¿Tú estudias algo? —pregunté, cruzando una mirada con él.
—Yo sobrevivo. Que ya es mucho.
Entramos en una sala circular. Todo parecía hecho para recordarte lo pequeño que eras. En el centro, una especie de mapa flotaba suspendido en el aire, como una maqueta viva de Umbrafort. Las estancias se movían, los pasillos se reconfiguraban. Era como si el lugar respirara.
—Este es el centro de operaciones —explicó Eloi—. De aquí salen las órdenes, las misiones, las alertas. Todo.
Cass, que se había quedado pasmada observando, me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Nosotros… vamos a recibir misiones aquí?
—Si sobrevivís a los primeros días, sí —dijo Sonie, aún mirando a Cass con una expresión que no supe descifrar. Algo entre curiosidad y… ¿ternura?
—¿Cuáles son los primeros días? —pregunté.
—Hoy —dijo Eloi—. Empiezan hoy.
Volví a mirar el mapa flotante. Umbrafort era mucho más grande de lo que imaginaba. Y tenía la extraña certeza de que aún no habíamos visto nada.
Rui se acercó por detrás, casi sin ruido.
—No te pierdas, llumeta. Aquí dentro, nadie te encuentra si no quiere.
—Me las apañaré —respondí.
—Eso quiero verlo.
Sus ojos azules brillaban como si supieran algo que yo aún no. Y odié lo mucho que quería saberlo también.
—¿Esto era… una iglesia o algo así? —pregunté, señalando una bóveda enorme con vitrales que no mostraban santos, sino figuras con espadas, grimorios y ojos como lunas llenas.
—Fue muchas cosas —respondió Eloi sin girarse—. Santuario. Fortaleza. Prisión. Escuela. Templo. Dependía del siglo y del enemigo.
—Y ahora, ¿qué es?
—Ahora es todo eso a la vez —añadió Rui, por mi lado, con media sonrisa—. Un buffet libre del caos.
—¿Siempre tienes que hablar en metáforas absurdas? —le solté.
—¿Siempre tienes que preguntar tanto?
—Es mi mecanismo de defensa.
Negué con la cabeza y seguí caminando.
Tan concentrado estaba en la conversación que casi me estampé contra una figura gigantesca de piedra. Di un respingo y levanté la vista.