CAPÍTULO 3 - LA ORDEN
ALEX
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Me despertó una vibración en el aire.
No un sonido, no una luz. Una vibración. Como si las paredes de Umbrafort se estremecieran por dentro. Por primea vez en varios días no he tenido pesadillas lo que es sorprendente.
Me incorporé a medias. Cass también se removía en su cama. En la penumbra azulada que se filtraba por la ventana del techo, sus ojos brillaban abiertos.
—¿Has oído eso? —susurré.
Cass asintió, llevándose un dedo a los labios.
Entonces llegó. No una vibración esta vez, sino voces. Apagadas al principio, como si vinieran de muy lejos. Pero cada vez más claras.
Discusiones.
Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la puerta. No estaba del todo cerrada. Solo entornada. A través del resquicio, la luz del pasillo parpadeaba con un tono más cálido. Había movimiento.
—…no tiene sentido —decía una voz masculina. Reconocí a Eloi.
—¡Seis ataques en una semana, Eloi! Seis. ¡Y dos en una sola noche! Esto no había pasado desde… desde los registros de 1996, joder —soltó Sonie. Estaba alterada. Más de lo que la había visto nunca.
—¿Y los otros iniciados? ¿También han sido atacados? —preguntó Román, con ese tono profundo que parecía venir del centro de la tierra.
—No. No todos. Pero están nerviosos. Los acabamos de traer y uno ya ha tenido una crisis. Casi atraviesa una de las puertas sin control —añadió Rui. Sí, Rui. Su voz sonaba más seca, sin la burla de siempre. Algo lo había tocado.
Me giré hacia Cass, que se había acercado en silencio. Tenía el ceño fruncido y respiraba por la boca, bajito.
—¿Otros iniciados? —susurró.
Asentí sin decir nada. Pegamos más el oído.
—No me gusta —decía Eloi ahora—. No es solo que aumenten las apariciones. Es que parecen… dirigidas. Como si buscaran algo.
—O a alguien —añadió Rui.
Silencio. Como si todos pensaran lo mismo y nadie quisiera ponerlo en palabras.
—Tenemos que hablar con la Arcana —murmuró Sonie—. Esto ya no son solo irregularidades. Es otra cosa. Algo más grande. creéis que es…
—Lo sé —respondió Eloi cortándole, y esa frase bastó para helarme por dentro. Por el tono. Por lo que no decía.
Cass me miró, sus labios apenas moviéndose.
—¿Crees que tiene que ver con nosotros?
—No lo sé —dije. Pero lo sabía. O lo temía.
Los pasos comenzaron a alejarse. Voces más lejanas. Portazos suaves. El zumbido volvió, como si la tensión se replegara hacia el centro de Umbrafort.
Me volví a meter en la cama sin decir nada. Cass también.
No dormimos. Solo cerramos los ojos. Fingimos que el mundo no se había vuelto aún más raro.
Pero sabíamos que, cuando volviéramos a abrirlos, ya no seríamos los únicos nuevos.
Y eso, de algún modo, lo hacía aún más inquietante.
Un golpe seco en la puerta me arrancó del casi-sueño en el que me había refugiado.
—Arriba —dijo una voz masculina al otro lado—. Todos los iniciados deben reunirse en la Sala de Confluencia. En diez minutos.
Miré a Cass. Ella ya estaba sentada, enredándose el pelo con los dedos, ojos abiertos como platos.
—¿Dónde era eso? —murmuró.
—Ni idea.
Nos vestimos sin hablar. Afuera, el pasillo zumbaba con una energía extraña. Runas encendidas. Siluetas que se cruzaban en la distancia. Otros chicos y chicas, igual de desorientados, salían de habitaciones parecidas a la nuestra, frotándose los ojos o atándose las botas a toda prisa.
Nadie hablaba demasiado. Solo ese rumor de pasos nerviosos y murmullos.
El miembro de la Orden que nos guiaba —un tipo calvo con túnica azul oscuro y expresión de esfinge— no dijo una palabra más mientras nos conducía por escaleras, pasillos de piedra y arcos inmensos hasta una sala que parecía sacada de otro mundo.
La Sala de Confluencia era una mezcla entre santuario y cuartel.
Abovedada, con vitrales en tonos marfil y turquesa, y una plataforma central rodeada de bancadas circulares.
Había símbolos tallados por todas partes, en el suelo, en los muros, incluso flotando en el aire como si fueran humo congelado.
Y allí estaban.
Agrupados por afinidades. Cada uno con su energía, su estética, su aura.
Reconocí enseguida al grupo de Eloi. Él estaba de pie, observando todo con el ceño fruncido.
A su lado, Sonie, inquieta como una chispa, girando un anillo en su dedo sin parar.
Román, cruzado de brazos, apoyado contra la pared como una muralla.
Y, por supuesto, él. Rui. Que al verme, ladeó la cabeza y alzó una ceja con esa expresión suya que decía: “Otra vez tú. Qué sorpresa.”
Otros grupos hablaban entre ellos o nos analizaban con miradas rápidas. Uno tenía el emblema de una garra grabado en el pecho. Otro, espirales doradas en los hombros. Todos diferentes. Todos preparados.
Me sentí como una mota de polvo en mitad de una tormenta ancestral.
Cass y yo nos sentamos juntos, sin decir nada.
Poco a poco, los demás iniciados ocuparon sus lugares.
Había una chica con la piel color ámbar que parecía observarlo todo con una calma inquietante.
Un chico rubio con mirada de pocos amigos.
Un par de gemelas que no se soltaban la mano.
Había otro tío bastante atlético. No sé cuántos éramos en total. Nadie sabía qué hacer.
Y entonces llegó él.
El aire se tensó antes de que lo viéramos. Como si Umbrafort misma se pusiera recta.
Un portal se abrió al fondo de la sala. No un portal de luz. Uno hecho de sombras líquidas y brillos metálicos. Como el reverso de una lágrima en medio del mundo.
Y de él emergió un hombre.
Escucho a mi alrededor su nombre y quien es. Edrian el líder supremo de la Orden. Genial—pensé— este es el manda más.
Vestía de negro, pero no el negro de los entierros. El negro de lo inevitable. Alto, sereno, con el cabello recogido en una trenza que le caía por el hombro izquierdo y ojos grises como ceniza bajo tormenta. Cada paso suyo parecía mover las runas del suelo.
Nadie se atrevió a hablar.
Nadie.
Se paró en el centro, junto a la plataforma. Y entonces, sin alzar la voz, habló.
—Sois los elegidos para formar parte de la última generación activa de la Orden de la Llum i l’Ombra. Eso os convierte en herederos. En responsables. Y en objetivos.
Los que no estén preparados, caerán.
Sus palabras cayeron como piedras.
—Habéis sido convocados no solo por vuestro potencial, sino porque algo antiguo ha despertado, y la ciudad —y el equilibrio mismo entre lo mágico y lo mortal— está en peligro.
Y sí, algunos de vosotros ya lo habéis sentido.
Sus ojos recorrieron la sala.
Se detuvieron un segundo en mí.
Y luego continuó:
—Desde este momento, empezáis vuestra iniciación. Vuestra vida anterior ya no os pertenece.
Bienvenidos a Umbrafort.
Que la sombra no reclame vuestro nombre.
Su voz era grave, clara, como una campana que resonara dentro del pecho. Nadie se atrevió a hablar. Ni a moverse. Algunos incluso dejaron de respirar. Yo fui uno de ellos.
El hombre que teníamos delante era imponente. No por su altura —aunque no era bajo—, ni por su fuerza visible, sino por lo que no se veía. Algo en él era… tan mágico. Como si llevara siglos observando el mundo desde un lugar donde el tiempo no importa.
—Soy Edrian —dijo, dando un paso adelante—. El líder de esta Orden.
Orden.
La palabra cayó como una piedra en el centro de la sala.
—Estáis aquí porque habéis sido elegidos. O encontrados. O porque el destino, en su humor retorcido, os ha traído a nuestras puertas. Lo que no cambia es que ahora formáis parte de algo más grande.
—Esta ciudad —continuó—, como muchas otras, está construida sobre cicatrices. Grietas en el tejido de la realidad que permiten el paso de cosas que no deberían estar aquí. Criaturas nacidas del Dol, la distorsión, la sombra pura. A las más comunes las llamamos fosques.
Cass tembló a mi lado. Yo apreté los puños para no hacer lo mismo.
—Hace siglos, cuando las primeras de estas criaturas empezaron a manifestarse, se fundó esta Orden. Para proteger. Para vigilar. Para actuar.
La sede central está aquí, bajo Valencia. Pero hay otras. Hermanas. Aliadas. Casi olvidadas.
—¿Y nosotros? —preguntó alguien, una chica de pelo rizado, valiente o desesperada—. ¿Qué pintamos aquí?
Edrian asintió, como si hubiera esperado esa pregunta.
—Vosotros sois sensibles. A veces lo sabéis.
A veces no. Algunos lleváis la magia en la sangre.
Otros, en el alma. Pero todos tenéis un vínculo con aquello que existe más allá del velo.
La mayoría de la gente lo ignora. Vosotros no podéis.
Algunos no sois especiales y simplemente estabais en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Pero ahora estáis aquí.
Silencio.
—A partir de ahora, viviréis en Umbrafort. Seréis entrenados, puestos a prueba. Aprenderéis a defenderos. A entender lo que sois.
No todos llegaréis al final. No todos tendréis grandes habilidades. Pero deberéis ser los mejores. El mundo necesita que lo seáis.
Esto no es una escuela. No es un refugio. Es un campo de batalla disfrazado de hogar.
Una tensión eléctrica recorrió la sala. Yo sentía el corazón en la garganta.
Edrian levantó una mano, y una luz suave se encendió en lo alto, como si el techo respirara con nosotros.
— Bien, ya habéis sido asignados a vuestras habitaciones. Habrá turnos de guardia, clases, misiones… y pruebas. Mucho de lo que aprenderéis será con los comandos. Y por eso, hoy, quiero que observéis. Que escuchéis.
Y que recordéis algo.
Se inclinó levemente hacia adelante. Ya no hablaba solo con la voz. Hablaba con la mirada.
—La magia no os debe nada.
La Orden no os debe nada.
Pero vosotros sí le debéis algo a este mundo: protegerlo.
La puerta se abrió detrás. Una figura encapuchada esperaba.
—Podéis iros. Pero no olvidéis lo que habéis escuchado esta noche.
La sala empezó a vaciarse en silencio. Cass me miró. Tenía los ojos como platos.
—¿Esto es real? —murmuró.
—No tengo ni idea —susurré—. Pero si esto es un sueño… estamos muy jodidos.
Una figura se adelantó desde la sombra. Más pequeña. Más… excéntrica.