Llum i ombra CAPÍTULO 2 - UMBRAFORT #3
10%

CAPÍTULO 2 - UMBRAFORT #3

—Bienvenidos a lo real —dijo Sonie, lanzándoles una sonrisa encendida—. Entrad. Yo voy detrás, por si os desmayáis.

—¿Preparado, llumeta?

—Deja de llamarme así.

—Cuando encuentres otro apodo que me guste más, me lo pienso —respondió, bajando el primer escalón.

Le seguimos. Uno. Otro. Otro más. El aire se volvió más frío, más cargado. Como si respiraramos dentro de una tormenta contenida. Cass iba detrás, respirando hondo, seguida de Sonie. Cerraban la marcha Román y Eloi, que no dejaba de mirar hacia atrás, por si algo nos seguía.

Cuando llegamos al último peldaño, la oscuridad se abrió de golpe.

Y lo vimos.

Un pasillo esculpido en piedra negra, iluminado por cristales flotantes que brillaban en tonos dorados, azules y verdes.

Las paredes respiraban historia. Magia. Vida.

Runas titilaban como si reaccionaran al paso de los recién llegados.

Al fondo, una gran puerta tallada con símbolos circulares se abrió con un leve crujido, revelando una sala enorme, abovedada, con estatuas antiguas, árboles que crecían del suelo de piedra, y una cúpula traslúcida que mostraba un cielo que no podía ser real.

Umbrafort.

Cass se quedó sin palabras. Sentía cómo algo se movía dentro de mi. Como si una parte dormida hubiese despertado solo al cruzar ese umbral.

—¿Esto está… bajo Valencia? —susurre.

—Más o menos —dijo Eloi.

—¿Dónde estamos exactamente?

—En la sede central de la Orden —añadió Román, cruzando los brazos—. El lugar donde todo empezó. Donde todo se protege.

—Y donde vais a quedaros una buena temporada —añadió Rui, con una sonrisa torcida—. Lo siento, chicos. Se acabaron las clases de matemáticas.

—Tendré que inventarme una excusa muy creativa para no volver a la uni —murmure

—Te ayudo —dijo Cass—. Di que te ha tragado la tierra. Técnicamente, es verdad.

Sonie se giró hacia Cass, con ojos brillando de entusiasmo.

—Tía, esa magia… me tiene loca. Estoy dudando si eres de la Casa del Ferro. Aunque seguramente lo seas porque ese brillo… —le guiñó un ojo—, vaya poder.

Cass arqueó una ceja, divertida pero descolocada.

—¿Casa del qué?

—Todo a su tiempo —dijo Eloi, alzando una mano—. Ahora toca descansar. Luego, explicaciones.

—Y pruebas —añadió Rui con una sonrisita.

No sabía si me hablaba del entrenamiento… o de otra cosa.

Y así, sin saber exactamente qué acababa de empezar, cruzamos el vestíbulo de piedra. Uno por uno. Dejando atrás el mundo que conociamos.

Y entrando, sin vuelta atrás, en una puta secta.

Eloi caminaba por delante, en silencio. El pasillo parecía no tener fin. Los muros estaban cubiertos de inscripciones antiguas, y cada vez que pasábamos cerca de una de ellas, un leve resplandor recorría la piedra, como si las runas me reconocieran. O me juzgaran.

No sabía qué era peor.

Nadie decía nada. Solo se oía el eco de nuestros pasos y mi respiración, que parecía más fuerte que la del resto. ¿Estaba nervioso? ¿Asustado? ¿Excitado? ¿Todo a la vez?

Nos detuvimos frente dos puertas de madera oscura. Eloi la empujó con una mano firme.

—Aquí estaréis por ahora —dijo.

Dentro había una cama, una ventana redonda en el techo por la que se colaba una luz azul y temblorosa, como si el cielo allí fuera distinto. En medio de la habitación, una mesa sencilla con una jarra de agua y un vaso.

Cass entró en su habitación, soltó su chaqueta sobre una de las camas y se metió en el baño como si llevara toda la vida allí.

Yo me quedé plantado en el umbral, como si poner un pie dentro fuera aceptar algo que todavía no entendía.

Eloi me miró un momento más. No con dureza, ni con ternura. Con algo entre medias.

—Descansad. Mañana empezamos con respuestas.

Y se fue.

La puerta se cerró con un sonido demasiado definitivo. Me quedé solo. Bueno, casi. Crucé los brazos, miré el techo, la cama, la puerta. Sentí el temblor que llega cuando el cuerpo ya no puede sostener el peso de lo inexplicable.

Y entonces, una voz.

—Bonita celda.

Me giré.

Rui estaba apoyado en el marco de la puerta, medio dentro, medio fuera de la habitación. Como si aquel espacio le perteneciera más a él que a mí. Mi mirada descendió casi sin querer. Primero a sus antebrazos.

La camiseta de tirantes dejaba la piel expuesta.

Las venas oscuras recorrían sus brazos como trazos dibujados a mano, desapareciendo bajo la tela ajustada.

Tragué saliva. Mis ojos siguieron subiendo.

Los hombros anchos descansaban relajados contra el marco, pero había algo en su postura que transmitía una seguridad casi obscena La tela se tensaba sobre su pecho cada vez que respiraba.

Lento.

Tranquilo.

Como si no tuviera ninguna prisa.

Noté un calor extraño instalándose en mi estómago.

Una sensación nueva. Incómoda. Y peligrosamente agradable.

Porque no estaba haciendo nada. Ni siquiera se movía.

Solo estaba ahí. Apoyado contra el marco.

Y aun así me costaba apartar la vista. Mi mirada siguió ascendiendo por su cuello, por la línea de su mandíbula.

Hasta llegar a sus labios. Y entonces cometí el error de encontrarme con su sonrisa.

Esa sonrisa ladeada. Y esa mirada suya que parecía desvestir no el cuerpo, sino los pensamientos.

—¿Tú otra vez?

—No sabía que los nuevos eran tan bordes —replicó, entrando un poco más—. Solo venía a ver si seguías vivo. Aunque parece que te estás adaptando.

—¿Tú vives aquí?

—Digamos que paso temporadas.

—¿Y siempre invades habitaciones ajenas?

—Solo las que me interesan.

Dio un paso más. Ahora estábamos frente a frente.

La habitación parecía más pequeña de pronto.

La luz azul del techo pintaba sombras largas en su cara.

En la mía. Y eso era un problema. Cuanto más cerca estaba, más difícil resultaba recordar que apenas lo conocía.

debería haberme parecido inquietante. Quizás incluso peligroso.

En lugar de eso, mi atención se quedó atrapada en detalles absurdos.

La curva de su sonrisa. La sombra oscura que le marcaba la mandíbula.

No ayudaba ese olor a almizcle. Volví a tragar saliva.

Error.

Gran error.

Porque sus ojos bajaron un instante hasta mi garganta. Solo un segundo. Pero lo vi. Y mi estomago dio un vuelco.

—¿Tú siempre tienes que ser tan insoportable? —pregunté, sin apartar la vista.

—¿Tú siempre tan fácil de picar?

Había algo en su forma de mirarme que me desarmaba. Una especie de confianza insolente que me daban ganas de pegarle… o de besarlo. Maldito.

—¿Te divierte esto?

—Me diviertes tú.

Me congelé. Él también.

Se inclinó un poco, como si fuese a decirme algo al oído, o a hacer otra cosa. Sus labios estaban entreabiertos. El mundo se estrechó en ese instante.

—¡Alex! —la voz de Cass explotó desde el pasillo—. ¿Estás ahí?

Rui se apartó como si nada. Manos en los bolsillos. Sonrisa intacta. Yo di un paso atrás, como si me hubiera acercado a un precipicio.

—Estoy aquí —dije rápido, mirando a cualquier parte menos a Rui.

Él le guiñó un ojo a Cass al pasar y se largó sin prisa, como si no acabara de incendiarme los pensamientos.

—¿Y ese? —preguntó ella, sentándose en mi cama.

—Un problema con piernas.

Cass rio bajito. —¿Te importa si duermo contigo hoy? Me da miedo este sitio, Álex.

Sonreí. —Te juro que iba a preguntarte lo mismo.

Los dos reímos. Cass se dejó caer sobre las sábanas sin descalzarse.

—¿Tú crees que estamos soñando?

—Ojalá.

Me tumbé también, aunque dormir era lo último que creía posible. A través de la ventana del techo, el cielo era de un azul imposible. Sin nubes, sin luna, sin lógica.

—Buenas noches, Álex.

—Buenas noches, Cass.

Y por primera vez en días, cerré los ojos sin que la palabra “Umbrafort” me estremeciera.

Aunque sabía que, al abrirlos, nada volvería a ser normal.