Llum i ombra CAPÍTULO 2 - UMBRAFORT #2
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CAPÍTULO 2 - UMBRAFORT #2

Yo intenté moverme, pero mis piernas no respondían. El aire era espeso. La sombra se revolvía como un animal acorralado. Rui sonrió.

—Ya la he visto antes. Es de las listas.

Y entonces, del otro extremo del callejón, llegaron los otros.

Otra vez. Tres figuras. Una energía distinta. Como si la noche reconociera su paso.

La primera en avanzar, la chica asiatica. Sonie tenía los dedos encendidos. No como metáfora: literalmente en llamas, como mechas a punto de explotar. Sus ojos eran brasas.

Eloi venía detrás, más calmado, pero con una mirada de acero y una daga curva en la mano. Se notaba que era el que mandaba, aunque no dijera una palabra.

Román cerraba el grupo. Alto, fuerte, con mandíbula tensa y los puños apretados. Como si deseara que la fosca se acercara solo para tener excusa de partirla en dos.

—¿Otra vez tú? —espetó Eloi sin detenerse, mirando a Rui—. ¿Piensas seguir metiéndote en todo sin avisar?

Rui ladeó la cabeza.

—Si esperáis que os mande una paloma mensajera, ya los habrían matado.

Y luego, sonriendo:

—Además, no me lo iba perder. Dos foscas en una noche. Dos ataques. Y el niño aquí, otra vez.

Me señaló con la barbilla.

—Con esta ya me debes tres, llumeta.

Lo dijo como si le gustara saborear la palabra. Como si lo hiciera solo por ver cómo me encendía. Y lo consiguió. Maravilloso mi deuda con el chico arrogante no para de crecer.

Cass soltó un grito. La fosca se abalanzó.

—¡Ahora! —ordenó Eloi.

Y todo estalló.

Sonie lanzó una llamarada que cortó el aire con un silbido. La fosca chilló, retrocediendo.

Román se lanzó de frente, puño cerrado, golpeando la oscuridad como si fuera sólida.

Eloi giraba con precisión, dirigiendo movimientos, dando órdenes cortas.

Rui se movía entre ellos, rápido, eficaz, casi burlándose del peligro.

Y en medio de todo, Cass gritó.

Su cuerpo tembló. Sus ojos se volvieron blancos un instante. La sombra se detuvo como si algo la sujetara.

Un viento extraño giró alrededor de Cass, levantando hojas, polvo, y un brillo azul le recorrió la piel.

—¿Cass? —dije, intentando alcanzarla.

La fosca soltó un chillido agudo. Un chirrido. Y fue entonces cuando la vi.

No, lo vi.

En el tejado opuesto.

Una figura inmóvil.

Larga capa oscura.

Una silueta recortada contra el cielo de Valencia.

Observando.

Ojos blancos. Brillantes.

Como quemaduras.

—¡Arriba! —gritó Eloi, alzando su daga.

En cuanto lo señaló, la figura extendió un brazo en mi dirección. No necesitó palabras. Un haz oscuro, denso como alquitrán, salió disparado hacia mí con una velocidad imposible.

No me dio tiempo a moverme.

—¡Álex! —gritó Cass.

Pero no llegó a alcanzarme.

Otra vez.

Otra vez él.

Rui se lanzó hacia mí, embistiéndome como una ráfaga. Ambos caímos al suelo justo a tiempo. El rayo pasó rozándonos, dejando una grieta humeante en la acera donde yo estaba.

—¿Siempre tienes que estar a punto de morir para que te salve? —me susurró al oído, todavía encima de mí.

—Q-quítate —balbuceé, aturdido.

—Con gusto —respondió con una sonrisa torcida, pero no se movió de inmediato.

Un nuevo estruendo nos sacudió. El tejado donde estaba la figura estalló en fragmentos de cerámica y polvo.

—¡A por él! —bramó Eloi, y se impulsó hacia el edificio con una agilidad que no parecía humana.

Pero cuando llegó arriba…

Nada.

Solo tejas rotas.

La silueta ya no estaba.

—¡Mierda! —gruñó, bajando con una voltereta limpia. Su expresión era un poema de frustración contenida.

Mientras tanto, la fosca se agitó de nuevo. Pero esta vez… algo no iba bien.

Crecía.

Literalmente.

Como si se alimentara del caos. Como si la presencia de aquella figura la hubiese alterado.

—¡Román, izquierda! —ordenó Eloi, volviendo a su papel de líder.

Román cargó sin dudarlo. Con una cadena brillante que sacó de su cinturón, la lanzó hacia la fosca y la enrolló en su cuerpo informe, arrastrándola unos metros.

—¡Sonie! —rugió Eloi.

Ella ya estaba en marcha. Las llamas envolvían sus manos como guantes sagrados. Saltó sobre una papelera, luego sobre una barandilla, y desde allí lanzó un proyectil de fuego directo a la boca de la criatura.

Pero la fosca chilló, esquivó, se lanzó contra Cass con violencia desesperada.

Cass levantó las manos instintivamente.

Y ocurrió.

Una onda.

Una explosión invisible.

Como una ráfaga de viento que empujó a la fosca contra la pared.

Cass se tambaleó, sin entender nada.

—¿Qué… he hecho? —murmuró, temblando.

—¡Se ha activado! —gritó Sonie, emocionada.

—¡Román, refuerzo! —ordenó Eloi.

El grandullón asintió, se adelantó y, con una fuerza bruta que parecía salir de las entrañas de la tierra, golpeó la sombra con una especie de maza que no había visto sacar antes. El impacto sacudió el suelo.

La fosca chilló de nuevo. Se retorció. Se resistía más de lo normal. Como si supiera que iba a perder.

Pero al fin, con un rugido de fuego, un grito de Cass y un empujón conjunto del equipo, la criatura estalló en partículas oscuras que se deshicieron en el aire.

Desaparecida.

Silencio.

Solo el jadeo de los presentes, el eco de lo vivido.

Rui me tendió la mano para ayudarme a levantarme.

—Con esta ya me debes cuatro, llumeta —dijo con media sonrisa, arrogante y jodidamente atractivo.

Deja de llamarme así —murmuré, sin mirarle.

—Cuando me devuelvas una, quizás lo considere.

Cass seguía en el suelo, atónita. Román se arrodilló a su lado para comprobar que estaba bien. Sonie le hablaba con suavidad, pero sin dejar de mirar de reojo hacia mí… y hacia Rui.

Eloi, en cambio, me miraba fijamente. Evaluándome.

—¿Tú sabes lo que eres? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Porque nosotros sí —añadió.

Y esa fue la primera vez que sentí que todo, absolutamente todo, estaba a punto de cambiar.

El aire seguía cargado. No tanto por la fosca —que ya no estaba—, sino por el peso invisible de lo que acababa de pasar.

Cass seguía sentada en el suelo, mirando sus propias manos como si no fueran suyas. Sonie se arrodilló a su lado, con una mezcla de euforia y ternura en la cara.

—No todos los días ves una manifestación espontánea de energía elemental —dijo. Tenía los ojos brillantes—. Sabes que eso significa que eres una de los nuestros, ¿no?

—¿Qué? No… yo no soy… —Cass intentó hablar, pero la voz le temblaba.

—Tranquila. No pasa nada —dijo Sonie, con una sonrisa que desmentía su habitual fuego—.

Aún no lo tengo claro del todo, pero ese gesto, esa firmeza…

podría ser de la Casa del Ferro. Aunque lo que acabas de hacer…

—la miró con intensidad—. Ese poder elemental…

si resulta que eres del Foc, ojalá seas de las mías, chica.

Cass la miró como si le hubieran dicho que era la heredera al trono de Marte.

—¿Casa del qué?

—Luego te lo explicamos —intervino Eloi, volviendo al grupo con el ceño fruncido—. No sé qué demonios era eso del tejado, pero no era una fosca. Y no estaba sola.

—¿Creéis que era el mismo que invocó a la primera? —preguntó Román, sin soltar la cadena que aún sostenía como si esperase otro ataque.

—No lo sé, pero dos foscas en una noche no es normal. Ni dos ataques. Ni que el mismo chico esté en los dos —dijo Eloi, mirándome con una mezcla de sospecha y curiosidad.

—Eh —dijo Rui, alzando las manos con sorna—, antes de que empecéis a lanzarle piedras, recordad quién le ha salvado la vida tres veces. A este ritmo, me va a tener que invitar a cenar.

—No va a pasar —mascullé.

—¿Seguro? —dijo Rui, dando un paso más cerca—. Porque ahora sí que vas a tener que aguantarme, llumeta. Toca irnos a Umbrafort.

—¿A dónde? —preguntó Cass, aún más confusa.

—A casa —dijo Sonie, alzando la mirada hacia ella.

Eloi suspiró, cruzando los brazos.

—Esto no tenía que pasar así. No esta noche. Pero ya no hay vuelta atrás. Vosotros dos —nos señaló a Cass y a mí—, tenéis muchas preguntas. Y nosotros, algunas respuestas.

—¿Y si no queremos respuestas? —pregunté, aún con el pulso acelerado.

—Entonces seguid viviendo como si nada de esto fuera real —respondió Eloi, muy serio—. Pero os aviso: ya os han encontrado dos veces. Y si nosotros no estamos cerca la próxima, quizá no lo contéis.

Silencio.

Cass se levantó con ayuda de Román. Yo crucé los brazos, incómodo.

—¿Y qué pasa si esto es una broma? ¿Una secta rara con nombres latinos y efectos especiales?

Rui se rió, bajo y gutural.

—Si esto fuera una secta, ya estarías rapado y cantando himnos al Abisme, llumeta. Pero no. Esto es otra cosa. Y, aunque me pese, parece que estás metido hasta el fondo.

—¿Y tú qué pintas en todo esto? —pregunté, girándome hacia él.

—Yo? —Rui sonrió, arrogante—. Estoy aquí porque quiero.

Ese “porque quiero” me atravesó. Y lo odie. Porque era verdad.

—Está decidido —cortó Eloi—. Esta noche nos vamos a Umbrafort. Allí podréis descansar, comer algo decente y empezar a entender todo esto. No os obligamos. Pero es lo más sensato.

—Yo voy —dijo Cass, al instante.

Todos nos giramos a mirarla.

—He visto lo que puedo hacer. Y he sentido… algo. Como si todo esto ya estuviera escrito en mí. No me da miedo. Solo quiero saber más.

Sonie le puso la mano en el hombro, orgullosa.

Eloi me miró entonces.

Yo dudé.

El eco de la palabra aún resonaba dentro de mí.

Umbrafort.

La había oído.

La había soñado.

La había escrito sin querer.

Y ahora me decían que era real.

—¿Vienes o no? —preguntó Rui, con esa maldita media sonrisa suya—. O vas a quedarte aquí esperando que otra sombra venga a darte un abrazo.

—Eres insoportable —le solté.

—Y tú estás sonrojado —respondió.

Lo estaba. Mierda. Es jodidamente arrogante.

—Vamos —dije finalmente, más por orgullo que por convicción.

Eloi asintió.

—Bien. Preparaos.

—¿Ahora? —pregunté.

—Ahora —respondió Román.

—¿Y cómo…?

Pero no terminé la frase.

Porque Sonie alzó una mano y, con un gesto circular, abrió una grieta en el aire.

Una puerta.

Un umbral.

Un vórtice de sombra, luz y viento.

Una entrada.

A Umbrafort.

—Después de vosotros —dijo Rui, haciendo una reverencia sarcástica.

Y yo, sin entender cómo había acabado ahí, di el primer paso.

Hacia lo desconocido.

—Esto es de locos —murmuró Cass, pero su voz temblaba más de emoción que de miedo.