CAPÍTULO 2 - UMBRAFORT
ALEX
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La sombra desapareció con un chillido viscoso que se deshizo en viento.
Yo no podía moverme. No sabía si era el miedo, la adrenalina o la sensación de haber cruzado a otro plano de la realidad, pero tenía las piernas clavadas al suelo.
—¿Estás bien? —preguntó él. El chico. El arrogante, guapo y odioso chico.
Asentí, sin poder hablar.
—Me debes dos —añadió con una media sonrisa torcida que casi me hizo odiarlo menos. Casi.
—¿Qué coño ha sido eso? —logré soltar.
—¿Eso? —repitió él, encogiéndose de hombros—. Solo una fosca que intentaba devorarte. Cosas que pasan.
—¿Perdón?
—Relájate, bruixet. Ya ha pasado.
Bruixet. Otra vez esa palabra. Ya era la segunda persona que me lo decía esa semana. No sé si prefiero que me llame llumeta.
El chico de los tatuajes por los brazos —el que había dado las órdenes— se adelantó un paso.
—¿Tú qué haces aquí? —le soltó a Rui por segunda vez.
—Pasaba por aquí —respondió él, como si eso fuera suficiente.
—No estabas asignado a esta zona.
—Tampoco vosotros —añadió él, mirándome de reojo—. Y parece que llego justo a tiempo, como siempre.
—¿Quién eres? —pregunté al fin, girándome hacia él.
Me sostuvo la mirada sin pestañear. Sus ojos eran como cristales rotos bajo el sol.
—Alguien que no vas a olvidar.
Pero este tío ¿de qué va? Menudo creído. Uf, estoy empezando a cogerle tirria. Menudo cretino arrogante.
—Basta —intervino Sonie. Tenía una energía que casi chispeaba a su alrededor. Literalmente. Cada vez que respiraba, un leve destello azul recorría sus dedos.
—Sonie —dijo el de los tatuajes, en tono de advertencia.
—Solo digo que si vamos a recoger a un brujo nuevo, al menos podríamos presentarnos. Hola, soy Sonie. Soy fuego. Y tú eres un lío.
—¿Un qué?
—Un lío. Energía por todas partes, sin canalizar, sin control. Estás vibrando como una alarma.
—¿Brujo? ¿De qué estáis hablando?
El tipo grandullón, Román que no había dicho nada hasta ahora, me miró como si pudiera atravesarme.
—¿Seguro que no ha sido marcado?
—No lo parece, ademas todos los marcados han sido ya reclutados —dijo Sonie, con la mano aún brillante de magia.
—¿Marcado? ¿Qué significa eso? —insistí.
El chico de los tatuajes suspiró. Se frotó la frente como si ya le doliese la cabeza.
—Soy Eloi Beltran. Ellos son Sonie y Román. Venimos de Umbrafort.
Otra vez esa palabra. Esa maldita palabra.
—¿Qué cojones es Umbrafort?
—La pregunta correcta —intervino el chulesco— es: ¿quién eres tú realmente?
—No te metas —le espetó Eloi—. Esto no te corresponde.
—¿Disculpa? Estoy aquí porque si no lo estoy, el niño acaba tragado por una Fosca. Pero sí, claro, no es mi problema.
—¡Dejad de llamarme niño!
—¿Te pones gallito ahora, bruixet?
—Dejad de llamarme así.
—Lo eres —dijo Sonie, como si fuera lo más evidente del mundo—. Tu aura brilla como un faro. No sé cómo nadie te ha detectado antes.
—Lo han hecho —murmuró Eloi, mirando de reojo al otro—. Solo que algunos prefieren actuar por su cuenta.
—¿Alguien me puede decir qué cojones está pasando? —estallé.
Todos se callaron.
Y luego, como si hubiesen ensayado la pausa dramática, Eloi habló:
—Estás en peligro. Y no solo tú. Algo se está despertando en Valencia. Algo que llevábamos décadas intentando evitar. Y tú… tú eres parte de ello.
Silencio.
Tragué saliva.
—¿Qué queréis de mí?
—Que vengas con nosotros —dijo Sonie, con un brillo en los ojos—. Que vengas a Umbrafort.
—Ni de coña —solté, dando un paso atrás.
—Tú decides —intervino Rui, como si le divirtiera todo esto—. Pero la ciudad está cambiando. Y si no aprendes a usar lo que llevas dentro, no sobrevivirás a lo que viene.
Eloi asintió.
—Te damos una noche. Mañana, al atardecer, si has decidido venir, habrá alguien esperándote en la entrada del Pont de les Flors. Si no apareces…
—¿Qué?
—Seguramente estés muerto antes del viernes.
Y con eso, se dieron la vuelta.
Rui me lanzó una última mirada. Había algo en ella, como una promesa no dicha.
—Nos vemos pronto, bruixet.
Y desaparecieron.
Yo me quedé solo en el cauce, el corazón desbocado, la cabeza a punto de estallar.
¿Brujo? ¿Umbrafort? ¿Magia?
Tenía dos opciones: pensar que todo había sido un delirio…
…o aceptar que mi vida acababa de romperse en mil pedazos.
Y que me encantaba cómo sonaban al caer.
El cauce quedó atrás, pero algo en mí se quedó allí, atrapado entre las raíces, las sombras y los ojos que no dejaban de mirarme, aunque ya no estuvieran.
Caminé por Valencia como un fantasma. Las luces de las farolas me resultaban demasiado amarillas, demasiado nítidas, como si todo fuera una maqueta mal montada.
Las calles estaban vacías, salvo por algún ciclista con prisa o un grupo de Erasmus riendo en la distancia.
Me dolía la cabeza. Me dolía el pecho. Me dolía todo y nada.
No sabía si era miedo o si simplemente estaba vacío.
Tardé más de la cuenta en llegar a casa. El portal de Benimaclet parecía más oscuro que nunca. Subí las escaleras en silencio, notando el sudor pegado a la espalda, y abrí la puerta con cuidado, sin hacer ruido.
—¿Dónde coño estabas?
Sergi estaba en el salón, con la tele encendida pero sin prestarle atención. Tenía el ceño fruncido, pero su mirada escondía preocupación.
—He salido a caminar —mentí.
—¿A caminar? ¿En medio de la noche? ¿Y sin el móvil? Te he llamado diez veces, Álex.
Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y me encogí de hombros. Me temblaban las manos.
—No te pongas así.
—¿Cómo quieres que me ponga? Llegas a casa con cara de haber visto un muerto, no avisas, y encima te pones borde.
—No estoy borde —respondí, quizá demasiado rápido.
Silencio.
Sergi suspiró, pasó la mano por el pelo rizado, como hacía siempre que no sabía cómo seguir.
—Tío, no sé qué te pasa últimamente. Estás raro. Te vas, te encierras, hablas solo… y ahora esto. ¿Qué está pasando?
Me mordí la lengua. ¿Qué podía decirle? ¿Que una criatura hecha de sombra me había atacado? ¿Que una chica había lanzado fuego con las manos? ¿Que un tío misterioso con ojos de villano sexy me había salvado por segunda vez en dos días?
—No lo sé —dije, y era lo más sincero que podía ser.
Sergi se levantó. Se acercó con paso lento. Pensé que me gritaría otra vez, pero solo me puso una mano en el hombro.
—Estoy aquí, Álex. Aunque no quieras. Aunque no me lo cuentes.
Tragué saliva. No sabía si me apetecía llorar o salir corriendo otra vez.
—Gracias —murmuré.
Él asintió y se giró para volver al sofá.
—¿Quieres una copa? —dijo desde allí, sin mirarme—. Tengo ginebra y una playlist de Bad Gyal que probablemente nos haga perder varias neuronas.
Tuve que sonreír, aunque fuera un poco.
—¿Ahora?
—A menos que tengas planes con algun chico de tinder, sí, ahora.
Lo miré un segundo más. ¿Y si solo intentaba distraerme? ¿Y si funcionaba?
—Vale. Pero tú compras el hielo.
—Trato hecho.
Una hora más tarde, estábamos en una terraza cerca de Ruzafa, con un par de copas delante y la ciudad vibrando a nuestro alrededor.
Valencia tenía esa forma extraña de parecer infinita y pequeña al mismo tiempo, como si en cualquier esquina pudieras encontrarte con alguien que habías sido hace años…
o con alguien que estabas a punto de ser.
Sergi hablaba de una chica con la que estaba tonteando por Instagram. Yo asentía, fingía escuchar, pero en realidad estaba observando cómo la gente reía, bailaba, fumaba. Todos parecían saber lo que hacían. Yo no.
Después de un par de copas más —y de una discusión absurda sobre si Dua Lipa estaba sobrevalorada o no— acabamos en una discoteca pequeña, de luces moradas y baño con puertas que no cerraban bien. La música retumbaba tanto que podías sentirla en las costillas.
—Voy al baño —le grité a Sergi por encima del beat.
Él asintió con el vaso en alto. Yo avancé entre cuerpos sudorosos y perfume barato.
El baño era un desastre, estaba justo al lado de la salida de emergencia por la cual se colaba el olor de los cubos de la basura.
Dos lavabos, un espejo roto, un dispensador de jabón que colgaba como si estuviera de resaca.
Me mojé la cara con agua fría. Necesitaba un momento de silencio, aunque fuera entre beats lejanos.
—Bonita noche para sentirse fuera de lugar, ¿no?
La voz me sobresaltó. Al girarme, vi a una chica apoyada en la pared, junto a la puerta.
Tenía el pelo rojizo, bastante largo, una camiseta oversized con dibujos de anime, y los ojos más despiertos que había visto en días.
—Perdona, ¿nos conocemos?
Ella sonrió.
—No, pero tienes cara de necesitar a alguien que no haga preguntas.
No supe qué contestar. Me reí, sin saber por qué.
—¿Cass? —llamaron desde fuera.
—Un segundo —gritó, y luego volvió a mirarme—. Soy Cass. Por si te lo preguntabas.
—Álex.
—Te pega —dijo, entre risas, y guiñandome un ojo antes de salir.
Me quedé mirándola irse. Había algo en ella… algo tranquilo. Como si no necesitara fingir nada.
Pero entonces ocurrió.
Un grito. Corto. Cercano.
Salí corriendo.
Cass estaba contra la pared exterior del local, bajo una farola que parpadeaba. Una sombra se alzaba frente a ella, demasiado alta, demasiado densa para ser humana. Otra fosca. Más densa que la anterior. Como si hubiera crecido. Como si se alimentara del miedo.
No lo pensé. Corrí hacia ella.
—¡Cass!
Pero antes de que llegara, una figura atravesó la calle a velocidad imposible.
Un haz de luz. Un destello.
Él.
Otra vez él.
El mismo chico del super. De la plaza, Del cauce, De la sombra. De los ojos peligrosos.
Rui.
Se movía como si la gravedad fuera un acuerdo que no le interesaba cumplir. Se interpuso entre la fosca y Cass y extendió el brazo, como si pudiera apartarla con solo el gesto. La sombra reculó, siseando.
Se movía como si la gravedad fuera un acuerdo que no le interesaba cumplir. Se interpuso entre la fosca y Cass y extendió el brazo, como si pudiera apartarla con solo el gesto. La sombra reculó, siseando.
—Ya está, bonica —murmuró con esa voz suya, como hierro caliente deslizándose por hielo—. No te va a tocar.
Cass jadeaba, pálida, paralizada, con la espalda contra los contenedores.
—¡Alex! —gritó ella.