CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA #4
Los pasillos me parecieron demasiado largos otra vez. La ciudad, demasiado ajena.
Tomé el primer bus. Y luego eche a andar.
Acabe en el Turia. No entiendo porque he venido hasta aquí, solo seguía a mis piernas, ellas decidieron venir aquí. Magnifico estoy totalmente disociado.
El Turia me recibió con su falso lecho de cemento y palmeras. El aire estaba espeso, cargado de electricidad.
Bajé por las rampas. Crucé un pequeño puente.
Y entonces lo sentí.
Algo se movía.
No el viento.
No las hojas.
Algo más.
El aire se volvió denso. Los árboles se inclinaron como si intentaran huir.
Un murmullo rozó mis oídos.
Me giré.
Y la vi.
Una sombra.
Negra como el hueco de una tumba.
Con ojos blancos, abiertos de par en par, como si nunca parpadearan.
No respiraba.
Ni se movía.
Solo estaba.
Retrocedí. El corazón me martilleaba. No sabía si era un sueño, una alucinación o la muerte con forma de sombra.
La sombra dio un paso.
—¡Eh! Chiquito aparta
Una voz.
Una figura se interpuso entre ella y yo.
Cabello oscuro, camiseta de tirantes, sonrisa arrogante. Otra vez él.
—¿Tú otra vez? —dije, sin aliento.
—Yo también me alegro de verte, guapo —respondió con burla.
La sombra siseó. Él no se inmutó.
Sacó algo de su bolsillo. Una especie de amuleto. Lo alzó.
La sombra retrocedió. Chilló sin sonido.
—Esto nos dará algo de tiempo — dijo casi entre dientes.
—¿Qué… qué era eso? —balbuceé.
Él se giró, con esa maldita sonrisa de “sé más que tú y lo disfruto”.
—Tú tienes muchos problemas, llumeta. Y yo no tengo tiempo para explicártelos.
—¿Llumeta?
—Luz pequeña —se encogió de hombros—. Te pega.
Estaba a punto de soltarle una bordería cuando algo crujió detrás de nosotros.
—¡Aparta! —gritó alguien.
Tres figuras descendieron por el parque y rodearon a la sombra.
Una chica asiatica de pelo negro recogido en dos moñitos, ojos delineados como fuego y labios morados.
Vestía un corto vestido con larga cola por la parte trasera que, a primera vista, con paneles metálicos y con intrincados símbolos grabados en su superficie le daban el aspecto de una antigua armadura ceremonial.
Sus brazos, completamente al descubierto, estaban cubiertos de tatuajes luminosos que brillaban bajo la luz
Un tío de pelo rizado, brazos cubiertos de tatuajes que parecían moverse con la luz.
Y otro más grande, con la mandíbula marcada y esa expresión de “te reviento si respiras mal”.
El chico de la piel perfecta. El chulito alzo las manos, con esa una sonrisa de “aquí no pasa nada”.
—Tranquilos, estoy salvando al niño —dijo.
—Apartaros y dejadnos trabajar —espetó el de los tatuajes, con voz grave.
La sombra siseó. Como si entendiera.
La chica dio un paso adelante.
Chasqueó los dedos. Un halo de luz azul le envolvió las manos, extendiéndose como raíces líquidas por sus muñecas.
—Es una Fosca fuerte —dijo en voz baja, pero firme—. De las que llevan años sin ver el cielo.
—Román, a su flanco —ordenó el de los tatuajes—. Yo la distraigo.
Román —el grandullón— asintió. Dio una zancada y sacó un objeto de su cinturón: parecía un cuchillo de obsidiana, pero brillaba como metal líquido. Se lanzó hacia el bicho ese sin dudar.
La sombra chilló. Su cuerpo tembló y se alargó, como si intentara dividirse en dos.
El de los tatuajes, el que mandaba— se colocó justo al otro lado. Dibujó con algo que no conseguí ver que era un símbolo en el aire, y este se encendió como fuego azul. Al instante, una especie de jaula de luz apareció alrededor de la criatura.
—¡Sonie, ahora!
La chica, al parecer se llama Sonie, pues no le pega nada. Sonie extendió las palmas. Los tatuajes que le subían por los antebrazos empezaron a brillar.
Murmuró algo en un idioma que no entendí: gutural, antiguo, lleno de fuerza.
La tierra vibró.
La Fosca intentó escapar por la parte más débil de la jaula, pero Román se interpuso, clavándole el cuchillo en lo que parecía ser su “torso”. La sombra chilló como si la hubiesen quemado desde dentro.
—¡La necesitamos viva! —gritó el de los tatuajes.
Y entonces Sonie alzó ambas manos.
Un círculo de símbolos flotó en el aire, girando con una luz rojiza.
La Fosca empezó a deshacerse, pedazo a pedazo, como si alguien la estuviera deshilando.
—¡Ya casi! —gritó Sonie, con el ceño fruncido—. ¡No rompáis el círculo!
El de los tatuajes apretó los dientes, manteniendo la jaula.
Román sujetó la sombra a la fuerza.
La bruma oscura se convirtió en ceniza flotante.
Y después…
Silencio.
La jaula se apagó. El círculo desapareció.
Solo quedó el viento. Y la respiración entrecortada de todos.
El chico arrogante —el primero que me salvó— aplaudió lento, con sarcasmo.
—Bravo. Muy espectacular.
—¿Y tú qué haces aquí? —soltó el de los tatuajes, girándose hacia él—. No tenías permiso.
—Ay, perdón por salvar a alguien por instinto. No sabía que ahora había que rellenar un formulario.
—Te estás pasando, Rui —gruñó Román.
¿Rui?
¿Así se llamaba?
Yo seguía paralizado. Medio agachado. Con el corazón todavía haciendo parkour dentro del pecho.
Y entonces, como si nada, Rui se giró hacia mí.
—Por cierto, llumeta… bienvenido a la locura.