Llum i ombra CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA #3
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CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA #3

Avancé unos pasos, más rápido. Los azulejos rotos del suelo crujían bajo mis deportivas. Los graffitis parecían moverse con la brisa. Me obligué a respirar hondo. No pasa nada. Solo estás sugestionado. Has dormido mal. Has tenido un mal día. Todo es culpa de la ansiedad.

Todo es culpa tuya.

La sombra apareció al fondo. O creí que lo hizo. Una forma que no tenía forma. Un contorno que se deshacía. Como si los ojos no pudieran enfocar lo que no quería ser visto.

Y entonces los vi.

Ojos.

Dos puntos blancos abiertos en mitad de la oscuridad.

No pestañeaban.

Solo estaban ahí.

Observándome.

Una voz, como de viento colándose por una rendija, me rozó la nuca.

—Bruixet…

Me eché hacia atrás, tropezando con la acera. El corazón se me disparó.

—¿Qué… qué coño eres?

La sombra avanzó un paso. Solo un paso.

Y entonces alguien me agarró del brazo.

—Eh. Tranquilo. Respira.

Me giré de golpe. Era él.

El chico del super.

Otra vez.

Con esa calma irritante. Con ese rostro de “sé más que tú y no te lo pienso explicar”.

—¿Tú otra vez? —dije, jadeando—. ¿Me estás siguiendo?

Él alzó una ceja, sin soltarme el brazo.

—Tranquilo, detective. Solo pasaba por aquí. Aunque me alegro de haberlo hecho, teniendo en cuenta que estabas a punto de abrazarte a la pared y llorar como un bebé.

Me zafé de su agarre. Fue entonces cuando me fijé en un pequeño aro plateado que llevaba en la oreja izquierda.

No parecía gran cosa, pero en él resultaba extrañamente intimidante.

Quizás era por las orejas ligeramente puntiagudas.

O por aquella forma tan soberbia que tenia de mirar.

No sé. Solo sé que me da un poco de miedo.

—No sabes lo que he visto.

—¿Seguro que lo viste? —preguntó, dando un paso hacia la sombra.

Me giré. Ya no estaba.

Ni ojos.

Ni sombra.

Nada.

—No me lo estoy inventando —musité.

—No he dicho eso. Solo que a veces lo que uno ve… no es lo que cree estar viendo.

Su tono había cambiado. Menos sarcástico. Más serio.

—¿Qué quieres? —pregunté, a la defensiva.

Se acercó más de la cuenta. Lo suficiente como para notar su olor a cuero y humo suave. Lo suficiente como para que su sonrisa fuese lo último que quisiera ver y lo primero que no podía dejar de mirar.

—Solo advertirte.

—¿Advertirme?

—Hay sombras que no quieren que las mires.

Dicho eso, se dio la vuelta y se perdió calle abajo como si no acabara de soltar una bomba.

Y yo me quedé allí.

Temblando.

Con la respiración entrecortada.

Mirando una pared vacía y preguntándome si me estaba volviendo loco. Quizás el chico de orejas puntiagudas y mandíbula perfecta tampoco era real. Quizás me lo he imaginado todo.

Me fui directo a casa, subí al cuarto piso como si alguien me pisara los talones.

Benimaclet parecía más oscuro de lo normal, aunque fueran solo las farolas de siempre. Cerré la puerta del piso con doble vuelta y apoyé la frente en la madera un instante, como si eso pudiera frenar el latido absurdo que llevaba en el pecho desde que vi esos ojos.

No lo había visto antes. Lo sabría. Ese chico no se parecía a nadie de esta ciudad, ni siquiera a los modernillos de Ruzafa que creen que ir de negro es una religión. Él era… otra cosa.

Una mirada demasiado directa. Una sonrisa como de lobo aburrido.

Y esa frase.

“Hay sombras que no quieren que las mires.”

¿Era una amenaza? ¿Una advertencia? ¿O solo iba de intenso?

Fui al baño. Me miré en el espejo. Seguía teniendo cara de susto.

—Estás perdiendo la cabeza —murmuré, echándome agua fría en la cara.

No ayudó.

Me encerré en mi cuarto, intentando ignorar el zumbido que tenía en el estómago. Ni hambre, ni ansiedad. Era como si algo estuviera girando dentro de mí. Algo que no sabía cómo parar.

Encendí el flexo. Abrí la libreta para repasar los apuntes de la última clase.

Y ahí estaba.

Escrito en la esquina inferior de la hoja, con mi letra.

Umbrafort.

Otra vez.

Tres veces ya. En diferentes papeles, en momentos distintos. Y nunca recordaba haberlo escrito.

Rasgué la hoja de cuajo, la hice una bola y la lancé contra la pared.

—Basta.

Me dejé caer en la cama, con la respiración desordenada.

Mi cabeza no paraba.

¿Quién era ese tío?

¿Por qué aparece siempre que algo raro pasa?

¿Y qué coño era esa sombra?

¿Y por qué me está empezando a importar tanto una cara que ni conozco?

Tenía que estar proyectando. Hacía meses que no me gustaba nadie. A lo mejor era eso. Mi cerebro necesitaba dopamina y se había agarrado al primer tío atractivo con aires de superioridad.

Genial.

Encima creído. Con esa voz de locutor nocturno y esa forma de hablar como si supiera algo que yo no.

Y lo peor era que me ponía de los nervios.

Porque cada vez que aparecía sentía una mezcla rarísima de curiosidad e irritación.

Ganas de saber más. Y ganas de mandarlo a la mierda. Las dos cosas a la vez.

Me tapé los ojos con el antebrazo y suspiré.

Iba a volverme loco.

—¿Alex? —la voz de Sergi desde la cocina me hizo pegar un pequeño bote—. ¿Todo bien?

—Sí. —Mentí rápido—. Solo… me duele un poco la cabeza.

—¿Has visto el mensaje que te mandé? No tenemos pasta. ¿Puedes bajar mañana antes de clase?

—Claro.

—Gracias, tío.

Silencio otra vez.

Fijé la vista en el techo. Quería dormirme. Quería olvidar.

Pero entonces volvió.

La palabra.

El susurro.

Esa voz que no era mía.

Umbrafort.

No me dormí.

Solo cerré los ojos para no tener que mirar nada más. A la mañana siguiente, tenía la palabra escrita en todas partes. En la hoja de apuntes de Química. En el margen del libro que estaba empezando a leer. En el vaho del espejo del baño.

Umbrafort.

Umbrafort.

Umbrafort.

Me ardía en los dedos, como si al escribirla intentase exorcizar algo. Pero no servía. Busqué en internet entre clases, incluso en foros oscuros de Reddit. ¿Umbrafort es un lugar? ¿Un libro? ¿Un personaje de rol? Nada. Ni una pista. Como si la palabra no existiera… salvo en mi cabeza.

—¿Alex? —Sergi me dio un toque en el hombro—. ¿Estás bien?

Cerré rápido la pestaña del buscador y oculté la libreta bajo la carpeta.

—Sí. Solo… estoy repasando. —Mentí fatal.

Él me miró raro. Llevábamos años siendo amigos, y yo nunca repasaba. Ni disimulaba tan mal.

Aun así, no dijo nada. Y eso fue lo peor. El silencio entre nosotros se hizo incómodo. Denso.

Esa noche, me miré en el espejo más tiempo del necesario.

Ojeras.

Labios resecos.

Cabello hecho un desastre.

Y los ojos…

Los ojos no eran míos.

O no lo parecían. Había algo detrás. Algo que me observaba desde dentro.

Me acerqué más. Hasta que mi aliento empañó el cristal.

—¿Estoy perdiendo la cabeza? —susurré.

No obtuve respuesta. Solo un estremecimiento en la espalda. Como si alguien hubiese respondido… pero desde el otro lado.

Esa noche, soñé con un río seco.

Valencia, pero distinta.

El cauce del Turia convertido en un jardín antiguo. Las palmeras habían crecido como lanzas negras. Las flores eran carnívoras. Y el agua, aunque ausente, cantaba.

Caminaba descalzo sobre tierra húmeda. Al fondo, un puente. Encima, una figura. No distinguía su rostro, pero brillaban sus ojos. Dorado líquido. Como si hubiesen nacido del sol.

—Álex —susurró una voz.

No la suya. La de otros. Muchas. Voces masculinas, femeninas, infantiles. Voces rotas. Voces antiguas.

Todas decían mi nombre.

—¿Quién eres? —pregunté, pero mi voz sonó muda.

La figura levantó un brazo, señalando algo tras de mí. Me giré. Una frase flotaba sobre el cielo rojizo como si alguien la hubiese escrito con humo:

“Ven a mí.”

Y entonces, me caí.

Me caí hacia arriba.

Me caí hacia dentro.

Y desperté.

Con el pecho empapado.

Las sábanas hechas un ovillo.

Las uñas clavadas en las palmas.

Un nombre aún grabado en la lengua:

Umbrafort.

Y una frase que me quemaba por dentro. Ven a mí.

Al día siguiente, el mundo me pareció falso.

Las farolas titilaban sin razón.

La gente hablaba demasiado alto o demasiado bajo.

Y yo… no podía concentrarme.

Durante la clase de Química , sin darme cuenta, empecé a dibujar.

Símbolos.

Círculos dentro de triángulos. Líneas que se cruzaban en espiral. Algo que no sabía que sabía. Pero la imagen estaba clara dentro de mi mente. Cuando me di cuenta, ya llevaba media hoja. Me entró vértigo. Miré por la ventana.

Un rayo de sol me alcanzó directo en los ojos, pero no fue eso lo que me hizo estremecerme. Fue… una llamada.

Como si algo, allá fuera, me necesitase.

Bajé la vista..

Y supe que me tenía que ir.

—¿Y si me estoy volviendo loco? —dije en voz alta, aunque nadie me escuchó. Estoy oyendo voces. Viendo cosas. Dios eso es esquizofrenia. Genial. Estoy loco. Es oficial.

Me levanté. Cogí la mochila. Salí sin decir nada.