CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA #2
Era ofensivo. Ridículamente ofensivo. La camiseta negra de tirantes que llevaba se le pegaba al cuerpo como si se la hubieran pintado encima, marcando unos hombros anchos y unos brazos que parecían haber desarrollado una relación muy seria con el gimnasio.
Su expresión era una mezcla de sorpresa y… ¿curiosidad?
Yo, en cambio, parecía un cervatillo en plena autovía.
—¿Estás bien? —preguntó él, sin moverse.
Asentí. Mentí.
—Sí. Solo… las cebollas.
Él alzó una ceja. Esbozó una media sonrisa que parecía peligrosa por motivos que no sabía explicar.
—Ojo con ellas —dijo, y pasó de largo.
Me quedé clavado al suelo. El corazón me latía tan fuerte que casi dolía.
No sabía quién era ese chico.
Pero algo en mí —una vibración, una memoria enterrada, un presentimiento— sabía que no sería la última vez que lo vería.
Y tampoco sería la más tranquila.
Volví al piso con el corazón en un puño y las bolsas del supermercado temblandome en las manos. Sergi ya había puesto la música y picaba tomate con esa intensidad suya de quien no cree en los cuchillos afilados.
—¿Todo bien? —preguntó sin mirarme.
Dejé las bolsas en la encimera.
—Sí. Me he cruzado con una señora que me ha llamado brujo. —Intenté decirlo en tono de broma, pero no me salió.
Sergi levantó una ceja, cuchillo en mano.
—¿Cómo?
—Nada. Una vieja chiflada. Supongo que pensó que era su nieto o algo
—¿Te dijo literalmente “brujo”? —preguntó Sergi, soltando una risita.
Joder. Sergi nunca me tomaba en serio. Siempre asumía que todo lo que decía era una broma. Le lancé una mirada cargada de desdén. La sonrisa se le borró un poco al darse cuenta de que no estaba exagerando ni intentando hacer gracia.
—Eh, vale, vale... —levantó las manos en señal de rendición—. Perdón.
Su expresión se suavizó.
—¿Qué te dijo exactamente?
—“Torna a casa, bruixet. La nit et crida.” —Lo repetí en voz más baja. Al decirlo en alto, me recorrió un escalofrío que no había sentido en el supermercado.
Sergi se rió, aunque su risa sonó forzada.
—Eso lo habrá sacado de una serie. Ya sabes, la típica señora que ve “La Mesías” y se cree que vive en una profecía.
—Claro —murmuré. Pero la gaviota, la vibración en el pecho, Umbrafort escrito en todos mis apuntes, la voz, la anciana, el chico del supermercado… Todo empezaba a parecer menos casual y más… inevitable.
Esa noche, cenamos pizza. Sergi hablaba de cosas normales —que si las prácticas del mes que viene, que si el profesor de química tenía un tic extraño—, pero yo apenas lo escuchaba. No podía parar de pensar en aquellos ojos azul intenso. En aquella anciana y lo que me dijo. Y en una palabra.
Umbrafort.
Cuando me metí en la cama, lo hice con la ventana entreabierta. Benimaclet resonaba a conversaciones en terrazas. El ventilador del techo hacía un ruido que ya formaba parte de mi idea de hogar. Cerré los ojos y me obligué a no pensar. Ni en la vieja. Ni en el chico ese. Ni en nada.
Y entonces la oí de nuevo.
«Umbrafort.»
No fue un susurro exterior. Fue como una piedra cayendo en un pozo muy hondo dentro de mí.
Esta vez no me sobresalté. Solo abrí los ojos y me quedé mirando el techo.
Sabía que algo estaba a punto de romperse.
Y aún así, lo esperé.
Dormí mal. O más bien, no dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, esa palabra aparecía escrita en mi mente con letras hechas de sombra. No era un sueño, ni una alucinación. Era una sensación. Como cuando sabes que alguien te está mirando, pero al girarte no hay nadie. Como el eco de algo que aún no ha pasado.
Oía voces. No susurros normales, sino como si alguien hablara desde debajo del agua, desde un lugar donde las palabras llegan rotas, hinchadas por el dolor. Una gota cayó. Luego otra. El eco era tan profundo que parecía que mis huesos lo repetían.
Un portón de piedra empezó a abrirse con un gemido antiguo, como si hubiera estado siglos sellado. La bruma salió primero, espesa, viva, reptando por el suelo, buscándome.
Y entonces la vi.
Una figura. Siempre de espaldas. Su silueta se desdibujaba, como si la oscuridad la devorara a trozos y la devolviera distinta.
Tenía el cabello flotando en el aire, como si estuviera sumergida en un río negro, y cada hebra se movía con intención.
Caminaba hacia un pasillo donde no había luz. Donde la luz no podía existir.
Me desperté sobresaltado varias veces. Pero la última fue distinta.
La bruma del sueño me siguió hasta la vigilia. Sentí una mano invisible apoyarse sobre mi hombro, fría como un recuerdo arrancado. No me agarraba… más bien parecía elegirme.
Antes de abrir los ojos, una voz femenina —susurrante, rota, casi sin aire— me habló desde el fondo de mi cabeza.
Una frase quedó grabada como una cicatriz nueva:
“Eres la llave, aunque aún no sepas la puerta.”
Me senté en la cama, empapado en sudor, con las sábanas pegadas al cuerpo y la garganta ardiendo.
La persiana dejaba pasar un rayo de luz violento, como si el sol quisiera recordarme que había empezado otro día. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Qué día era. Qué era real.
Miré el móvil. 11:17.
—Mierda.
Me levanté de un salto, tropecé con mis propias zapatillas y casi me como el suelo. Sergi ya se había ido obviamente. En la cocina quedaba una taza con café frío y una nota: He pillado yogures, tienes que comprar pan, brujo.
Ni siquiera tenía tiempo de sonreírle el mote.
Me puse lo primero que encontré —camiseta arrugada, vaqueros a medio abrochar, mochila con un cuaderno y un plátano aplastado— y salí corriendo por las escaleras.
Benimaclet olía a pan tostado y a sudor. Hacía ya calor, aunque no eran ni las doce. Crucé entre bicis, carritos de la compra y algún perro suelto que me ladró sin motivo.
Corrí hasta la parada del tranvía. Subí sin pagar. Bajé dos paradas antes de lo normal para cortar camino por el campus.
Y entonces sucedió.
Iba cruzando el túnel que conecta los edificios viejos de la facultad con la biblioteca nueva —ese que huele a humedad y a Red Bull a cualquier hora del día— cuando me paré en seco.
La luz parpadeó. Solo una vez.
Pero en ese segundo, lo vi todo diferente.
Las paredes ya no eran de cemento. Eran de roca negra. El aire olía a incienso antiguo. Y mi sombra… no era mía.
Tenía cuernos.
Duró un instante.
Pero suficiente para que me quedara sin aliento.
—Eh —dijo alguien detrás de mí—, ¿te pasa algo?
Me giré. Una chica me miraba con cara de susto.
—No. Estoy bien. Creo que me ha dado un golpe de calor.
Mentí. Otra vez.
Caminé sin mirar atrás, pero el corazón me latía como si hubiese corrido una maratón.
Sabía que no era normal. Sabía que algo estaba despertando.
Y lo peor es que una parte de mí… no quería detenerlo.
Corrí por el campus como si no hubiese un mañana,
Crucé el umbral del aula con el aliento a punto de desgarrarse. El reloj marcaba las 11:38. Las sillas estaban ya ocupadas, las persianas a medio bajar, y el proyector lanzaba gráficos sobre fósiles y sedimentos con una desgana ancestral.
—Señor Brusc . —La voz del profesor resonó con eco innecesario—. Me alegra que haya decidido honrarnos con su presencia.
—Lo siento —farfullé, buscando asiento sin mirarle. Todos me miraban a mí.
Sergi me hizo un gesto. Me senté a su lado, todavía con las piernas temblando.
Intenté centrarme en lo que decía el profesor, pero su voz me llegaba como si viniera desde el fondo del mar. Solo captaba palabras sueltas: fauna, plataforma continental, fósiles del plioceno…
Pero lo único fósil era mi capacidad de atención.
Apoyé la cabeza sobre el brazo, como si fuera a tomar apuntes. La pantalla me hacía entrecerrar los ojos. Y sin darme cuenta…
Me dormí.
O eso creí.
Porque de nuevo, no era un sueño.
Era otra cosa.
Todo era negro. No oscuro, negro. Como si estuviera encerrado en una caverna sin fin.
Y entonces lo oí.
Una voz de mujer, suave como seda mojada:
“Estás llegando, brujo sin guía. Estás volviendo a casa.”
Y luego, otra vez:
“Umbrafort.”
Mi nombre, susurrado por una voz desconocida. Hiriente. Quemaba tan solo escuchar su llanto. Tenia el tono quebrado con falta de aliento.
Me sobresalté.
Literalmente.
Me levanté de golpe, tirando el bolígrafo al suelo, con el corazón reventándome el pecho.
—¡Estoy aquí! —solté. No sé por qué. No sabía a quién respondía.
Silencio.
Todos me miraban. Otra vez.
—¿Perdone? —dijo el profesor con cejas arqueadas como puñales.
—N-nada. Lo siento. Me he… me he dormido.
—Pues cuando quiera seguir soñando, le recomiendo su cama. No interrumpa a los demás.
Sergi me miró de lado, entre divertido y preocupado.
—¿Estás bien? Llevas dos días rarísimo.
—No… no lo sé —murmuré, más para mí que para él.
El aire del aula me resultaba irrespirable. Todo era demasiado: la luz, los ojos, las voces, esa frase. Me ardían los párpados. Sentía que algo en mi interior se estaba abriendo como una herida.
Me levanté, cogí la mochila y salí sin mirar a nadie.
El pasillo me pareció demasiado largo. Las paredes, demasiado altas. Me temblaban las manos y sentía que si no me iba de allí, iba a explotar o a romperme en mil partes.
No sabía qué me estaba pasando.
Solo sabía que no podía quedarme allí.
El aire de fuera me golpeó como una bofetada.
Salí del edificio con la mochila a medio colgar, sin rumbo, sin pensar. Solo quería escapar. De las miradas, de las preguntas, de esa sensación pegajosa que se me agarraba a la piel desde hacía días.
Caminé por la avenida como si pudiera perderme entre la gente. Crucé un par de calles sin mirar, dejándome llevar por el sonido de las motos, los cláxones, el murmullo de una ciudad que no se detiene por nadie.
Me metí por un callejón entre dos bloques de viviendas, uno de esos pasillos urbanos que conectan calles como venas grises. No sabía por qué había acabado ahí. Tal vez porque estaba vacío. Tal vez porque olía a sombra y a humedad. Tal vez porque algo me empujaba.
Y entonces, lo noté.
Una ráfaga de viento.
No.
Una presencia.
Un escalofrío que no venía del frío.
Me giré.
Nada.