Llum i ombra
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CAPÍTULO 1 — LA LLAMADA
ALEX
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No sé exactamente cuándo empezó todo, pero probablemente fue el día que el mar me escupió.
No de forma literal —aunque habría sido más poético—, sino con esa elegancia valenciana del sol de mayo derritiéndote las pestañas mientras una gaviota intenta robarte el bocata y tú, después de haber dormido tres horas, te preguntas por qué tu vida es tan… gris.
Ese día, como casi todos los jueves, salía de clase de Ciencias del Mar con la cabeza embotada de corrientes, salinidad y fósiles de no sé qué siglo.
Mis compañeros reían, Sergi me hablaba de una serie que no iba a ver, y yo solo pensaba en llegar a casa y ducharme hasta borrar el cansancio. Spoiler: no lo hice.
Porque en algún momento, mientras cruzaba el puente hacia la parada de bus, sentí algo. Una vibración en el pecho. Como si alguien hubiese encendido un diapasón dentro de mis costillas.
Me paré. Literal.
—¿Estás bien? —preguntó Sergi, dándome un codazo.
Mentí. —Sí. Solo he recordado que no he enviado el trabajo de química.
Rió, pero ya no lo escuchaba.
Porque lo que sentía no era ansiedad, ni hambre, ni estrés. Era algo más primitivo. Como una llamada. Como si algo… o alguien, me estuviese buscando.
Volví solo a casa. El piso que compartía estaba en Benimaclet. Cuarto sin ascensor, cocina que olía a curry a todas horas, y un gato del vecino que se colaba como si pagase alquiler. Era mi hogar. O lo más parecido a uno.
Me encerré en mi cuarto y me duché con agua tan caliente que me dejó marcas rojas. Me miré en el espejo. Tenía ojeras, pelo mojado cayendo sobre la frente, y los ojos más marrones que nunca.
Pero lo sentía. Algo iba mal. Y lo peor es que no sabía qué.
No podía saber que esa sería la última vez que tendría una rutina. La última vez que me preocuparía por trabajos, exámenes o si la ropa olía bien. Porque esa noche, mientras intentaba dormir, escuché una voz.
No era humana.
Era un susurro que no venía de fuera, sino de dentro. Una voz antigua, húmeda, como el eco de algo que se había quedado atrapado mucho tiempo y estaba por econtrar la salida.
«Umbrafort», dijo.
Una palabra que no conocía, pero que sentí como si siempre hubiera estado escrita bajo mi piel. Esa noche no dormí. A la mañana siguiente, todo me sabía a mentira.
El café, al cartón de un examen suspendido. La ciudad, demasiado azul para ser real. Y yo… seguía repitiendo esa palabra en mi cabeza como si me fuera la vida en ello. Umbrafort. Umbrafort. Umbrafort.
En clase no apunté nada. El profesor hablaba de placas tectónicas y salinidades, pero yo solo veía letras. Garabateé la palabra una y otra vez en los márgenes del cuaderno. Primero con cuidado, luego con furia. Al final parecía un conjuro mal hecho.
—¿Qué haces? —preguntó Sergi desde el asiento de al lado.
Me sobresalté. Tapé el cuaderno con el brazo.
—Nada. Dibujo.
—¿Dibujas letras?
Me encogí de hombros.
—¿Te suena “Umbrafort”?
—¿Eso qué es? ¿Un Pokémon legendario?
—No. Creo que lo he soñado. O lo he escuchado en alguna parte… no sé. Me suena demasiado.
Sergi ladeó la cabeza, pensativo.
—A lo mejor lo viste en alguna peli o algo de YouTube. Suena como a nombre de castillo medieval o secta secreta.
—Sí… puede ser —mentí.
Porque lo sabía. No lo había visto en ninguna parte. Pero lo sentía bajo la piel, como si alguien lo hubiese tatuado con tinta invisible justo en el centro de mi pecho.
Al salir de clase, el calor nos golpeó como un ladrillo envuelto en sol. Junio estaba cerca y Valencia olía a asfalto cocido y a crema solar de supermercado. Caminamos hasta la parada del tranvía, sudando bajo las mochilas, entre turistas perdidos y estudiantes en modo zombi.
—¿Cenamos algo fuera? —propuso Sergi—. Paso de cocinar.
—¿Te has mirado la cuenta?
—Por eso quiero cenar fuera. Para no ver el drama que tengo dentro.
Reímos. Caminamos un rato. Al final, decidimos que lo mejor era cenar en casa: íbamos fatal de pasta.
A veces me preguntaba qué hacía él siendo mi amigo.
Era todo lo que yo no: extrovertido, rápido de reflejos, con esa sonrisa que te hacía creer que todo era más fácil de lo que parecía.
Vivía el presente con una soltura envidiable.
Yo, en cambio, me pasaba el día sintiendo cosas que no sabía nombrar.
Benimaclet nos recibió con su caos habitual: niños en bici sin frenos, abuelos con sillas plegables en las puertas, grafitis en persianas que parecían arte moderno y olor a especias mezcladas con humedad antigua.
Subimos al piso. Cuarto sin ascensor. Cada escalón era una promesa de agujetas.
El pasillo nos recibió con el maullido de Satán, que se colaba por la ventana del patio.
Odio a ese gato. Bueno, odio a los gatos en general.
O, más bien, me dan miedo. Nunca sabes qué van a hacer.
Si van a saltarte encima, arañarte o decidir, sin motivo aparente, que hoy es un buen día para morderte.
Satán, en particular, siempre me bufa. Y yo siempre chillo como un loco.
Tenía los ojos naranjas, el pelaje negro y un carácter pasivo-agresivo que me recordaba sospechosamente a algunos profesores de la universidad.
—Satán, fuera —murmuré mientras intentaba abrir la puerta con una llave que parecía empeñada en no colaborar. El gato me dedicó otro bufido. Lo sabía. Me odiaba.
—No me mires así, demonio.
Satán arqueó el lomo.
Vale. Quizá ha decidido que me va a mirar así y yo no puedo hacer más que asumirlo.
Sergi soltó una carcajada.
—Venga, Satán. A casa.
Y, como si quisiera dejarme en evidencia por última vez, el gato obedeció.
Antes de marcharse, se acercó a Sergi y se restregó contra su pierna en busca de una caricia. Genial. A Sergi lo adoraba. A mí me trataba como si hubiera asesinado a toda su familia. —Le odio —murmuré.
—Y él a ti —respondió Sergi sin dejar de reírse.
Entramos. El piso tenía tres habitaciones, una cocina pequeña, un baño con personalidad propia (y no buena), y un salón con un sofá tan hundido que te tragaba en cuanto te sentabas. Todo estaba decorado con carteles de pelis viejas, luces led mal colocadas y plantas que ya no eran verdes.
—¿Quieres ramen o pizza congelada? —preguntó Sergi desde la cocina.
—¿Puedo decir muerte digna?
—Solo si la pides por Glovo.
Me dejé caer en el sofá. El ventilador giraba como si tuviera pereza existencial.
Encendí el móvil. Ni un mensaje. Ni siquiera de mis amigas de Castellón, lo cual era raro.
Supuse que estarían en la playa. O pasando de mí, lo cual también era probable.
Tampoco eran tan amigas realmente, mas bien conocidas, ahora que lo pienso mi único amigo es Sergi.
Me quedé mirando una mancha en el techo. Parecía un mapa. O un monstruo.
—Nos hemos quedado sin queso. Y sin cebolla —dijo Sergi desde la cocina—. ¿Bajas tú? Prometo fregar los platos toda la semana.
Me asomé desde el salón, en modo sofá derretido.
—¿Desde cuándo te importa la cebolla?
—Desde que intento hacer algo comestible. Venga, hazlo por nuestra amistad.
Suspiré. Drama. Me puse unas chanclas, cogí una camiseta arrugada del respaldo de una silla y salí con el calor pegándose a mi nuca como un recordatorio de que el infierno probablemente olía a calle peatonal en Mayo.
Bajé a paso lento hasta el supermercado de abajo. El típico de barrio: luces fluorescentes tristes, aire acondicionado que solo funcionaba en la sección de yogures, y un hilo musical tan melancólico que parecía una playlist de ruptura.
Cogí una bolsa de cebollas (la menos pocha), queso rallado marca blanca, y me entretuve mirando cereales que no iba a comprar. Estaba en modo piloto automático cuando la sentí.
Esa mirada.
Me giré.
Una anciana me observaba desde el final del pasillo.
Llevaba un vestido floral algo descolorido, el pelo recogido en un moño bajo, y sus manos temblaban levemente sobre el mango del carrito. Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus ojos. Eran de un azul tan claro que parecían agua a punto de congelarse. Y me miraban como si me conociera.
Tragué saliva. Sonreí por cortesía.
Ella avanzó. Con lentitud. Como si sus pies pisaran algo más denso que el suelo.
Se detuvo a mi lado. Quieta. Impasible. Me tocó el brazo con suavidad. Su piel era rugosa, casi translúcida. Y su voz, cuando habló, fue más un susurro que un sonido.
—Torna a casa, bruixet. La nit et crida.
Me quedé inmóvil. No entendí del todo las palabras, pero algo en mí las reconoció. Algo antiguo. Algo que no tenía nombre.
«Vuelve a casa, brujo pequeño. La noche te llama.»
Parpadeé. El pasillo parecía haberse vuelto más largo, más frío.
—¿Perdón? —pregunté, pero mi voz sonó lejana.
Cuando me giré para buscar sus ojos otra vez, ya no estaba.
No había anciana. No había carrito. Nada.
Solo el zumbido de los fluorescentes y el tacto del queso derritiéndose entre mis dedos.
Me entró el pánico.
Salí corriendo. Doblé el pasillo de los congelados sin mirar y choqué de lleno contra alguien.
Una pared de pecho firme, cálido y húmedo.
—Eh, cuidado —dijo una voz masculina, profunda, rasgada como un disco viejo.
Me eché hacia atrás. Iba a disculparme, pero mis ojos se cruzaron con los suyos.
Azul. De un azul tan intenso que durante un segundo olvidé hasta cómo funcionaba el lenguaje humano.
Parpadeé.
Error.
Porque entonces me fijé en el resto. Era, sin ninguna duda, el tipo más guapo que había visto en mi vida.
Tenía el pelo oscuro, todavía ligeramente húmedo, con algunos mechones cayéndole sobre la frente de forma ridículamente perfecta.
Las cejas rectas enmarcaban unos ojos grandes y expresivos, de pestañas largas, que contrastaban con unos rasgos marcados y masculinos.
La nariz era recta, elegante, y sus labios tenían esa forma que parecía diseñada para provocar problemas: el labio inferior un poco más lleno, la comisura ligeramente curvada, como si estuviera a punto de sonreír o de burlarse de alguien.
La mandíbula definida terminaba en una barbilla firme, suavizada por una ligera sombra de barba que apenas oscurecía su piel. Y vaya piel. Ni una imperfección.