EPÍLOGO II — HELENA
La heredera de la Bruma
Las antorchas de Umbrafort arden bajas.
Como si temieran iluminar demasiado.
Helena camina por el pasillo principal con la armadura empapada, el cabello sueltoy las manos aún temblando por detener lo que no podía detenerse.
No hay nadie más consciente del precio que ha pagado esta noche.
Pasa junto a un ventanal abierto.
A lo lejos, sobre Valencia, una columna de bruma asciende hacia el cielo como un dedo acusador.
Ella entorna los ojos.
—Ha cruzado —susurra—.
La Olvidada… ya está aquí.
La palabra queda suspendida en el aire, como si temiera caer al suelo.
Continúa avanzando.
Llega a la enfermería de campaña improvisada.
Atraviesa cazadores heridos, templarios quemados, brujos agotados.
Hasta que lo ve.
Álex.
Dormido.
Pálido.
Cubierto de vendas y marcas oscuras.
La herida del brazo aún respira un brillo tenue, como si el sello lo recordara también a él.
A su lado, Rui yace apoyado contra la pared, desmayado, con la sombra de una sonrisa dolida en el rostro.
Eloi duerme sentado en el suelo, cabeza caída hacia delante, mano apoyada cerca del colchón de Álex sin llegar a tocarlo.
Helena se arrodilla.
Apoya su mano sobre la frente del chico.
Un pulso antiguo le responde.
La magia de la bruma.
La magia de Mónica.
La magia que él todavía no entiende.
Helena cierra los ojos.
Recuerda la última noche de Mónica.
Su advertencia.
Su sacrificio.
Su petición.
“Protégelo. Cueste lo que cueste. Él es la llave que abre… o la llave que destruye.”
Helena abre los ojos.
Mira a Álex como quien mira un destino que da miedo amar.
Y dice, en voz baja, firme:
—No te dejaremos caer. Ni ella te tendrá. No mientras yo respire, Álex Brusc.
La bruma del ventanal responde con un movimiento leve. Como si escuchara. Como si aceptara el juramento.