Epílogo. Sebastian
EPÍLOGO
Sebastian
El verano siguiente
E l tráfico desde el aeropuerto de Orlando hasta Oak Valley va a acabar conmigo.
—¿Podemos coger la 408 en vez de la 436? Debería ser más rápido —le pido al conductor de Uber, sin sorprenderme cuando me ignora y sube el volumen de la radio.
Estar atrapado en un vehículo con alguien que pone a Rick Astley en bucle es mi idea del infierno y no sé si podré salir de allí sin que me sangren los oídos.
Es el último obstáculo que tengo que superar antes de llegar a casa y me está pareciendo la parte más dura del viaje. Los retrasos por una tormenta eléctrica, un vuelo de conexión perdido y dos horas en el aeropuerto de Atlanta que jamás recuperaré se han cargado mi agenda.
Ahora estoy tan cerca de Oak Valley que casi puedo saborearlo.
Esos días han sido buenos, pero echo mucho de menos a mi chica.
Me recuesto en el asiento y aparto con un gruñido el cinturón de seguridad que se me está clavando en el hombro.
El cansancio empieza a hacer mella en mí, y daría lo que fuera por cerrar los ojos y echarme una siestecita reparadora y muy necesaria tras una semana en el oeste cubriendo los incendios forestales de las Montañas Rocosas.
Tardé poco en decidir qué quería hacer después de presentar mi renuncia con dos semanas de preaviso a la ABC.
Un par de canales de noticias me llamaron para preguntarme si me interesaba el puesto de jefe de meteorología que tenían disponible.
The Weather Channel me ofreció un trabajo en Atlanta, pero lo rechacé.
Nada me convencía, hasta que un día encontré algo que sí lo hizo.
Hacer una serie para YouTube analizando cómo el clima afecta tanto al medio ambiente como a la población en general no fue una decisión premeditada, pero ha sido lo mejor que he podido hacer por mi carrera profesional.
La gente tiene más miedo que nunca a los desastres naturales y he decidido viajar por el país para conocer a personas que han vivido fenómenos meteorológicos extremos.
Las entrevisto e intento conocer su punto de vista sobre cómo esa experiencia ha cambiado su forma de ver la vida.
También ayudo a coordinar la asistencia tras los desastres y a analizar los errores cometidos desde el punto de vista de la prevención para intentar que no vuelvan a repetirse.
Trabajo sobre el terreno. Me ensucio las manos. Estoy en el meollo, tal y como quería, y nunca había sido tan feliz.
¿Lo mejor de todo?
Que lo hago con Quincy a mi lado. Yo salgo en su programa y ella sale en el mío.
Hablamos de las ciclogénesis explosivas del nordeste y de las olas de calor del medio oeste.
Siempre hay alguna controversia sobre la fiabilidad de las previsiones y discutimos hasta que tenemos las mejillas coloradas y nos partimos de risa delante de los micrófonos.
«Dos entusiastas de la meteorología compitiendo por ver quién es más friki», comentó alguien tras una de nuestras últimas publicaciones. «¿Qué más se puede pedir?».
Nada.
Absolutamente nada.
Eso es lo máximo.
Ella es la pieza del puzle que me faltaba. Me enamoré de la meteorología gracias a Quincy. No es de extrañar que me enamorara también de ella.
Me suena el teléfono; debe de saber que estoy pensando en ella.
Sonrío de oreja a oreja al ver su foto con las gafas de ventisca y el casco de bicicleta a pantalla completa.
Sacando la lengua y con el pelo mojado. Tratando con valentía de reprimir una sonrisa burlona y fracasando estrepitosamente en el intento.
Creo que ese fue el momento en el que me di cuenta de que la amaba con todo mi corazón. Para mí, era Quincy o nadie.
Paso el pulgar por encima para contestar.
—Hola —dice ella al otro lado de la línea—. Empiezo a sospechar que nunca más vas a volver a casa.
—Yo siempre volveré a casa. No te vas a librar de mí tan fácilmente, Monroe. ¿Cómo está mi meteoróloga favorita?
—Ocupada. Acabo de pasar dos horas consolando a Mia y explicándole que la lluvia en las bodas es un indicador de buena suerte y no una catástrofe descomunal.
—Alanis Morissette se labró una carrera diciéndole justo lo contrario a la gente.
—No creo que a Mia le hubiera gustado ese comentario tan agudo. Se casa dentro de un mes y consultar obsesivamente el pronóstico del tiempo se ha convertido en su segundo trabajo.
—¿Le has dicho que enero es uno de los meses más secos del año en Florida? —le pregunto—. ¿Y que todo ese problema podría haberse evitado si no hubiera decidido casarse en julio?
—No, ¿cómo voy a decirle eso a una mujer que está organizando un evento al aire libre para cuatrocientas personas? —replica Quincy, riéndose—. Aunque seguro que le encantaría escuchar tu opinión científica al respecto.
—Creo que va a ser mejor que me reserve mis opiniones. ¿Qué estás haciendo?
—Dándole los últimos toques a un estudio sobre la influencia de las condiciones atmosféricas aguas arriba y su relación con las bandas de lluvia convectivas.
—Caray, cielo. —Recorro con el dedo el contorno del tatuaje que me hice a finales de marzo, cuando fuimos a Washington D.
C. a ver los cerezos en flor. Está en el brazo opuesto al otro tatuaje que tengo, los dos micrófonos rodeados de gotitas de lluvia son un recuerdo difuso, fruto de demasiados chupitos de tequila y del aire primaveral.
De su boca cálida sobre mi cuello y sus tenues susurros diciéndome cuánto me quería bajo la luna llena—. Veo que has tenido un día tranquilo.
—Es para que no te relajes, Dunn.
Estoy convencido de que es una superheroína.
Le encanta trabajar en el NWS, a pesar de los desplazamientos diarios y del esfuerzo que le supone seguir haciendo el programa.
La temporada de huracanes empezó hace tres semanas y se levanta temprano todas las mañanas para hablar con sus seguidores sobre la inestabilidad atmosférica y la humedad del aire.
A veces me descubro observándola desde la puerta de su estudio, tan distraído que soy incapaz de hacer mi propio trabajo.
Me cuesta concentrarme cuando empieza a hacer gestos con las manos.
Cuando su voz se vuelve más aguda, dejando entrever la emoción que siente al hablar del efecto Coriolis y de las cálidas aguas del océano.
—Contigo es imposible relajarse. Estás en todo —replico.
—¿Cuánto te falta para llegar a casa?
—Estoy a tres «Never Gonna Give You Up» de distancia.
—Eso suena extrañamente específico.
—Ni te lo imaginas. ¿Podrás sobrevivir tanto tiempo sin verme?
—No lo sé. —Su risa resuena a través del teléfono y me deja sin aliento. Estoy como en una nube y me muero por verla—. Supongo que pronto lo sabremos, pequeño Sebby.
Después de colgar, meto la mano en la mochila y compruebo por enésima vez que la cajita que llevo encima desde hace tres meses sigue a buen recaudo bajo un impermeable y mi gorra de béisbol favorita, la que tiene el nombre del programa de Quincy. Acaricio la caja de terciopelo y sonrío.
—Esto ganó el Brit Award a la canción del año, ¿no? ¿En 1988? —le pregunto al conductor.
Él mira por el espejo retrovisor, preguntándose si se habrá topado con un nuevo miembro del club de fans de Rick Astley.
—Sí.
—Qué mal. «China in Your Hand» era mucho mejor, en mi opinión. Está totalmente infravalorada.
Eso hace que vuelva a subir el volumen y esbozo una sonrisa burlona.
La puntuación que le voy a poner por el viaje acaba de caer en picado, y está a punto de empeorar aún más.
Tengo que hacer un par de cosillas, poner en marcha algunos planes, así que ignoro las notificaciones que recibo al abrir mis redes sociales. Levanto el teléfono, pulso un par de botones para hacer un directo y espero a que empiece la grabación.
—Hola a todos —les digo a los espectadores que se están conectando—.
Acabo de volver a Orlando tras un viaje estupendo a Colorado y estoy a solo unos minutos de casa.
Tengo mucha suerte de poder viajar y conocer a tanta gente gracias a mi trabajo, pero siempre es agradable volver a tu lugar favorito del mundo.
Y regresar con la persona a la que amas.
—Pongo la cajita de terciopelo delante de la cámara.
La abro y les enseño el anillo que hay dentro: un zafiro azul engastado en una banda de metal.
Tan único como ella. Con la belleza de las pequeñas cosas, serena como el aire antes de que empiece una tormenta de verano—. Hoy es un gran día.
Empiezan a llover los comentarios. Alguien dice: «¡Por fin!». Otro pone unas cuantas caritas tristes y añade: «Supongo que ya no estará disponible». Una persona me felicita y otra me dice que hace meses que lo veía venir.
Qué curioso.
Yo lo tuve claro desde el día que la conocí.
—Soy un hombre afortunado. Hay muchas cosas que amo en la vida: a mi familia, a mis amigos.
Amo la meteorología y el sentido que le aporta a mi existencia.
Amo poder contribuir a mejorar el mundo, pero siempre me ha costado describir el amor.
Parece que las palabras se quedan cortas para hablar de las cosas que te hacen feliz. Entonces pienso en Quincy.
Me paso la palma de la mano por la camiseta. Se me escapa una risita nerviosa.
—Por fin lo he entendido. A todos nos ha pillado alguna vez una tormenta por la autopista, ¿verdad? No me refiero a un chaparrón de verano. Me refiero a un aguacero tremendo de esos que no te dejan ver a más de quince centímetros. La lluvia es tan fuerte que no puedes ni pensar.
Respiro hondo. No me había dado cuenta de que me había empezado a temblar la mano.