Llueva o truene 33. Quincy #2
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33. Quincy #2

—Buena pregunta, PocketFullOfSunshine . Creo que es bastante obvio que mis fenómenos meteorológicos favoritos son los huracanes.

Son los que más tiempo llevo estudiando, he escrito un montón de artículos sobre ellos, y aunque estoy lejos de entender los mecanismos internos de los ciclones tropicales, en cierto modo…

es como si me hablaran. En cuanto a los fenómenos que me gustaría ver, hay tres: una tormenta de nieve, porque es muy poco probable que se produzcan en un estado donde la temperatura media anual es de veintiún grados; una ciclogénesis explosiva, porque tienen ciertas similitudes con los huracanes; y, por último, pero no menos importante, un haboob , simplemente porque el nombre me parece gracioso.

—Me río y me pongo la capucha mientras la lluvia arrecia—.

No, no se trata de ninguna práctica sexual, no penséis mal, amigos.

Son tormentas de arena impulsadas por el viento de una tormenta eléctrica y las fotos son pavorosas.

« PocketFullOfSunshine89 : Buena selección. Ahí va otra: Qué fenómeno meteorológico se parece más a enamorarse?».

—Caray. Hoy la cosa se está poniendo muy personal, ¿no?

No tengo mucha experiencia con este tipo de preguntas, pero haré lo que pueda.

Supongo que depende de la persona. Para algunos no hay ningún fenómeno meteorológico que refleje el enamoramiento, porque siempre es como un cielo despejado.

Calma chicha. Fácil. Seguro. Tal vez sea por la cazatormentas que llevo dentro, pero a mí eso me parece muy aburrido.

Últimamente he empezado a pensar que el amor se parece más a un rayo.

Cargado de energía, eléctrico. No sabes cuándo va a caer.

Tal vez nunca. A mucha gente le da miedo porque es intimidante y muy potente.

Pero cuando lo ves…, cuando lo experimentas…

—Dejo la frase en el aire mientras pienso en unos ojos azules como la noche.

En la frialdad de una cadena sobre mi piel y en la risa más alegre del mundo—. Es precioso.

El cielo se ilumina detrás de mí, como si estuviera de acuerdo conmigo. Un trueno hace vibrar el suelo y el estruendo agita las hojas de los árboles cercanos.

—¿De qué otras cosas profundas podemos hablar? Esto está adquiriendo un tono un poco filosófico, pero…

A lo lejos se acerca un Volkswagen Escarabajo rosa tocando el claxon sin parar. Enciende y apaga las luces una y otra vez, y miro a mi alrededor.

Allí no hay nadie más. Estoy completamente sola en un prado, a tres kilómetros de la carretera principal, y podría estar a punto de ser víctima de un secuestro.

—Uy. Perdonad, chicos. Vamos a tener que irnos a otro sitio. Alguien viene hacia aquí y no me da buena espina.

Cojo el trípode, alegrándome de estar grabándolo con la cámara. Si me pasa algo, al menos quedará documentado. El Escarabajo aparca al lado de mi coche y me arrepiento de no haberme quedado más cerca del vehículo.

Echo un vistazo rápido a los alrededores y confirmo que tengo espacio para correr si es necesario.

Podría ir hacia la derecha y acercarme a mi coche por el lateral. Es arriesgado, pero puede que no me quede otra opción.

El conductor abre la puerta, saca una pierna y luego la otra. Retrocedo mientras Sebastian se pone en pie, apoya los brazos en la ventanilla y me sonríe.

—Pequeña Quinny. —Cierra la puerta con fuerza y viene hacia mí a paso ligero—. Te estaba buscando.

—¿Qué…? —Miro rápidamente el móvil. Siguen llegando comentarios; cientos de personas escriben cosas como «qué bien que haya llegado!» y «estoy deseando ver cómo acaba esto!!!»—. ¿Qué haces aquí? ¿Te han cancelado el vuelo?

—No he esperado a averiguarlo. —Se detiene cuando está delante de mí, fuera del encuadre de la cámara, pero hablando lo suficientemente alto como para que se le oiga bien—.

Estaba en la puerta de embarque, a lo mío.

Un padre se acercó con su hija a la ventana que había cerca de donde yo estaba sentado.

La niña empezó a hacerle preguntas sobre el tiempo: «¿Qué tipo de nube es esa?

», «¿Qué es lo que hace que llueva?», «¿Aquello de allí es un arcoíris?

», «¿Por qué el cielo se vuelve morado?».

—¿Y eso hizo que decidieras no subir al avión?

—No. Me hizo preguntarme si tú serías así, a su edad. Tan curiosa. Tan inteligente. Siempre con ganas de aprender. Y entonces se me pasó por la cabeza algo todavía más descabellado. Algo que estoy deseando comprobar en primera persona.

—Ah, ¿sí? —pregunto con voz temblorosa—. ¿Qué?

—Me pregunté qué pasaría si dos frikis de la meteorología como nosotros tuvieran un hijo.

¿El tiempo le parecería un rollo, porque es de lo único que hablan sus padres, o querría seguir nuestros pasos?

¿Sería valiente y guapo como su madre? ¿O imprudente y tonto como su padre, que está completamente obsesionado con alguien que le da mil vueltas?

—Sebastian rodea el trípode para colocarse a mi lado.

Tiene el pelo chorreando y la camisa pegada al pecho, pero sonríe—. Después de eso me fui del aeropuerto.

Le acaricio la cara para asegurarme de que es real.

—¿Y tienes intención de volver?

—No. Pensar en estar lejos de ti un solo segundo me ha parecido un auténtico infierno. He encontrado un vacío legal en el contrato y he renunciado con dos semanas de preaviso. No sé qué voy a hacer ahora, pero me da igual. Lo importante es que estás a mi lado.

—Ya sé que estabas pasando por un mal momento, pero te encantaba ponerte delante de la cámara. Te encantaba hablar con la gente y…

—Te quiero más a ti.

Simple y contundente. Lo suficientemente potente como para mover montañas y un gemido ahogado brota de mi pecho.

—¿Me quieres? —susurro, intentando asimilarlo.

—Te quiero con locura, Quincy. Me encanta absolutamente todo de ti. Pase lo que pase, nos lleve donde nos lleve la vida, lo superaremos, porque te quiero.

—Yo también te quiero —digo. Sus ojos se iluminan. Entreabre los labios. Nunca lo había visto tan feliz—. Te quiero muchísimo, Sebastian. Puede que siempre te haya querido, no lo sé, no creo en el destino, ni en la intervención divina, ni en nada de eso, pero tengo claro que te quiero.

Me besa antes de que pueda decir nada más.

Cada beso es un segundo que hemos desperdiciado.

Un instante de nuestras vidas que dedicamos a cualquier otra cosa menos a eso.

Sebastian me levanta en volandas y yo le rodeo la cintura con las piernas, ignorando los calcetines mojados que tengo dentro de los zapatos.

El mundo entero se reduce a una sola persona: él.

Él, el hombre al que amo.

Él, el hombre que me ama.

—Deja de mover las caderas, Monroe —murmura sobre mis labios—. Estamos delante de la cámara y no quiero que me detengan por escándalo público.

—Has sido tú el que me ha cogido en brazos. —Le tiro de la cadena y sonrío al verle cerrar los ojos—. La culpa es toda tuya.

—Aquí Sebastian —saluda con la mano hacia mi móvil—. Voy a dejar de grabar antes de que la cosa se complique. Quincy volverá mañana por la mañana, probablemente con un par de chupetones nuevos, y yo…

—No volverás a salir en mi programa nunca más. —Manipulo con torpeza el teléfono y corto la retransmisión en directo—. Jamás.

—Tendré que empezar a hacer mi propio programa. Lo llamaré Pocketful of Sunshine . Por mi nombre de usuario.

—¿Eras tú?

—Ya te dije que era un gran admirador tuyo. —Me empuja contra un árbol, y la corteza me araña la espalda—. Dime, cielo. ¿El amor sigue siendo como un rayo?

—No. Es mucho mejor.

Nuestros teléfonos suenan a la vez, y Sebastian y yo nos miramos. Me deja en el suelo y se mete la mano en el bolsillo. Yo saco a toda prisa el mío y se me escapa una carcajada al leer la notificación.

—El NHC —dice él.

—La tormenta tropical Isabelle acaba de formarse en el Atlántico. —Nos miramos a los ojos. Su sonrisa rivaliza con la mía—. Se prevé que toque tierra en la isla de Sanibel a principios de la semana que viene.

—Con esta ya van tres en cuatro semanas. Parece que este año vamos a batir el récord. ¿Qué dices, pequeña Quinny? ¿Te apetece perseguir otra tormenta? —Me estrecha contra su pecho—. ¿O prefieres que nos saltemos esta?

—Sin duda deberíamos perseguirla. —Lo quiero. Lo quiero, lo quiero, lo quiero—. Te echo una carrera, a ver quién llega antes.