33. Quincy
Quincy
M e despierto con el corazón acelerado y la cara de Sebastian enterrada en mi pelo. Él me rodea con sus fuertes brazos y me da un cálido beso en el hombro desnudo.
—Hola —balbucea, todavía medio dormido, apretándome más fuerte. Me giro entre sus brazos para poder mirarlo—. ¿Qué tal has dormido?
—Eres como una de esas mantas con peso, Dunn.
—Viene muy bien cuando fuera hay once grados bajo cero y se estropea la calefacción.
—Si en Nueva York pasan esas cosas, no pienso ir a visitarte. —Ahogo un bostezo y le acaricio el pecho con la mano. Le paso las uñas por el tatuaje y él se estremece con mi tacto—. Yo soy de Florida. Prefiero hacer divisiones largas que averiguar cómo funciona una caldera.
—Estamos en el siglo veintiuno, no en la América del siglo dieciocho, solo hay que pulsar un botón para encenderla. Ya te enseñaré.
—Te voy a echar de menos —susurro mientras la realidad del día se impone. Miles de kilómetros entre nosotros. Dos vidas diferentes—. Muchísimo.
Él acerca una mano a mi mejilla y la posa en mi cara.
—Y yo más.
—No es una competición.
—Para nosotros todo es una competición, Presi.
—Oye. —Me incorporo—. Ya que te marchas hoy, podrías decirme qué coño significa ese apodo, como regalo de despedida.
—Venga ya. —Su risa me acaricia la piel cuando hunde la cabeza en el hueco de mi cuello—. Es una chorrada. Cuando te lo cuente, te voy a decepcionar.
—Todo lo que haces me decepciona —bromeo.
—No me digas. —Reacciona con rapidez y me cambia de posición para ponerse encima de mí.
Se inclina hacia delante y lo siento entre mis piernas, caliente y duro.
Cierro los ojos—. Pues anoche no opinabas lo mismo.
Recuerdo claramente haberte oído pedirme más y decir que era lo mejor que te había pasado en la vida.
—Protesta denegada. Lo que digo en pleno orgasmo no puede ser usado en mi contra. —Le rodeo el cuello con un brazo y jugueteo con los eslabones de su cadena—. ¿Verdad o consecuencia, Sebastian Dunn?
—Consecuencia, pequeña Quinny.
—Quiero que me cuentes tu secreto. Por favor.
—Está bien. —Se agacha hacia mí para acercar la boca a mi oído. Me besa la mandíbula y baja un poco más para darme otro beso en el cuello, y susurra—: Es el diminutivo de «presidente».
—¿De «presidente»?
—Sí. Quincy Monroe. John Quincy Adams. James Monroe.
Fue lo primero que se me ocurrió al oír tu nombre.
Al principio tenía sentido, porque pensaba que eras un chico.
Hasta que entraste en clase y vi quién eras en realidad, con tu pelo oscuro y tus ojazos marrones.
Con aquellas piernas tan largas y aquella falda que me volvió loco de remate.
Y se me fue la olla. No era capaz de recordar ni mi propio nombre.
Te lo solté porque era una oportunidad para hablar contigo.
Además… —Me pasa la lengua por el cuello—.
Te enfadaste un montón y verte tan cabreada me pone muchísimo.
—Eso es… —Cojo una almohada y le doy con ella en la cara—. Una cursilería y una estupidez. Esperaba algo un poco más elaborado. O más bonito. No algo relacionado con que me llamaran como a los presidentes.
—¿De verdad te pusieron el nombre por los padres fundadores?
—Por desgracia sí. Mi padre daba clases de Historia de los Orígenes de Estados Unidos. A los cuatro años ya me sabía de memoria todos los presidentes, por orden.
—Caray. —Sebastian sonríe, mirándome desde arriba.
Me entran ganas de coger el móvil y hacerle una foto para no olvidar nunca lo guapo que está bajo la luz del amanecer.
Los rayos de sol forman una aureola alrededor de su cabeza.
Tiene los labios hinchados y un chupetón rojo en un punto del cuello al que presté especial atención anoche—.
Voy a empezar a colar apodos de presidentes en nuestras conversaciones.
—Como me llames Tricky Dicky, [2] me voy a cabrear mucho.
—Ahora tengo que añadirlo a la lista. —Se ríe y se me quita de encima para tumbarse a mi lado sobre las almohadas—. Debería empezar a prepararme. Mi vuelo sale a las tres, pero antes tengo que despedirme de los chicos.
—Qué egoísta soy. Estás pasando las últimas horas conmigo cuando hay un montón de personas que quieren verte antes de que te vayas.
—Menos mal que soy adulto y puedo tomar mis propias decisiones. —Se queda callado un instante—. Quiero que esto funcione, Quincy. Lo que hay entre tú y yo. No va a ser fácil, pero quiero intentarlo.
—¿Seguro? Vas a estar en Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Donde viven algunas de las personas más guapas del mundo. Me olvidarás en un par de semanas.
—Imposible.
—¿Cómo que imposible? No voy a estar allí. Puede que hablemos solo una vez al día. O incluso menos a veces.
—Llevo mucho tiempo pensando en ti.
—¿Desde que nos besamos por primera vez?
—No. —Niega con la cabeza. Desliza la palma de la mano por mi abdomen y extiende los dedos sobre mi cadera—. Desde hace mucho más tiempo.
—¿Cuánto?
—Desde el primer año de instituto, cuando llevabas vaqueros holgados y camisetas serigrafiadas.
—Baja la mano hasta la cintura de mis bragas—.
Y en la universidad, cuando te pusiste un vestido amarillo de verano para ir a clase de Dinámica Atmosférica y casi me vuelvo loco.
—Me roza la entrepierna con los nudillos y la caricia me hace arquear la espalda—.
Y hace dos noches, cuando saliste con las chicas.
Me masturbé imaginando que estabas conmigo.
Se me entrecorta la respiración cuando me aparta las bragas hacia un lado e introduce un dedo en mi interior. Lo hace con un movimiento pausado y lento. Como la última luz del día antes de que el sol se hunda en el horizonte. Sin prisas, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Ojalá fuera así.
Cuando añade un segundo dedo, se me nubla la vista; la sensación de dilatación es maravillosa y perfecta.
—Qué mentiroso —susurro, con una voz que parece salida del más allá, cuando él curva los dedos. Cuando roza ese punto que nadie más ha tocado nunca y me besa el cuello con la boca abierta.
Ahí está esa palabra otra vez. Desgarradoramente obvia. Dolorosamente estridente.
«Amor».
«Amor, amor, amor puro y duro».
—Yo nunca te mentiría —murmura Sebastian.
Se frota contra mi muslo. Las sensaciones son demasiado intensas.
Demasiado abrumadoras. Estoy enamorada de él.
«Estoy locamente enamorada de él y no sé qué voy a hacer cuando se vaya».
Jamás se me ocurriría pedirle que se quedara. Necesita aclararse las ideas. Buscar lo que le hace feliz, y lo último que quiero es interponerme en su camino.
Pero como esa felicidad no me incluya a mí, me va a doler muchísimo.
—Sebastian. —Cierro los ojos y escondo en su pecho el rubor que se extiende por mis mejillas. Es más fácil que mirarlo. Siento una presión en el vientre mientras rozo el éxtasis—. Te…
—Lo sé —responde él. El peso de las palabras que no hemos dicho cae como una losa sobre nosotros—. Yo también, cielo.
Nos quedamos allí después de acabar, enredados entre las sábanas más tiempo del que deberíamos.
Cuando finalmente llega el momento de decirnos adiós, contener las lágrimas me resulta más difícil que cualquier otra cosa que haya hecho nunca.
—Avísame cuando aterrices —digo, apoyándome en el marco de la puerta.
—¿Qué vas a hacer el resto del día?
«Lo que sea con tal de no pensar en ti».
—Hay posibilidad de que se produzca alguna rotación en las tormentas de la tarde, un poco más al sur. Puede que vaya hasta allí a ver qué encuentro. —Me encojo de hombros—. Si te cancelan el vuelo por culpa del tiempo, avísame.
—¿No sería irónico? —Sebastian apoya la frente en la mía—. Nos vemos pronto.
—Pórtate bien, Dunn.
—Pensaré en ti, pequeña Quinny. —Me besa, reacio a separarse de mí—. Yo siempre me porto bien.
Me aprieta la cadera, esboza una sonrisa fugaz y se aleja por el camino de la entrada. Se sube al todoterreno, y por un instante tengo la sensación de que se va a quedar. Pero entonces arranca. Da marcha atrás, sale a la carretera, y me quedo completamente sola.
Conduzco hasta Kissimmee en silencio. La lluvia que cae sobre el parabrisas refleja mi estado de ánimo, y respiro hondo antes de salir del coche y montar el trípode.
Me coloco la gorra y la cola de caballo mientras la cámara inicia la cuenta atrás para empezar a retransmitir en directo, cuatro mil seguidores se conectan y ven los amenazantes nubarrones como telón de fondo.
—Hola, cazatormentas, bienvenidos a The Rainy Day Show . Hoy vamos a hacer otra excursión. Este verano mi experiencia con los tornados ha sido un poco extremista, así que espero que hoy sea un día más tranquilo.
Hago una breve pausa, y me fijo en el cambio de viento y en la dirección en la que se mueven las nubes.
—Las posibilidades de rotación son bajas y seguramente veremos algunas nubes de embudo que no llegarán a tocar tierra.
La atmósfera no parece propicia para eso esta tarde, pero no pasa nada.
Uno de vosotros envió ayer una foto genial desde Daytona Beach, donde se avistó una tromba marina, y me hace mucha ilusión que os acordéis de mí cuando veis algún fenómeno meteorológico.
Siempre tengo la bandeja de entrada llena de preguntas que me hacéis, así que vamos a ponernos manos a la obra antes de que empiecen a llegar las tormentas.
Me inclino hacia delante y me desplazo por los comentarios que van llegando, buscando algo a lo que responder. La mitad de ellos no tienen ningún sentido. Cosas como «Ay, madre, eso está pasando de verdad?!» y «Por favor, es tan bonito que creo que voy a LLORAR!!!» inundan la pantalla.
Por fin encuentro uno de un usuario llamado PocketFullOfSunshine89 que me llama la atención.
«Cuál es tu fenómeno meteorológico favorito? O alguno que aún no hayas visto, pero te gustaría ver?».