Llueva o truene 32. Sebastian #2
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32. Sebastian #2

Cada día temo el momento de reincorporarme al trabajo, y sí, aunque me alegro muchísimo por ella, en el fondo también me sienta mal la noticia.

Es la constatación de que me he quedado sin opciones, de que ahora ese trabajo pertenece a otra persona mientras yo sigo sin saber qué voy a hacer de mi vida.

Siento en el pecho una minúscula punzada de envidia, aunque sé que no es justo.

Quincy ha conseguido el puesto por méritos propios. Se ha labrado un nombre y merece que se lo reconozcan. Lo que hace es importante, necesario, y no puedo enfadarme con ella por conseguir justo lo que quería.

—Me irá bien. —Le doy un beso en la frente. A lo mejor, si lo repito unas cuantas veces más, acabo creyéndomelo—. No olvides que soy un guaperas. Tengo un millón de posibilidades.

—No tenemos por qué hablar de esto. —Quincy le da la vuelta al teléfono y me pone una mano en la nuca—. Ya lo celebraré con Mia y Harlow durante la comida. Ahora podemos hacer como si…

—Quiero que me pongas al tanto de todos los detalles —le digo, sonriendo—. Cuéntamelo todo, Monroe. Con pelos y señales.

—Quieren que empiece dentro de dos semanas, siempre y cuando no haya más tormentas tropicales.

Se han disculpado por haber tardado tanto en ponerse en contacto conmigo.

Hacer frente a las consecuencias de Georgianna les ha robado más tiempo del que les hubiera gustado.

Me han dicho que podría seguir haciendo mi programa y que considerarían la posibilidad de crear un puesto híbrido en el futuro.

—Qué fuerte. Joder. Estoy orgullosísimo de ti.

—Tú te lo merecías tanto como yo, Sebastian. Me han dicho que la decisión ha estado muy reñida porque estaban entre dos candidatos y estoy segura de que el otro eras tú.

—Has vuelto a ganar, Presi —susurro.

—Aquí no hay ganadores ni perdedores.

—Vale, pero tenemos que celebrarlo.

—¿Cómo quieres hacerlo?

—Se me ocurre una idea y la mañana todavía… —Ahora es mi móvil el que suena en el bolsillo—. Seguro que es de Melbourne, que me llaman para darme las gracias por participar y decirme que no.

—Contesta. ¿Y si te ofrecen otro puesto? Dijeron que no tenían suficiente personal. A lo mejor ha surgido otra oportunidad.

No se me había ocurrido. Solo de pensarlo me pongo nervioso, pero, cuando veo el nombre de Johnathan en el identificador de llamadas, no puedo evitar soltar un gruñido.

—Tengo que contestar —digo, deslizando el pulgar por la pantalla.

—¿Sí?

—Hola, Seb. ¿Cómo estás?

—Bien, tío. ¿Y tú?

—Siento molestarte tan temprano.

—No te preocupes. ¿Tienes alguna pregunta sobre las imágenes de Georgianna que te envié ayer? Hay muchas más.

—No, está todo genial. Es por Gary, tu sustituto. —Johnathan hace una pausa—. Ha dimitido esta mañana por motivos personales y los jefazos necesitan que vuelvas al estudio mañana.

—¿Mañana? —Se me cae el alma a los pies—. Eso es tres días antes de lo previsto.

—Ya. La buena noticia es que quieren reunirse contigo para hablar de la posibilidad de vincular tu docuserie con los informativos de la noche. Han propuesto la idea de emitir un episodio semanal seguido de una sesión de preguntas y respuestas.

—¿Y si no vuelvo?

—¿No hay vuelos? Creo que podría conseguir que lo aplazaran hasta pasado mañana y…

—Me refería a nunca más.

Se produce otra larga pausa, Johnathan carraspea.

—Incumplirías el contrato y te penalizarían con el sueldo del resto del año.

«La madre que los parió».

Tengo otras fuentes de ingresos, pero perdería un puto pastizal.

—Ya, claro. Obvio —digo con un hilillo de voz—. Gracias por informarme.

Johnathan me suelta un par de tópicos que cree que me gustará oír: «Todo el mundo está deseando que vuelvas. En redes sociales cuentan los días y los espectadores están impacientes. La gente siente curiosidad por saber cuál será la primera canción que usarás cuando vuelvas a salir en antena».

Sé que intenta hacerme sentir importante, pero yo respondo con evasivas. Murmuro, gruño y, cuando cuelgo, me pesan los hombros.

—¿Mañana? —pregunta Quincy. Asiento con la cabeza.

—Si no, incumpliré el contrato. No cobraré nada más este año y seguramente me pondrán en la lista negra de todos los medios de comunicación del país. —Me río con amargura—. Me gustaría saber por qué me hace tan infeliz un trabajo que a miles de personas les encantaría tener.

—Porque tienes un gran corazón y estás destinado a hacer algo mucho más importante. Y lo encontrarás. Puede que te lleve un poco de tiempo, pero está por ahí, Sebastian, y cuando aparezca, la espera habrá merecido la pena.

—Ya —asiento con la cabeza, deseando no haberle dado tanta importancia al trabajo del NWS. Debería haber buscado otras opciones. Debería haber investigado qué más había disponible, porque ahora mismo estoy atrapado en una calle de sentido único y no me gusta la dirección en la que voy—. Es posible.

—Oye. —Quincy me da un codazo—. ¿No vas a decirme por qué querías pasarte por aquí esta mañana?

—Ah. —Me froto la nuca. Soltarle que la quiero cuando nuestras vidas están a punto de cambiar me parece un poco egoísta, así que me encojo de hombros. Esbozo una sonrisa y señalo la pantalla del ordenador—. Quería saber si podía hacer contigo el programa de hoy.

—Ya sabes que siempre eres bienvenido. A mis seguidores les gustas más que yo.

—Eso no es cierto.

—Vaya si lo es. Pero no me importa. —Quincy se ríe—. Qué mal. Te voy a echar de menos cuando te marches.

Estoy enamoradísimo de ella. Me encanta su risa y cómo frunce la nariz.

Me encanta cómo chilla cuando me la echo al hombro y la llevo hacia su habitación.

Estoy tan enamorado que solo pensar en no poder verla todos los días durante el resto de mi vida me parece una tortura.

Pero ¿podría ella corresponderme, aunque estuviéramos a dos mil quinientos kilómetros de distancia?

—Yo también te voy a echar de menos. Ya lo resolveremos —replico, aunque no sé si lo hago más para convencerme a mí mismo que para convencerla a ella.