32. Sebastian
Sebastian
—¿C ómo puedes estar ya trabajando? —Cooper entra en la cocina, bostezando—. Ayer nos acostamos tardísimo los tres.
—El tiempo no descansa. Y tampoco tiene en cuenta mi resaca. —Levanto la vista de la pantalla del portátil—. Recuérdame que no vuelva a dejar que Nate me líe para tomarnos unos chupitos de tequila. Él sigue tirado en el sofá, mientras que yo intento sobrevivir como puedo.
—Por eso siempre me ofrezco voluntario para ser el conductor designado. Yo me encuentro estupendamente.
—Hay café recién hecho, aunque, con lo espabilado que estás, no creo que te haga falta.
—Te relleno la taza.
—Ahora mismo mejor que me lo inyectes directamente en vena. —Cierro el ordenador y gimo—. ¿Hoy tienes turno de mañana?
—No. No entro hasta por la tarde. —Trae la cafetera y me llena la taza vacía—. Seguramente me echaré una siestecita después de desayunar.
—Qué bien viven algunos. Y después ¿qué piensas hacer? Podríamos echar un partidito de vóley-playa.
—Qué coñazo de tíos. —Nate nos mira con el ceño fruncido desde la puerta del salón—. Son las seis de la mañana. Debería ser ilegal hacer tanto ruido.
—Buenos días, campeón. —Sonrío mientras le doy unas palmaditas a la silla que está a mi lado, en la mesa—. Siéntate con nosotros.
Él me dedica una peineta y abre la bolsa de papel marrón que hay sobre la encimera.
—Veto lo del vóley-playa. Como me ponga al sol, poto.
—Se supone que con treinta y un años ya deberías saber cuál es vuestro nivel de tolerancia al alcohol, pero parece que no. Debería daros vergüenza. —Cooper niega con la cabeza, decepcionado—. Os lo habéis buscado vosotros solitos.
—Y yo ahora lo estoy pagando. —Nate coge un cruasán y se mete la mitad en la boca—. ¿Tienes turno de mañana en el parque de bomberos?
—No. De tarde. Pero voy a pasarme por casa de Mia de camino. Me ha pedido unas herramientas para colgar un cuadro —dice Cooper.
—Coop.
Él me mira con la taza a medio camino de la boca.
—¿Qué?
—¿Cómo puedes ser tan buen tío?
—Creo que estoy interrumpiendo algo —murmura Nate. Yo levanto la mano.
—Somos amigos íntimos y siempre hemos sido sinceros los unos con los otros.
—Sí. Salvo aquella vez que te robé el NBA2K y borré tus puntuaciones más altas. Tardé meses en decírtelo.
—Todavía te guardo un poco de rencor por eso, no te voy a mentir. —Lo miro a los ojos—. Si sintieras algo por mi hermana me lo dirías, ¿no?
—¿Qué?
Nate silba.
—Creo que voy a necesitar palomitas para esto.
—Tu hermana está comprometida, Seb. Con otro tío —dice Cooper.
—Eso no significa que no puedas sentir algo por ella —señalo.
—Somos amigos —dice, frunciendo los labios—. Nada más.
—Vale. —Asiento con la cabeza y bebo un trago de café—. Si hubiera algo más, no me importaría que me lo contaras.
—No me digas. ¿Como nos has contado tú que estás liado con Quincy?
Me quedo paralizado. Nate vuelve a silbar.
—¿Cómo sabes que…?
—Venga ya, Seb. Somos amigos íntimos, ¿recuerdas? —Se ríe y se sienta a la mesa. Nate se une a nosotros a regañadientes—. Salta a la vista que estás enamorado de ella.
Me coloco el cuello de la camiseta.
—Esa es una palabra muy fuerte para soltarla tan a la ligera.
—Ah, ¿sí? ¿No será que te asusta admitirlo porque sabes que es verdad y estás cagado de miedo?
—Vale. Mejor… —Me froto el pecho con la mano. Siento como si las paredes se cerraran sobre mí. Me bebo el resto del café de un trago y me alegro de que me queme la lengua—. Vamos a tranquilizarnos.
—Yo estoy muy tranquilo —declara Nate, muy serio—. Y Coop tiene razón.
—No puede tenerla. —Me levanto inmediatamente y doy una vuelta por la cocina—. No puedo estar enamorado de Quincy. Hace tres días que tuvimos nuestra primera cita. Acabo de decirle que me gusta y ahora… Esto va demasiado rápido.
—No me jodas, tío —dice Coop, riéndose—. Pero si hace años que estás coladito por ella. Todas esas discusiones que provocabas eran intentos patéticos de ligártela. Si te colaste en su casa cuando…
—Abrí con la llave.
—… cuando pensaste que podría haberle pasado algo. ¿Me estoy dejando algo, Nate?
—¿Qué? —Él levanta la vista del cruasán—. Ni puta idea.
—¿Lo ves? Hay…
—La miras incluso cuando no está hablando, le dejas llevarse todo el mérito por descubrir que Georgianna estaba cambiando de rumbo, aunque tú también te habías dado cuenta, sonríes como un idiota cuando te manda un mensaje y llevas encima un montón de sobres de kétchup —suelta Nate de un tirón.
Trago saliva.
—Sí, bueno, vale, nos estamos acostando. Y sí, me gusta estar con ella. ¿A quién no? Y sí, están siendo los mejores polvos de mi vida. Pero ¿cómo coño puedo estar seguro de que es amor? —pregunto.
—Eso es bastante fácil de averiguar. —Cooper se recuesta en la silla con una sonrisa—. Piensas mucho en ella, ¿no?
—Sí. —Asiento con la cabeza y me agarro a la encimera. Creo que voy a vomitar—. Hubo un momento durante el huracán Georgianna en el que nos separamos, y… —Se me quiebra la voz—. Creía que me iba a morir, tío. No quería vivir en un mundo en el que ella no estuviera.
—La buscas con la mirada cada vez que entras en un sitio —añade Cooper—. ¿Verdad?
—Sí. Cientos de mujeres han intentado ligar conmigo, pero nunca me han interesado. Con ella… —Suelto un suspiro tembloroso. Cada vez lo veo más claro—. Ella es el sol y yo la luna, y me basta con estar en su órbita.
—¿Cuándo te vas? —me pregunta Nate.
—Dentro de nada. —No me queda tiempo suficiente. Hay demasiadas cosas que no he tenido la oportunidad de hacer—. En tres días.
—Tienes que decírselo, tío —insiste Cooper.
—¿Y si no…? ¿Cómo sé si ella siente lo mismo?
—No puedes saberlo. Evitar perder la esperanza es lo más difícil, pero, si la pierdes, ¿qué te queda?
Si Quincy me quisiera, lo pregonaría a los cuatro vientos. Me pasearía por el pueblo con ella de la mano. Sería el tío más feliz del puto mundo.
—Tengo que decírselo. —Me paso la mano por el pelo—. Joder. Tiene que saberlo.
—Claro que sí —dice Nate, con más entusiasmo del que le he visto mostrar nunca.
—Ve a por ella, Sebby. Y oye. —Cooper levanta su taza hacia mí—. Seguro que te dice que también te quiere.
Eso me da ánimos. Empiezo a correr por toda la casa para quitarme el pijama y ponerme ropa de verdad. Me arreglo el pelo mientras me pregunto si debería llevarle más flores. Decido que no cuando Nate me grita que mueva el culo, y salgo corriendo hacia el coche.
Una vez fuera, busco el móvil a tientas. Quincy está despierta. Me ha enviado un mensaje sobre las cinco de la mañana, y pulso su nombre y me pego el teléfono a la oreja.
—Buenos días, Dunn —responde al tercer tono.
—Buenos días, pequeña Quinny. ¿Estás ocupada ahora mismo?
—La verdad es que estoy a tope —dice, riéndose—. Es broma. Estoy libre. ¿Qué pasa?
—Espérame ahí.
—¿Es por el último boletín sobre la tormenta tropical Harry? Yo también lo he visto y creo que va a…
—No. No tiene nada que ver con el tiempo. Solo quiero verte.
—Ah. —Puedo oírla sonreír a través del teléfono. Seguro que está sentada en su estudio, dando vueltas en la silla y mirando hacia el techo—. Vale. Ahora nos vemos.
Subo corriendo las escaleras del porche de Quincy y entro sin llamar. Ella me recibe en el vestíbulo y está a punto de chocar contra mi pecho cuando entro a todo correr, sin aliento.
—Mi meteoróloga favorita. —Le acaricio las mejillas y la beso—. ¿Has dormido bien?
—No tan bien como cuando estás conmigo, pero no me puedo quejar. —Quincy me rodea la cintura con los brazos—. ¿Qué tal la noche de chicos?
—Menos por los chupitos de tequila que Nate me hizo tomar, genial.
—No me digas más. —Se echa a reír—. Pobre.
—Estoy medio muerto, pero quería verte. ¿Te he interrumpido?
—No. —Me agarra de la mano y me lleva a su estudio—. Estoy empezando el día.
Me siento en el sofá y apoyo el codo en un cojín.
—¿Qué planes tienes para hoy?
—Pues a las nueve tengo que hacer el programa. Por cierto, puedes participar, si quieres. Y después he quedado para comer con Mia y Harlow. Así que dispongo de dos horas libres para que me cuentes por qué estás tan emocionado.
—Dos horas es mucho tiempo. —Le doy unas palmaditas al cojín y ella se sienta a mi lado—. Quería comentarte una cosa.
—Qué serio te has puesto. —Quincy extiende la mano y me toca el hoyuelo con el pulgar—. ¿Qué hay en esa cabecita, Sebastian Dunn?
—Muchísimas cosas. Es que…
Su móvil suena sobre el escritorio, interrumpiéndome. Alargo la mano, lo cojo de la mesa y se lo paso.
—¿Quién es? —pregunta ella.
—Ni idea. Pone «Melbourne, Florida».
—¿Melbourne? Yo no… —Quincy se queda boquiabierta—. Ay, madre. Sebastian. El Servicio Nacional de Meteorología.
—Contesta —la apremio.
—¿Seguro? ¿Y si…?
—Quincy. Coge el teléfono.
Ella acepta la llamada y se acerca el móvil a la oreja.
—¿Sí? —No puedo oír lo que dicen al otro lado de la línea y su lenguaje corporal no me da ninguna pista.
Su expresión es imperturbable. No veo ni el menor rastro de una sonrisa y le pongo la mano en la rodilla—.
Vale. —Asiente con la cabeza. Estoy en el borde del sillón, esperando a que me diga qué está pasando—. Muchas gracias.
Por fin cuelga. Deja el teléfono boca abajo y se gira para mirarme.
—¿Quin?
—Me han dado el trabajo —susurra—. Me han dado el trabajo —repite, esta vez en voz más alta.
—Cielo. —Me pongo de pie, la levanto en el aire y empiezo a darle vueltas. Ella se abandona entre mis brazos, riéndose a carcajadas—. Qué orgulloso estoy de ti.
—Yo también estoy muy orgullosa de mí misma. —Quincy se seca los ojos y ahoga un gemido. Se zafa de mis brazos y se tapa la boca con la mano—. Mierda.
—¿Qué pasa?
—Que si me han dado a mí el trabajo es porque no te lo han dado a ti. Lo siento muchísimo. Estoy siendo una egoísta…
—Ni se te ocurra disculparte por tus logros, Quincy. Te lo has ganado. Te lo mereces. No te preocupes por lo que yo pueda sentir. Lo que sientes tú es igual de importante.
—Pero tú no estás bien y yo sí. Podría seguir hablando del tiempo en el programa durante el resto de mi vida y sería feliz, pero tú… —Se queda callada, aunque sé perfectamente lo que iba a decir.
Pero yo soy infeliz.