31. Quincy #2
Me quito los zapatos y él me imita. Me siento en el maletero, estiro las piernas y me llevo una grata sorpresa cuando me da una hamburguesa caliente bien envuelta en papel de aluminio y un bote enterito de kétchup—. Llevamos en el coche una eternidad. ¿Cómo es que todavía está caliente?
—La he guardado en una de esas bolsas térmicas. A nadie le gusta comerse una hamburguesa fría. —Se acomoda a mi lado y nuestros muslos se rozan—. No puedo creer que ya estemos en octubre.
—¿Verdad? El verano ya casi ha terminado, estoy muy triste. —Suspiro mientras apoyo la cabeza en su hombro—. ¿Cómo va la serie documental?
—Todavía estoy revisando el material de Georgianna. Por cierto, gracias por todos los vídeos que me has enviado. —Se queda callado—. Les he dicho a mis jefes de Nueva York que he solicitado un puesto en el NWS.
—¿En serio? ¿Y qué tal?
—Me han dicho que, si no me lo dan, tendré que volver al estudio la semana que viene.
—¿La semana que viene? Pero si la temporada de huracanes dura hasta noviembre. Eso serían dos meses más de rodaje.
—Lo sé. —Sebastian deja la hamburguesa y me acaricia el hombro—. Pero consideran que ya tengo suficiente material para los ocho episodios que acordamos.
—Otra vez a Nueva York. Eso no está tan cerca como la casa de Cooper.
—Pues no, y por eso quiero ser sincero contigo, Quincy.
—Nos cambia de posición y me sienta entre sus muslos.
Apoyo la espalda en su pecho, impaciente por escuchar lo que va a decir a continuación—.
Lo que hay entre nosotros… para mí no es algo pasajero y tampoco quiero que lo sea.
Teníamos unas reglas, pero tú dijiste que las reglas estaban para romperlas y eso es lo que quiero hacer.
Quiero encontrar la manera de que nuestra relación funcione.
Quiero algo serio, algo por lo que tengamos que esforzarnos, porque me imagino mi vida dentro de seis putos meses y no soportaría que tú no formaras parte de ella.
Has sido lo mejor que me ha pasado este verano y no quiero renunciar a ello. Es demasiado pronto.
—¿Hay sitio en tu vida para mí? —Apoyo la mano en su pierna y tamborileo con los dedos sobre su rodilla—.
Para mí esto tampoco es algo pasajero, pero tú tienes un trabajo importante que te obliga a viajar constantemente por todo el mundo.
Yo tengo que trabajar por las mañanas. Tú trabajas por las tardes.
Se nos olvidará llamarnos a la hora que habíamos acordado y…
y tengo miedo de seguir con esto… —susurro, reconociendo por fin la verdad—.
De… de que me gustes tanto que, si no funciona, me…
—Niego con la cabeza—. Cuando pensé que te había perdido en el huracán, lo pasé fatal.
Nunca había sentido semejante dolor y mi corazón no sería capaz de volver a pasar por eso.
—¿Quieres saber si hay sitio para ti en mi vida? —Sebastian me pone su teléfono en las manos—. La contraseña.
—¿Qué le pasa?
—Tú eres mi contraseña.
Bajo la vista hacia la pantalla.
—No lo pillo.
—El ocho es la letra «T». —Toca el primer número mientras contengo la respiración—. El siete es la «R». —Pulsa el segundo número—. El tres es la «D». Y el siete otra vez la «S».
—«TRDS». —Mi cerebro tarda en asimilarlo. Cuando lo hace, dejo la hamburguesa a un lado. Me giro entre sus brazos y lo miro fijamente—. The Rainy Day Show . Soy yo.
—Eres tú, Quincy. Hace mucho tiempo que eres tú.
—¿Y cómo lo haríamos, desde el punto de vista práctico? Si consigo el puesto del NWS, yo estaré aquí y tú en Nueva York. Y si lo consigues tú, tendrás que ir a diario hasta Melbourne y trabajar un montón de horas.
Me agarra de la mano y me da un beso en la palma.
—No creo que vayan a darme el puesto después de lo que pasó en la entrevista, pero ya lo he asumido. Suponiendo que te lo den a ti, cosa que deberían, podríamos intentar tener una relación a distancia y organizar un horario. Tú eres mi prioridad, pequeña Quinny. Haremos que funcione.
«Haremos que funcione porque creo que estoy enamorado de ti. Y espero que tú también lo estés de mí».
Lo beso. Deslizo las manos por sus hombros musculosos y las bajo por su espalda. Él me levanta el vestido y murmura una maldición entre dientes al darse cuenta de que lleva unos pantalones cortos incorporados.
—No te he traído aquí para hacer esto. —Me levanta y me sienta en su regazo, me pone los muslos a ambos lados de los suyos—. Se suponía que tenía ser romántico. El típico gesto de película para suplicarte que me dieras una oportunidad.
—No hace falta que me supliques. —Le muerdo el labio inferior y lo agarro del pelo—. Follar bajo las estrellas es superromántico. O eso dicen, al menos.
—¿Sería tu primera vez?
Esa es una pregunta trampa.
¿La primera vez que me acuesto con alguien que me gusta tanto? Sí.
¿La primera vez que me aterroriza lo que va a pasar a continuación, porque todo eso me parece demasiado bueno para ser verdad? ¿Porque lo que siento por él es algo que nunca antes había sentido? Sí.
—Sí —susurro—. Sé bueno conmigo, Sebastian.
Él vuelve a besarme, pero de manera distinta a como lo ha hecho hace un rato. Como si fuera una promesa. De una forma nueva, susurrando mi nombre sin cesar, como si estuviera recitando una plegaria que no quisiera olvidar jamás.
Hacemos una pausa para ver cómo el cometa atraviesa el cielo, Sebastian me abraza por la cintura y yo apoyo la pierna en su pantorrilla. Dejamos de hablar del futuro. Solo existimos nosotros, somos las dos únicas personas que hay en el mundo, y esta es la mejor noche de mi vida.