Llueva o truene 31. Quincy
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31. Quincy

Quincy

H an pasado dos semanas desde que Georgianna azotó el estado y me cuesta retomar la vida normal. Hace un par de días se restableció el suministro eléctrico. He vuelto al trabajo, pero tengo mil cosas que hacer. No doy abasto y estoy agotada todo el rato.

En total la tormenta se cobró la vida de doscientas personas.

La mayoría de las muertes fueron por intoxicación con monóxido de carbono y emergencias relacionadas con inundaciones en una serie de comunidades de casas móviles de la costa, y lo siento muchísimo por todos aquellos que han perdido a algún ser querido.

Los daños materiales se han estimado en más de cien mil millones de dólares y el impacto en la agricultura es igual de grave. Los naranjales de todo el estado han quedado destruidos y los agricultores aseguran que pasarán años antes de que los cultivos vuelvan a crecer con normalidad.

Pero lo peor de todo es que se está formando una nueva tormenta en el Atlántico. Las previsiones apuntan a que volverá a tocar tierra en Florida y un segundo embate tan poco tiempo después de un huracán de categoría cinco sería catastrófico.

No recuerdo la última vez que he dormido toda la noche de un tirón y hace días que no veo a Sebastian. Está muy ocupado, entre editar el material que grabó durante Georgianna y las reuniones informativas con la ABC, y lo echo de menos.

Aprovecho el descanso de la tarde para mandarle un mensaje.

Hola

Me responde casi al instante, como si estuviera esperando que le escribiera.

Qué sorpresa!

Qué tal mi meteoróloga favorita?

Me recuesto en la silla, pensando que ojalá estuviera allí a mi lado. Su micrófono sigue encima del escritorio. Al igual que los trocitos de papel que dobla en cuadraditos y me lanza cuando quiere que le haga caso.

Estoy a punto de tirarlos a la papelera, pero un ligero rastro de tinta me llama la atención. Frunzo el ceño, cojo el que está más cerca de su micrófono y lo abro. Dentro hay una nota escrita con su letra descuidada.

Pone: «Guapa».

Con un corazón debajo.

La dejo sobre la mesa y miro fijamente el montón de cuadraditos, preguntándome qué más habrá escrito. La curiosidad me puede y cojo otro.

«Inteligente», reza ese.

«Luchadora», dice el siguiente, con una flor dibujada en una esquina.

«Adora el kétchup. Odia el brócoli», pone en el que abro a continuación, con una carita triste después de la palabra «brócoli». El corazón se me acelera.

Tardo diez minutos en abrirlos todos, dos docenas de cumplidos y todas las cosas que me gustan, todas las cosas que he mencionado de pasada mientras emitía en directo con él, se extienden ante mí, como un compendio de sus pensamientos más íntimos.

Las miro fijamente.

¿Cuándo ha hecho todo eso?

¿Mientras bajaba la cabeza, tapaba el papel con el brazo y me decía riéndose que no mirara? ¿O acaso los llevaba encima e iba ampliando la lista cuando yo no lo veía? ¿Habrá más que no he encontrado y que me permitirían saber lo que siente por mí?

Cojo el teléfono.

Te echo de menos

Sé que tenemos ciertas reglas, pero quiero salir contigo mañana por la noche

En plan cita

En serio?

Sí

Te parece bien?

Las reglas están para romperlas

Me encantaría

A las seis en punto

Ponte algo cómodo

No me vas a decir adónde vamos?

No

Y si no me gustan las sorpresas?

Espero que esta te guste

Verdad o consecuencia, Presi?

Por qué jugamos a esto por teléfono?

Por qué no?

Cuánto estás sonriendo ahora mismo?

Cero

Estás sonriendo, verdad?

Tranquila. Yo también

Creo que no he dejado de sonreír desde la primera noche que te besé

De repente se me ocurre la forma de describir la euforia que siento cada vez que estoy con él.

«Caída libre».

A toda velocidad y de cabeza. Solo me cabe esperar que él esté ahí con los brazos abiertos para recogerme antes de llegar al suelo.

Estoy en el recibidor esperando a Sebastian, que llama a la puerta a las seis en punto. Abro casi de inmediato y sonrío al verlo en el porche con un ramo de flores en la mano.

Está guapísimo, con unos pantalones cortos y una camiseta blanca que le marca los pectorales. Tiene el cabello húmedo y la cadena metida por dentro de la camiseta. Las gafas de sol en la cabeza y una sonrisa que parece hecha de magia y polvo de estrellas.

—Hola. —Cambia de postura, nervioso. Me mira de arriba abajo, desde la clavícula hasta las piernas, y ahoga un suspiro—. Qué guapa estás.

Me toco el bajo del vestido deportivo.

—Gracias. ¿Voy bien con esta ropa? Me dijiste que me pusiera algo cómodo, así que…

—Estás perfecta. Eres perfecta.

—No te pases. —Le hago un gesto para que entre—. Solo me falta ponerme las zapatillas.

—Toma. —Sebastian me tiende el ramo y me roza los dedos con los suyos al dármelo—. Son para ti.

—Qué bonitas. —Miro las flores, acaricio los pétalos y las acerco a la nariz—. Las flores de hibisco son mis preferidas. Gracias.

—Nate me ha ayudado a elegirlas. Comentaste en el programa que te gustaban y… —Se mete las manos en los bolsillos—. Quería que tuvieras algunas en casa.

—Eres la primera persona que me regala flores.

—¿En serio?

—Una vez un chico me regaló un cactus. ¿Eso cuenta? Fue el mismo que hizo un FaceTime con su madre en nuestra segunda cita para preguntarle si el grano que tenía en el hombro estaba infectado. No llegó a haber una tercera.

—Qué pena. Habría sido una historia divertidísima para contarles a vuestros hijos. —Sebastian me sigue por el pasillo—. ¿Has tenido un buen día?

—Ha sido largo y estresante, y me duelen los ojos de tanto mirar el ordenador, pero sí. He tenido un buen día. —Miro hacia atrás y veo que se está fijando en el balanceo de mis caderas—. Y ahora acaba de mejorar.

—El listón está muy alto, tendré que esforzarme en la cita. Menos mal que vengo preparado.

Hace unos meses lo habría retado, pero ¿esta noche?

Esta noche no necesita esforzarse. Podríamos sentarnos en el porche a ver salir las estrellas y yo sería feliz.

¿Cómo narices hemos llegado a esa situación?

Pongo las flores en un jarrón y cojo la chaqueta vaquera y el bolso. Sebastian me tiende la mano y yo la acepto. Se me acelera el corazón cuando me la aprieta. Cuando tira de mí hacia él y me da un beso en la frente.

—¿Nos vamos? —pregunto—. ¿Tenemos prisa?

—Más o menos. —Nos dirigimos a la entrada, pero me hace detenerme ante la hilera de fotografías que hay en la pared del pasillo—. Menudas fotos. ¿Eso es un móvil plegable? Madre mía, qué viejos somos.

—El baile de fin de curso. —Señalo con el dedo la vieja fotografía en la que salimos Mia, Harlow y yo con nuestros vestidos—. Me quedé una hora y me largué.

—Bailaste con Bradley Wentworth. Me dieron ganas de darle un puñetazo en la cara.

—¿Porque bailó conmigo?

—Porque consiguió que le hicieras un poco de caso, algo que yo deseaba desesperadamente. —Me pone la mano en la parte baja de la espalda para ayudarme a bajar los escalones del porche, después de que haya cerrado la puerta con llave—. Pero al final me salió bien.

—Sí. —Trago saliva para hacer desaparecer el nudo que tengo en la garganta. No recuerdo cómo es Bradley Wentworth, pero puedo describir cada centímetro del rostro de Sebastian con todo detalle—. Supongo que sí.

Nos dirigimos en coche hacia el oeste. Las arterias principales más transitadas dan paso a una carretera secundaria de un solo carril.

Sebastian baja las ventanillas y la brisa azota el interior del coche.

Me recojo el pelo con una goma que encuentro en el portavasos y sonrío cuando él me agarra de la mano y me besa los nudillos uno a uno.

Cuando por fin nos detenemos, no tengo ni idea de dónde estamos. No hay ninguna señal ni se ve a nadie más. Hasta donde alcanza la vista, lo único que hay es un cielo azul intenso y un sinfín de flores silvestres.

—Parece el principio de una película de terror —digo. Apaga el motor y se desabrocha el cinturón de seguridad—. ¿Qué hacemos tan lejos de la civilización?

—Espera aquí.

Se baja del coche y abre el maletero. No sé qué está haciendo ahí atrás, pero oigo un golpe sordo. Escucho el crujido de algo que se abre y se cierra, y el sonido de una botella de vino al descorcharse. Vuelve y me abre la puerta.

—Es precioso. —A nuestro alrededor solo hay tierra virgen. Un paisaje tan vasto que me siento insignificante—. No parece real.

—Pues aquí atrás es aún mejor. —Me guía hacia la parte trasera del todoterreno—.

Estaba pensando dónde llevarte en la primera cita y llegué a una conclusión.

Tú eres una persona muy especial: increíblemente inteligente.

Divertida. Única. Pero, sobre todo, una amante del verano a la que le encanta estar al aire libre.

Si alguien me pidiera que te describiera, diría que eres como una puesta de sol interminable.

—Señala el campo y luego el cielo—. La belleza en su forma más perfecta.

«Mierda».

Otra vez esa sensación de caída libre. La noto en el hueco que hay detrás de las costillas y esta vez va acompañada de una palabra.

«Amor».

Un amor maravilloso y extraordinario que me va a hacer perder la batalla.

—Me gusta mucho —susurro.

«Y creo que también me gustas tú», estoy a punto de añadir.

—A ver si me voy a olvidar de lo mejor. —Sonríe mirando las mantas y los cojines que hay en el maletero junto con una cesta de mimbre para pícnic, un pequeño candil, una botella de vino tinto y dos vasos de plástico—. La comida.

—¿Vamos a hacer un pícnic?

—Y a intentar ver un cometa que se supone que pasará por aquí sobre las diez.

He traído un ventilador portátil para que no pasemos calor.

Repelente de mosquitos para que no nos devoren vivos.

Ah, y tarta de lima para el postre. De la marca Publix, porque te he oído decir que el resto no están a la altura.

Hasta el más mínimo detalle está cuidadosamente planeado. No se le ha escapado absolutamente nada, y si me preguntaran cuál sería mi cita perfecta, qué noche me haría la chica más feliz del mundo, les mostraría esto.