30. Quincy
Quincy
—E stoy enfadadísima conmigo misma. —Mia me salpica al tirarse a la piscina al estilo bomba—. Soy muy mala persona —añade al asomar la cabeza por encima del agua.
—Lo siento. —Me acerco un ventilador de mano a la cara para intentar refrescarme.
Llevamos cuatro días sin electricidad y prácticamente estoy viviendo en la piscina de Mia para no tener que estar sentada dentro de casa sin aire acondicionado—.
Vas a tener que ser más específica, cari, porque según tengo entendido hiciste un montón de sándwiches, los metiste en una auténtica cesta de pícnic y los repartiste entre los vecinos porque seguimos sin electricidad en el pueblo.
Eres un cielo y nunca podría considerarte mala persona.
—Iba a quejarme de la limpieza del jardín que hemos tenido que hacer.
He sudado tanto que me siento asquerosa, pero luego he recordado que ha habido gente que ha muerto en esta tormenta.
Cientos de familias han perdido sus hogares.
Están desamparadas, sin ningún sitio donde ir, ¿y yo aquí, quejándome del sudor? Ya me vale.
—Una cosa no quita la otra. Puedes quejarte de tus problemas y, al mismo tiempo, reconocer que otras personas están peor que tú. Eso no quiere decir que seas mala persona.
—¿Quién es mala persona? —Harlow sale de la casa de Mia, cierra la puerta de cristal y viene hacia nosotras con un plato de sandía—. ¿La mujer que intentó robarme el hielo ayer en la gasolinera? Menuda bruja.
—Mia cree que es mala persona porque se queja de las incomodidades que tiene que soportar. —Nado hasta donde está Harlow y me pongo de pie en la parte menos profunda para coger un poco de fruta—. Ya le he dicho que la escala de maldad no funciona así.
—Claro que no funciona así. —Harlow se sienta en el borde de la piscina y mete los pies en el agua—.
A unas personas que viven a un par de manzanas de mí les han restablecido el suministro eléctrico esta mañana.
Obviamente me fastidia que ellos puedan tener la casa fresquita y lavarse el pelo, pero también me ha dado esperanza de que restablezcan el mío pronto.
—El año que viene pienso comprarme el generador más potente que haya. Paso de quedarme solo con ese pequeñajo que solo sirve para la nevera. —Mia suspira mientras flota boca arriba—. Sebastian me dijo qué marca comprar. Pero lo pospuse demasiado y ahora estoy jodida.
Casi me atraganto al oír el nombre de Sebastian. Me doy un golpe en el pecho y trago lo que tengo en la boca antes de coger el agua.
—Ni siquiera yo tengo un generador superpotente. Consumen muchísimo.
—El dinero va y viene, pero piensa en el aire acondicionado, Quincy. Imagínate poder dormir toda la noche sin sofocos. —Mia se pone las gafas de sol—. ¿Qué hacemos esta tarde?
—Llevamos varios días haciendo trabajos manuales, pero se me ha ocurrido una idea —digo—.
Tenemos que deshacernos de las partes de la valla que no han sobrevivido a la tormenta para que el jardín esté listo cuando llegue la valla nueva.
Y me gustaría dar otra vuelta por el barrio.
Hay algunas personas mayores que han pedido ayuda para vaciar los congeladores.
—Deberíamos pintar la valla vieja —sugiere Harlow—. Podrías quedarte con algunos trozos para recordar a Georgianna. No has perdido la casa, pero sería una forma bonita de acordarnos de lo afortunados que somos.
—Caray. —Cojo otro trozo de sandía—. Qué optimista te veo. ¿Has decidido convertirte en una persona nueva, doña Pesimista Crónica?
—No. Sigo siendo una agorera. Pero esa es una cosa que me parece importante.
Harlow, Mia y yo cenamos la noche anterior con los chicos.
Volvimos a comer sándwiches de crema de cacahuete en el salón de Cooper y, de postre, nos repartimos un paquete de Oreo.
Cuando anocheció, Cooper sacó un candil.
Amontonamos varias mantas y almohadas en el suelo y estuvimos los seis hasta las tantas contando historias de miedo.
Sebastian y yo fuimos los que más aguantamos despiertos, y me quedé dormida dándole la mano.
—Me encanta la idea. —Mia se pone boca abajo y va nadando hacia las escaleras. Sale del agua y se escurre el pelo—. Aunque una parte esté rota, se puede arreglar. Todavía tengo pintura acrílica de mi breve etapa artística que podemos usar.
—Pintaste La noche estrellada mil veces y nunca más volviste a coger un pincel. —Me río y me reúno con mis amigas en el borde de la piscina—. Seguro que batiste algún récord.
Nos envolvemos en unas toallas mullidas y nos dirigimos al garaje de Mia. Tarda veinte minutos en encontrar la pintura y, cuando lo hace, nos tumbamos en el césped del jardín delantero.
—¿Cuándo vuelve Richard? —pregunta Harlow, con un trozo de madera astillado en la mano—. Dicen que el aeropuerto por fin ha vuelto a abrir esta mañana.
—El viernes. Se ha quedado tirado en Dakota del Norte, concretamente en Fargo, pero dice que la ciudad es bonita, la gente maja y los buñuelos de queso deliciosos.
Lo echo muchísimo de menos. —Mia deja caer una gota de pintura rosa sobre su trozo de valla—.
Lo de Georgianna ha hecho que me entren ganas de casarme mañana mismo.
No necesito una boda por todo lo alto ni una arpista que dé un concierto para los invitados durante el cóctel. Solo lo necesito a él.
—¿Cuándo descubriste que estabas enamorada?
—Miro a mi mejor amiga—. ¿Hubo algún momento en concreto en el que te dieras cuenta de que era el hombre de tu vida?
¿Crees que solo tenemos una oportunidad de ser felices y que, si la dejamos pasar, estamos destinadas a pasar solas el resto de nuestras vidas?
—Es una pregunta complicada. Yo creo que puedes tener varios grandes amores a lo largo de la vida.
He conocido a gente en las firmas de libros que se divorció a los veinticinco años, pero diez años después volvieron a casarse y son más felices que nunca.
En cuanto al momento en el que me di cuenta de que Richard era el hombre de mi vida, es una tontería.
—Se sonroja—. Aunque me dedico a contar historias de amor, nunca imaginé que yo misma viviría una.
Una mañana estábamos desayunando en la mesa de la cocina, lo miré y lo sentí.
Hubo un momento en el que mi alma conectó con la suya y supe que quería compartir un tazón de cereales con él todos los días durante el resto de mi vida.
—¿No hace falta que haya un gran gesto romántico? —pregunto—. ¿Una demostración de amor a lo grande?
—No. Bueno, puede haberlos, pero creo que darte cuenta de lo que sientes en los momentos sencillos y cotidianos es aún más especial.
Richard fue el primero en decirlo. Yo tenía pasta de dientes seca en la mejilla y la camiseta del revés.
Me miró y me dijo: «Dios, cuánto te quiero».
Sencillamente. —Mia me mira—. ¿A qué vienen tantas preguntas?
Un momento —exclama—. ¿Estás saliendo con alguien?
—No sé si se puede llamar «salir». Es más bien… algo informal. Solo nos acostamos. Pero es posible que haya sentimientos de por medio. Por mi parte al menos. Por la suya no sé. —Bajo la barbilla y me concentro en el pincel que tengo en la mano—. No es nada importante.
—¿Te estás acostando con un tío y no nos lo has contado? —Harlow me da una palmada en el brazo—. ¿Cómo se te ocurre, Quincy Phillips Monroe?
—Ay, vale. No hace falta recurrir a la violencia. No os lo he contado porque me parece que sería adelantarme a los acontecimientos y no sé si, desde el punto de vista práctico, la cosa podría llegar a alguna parte.
—¿Por qué? Por favor, no me digas que está casado —dice Mia.
—Yo jamás haría eso. El problema es más bien la distancia.
—¿Vive en Orlando? Ya. Yo salía con un chico que vivía a veinticuatro kilómetros de aquí, pero con el tráfico tardábamos casi una hora en ir a su casa y otra en volver. —Harlow niega con la cabeza—. Una lástima. Era un portento en la cama.
—Nosotros ni siquiera estamos en el mismo estado.
—Dejo el trozo de valla que estoy pintando y miro a mis mejores amigas.
Hasta ahora me ha gustado mantener en secreto lo que Sebastian y yo tenemos, pero estas chicas lo saben todo sobre mí.
No me parece bien ocultárselo—. Necesito que me prometáis que no os vais a volver locas.
—No sé de qué va esto, pero, sí, sí, lo prometemos —contesta Mia, aplaudiendo—. ¿Quién es? Ya sé. ¿Aquel tío tan guapo que vimos en aquel bar cutre? ¿O el chico rubio que siempre está en el bar de Harlow?
—Ninguno de los dos. Es… eh… Sebastian —pronuncio su nombre con un hilillo de voz y Mia se queda boquiabierta—. Me estoy… eh… acostando con tu hermano.
—Venga ya. ¿Estás de coña? ¿Desde hace cuánto tiempo?
¿Cómo puede ser? Yo escribo libros sobre esas cosas, ¿y no me he enterado de lo que estaba pasando justo delante de mis narices?
—Mia se queda callada—. Vale. No. No quiero que me des detalles sobre la vida sexual de mi hermano, pero ¿estáis juntos?
—No. No. Claro que no estamos juntos. Empezó siendo algo físico, pero últimamente…
—Dejo la frase en el aire e intento disimular mi rubor—.
No sé. Me gusta. Me gusta como nunca pensé que podría gustarme, pero el caso es que ha dejado de ser ese tío tan prepotente y tocapelotas. Puede que nunca lo haya sido.
—Lo sabía. Me di cuenta de que algo había cambiado al ver tus últimos programas. —Harlow esboza una sonrisa burlona—. Antes ponías cara de asco cada vez que hablaba, pero ahora no paras de sonreír.
—¿En serio? —Me toco la mejilla, preguntándome si se habrá convertido en algo tan habitual en mí últimamente que ni siquiera me doy cuenta de que lo hago—. Sonreír está bien.
—¿A que sí? —exclama Mia—. Si lo vuestro funciona, podríamos ser hermanas.
—Ni siquiera hemos salido juntos. Lo de pasar por el altar me parece un poco prematuro. —Dejo el pincel y arranco unas briznas de hierba—. Le dije que quería algo informal y he acabado enamorándome de él. Eso no está bien, ¿no? He metido la pata hasta el fondo.
—Ay, Quin. —Mia me estrecha la mano entre las suyas—. No te has dado cuenta, ¿verdad?
—¿De qué?
—De que Sebastian solo tiene ojos para ti. Desde hace años. Él cree que no me entero, pero no puede ser más obvio. Deberías decirle lo que sientes.
—Puede que lo haga. —Miro a las chicas—. ¿Y si me cargo la pandilla?
—Venga ya. Si estamos todos tan ocupados que casi nunca podemos quedar los seis juntos. —Harlow resopla—. Además, creo que te mereces ser un poco egoísta, Quin. Olvídate de nosotros. Tienes que pensar en ti misma y lo único que importa es que seas feliz.
—Ya. —Sonrío, radiante de alegría. Estoy tan contenta que tengo la sensación de que voy a estallar—. Lo soy.