Llueva o truene 29. Sebastian #2
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29. Sebastian #2

—¿Qué pasa? —me pregunta antes de seguir mi mirada y girarse hacia el parabrisas—. Joder.

La calle está intransitable. Hay varios árboles derribados, unos robles enormes que nos bloquean el paso. Pongo el coche en punto muerto y apago el motor, presa del pánico.

—Mia —susurro. Quincy reacciona al mismo tiempo que yo.

Nos desabrochamos los cinturones de seguridad y vamos hacia la casa de mi hermana, sorteando ramas y cables eléctricos caídos. Ayudo a Quincy cuando llegamos a las ramas más grandes, levantándola y pasándola por encima de los anchos tocones, hasta que llegamos al jardín delantero de Mia.

La valla de madera que rodea la casa está tirada en el césped.

Al tejado le faltan un montón de tejas y, según parece, un árbol se ha estrellado contra el porche acristalado del patio de atrás.

La farola está inclinada hacia un lado y la lámpara que tanto le gusta, la del caminito que va hasta el porche, está hecha añicos.

Respiro hondo y voy hacia la entrada mientras me digo a mí mismo que ese era el lugar más seguro en el que podía haber estado. Y además con amigos. No estaba sola. Ellos la habrían ayudado si las cosas se hubieran complicado.

Quincy pega el pecho a mi espalda, intuyendo mi inquietud mientras aporreo la puerta principal.

—¡Mia! —grito, con el puño dolorido por lo fuerte que la estoy golpeando—. ¿Estás ahí?

—Seguro que está bien —susurra Quincy—. Tiene que estarlo. Seguro que están todos bien.

—¡Cooper! —Pruebo a llamarlo a él antes de retroceder y apretar los talones de las manos contra los ojos—.

No. No. No, no. ¿Habrá pasado un tornado por aquí anoche?

No parece que haya habido ninguna inundación.

Joder. ¿Habrán usado un generador dentro de casa y se habrán intoxicado con el monóxido de carbono… ?

La puerta se abre de golpe y, cuando aparece Cooper demacrado y agotado, con un agujero en la camiseta y los zapatos puestos al revés, pero vivito y coleando, estoy a punto de echarme a llorar.

—Seb. —Viene hacia mí y me abraza con fuerza. Lo rodeo con los brazos; me da igual si estoy siendo demasiado dramático—. Estás bien. Estábamos muy preocupados por los dos.

—¿Mia está bien? —le pregunto, dando un paso atrás y secándome los ojos con la camiseta—. ¿Y Harlow y Nate?

—Están todos perfectamente. —Cooper sujeta la puerta y nos hace señas para que entremos.

Abraza a Quincy y le da un beso en la coronilla.

—Anoche, a última hora, nos metimos en el armario del dormitorio principal porque parecía que el techo iba a venirse abajo.

Casi no hemos dormido nada. No teníamos ni idea de qué hora era.

Ellos siguen ahí dentro, pero yo he salido al oír los golpes.

Imagino que la tormenta ya habrá pasado, ¿no? ¿Cuánto tiempo hace que habéis vuelto?

—Acabamos de llegar. No se puede circular por la calle. Hemos tenido que aparcar en la esquina y venir andando.

—Yo aún no he salido. —Echa un vistazo por encima del hombro de Quincy y abre mucho los ojos al ver el jardín delantero—. Joder. Parece un campo de batalla.

—Está todo así. Punta Gorda ha quedado arrasada. No se ha salvado nada y en el resto del estado también ha habido daños graves. Voy a buscar a las chicas —dice Quincy, rozándome la mano con la suya antes de salir corriendo por el pasillo.

Observo cómo se aleja y me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente cuando Cooper chasquea los dedos delante de mi cara.

—Parece que alguien se lo ha pasado de maravilla persiguiendo tormentas —bromea. Pongo los ojos en blanco.

—Métete en tus asuntos, Coop.

—Es difícil hacerlo con ese chupetón que tienes en el cuello. Nate te va a echar una buena bronca.

—No digas chorradas. —Me miro en el espejo del pasillo y me coloco la camiseta para ocultar el moratón lo mejor posible—. Estás viendo visiones.

—Sí, claro. —Da media vuelta y sigue a Quincy tarareando algo que me recuerda muchísimo a la marcha nupcial.

Una de las ventanas del cuarto de Mia está rota y el tiesto que se ha estrellado contra ella se encuentra tirado en el suelo.

Hay un poco de agua bajo la puerta que da a la terraza de atrás y la moqueta está empapada y reblandecida.

Encuentro a mis amigos apiñados en el armario, rodeados de un montón de almohadas, mantas y provisiones.

—¡Seb! —Mia se levanta de un salto y se abalanza sobre mí para abrazarme con fuerza—. Ay, qué alegría veros aquí a los dos. Quincy nos estaba contando lo mal que lo habéis pasado.

—Nunca más —digo—. El próximo huracán de categoría cinco lo pasaremos aquí a cubierto, con vosotros. ¿Estáis todos bien?

—Sí. —Nate se levanta, me tiende la mano y me la estrecha. Lo agarro por el brazo y lo atraigo hacia mí para abrazarlo también—. Cooper ha cuidado de nosotros y nos ha mantenido a salvo.

—Y tanto —añade Mia—. Se ha quedado despierto toda la noche, vigilando.

—Quería asegurarme de que no os pasara nada. —Cooper se pone a doblar una manta—. Me alegro de que todo haya acabado.

—Y yo. Estoy muerta de hambre y me duelen las rodillas por haberlas tenido pegadas al pecho toda la noche. —Harlow estira una pierna y hace una mueca de dolor—. Nos estamos haciendo mayores y Nate es demasiado alto.

—No puedo evitar medir uno noventa y cinco.

—Se ha ido la luz, obviamente —dice Mia, haciendo un gesto para poner de manifiesto la falta de electricidad y aire acondicionado—. Así que no hay muchas opciones para comer.

—Nosotros tenemos pan y crema de cacahuete en el coche. Podemos hacer un pícnic —sugiere Quincy.

—Ya voy yo. —Miro a mi grupo de amigos y me los imagino pasándoselo bien sin mí. Me sienta fatal y me froto el pecho con los nudillos para aliviar el dolor—. Escuchad. No somos muy sentimentales y no solemos estar los seis juntos muy a menudo, pero me alegro de que estéis todos sanos y salvos.

—Nos vas a echar de menos cuando vuelvas a Nueva York, ¿eh? —bromea Mia, poniéndose de puntillas para revolverme el pelo.

—Pues sí. —Miro fijamente a Quincy. La palabra resuena de nuevo, como un tambor que no deja de sonar. Amor. Amor. Amor—. Os voy a echar muchísimo de menos.