Llueva o truene 29. Sebastian
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29. Sebastian

Sebastian

M e despierto con un calambre en la pantorrilla.

Tengo la piel pegajosa y sudada, y huelo como si llevara dos días revolcándome en un montón de basura. Bostezo mientras estiro el cuello de lado, sin tener ni idea de qué hora es.

Tal vez mediodía. Tal vez las tres de la mañana.

Sin ventanas y ajeno a lo que ocurre en el mundo exterior, lo único que sé con certeza es que la bañera de porcelana en la que reposa mi trasero está helada.

Que el aire huele a sexo. Y que Quincy está abrazada a mí, con la cabeza sobre mi pecho y acariciándome el cuello son su cálido aliento.

No quiero moverme.

Está demasiado tranquila y, cuando veo el pequeño rasguño que tiene justo encima de la clavícula, es como si me dieran un puñetazo en el estómago. Allí mismo, en este preciso instante, me prometo que nunca más volveré a dejar que le pase nada malo.

Quincy despega su cuerpo del mío y se incorpora, poniendo mala cara al abrir los ojos.

—Aquí huele a tigre. —Olfatea el aire y arruga la nariz—. No hay agua corriente, así que tendremos que conformarnos con unas toallitas húmedas.

—Hola. —Me muevo un poco para dejarle más espacio. Es imposible que dos personas altas estén cómodas en una bañera tan pequeña, pero nos las hemos apañado—. ¿Has dormido algo?

—Creo que sí. No sé lo que he soñado y lo que es real. —Levanta la vista hacia el techo y vuelve a centrarse en mí—. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?

—Un ratito. Iba a mirar qué hora era, pero tengo el móvil encima del lavabo. No quería despertarte antes de que estuvieras preparada.

Necesito hablar con Cooper y Mia para saber si están todos bien. El día anterior a última hora dejé de recibir mensajes y no creo que vuelva a tener cobertura hasta que salgamos del pueblo.

Si es que conseguimos salir.

Volver a casa va a ser una pesadilla, pero ya nos preocuparemos de eso más tarde.

Ahora quiero dar una vuelta por aquí, por si alguien necesita ayuda urgente.

No podemos reconstruir las viviendas dañadas, pero podemos echar una mano en las labores de búsqueda y rescate.

Seguramente será necesario, después de lo de la noche anterior.

—Estoy preparada. Creo que me va a doler el cuerpo durante días por haber estado en esta posición tanto tiempo, pero soy consciente de la suerte que hemos tenido.

—Desenreda sus extremidades de las mías y gime mientras estira la espalda.

Le cruje la columna cuando se levanta y me tiende una mano—. Deberíamos ponernos en marcha y ver si…

—¿Si alguien necesita ayuda? —Sonríe cuando acabo la frase por ella.

—Justo lo que iba a decir.

Me levanto e intento apoyarme en la pierna lesionada. No me duele tanto como la noche anterior y espero que solo haya sido un esguince.

—¿Cómo te sientes después de nuestro primer huracán de categoría cinco juntos? La cosa se está poniendo seria.

—De momento no tengo ninguna queja. —Me da un beso en la mejilla y le acaricio el muslo con la mano—. Y ahora ¿qué?

—No lo sé. —Apoyo la frente en la suya—. Ahora que por fin te he hecho mía, a lo mejor te invito a cenar. O puede que te regale algo bonito para que te acuerdes de mí cuando me haya ido. ¿Qué te parecería, pequeña Quinny?

—Me parecería estupendo. —Saca una camiseta de mi bolsa y se la pone—. Sobre todo lo de la cena.

—¿Tienes hambre? —Me alejo de ella y rebusco en la bolsa de la comida. Encuentro dos bagels y un tarrito de crema de cacahuete—. ¿Qué tal esto?

—El desayuno de los campeones —dice, entrechocando su comida con la mía.

—Supongo que será la hora de desayunar. —Echo un vistazo rápido al móvil y veo que son poco más de las seis—. A ver cómo está la situación ahí fuera.

—Siempre está precioso después de un huracán. Ya sé que hay una razón científica detrás, pero a mí me gusta pensar que es el universo pidiendo perdón por el daño causado. Como si fuera un pecador arrepentido. —Le da un sorbo a la botella de agua que le paso—. Gracias.

—Deberíamos intentar salir de aquí lo antes posible después de comprobar si alguien necesita ayuda. Las carreteras estarán llenas de escombros. Puede que los puentes hayan quedado inservibles y no quiero conducir de noche.

—En quince minutos estoy lista. —Quincy se acaba el bagel y se chupa los dedos para limpiárselos—. ¿Sabes? De todas las personas con las que podría haber vivido un huracán, tú eres sin duda mi opción favorita, Sebastian.

—Gracias. —Me paso la mano por el pecho, con el corazón acelerado—. Lo mismo digo.

Probando, probando

Esto funciona?

Coop?

Hola?

Estáis todos bien? Tenéis luz?

En PG todavía no hay ruta de evacuación

Os escribo cuando podamos salir del pueblo

Mierda. Aún no hay cobertura

Cuando os empiecen a llegar los mensajes, decidme qué tal estáis

Hola, Johnatan

Creo que anoche grabé unas imágenes increíbles

Cuanto tenga el portátil y wifi, te envío un correo con todos los vídeos

Tardamos nueve horas en llegar a casa. Casi todas las construcciones de los alrededores han quedado arrasadas.

La marejada ciclónica no ha subido tanto como habían pronosticado, pero los vientos han causado daños catastróficos.

El aparcamiento donde había dejado el coche sigue en pie.

Milagrosamente el todoterreno solo tiene un par de abolladuras en el capó, pero otras personas no han tenido tanta suerte.

Quincy guarda silencio mientras salimos de Punta Gorda.

Mira por la ventana, retorciéndose las manos mientras observa los árboles caídos y los cables eléctricos que vamos dejando atrás.

Extiendo un brazo y le pongo una mano en el muslo, preguntándome qué estará pensando.

Me mira y sonríe; en sus ojos se refleja el cansancio, pero también un atisbo de felicidad.

—¿Cómo estás? —Le acaricio la pierna con el pulgar y me detengo al llegar a la rodilla.

—Me da reparo decir que bien, porque todo a nuestro alrededor está muy lejos de estarlo.

Yo estoy perfectamente, pero es evidente que los demás no.

—Exhala un suspiro—. Es muy triste ver las consecuencias de algo así.

Es inevitable. Es lo que pasa después de cualquier tormenta, vivas donde vivas, pero saber que esta gente va a tener que empezar de cero es una realidad difícil de asimilar.

Lo han perdido todo, y yo aquí, deseando darme una ducha.

—¿Puedo contarte un secreto? —le pregunto. Ella se gira en el asiento para mirarme. Se acerca a mí y me pone un brazo en el hombro. Yo le aprieto la rodilla.

—Puedes contarme lo que quieras —contesta. Y sé que es verdad.

—En el fondo, creo que esa es una de las razones por las que no me gusta mi trabajo.

Cada vez que hay un desastre natural, quieren que lo cubra.

Hablo con la gente que lo ha vivido. Voy por los pueblos con una cámara y un micrófono, haciendo entrevistas, cuando lo único que quiero es ayudar.

Cuando se apagan las cámaras, colaboro como puedo.

Pero es su momento de mayor vulnerabilidad y yo…

Es como si los estuviera poniendo en evidencia, exhibiendo su dolor ante los millones de personas que los están viendo.

—Aprieto el volante con fuerza, hasta que los nudillos se me empiezan a poner blancos—.

Es difícil recordar que hay cosas buenas en el mundo cuando ves constantemente tanta tristeza a tu alrededor.

—Nunca lo había visto así. —La voz de Quincy es dulce y comprensiva—. Debe de ser muy duro.

—Forma parte del trabajo, pero eso no lo hace más fácil.

—Si tuviera los medios necesarios, y el tiempo, porque las personas vulnerables merecen entrega total, crearía una…

una fundación. O una organización para donar dinero y cosas como ropa, mantas y juguetes para los niños que han perdido su peluche favorito en la tormenta.

Todo el mundo está dispuesto a ofrecer ayuda económica enseguida, que es muy importante, pero en esas primeras horas imagino que la gente querrá recuperar cierta sensación de normalidad.

Y para un niño de siete años que acaba de oír un tornado al otro lado de la ventana, la idea de normalidad podría ser un osito de peluche. Y eso vale mucho más que el dinero.

—Yo te veo capaz de levantar un proyecto así. —Salgo de la autopista al llegar al desvío de Oak Valley—. Y me encantaría ayudarte.

—Esa es otra de las razones por las que solicité el puesto en el NWS.

—¿Para donar peluches?

—No. —Me arregla la manga y la enrolla formando un puño perfecto alrededor de mi bíceps—.

Para aportar mi granito de arena. La gente ve desde fuera lo que hago y saca sus propias conclusiones.

En realidad el número de seguidores me da igual.

Me da igual cuánto dinero gane o cuántos patrocinadores tenga.

Lo que me importa es poder ayudar a nivel estatal y federal.

Lo que me importa es inspirar a la próxima generación de niños.

Y eso empieza por demostrarle a la gente que te importa.

Qué tía.

Es muy testaruda, pero nunca en beneficio de su propio éxito. La plataforma que ha construido es para los demás, para aprovechar su notoriedad de forma positiva, y, cuando la miro de reojo mientras sigue con la mejilla apoyada en mi hombro y los ojos entrecerrados, mi corazón hace una tontería.

Da una vuelta de campana.

Deja de latir a toda velocidad por primera vez en horas y lo noto justo en el centro del pecho. Como una diana detrás de las costillas.

Admiración.

Respeto.

Amor.

Nunca antes había amado a una mujer, pero esto debe de ser lo que se siente.

La necesidad constante de estar a su lado. De querer cuidar de ella y protegerla. De verla triunfar, pero también de discutir con ella y pelearse, porque me encanta cuando se muestra apasionada e implacable.

«Es perfecta».

Busco a tientas el dial de la radio para subir el volumen de la canción que está sonando. Entro en la calle de Mia tarareándola y, de repente, piso bruscamente el freno.

Quincy sale disparada hacia delante. El coche se detiene con un chirrido y le pongo el brazo por delante para evitar que se golpee contra el salpicadero.