Llueva o truene 28. Sebastian
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28. Sebastian

Sebastian

P rácticamente arrastro a Quincy al baño y cierro de un portazo.

Busco las cerillas que había dejado fuera y enciendo otra vela.

Me lavo las manos. Ella se limpia los cortes, y a partir de entonces no despego la boca de la suya.

Me guío por el resto de los sentidos: el tacto de la mancha de barro que tiene en la mejilla, el sonido de su respiración, que pasa de ser regular a entrecortada.

Y la beso como si el mundo se desmoronara a nuestro alrededor.

Por un instante, lo hizo.

Deslizo los labios por su mejilla y su cuello. Sonrío cuando ella gime y se aferra a mis brazos.

—Estaba muy preocupa por ti. —Jadea, dejando caer la cabeza contra la puerta que tiene detrás. Se le han soltado algunos mechones de pelo del moño que lleva en la coronilla y tiene una hoja enredada en ellos—. Pensaba que…

—Cuando te he visto y he comprobado que estabas bien, ha sido como si pudiera respirar por primera vez en años.

—Le quito rápidamente la camiseta empapada y dejo caer la pesada prenda sobre el suelo de baldosas.

Se le eriza la piel del torso desnudo y le froto los brazos con las manos para intentar que entre en calor—.

Habría vuelto arrastrándome hasta ti, si hiciera falta.

—A quién se le ocurre ponerse a salvar a unos patos en pleno huracán.

—Quincy me desabrocha el botón de los vaqueros y forcejea con la cremallera.

Le ayudo a bajarla y lo dejo cuando veo que ya puede bajarme los pantalones.

Me los quito cuando me caen alrededor de los tobillos—. Qué alegría que estés bien.

En cuanto la perdí de vista bajo la lluvia fue como si me arrancaran el corazón del pecho. Grité su nombre tan fuerte como el viento y trepé a gatas por los árboles caídos hasta que por fin la encontré. Sana y salva, ilesa, mientras un pensamiento no dejaba de rondarme la cabeza.

«Me gusta».

«Me gusta muchísimo».

«Puede que incluso sienta algo más por ella».

Si se lo confesara, le daría un infarto.

No es lo que ella pretendía, así que lo que no puedo decirle con palabras pienso hacerlo con las manos y la boca.

Besándole el muslo y penetrándola con dos dedos hasta el fondo.

Le pongo una mano en el abdomen y me agacho hasta quedarme a la altura de sus pantalones cortos.

Se le vuelve a entrecortar la respiración cuando abro el botón plateado y me inclino hacia delante, y le bajo la cremallera con los dientes.

—¿Estás bien? —Beso el tatuaje que tiene en la cadera y le quito los vaqueros. Esta noche lleva ropa interior negra, del mismo color que el cielo allá fuera, y enredo los dedos en la goma de la cintura—. ¿Quieres que te ponga un vendaje?

—No. Solo son unos arañazos. Pero tu rodilla… Te costaba caminar y…

—Estoy bien. Ya se me ha pasado. De hecho ahora mismo estoy en la gloria.

—¿Desde cuándo eres tan devoto? —Arquea la espalda cuando le bajo también las bragas, dejándola solo en sujetador—. No te pega nada.

—Estoy de rodillas delante de ti, dispuesto a adorarte. Considérame un converso. Un hombre nuevo. —Le pongo un pie sobre mi hombro y le acaricio la cara interna de la pierna con la mano—. Tu coño es mi altar.

Ella se ríe con un sonido entrecortado que se le atraganta cuando le beso el clítoris. Empiezo a mover la lengua en círculos, coloco un antebrazo sobre su bajo vientre para que no tenga escapatoria. Quincy intenta resistirse, trata de aumentar la fricción levantando las caderas, pero yo me alejo.

—Eres mi perdición —jadea, arañándome los hombros. Sus uñas afiladas me dejan unas marcas irregulares en la piel que me hacen sonreír.

Qué curioso.

Ella también es mi perdición, pero de una forma distinta.

Por un lado está Quincy y por otro yo, y alguien con un poder descomunal decidió concederme el privilegio de vivir en la misma línea temporal que ella, lo cual es lo más abrumador de toda mi existencia.

—Seguro que me odias. —Le lamo la rodilla y voy subiendo hasta la parte superior de su muslo, y exhalo una cálida bocanada de aire sobre su entrepierna. Ella gime mientras curva los dedos del pie sobre mis hombros, y la polla me palpita dentro de los calzoncillos—. Dime cuánto.

—Ya no sé si te sigo odiando. —Cierra los ojos y exhala un profundo suspiro.

Desliza las manos por su propio cuerpo, se acaricia el pecho y se baja las copas del sujetador.

Sus tetas quedan al descubierto y veo las marcas que le hice hace dos noches, incapaz de estar con ella sin dejar un recuerdo que demostrara que había tenido la suerte de estar allí—. Estoy hecha un puto lío.

Pues ya somos dos.

Lo que sí tengo claro es lo mucho que la deseo, un anhelo que no hace más que crecer cuando me pone una mano en la nuca y me empuja hacia delante, dándome una orden silenciosa. Sonrío, sometiéndome a ella encantado, y le mordisqueo la sensible piel de la cintura.

—Esto tampoco lo odias, ¿no? —Le acaricio el clítoris con el pulgar. Está húmeda, dispuesta, y la abro con dos dedos—. Te encanta.

—Solo cuando lo haces tú.

Apoya la mano libre en el toallero que tiene sobre la cabeza y se aferra a él mientras la penetro con dos dedos.

Ella suspira y yo gimo, y ambos sonidos resuenan en la pequeña habitación.

Ahí dentro estamos a salvo. Ahí dentro puedo protegerla.

Ahí dentro puedo poseerla como me apetezca, así que me pongo de rodillas, levantándome lo suficiente como para llegar a su pecho con la boca.

Le muerdo un pezón y le alivio el dolor con la lengua mientras le acaricio el cuerpo con la mano libre hasta llegar al cuello y posarla en el hueco de su clavícula.

Siento su pulso acelerado bajo la mano. El corazón le late a toda velocidad mientras jadea para intentar coger aire.

—¿Estás bien? —le pregunto, deteniéndome apenas para levantar la cabeza y respirar.

—Más —me suplica, moviendo las caderas contra mis dedos—.

Necesito… Quiero… —Me agarra de la cadena y le da un tirón tan fuerte que no me queda más remedio que levantar la vista hacia ella.

Es bochornoso lo mucho que me excita ese arrebato de agresividad por su parte—.

Demuéstrame que estás bien. Que no te duele nada —me dice.

Entre nosotros se establece un acuerdo tácito. Ella confía en que no le haré daño. Yo confío en que me avisará si algo le parece demasiado brusco, y me pierdo en su cuerpo.

Me pierdo en su coño, húmedo y apretado, que me está suplicando que le meta otro dedo. Le susurro palabras de ánimo mientras hago lo que me pide y la penetro con tres dedos, follándola mientras ella me empapa la mano. Puede que no vuelva a lavármela nunca.

Me pierdo en sus tetas y disfruto lamiéndole los pezones duros. Ella empieza a resbalarse por la puerta; el sudor de la espalda y el pelo mojado le impiden seguir de pie, así que me levanto, engancho una de sus piernas alrededor de mi cintura y acerco la boca a su oído.

—Estás guapísima cuando pierdes el control por mi culpa, Quincy —le susurro, y la beso con pasión para ahogar sus gemidos.

Jadea sobre mi boca, deseando desesperadamente alcanzar el clímax.

Yo también deseo desesperadamente que lo haga y quiero sentirla cuando explote.

Meto y saco los dedos bruscamente, sin piedad, pero ella no se queja—.

Después de esto, pienso follarte hasta hacerte perder el sentido.

Eso la lleva al límite y el eco de mi nombre llena el pequeño espacio que nos rodea. Se aferra a mí, sin atreverse a soltarme, y la llevo al orgasmo. No paro hasta hacerla alcanzar un segundo, más pequeño que el primero, pero igual de bueno, y ella empieza a suplicarme.

—Es demasiado —me dice, acariciándome la muñeca—. No puedo… Sebastian. Es demasiado. Demasiado bueno. Por favor.

—Tranquila. —Empiezo a mover los dedos más lentamente, al ritmo de su respiración.

Ella se estremece, con las extremidades temblorosas y el pecho agitado.

Joder, está guapísima. La beso de nuevo y dejo que se desplome sobre mí mientras deslizo los dedos por su vientre.

Cuando se calma, le levanto la barbilla—. Métete en la bañera, Quincy.

Ella asiente y se mueve poco a poco, completamente exhausta. Se desabrocha el sujetador y lo tira al suelo. Pasa por encima del borde de la bañera de porcelana y se apoya en la pared alicatada que tiene detrás.

—¿Vas a meterte conmigo?

—Sí. —Me quito los calzoncillos y saco pecho mientras ella recorre mi cuerpo con la mirada.

Llevamos semanas juntos y sigue mirándome con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrosadas.

Me agarro la polla, ya dura tras verla correrse, y le propino un par de sacudidas arriba y abajo—. ¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta lo que veo. —Se humedece los labios y estira un brazo hacia mí. Entro con ella en la bañera y la hago cambiar de postura para que se me ponga encima. Quincy se sienta a horcajadas sobre mí, con una pierna a cada lado de mis caderas, pero sin llegar a sentarse. —Quiero que me folles.

—Yo también quiero hacerlo. —Gimo mientras ella empieza a bajar y la punta de mi polla presiona la entrada de su abertura—. Pero ni se me había pasado por la cabeza esto. No he traído condones. No tenía previsto echar un polvo en medio de un huracán.

—¿Y si lo hacemos a pelo? —Quincy apoya las manos en la pared que tengo detrás para sujetarse.

Baja de nuevo, esta vez un poco más, y vuelve a separarse de mí.

Clavo las uñas en el borde de la bañera, cada vez más cerca de perder el control—.

Estoy tomando la píldora. Y no he estado con nadie más desde que empezamos a acostarnos.

¿Recuerdas lo de la exclusividad? —susurra, mordisqueándome la oreja.

—Eso podría complicar las cosas. —Le pongo las manos en la cintura y me aferro a ella en lugar de a la bañera.

La atraigo hacia mi polla y levanto las caderas para poder meterle los primeros centímetros—.

Si te follo sin condón, voy a empezar a pensar que puedo tener algo serio contigo.

—Me separo de ella y la provoco acariciándole el clítoris con el glande para tener la oportunidad de decirle lo más importante antes de perder la cabeza—. Voy a pensar que eres mía.

Emite un gemido suave y maravilloso. Junta las tetas y se acaricia los pezones con los pulgares.

La maniobra de distracción me desconcentra, y Quincy aprovecha la oportunidad para abrir más las piernas y hacer que me hunda por completo en su interior.

Me toma centímetro a centímetro, torturándome mientras los segundos pasan a una velocidad vertiginosa.

Antes de que me dé tiempo a volver a respirar, estoy completamente dentro de ella, una sensación que explota como fuegos artificiales y me recorre todo el cuerpo.

—Tal vez sea tuya —susurra, inclinándose hacia mí. Me roza el pecho con el suyo y tengo la impresión de que están pasando demasiadas cosas como para pensar con claridad. Su cuerpo, sus palabras. Es lo más hermoso que he visto en mi vida—. Creo que me gustaría serlo.

«Mía».

«Solo mía».

Su confesión desata algo nuevo en mi interior y le pongo una mano entre los omóplatos. La cabeza me da vueltas mientras ella mueve las caderas, frotándose contra mí, y percibo un cambio sutil. Un cambio en el ambiente.

Ahora es distinto. Más urgente, más apasionado.

La follo metódicamente, sin piedad, mientras ella me sigue el ritmo.

Nuestros cuerpos están empapados en sudor, calientes por la falta de aire acondicionado y el esfuerzo físico.

Beso cada una de las pecas de su nariz y luego paso a las de sus hombros, y pienso que ojalá pudiera escribir esa palabra cien veces: «Mía».

—¿Bien? —balbuceo para asegurarme de que lo está disfrutando tanto como yo.

—Perfecto —responde, poniéndome las manos en los hombros para cabalgar sobre mí como le gusta.

—Bien dicho —murmuro, y todo su cuerpo se sonroja.

—Estoy a punto de correrme. ¿Y tú…?

—Llevo a punto de hacerlo desde que te has puesto encima, pequeña Quinny. —Me río con ironía, sin avergonzarme del efecto que causa en mí—. Necesito que tú acabes primero para…, bueno, para hacerlo yo después.

—¿Después? —Arruga la nariz. Baja el ritmo y le aparto un mechón de pelo de la cara—. Puedes… No pasa nada si… —Desvía la mirada, contoneando las caderas y gimiendo cuando le toco el clítoris para que vuelva a mirarme.

—¿Si qué? —le pregunto.

—No me importa que te corras dentro de mí —me suelta.

«Joder».

Todo esto es demasiado, son cosas con las que siempre había soñado, pero que nunca creí que pudieran hacerse realidad.

—Eso sí que te haría mía y yo nunca renuncio a lo que me pertenece. —Le tiro del pelo. Sus ojos se encuentran con los míos—. Lo atesoro durante mucho, mucho tiempo. Lo cuido. Le hablo. Lo hago feliz. ¿Qué te parece?

No hay tiempo para pensar ni para cuestionarse nada. De pronto dejamos de mirarnos fijamente y nuestras bocas se encuentran. Quincy me besa, proporcionándome la respuesta que tanto ansío.

Se contrae a mi alrededor cuando un nuevo orgasmo la sorprende y yo no tardo mucho en unirme a ella. Me corro con un gemido. Me estremezco mientras eyaculo dentro de ella, y una sensación de alivio me invade cuando me quedo vacío y completamente exhausto.

—Joder —gimo. Me pesa todo el cuerpo—. Ha sido…

—Increíble —dice, riéndose y apoyando la frente contra la mía—. Madre mía. Estamos hechos un desastre.

—Me gusta verte hecha un desastre. Sobre todo cuando soy yo quien te ha dejado así. —Hago una mueca de dolor al sentir una punzada en la pierna—. Ay.

—Sabía que te habías hecho daño. —Cambia de postura y me mira—. Dime qué necesitas.

—Ahora mismo no podemos hacer nada. —En nuestros móviles suena un aviso de emergencia que nos devuelve a la realidad—. Pero me la vendaré por si acaso. Y no estaría mal que nos vistiéramos. Me preocupa el nivel del agua y solo faltaba que tuviéramos que evacuar desnudos.

—¿Lo decías en serio? —Se aparta y se cubre el pecho con las manos—. ¿Lo de ser tuya?

—Para mí esto ya no es solo sexo —digo—. Y creo que para ti tampoco.

—No. —Quincy niega con la cabeza y esboza una sonrisa—. En absoluto. Yo no me follo a mis amigos así.

—Joder, eso espero. No quiero tener que llegar a las manos con Nate y Cooper.

Quincy se ríe, se me quita de encima y se sienta en el hueco que hay entre mis piernas.

—Solo a ti. —Se lleva una mano a la mejilla y luego al pecho—. A nadie más.

Para mí tampoco existe nadie más y lo único en lo que puedo pensar mientras esperamos a que pase el resto de la tormenta es en encontrar la forma de quedarme allí y no tener que dejarla para volver a Nueva York.