Llueva o truene 27. Quincy #2
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27. Quincy #2

—He perseguido muchos huracanes. —Sebastian me atrae hacia él, me pega la espalda a su torso y me pone el brazo por delante del pecho—. Pero nunca había estado justo en el ojo. Es…

—Hipnotizador —acabo la frase por él—. Me parece brutal que algo tan destructivo pueda ser tan inquietantemente tranquilo. Es precioso. Inquietante pero precioso. ¿No te parece?

—Sí —contesta él. Giro la cabeza para verlo. En realidad me está mirando a mí—. Es lo más maravilloso que he visto en mi vida.

Contengo el aliento al darme cuenta de que no está hablando de la tormenta. Ya no.

Está hablando de mí.

«A ti también te gusta», susurra la vocecita, y me pongo en marcha intentando asimilarlo.

—Cuidado con los cables —grita Sebastian—. La lluvia puede volver en cualquier momento.

Tengo en cuenta la advertencia y sigo adelante, yendo con cuidado hacia la palmera que hay enfrente de nuestra habitación. Sigue en pie, las cámaras están intactas y las imágenes van a ser increíbles.

—¿Cuánto tiempo crees que tenemos? —le pregunto.

—La pared del ojo tiene trece kilómetros de ancho.

Georgianna avanza a treinta y dos kilómetros por hora, así que disponemos de veintisiete minutos antes de que el ojo acabe de pasar por encima de nosotros.

Y ya hemos perdido diez, con lo cual solo nos quedan unos diez más antes de tener que volver.

—Esto es…

—Surrealista. —Sebastian saca el móvil y empieza a grabar los alrededores. Hace un par de comentarios sobre dónde estamos y pone de manifiesto las condiciones actuales—. Un escenario apocalíptico. Mis productores se van a volver locos.

—Menos mal que no hay nadie más aquí fuera. —Intento ver qué está pasando más adelante, pero un trueno retumba sobre mi cabeza y me distrae—. Qué raro. No suele haber relámpagos en el ojo.

—Creo que estarás de acuerdo conmigo en que este no es un huracán normal. Tiene voluntad propia. Sigue casi exactamente la misma trayectoria que Charley; la historia se repite.

—El ojo es igual de pequeño y compacto. Y avanza igual de rápido. Es como si se hubiera fotocopiado a sí mismo.

—El agua está subiendo. —Señala la carretera, sumergida por el embate de las olas. Empieza a llover de nuevo y unas gotas gruesas caen sobre nosotros. Puede que hayamos calculado mal el tiempo disponible—. Es mejor que volvamos a entrar ya.

—Pero si solo hemos…

—Quincy. —Mi nombre suena como una advertencia—. Adentro. Ahora mismo.

—Vale. Solo una más…

La rama de un árbol se rompe por encima de nosotros. Doy un grito y me cubro la cabeza justo cuando Sebastian me aparta de un empujón. Caigo sobre el barro y ruedo tres veces antes de acabar boca abajo. Me levanto de un salto y compruebo si tengo alguna herida, pero no me veo ninguna.

—Por esto vamos a volver a entrar —gruñe. Se ha hecho un rasguño en el brazo y le corre la sangre por el bíceps. También tiene otro en la mejilla y un montón de hojas en el pelo. Me mira de arriba abajo y suspira al ver que he salido ilesa—. Y cagando leches. ¿Estás bien?

—Sí. ¿Y tú? ¿La rama te ha dado?

—Solo es un arañazo. —Me quita una hoja del pelo—. Ponerme al lado de un árbol no ha sido precisamente una idea brillante.

—Yo también he contribuido. Asumo mi parte de culpa.

—Los dos somos culpables.

Me cuesta oírlo por encima del viento, que está empezando a arreciar, desatando su furia sobre un mundo inocente tras el breve letargo. La lluvia cae de forma torrencial, anegando el suelo y empapándonos de la cabeza a los pies.

—¿Preparado? —le pregunto.

—Hazme un favor, pequeña Quinny. —Me seca una gota de lluvia de la cara con el pulgar. Otra nueva la sustituye al instante—. Regresa a la habitación sana y salva, ¿vale?

—Te echo una carrera hasta allí —digo, con la esperanza de que el humor pueda aplacar el miedo creciente que me oprime el pecho. Tenemos que cruzar un aparcamiento descubierto de cien metros sin ningún tipo de protección—. El ganador tendrá acceso prioritario a los aperitivos.

—A la de tres —dice Sebastian. Detrás de él, otro tejado sale volando. Se estrella contra la ventana del edificio de al lado y atraviesa directamente el cristal—. Una. Dos. ¡Y tres!

Salgo corriendo a toda velocidad. Soy incapaz de ver nada mientras avanzo más o menos hacia donde se supone que está el hotel, aunque podría estar yendo directamente hacia donde hay más agua y el peligro es todavía mayor.

Ante mí solo hay un mar de oscuridad. Me atraganto con una bocanada de aire y siento cómo el frío me cala hasta los huesos.

Sigo adelante. Oigo el eco de un crujido al lado de mi hombro izquierdo y después un grito.

Otra rama cae y me roza el brazo. Tropiezo al pisar un charco, con el agua casi hasta las rodillas, y al ver que no hay ningún brazo que me saque de allí, me doy cuenta de que estoy sola.

—¡Sebastian! —grito. Me giro y miro a mi alrededor, pero solo hay oscuridad. Veo una chispa verde en el cielo cuando explota un transformador. Hay un ruido constante, que no cesa, y se me encoge el corazón—. ¡Sebastian!

Me quedo inmóvil, con la esperanza de que no esté muy lejos.

De que aparezca a mi lado en cualquier momento. Pero, cuanto más espero, más aterrorizada me siento.

«No está».

«No va a venir».

Se me escapa un sollozo y un escalofrío me sacude todo el cuerpo mientras me seco los ojos.

Obligo a mis piernas a moverse, poniendo un pie que parece de plomo delante del otro, mientras esquivo la parte destrozada del letrero de una gasolinera.

Me hago un corte en la pierna y siento un dolor agudo que me pilla desprevenida, pero sigo adelante.

«Por favor, que llegue sana y salva».

«Por favor, que Sebastian esté bien».

Como si hubieran escuchado mis palabras, de repente veo una luz amarilla y difusa.

Es la linterna que Sebastian ha usado para mantener abierta la salida de emergencia.

Estoy a quince metros. A doce. Luego a nueve.

A seis. Otro sollozo me sube por la garganta.

A cinco. Estoy temblando. A dos. Corro hacia el pasillo, a punto de vomitar la barrita proteica que me he comido antes de quedarme dormida.

Tengo que hacer unas cuantas respiraciones profundas para calmarme. Para pensar con claridad. Necesito ser racional, no visceral. No es el momento de tomar decisiones precipitadas y decido darle diez minutos. Si no regresa en diez minutos, volveré a salir para buscarlo. No pararé hasta encontrarlo.

Estoy temblando. Me abrazo a mí misma, negándome a perder la esperanza. Camino de aquí para allá sobre la moqueta, murmurando todos los mantras positivos que se me ocurren mientras me sobresalto con cada ruido que escucho, pensando que podría ser él.

De repente, lo oigo.

Mi nombre flota en el aire.

Vuelvo a oírlo una y otra vez, como un aullido procedente del más allá, y cierro los ojos.

Cuando los abro de nuevo, desesperada y a punto de rendirme, veo a Sebastian corriendo hacia mí, empapado de pies a cabeza.

Cojea de la pierna izquierda, tiene la boca torcida en una mueca de desesperación, y me echo a llorar.

—Sebastian. —Me acerco a él corriendo y le echo los brazos al cuello. Le compruebo el pulso con los dedos—. Estás bien.

—Me he hecho daño con una rama. Me he caído de bruces sobre ella. Creo que me he torcido la rodilla, pero he seguido adelante. Entonces he visto unos patos. —Hunde la cara empapada por la lluvia en mi pelo—. Eran unas crías. Estaban atrapadas bajo un árbol caído. No podía dejarlos allí.

—Serás capullo. Hace falta ser buenazo. —Pongo las manos sobre su camisa y agarro un puñado de la tela translúcida—. Estaba preocupadísima por ti. Creía que…

—Estoy aquí. Estoy aquí, sano y salvo.

No nos despegamos el uno del otro hasta que entramos en la habitación. Cierra la puerta y, antes de que me dé tiempo a volver a coger aire, me empotra contra la pared. Me besa con desesperación, con avidez, y jadeo sobre su boca.

—Cuánto te deseo —murmura, acariciándome el pecho a través de la camiseta mojada y pellizcándome un pezón—. Te necesito.

Me apresuro a quitarle la camiseta por la cabeza y le acaricio el pecho con las manos. «Vivo. Sano y salvo. Y mío».

—No vuelvas a abandonarme así nunca más.