Llueva o truene 27. Quincy
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27. Quincy

Quincy

—Q uincy.

Mi nombre suena dulce, susurrante, como sacado de un sueño. Suspiro, conmovida por la devoción que transmite la palabra.

—Quincy.

Esa vez suena más alto, pero yo mantengo los ojos cerrados.

Hundo la cara en el bulto que está a mi lado e intento ignorar el ruido.

Lo que tengo debajo de la cabeza es demasiado duro para ser una almohada, pero su calidez lo compensa con creces.

La sensación es tan familiar que me siento como en casa.

Es tan perfecto que quiero seguir así eternamente.

Oigo una risa tierna. Alguien me acaricia el pelo con los dedos y me pone una mano en la nuca.

—Cielo.

El susurro me invita a desperezarme y estiro los brazos por encima de la cabeza, y vuelvo a la realidad.

Parpadeo y miro a mi alrededor. Todo está a oscuras. La única fuente de luz es el resplandor de una vela que está a punto de apagarse. A mi izquierda veo unas paredes de azulejos y un tocador. Y unos brazos que me rodean la cintura, con un tatuaje que he acariciado un millón de veces.

«Sebastian».

Me vienen a la mente algunas imágenes aisladas.

Cómo conseguimos volver a la habitación.

El apagón y las velas que encendimos para poder ver.

Cómo nos acurrucamos en la bañera cuando oímos el ruido de algo que parecía un árbol estrellándose contra la ventana, al otro lado de la puerta, y nos pusimos el nombre en el brazo por si nos separábamos.

—Hola. —Tengo la voz ronca. Me aclaro la garganta—. ¿Me he quedado dormida?

—Sí. —Sebastian me aparta el pelo que se me ha pegado a la nuca. Tengo la piel fría por el sudor seco y me estremezco cuando él me da un beso en el hombro—. Una horita, más o menos. Y para que conste: sí roncas, Monroe. Y haces más ruido que el viento.

—Venga ya. —Estiro las piernas y flexiono los tobillos. No hay mucho sitio para moverse; la bañera de porcelana apenas es lo suficientemente grande para que quepamos los dos, pero aprovecho el poco espacio que tengo—. No puedo creer que no me haya despertado.

—Estás agotada. Me sorprende que tardaras tanto en quedarte dormida.

—¿Por qué hay tanto silencio?

—He oído por la radio de emergencia que el ojo del huracán está tocando tierra ahora mismo. El viento ha amainado hace diez minutos.

—Madre mía. —Intento ponerme de pie con piernas temblorosas. Extiendo la mano hacia la puerta, pero Sebastian me agarra por la muñeca y me detiene—. ¿Qué haces?

—Deja que salga yo antes. —Me aparta y coge una navaja que lleva en el cinturón—. Por favor.

—¿Una navaja? ¿Qué crees que va a haber ahí fuera? ¿Algún animal salvaje?

—Estamos en Florida, Quincy. Nunca se sabe. Podría haber un lince merodeando por el vestíbulo.

—No es momento para andarse con miramientos.

—Lo es si no sabemos lo que hay al otro lado de la puerta.

—Me sujeta la barbilla con la mano que tiene libre y me echa la cabeza hacia atrás hasta que nuestros ojos se encuentran.

La luz de la vela se refleja en su rostro y da la impresión de que irradia luz.

Parece un ser de otro mundo—. Puede que el agua haya llegado hasta aquí.

O que esté todo lleno de cristales. Quién sabe.

No quiero que te hagas daño. Solo será un momento.

Me gustaría rebelarme y plantarle cara, pero la preocupación que transmite su mirada hace que me invada un sentimiento de ternura. «Quiere asegurarse de que no me pase nada porque me quiere».

«Y yo también lo quiero a él».

—Vale —digo finalmente—. Pero ¿podrías darte prisa, por favor? No tenemos mucho tiempo y no quiero quedarme tirada ahí fuera otra vez.

Sebastian se acerca a mí. Me roza la mejilla con los labios y sonríe sobre mi piel.

—Tus deseos son órdenes, pequeña Quinny —susurra, y el corazón me da un vuelco en el pecho.

Coge la linterna que hay sobre el lavabo y abre la puerta del baño. Lo veo desaparecer en la oscuridad, conteniendo la respiración mientras sus pasos se van haciendo cada vez más débiles y el haz de luz se va debilitando.

Me da un poco de miedo quedarme sola, sin más ruido que el de mi respiración, y empiezo a contar para entretenerme. Es mejor que darle vueltas a lo que podría estar sucediendo fuera de mi campo visual y llego hasta doscientos antes de que el haz de la linterna de Sebastian vuelva a brillar.

—La cosa no pinta nada bien ahí fuera —dice—.

Las ventanas están destrozadas. Hay un árbol medio empotrado en la habitación.

A juzgar por el ruido, da la impresión de que el tejado va a salir volando en cuanto pase el ojo del huracán.

Y, al otro lado de la calle, el nivel del agua está subiendo. Pronto llegará hasta aquí.

—Voy a salir —digo.

—Y una mierda.

—No te estaba pidiendo permiso.

—Ya lo sé, pero ¿no te parece una puta locura? La primera vez nos salvamos por los pelos.

—¡Claro que es una locura! —grito—. Todo esto es una locura, pero ¿no es ese el objetivo?

Hemos venido hasta aquí para algo, no para escondernos en una habitación de hotel.

Hemos venido para grabarlo todo y poder concienciar a las personas.

Para poder estudiar el impacto de la tormenta en la zona, algo que nos ayudará a estar mejor preparados la próxima vez que un huracán de categoría cinco venga hacia este estado.

Si las puñeteras agencias gubernamentales no son capaces de hacer las cosas bien, ¿en quién va a confiar la gente?

Sebastian inclina la cabeza hacia atrás. Aprieta un puño a un costado y mira hacia el techo con el ceño fruncido.

—Esto no me hace ninguna gracia.

—¿Quieres hacer una correa con una toalla para que no me escape?

—¿Para atarte? No me importaría. —Me acaricia la mandíbula con los dedos y suspira—.

Si salimos otra vez ahí fuera, quiero que tengas muchísimo cuidado, Quincy.

Y vamos a volver a entrar antes que la última vez.

No pienso perderte por empeñarnos en hacer una foto de una palmera azotada por el viento.

—Qué curioso. —Me pongo de puntillas y le doy un beso en los labios—. Casi parece que te importo y todo.

—Claro que me importas. —Sebastian juguetea con las puntas de mi cabello húmedo y se las enrolla en el dedo—. Y yo que creía que estaba más claro que el agua.

Exhalo un suspiro. Le echo los brazos al cuello, ante la necesidad de aferrarme a algo. A él, porque mis pies corren el peligro de empezar a despegarse del suelo.

—Pues yo todavía no tengo claro lo que siento por ti —replico—. Vuelve a preguntármelo en unas semanas.

Todo lo demás me parece demasiado definitivo, demasiado alejado del acuerdo de sexo sin compromiso que teníamos.

En algún momento, durante las últimas veces que hemos acabado compartiendo cama, los límites han empezado a difuminarse.

Es todo muy complicado. Una maraña intrincada de sentimientos.

Porque ¿cómo se explica si no que me falte el aliento cuando estoy con él?

¿Cómo se justifica la emoción que siento cuando se queda a pasar la noche y me despierta poniéndome una mano en el vientre y frotando las caderas contra mi trasero?

¿Cómo se explica que el corazón se me acelere cuando estoy a su lado?

«Porque te gusta», susurra mi cerebro. «Muchísimo», añade mi corazón.

Alejo ese pensamiento de mi mente.

—Ya me lo imaginaba. —Sebastian abre un poco más la puerta del baño—. Si te digo que corras, corre, Quincy. No me esperes. No mires atrás. Corre hasta ponerte a salvo.

La gravedad de lo que estamos a punto de hacer —otra vez— se hace patente.

Podríamos morir.

En nuestro trabajo siempre existe ese riesgo.

Lo comprobamos en primera persona con el tornado que vivimos y también hace un rato, con los escombros que casi nos aplastan.

Pero, dado que nos encontramos en medio de uno de los fenómenos más letales de la naturaleza, no puedo evitar reflexionar sobre la mortalidad y asumirla.

De verdad podríamos morir.

Pero da igual.

Si el mundo se acabara esta noche, me iría feliz.

Asustada, aterrorizada, pero feliz, y sin ningún remordimiento.

Con el cuerpo pegado al suyo y los latidos de nuestros corazones sincronizados.

Con la frente bañada en sudor y las manos ligeramente temblorosas.

Con el alma abierta de par en par ante él.

Sé que, de todos los instantes que he pasado en este planeta, los que estoy viviendo aquí con Sebastian, aunque nos aguarde un futuro incierto, son los mejores que viviré jamás.

Nadie me conoce tan bien como él y no creo que nadie llegue a hacerlo nunca.

—Vale —logro susurrar—. Pero, por favor, no me sueltes.

—Solo el mismísimo Dios podría separarme de ti. —Apoya la frente en la mía. Su aliento baña mi rostro. Me siento tranquila. Y por un momento a salvo—. E incluso entonces me resistiría hasta el final.

Entrelaza los dedos con los míos y salimos de la habitación. El pasillo está completamente a oscuras, la moqueta húmeda, y llevamos cada uno una linterna para iluminar el camino.

—Hay otra salida por aquí —dice.

Tenemos que empujar con los hombros la puerta lateral que da al exterior para abrirla; los sacos de arena que han puesto delante del cristal para impedir que entre el agua cumplen su función. En cuanto piso el césped, me quedo inmóvil.

Todo está en silencio.

Es un silencio posapocalíptico, como si la humanidad hubiera sido aniquilada.

No llueve ni hace viento.

Hasta las nubes han desaparecido.

—Madre mía —susurro.

Ahora que puedo ver bien, me doy cuenta de que los daños son abrumadores.

Es como si hubiera estallado una bomba y se hubiera llevado por delante media manzana.

Todo está lleno de árboles caídos. Palmeras de nueve metros y robles de trescientos años yacen en el suelo como si fueran meras cerillas, partidos por la mitad.

La gasolinera que había al otro lado de la calle se ha venido abajo y solo quedan los restos de los cimientos.

La carretera principal está completamente inundada, el agua se está acercando poco a poco a nuestro edificio y hay un coche volcado en una zanja, a la derecha.