Llueva o truene 26. Quincy #2
82%

26. Quincy #2

—Buena idea lo de grabar un time-lapse —grita por encima del estruendo. Es como si estuvieran cayendo piedras sobre el tejado, y no paro de pensar que se va a partir en dos—. Van a ser unas imágenes bestiales.

El árbol que tenemos a la izquierda se balancea y cede bajo el peso de las ramas empapadas. La base se tambalea. El tronco empieza a inclinarse hacia un lado y, finalmente, se parte por la mitad y se estrella contra el suelo.

—¿Cuánto falta para que el ojo del huracán toque tierra? —pregunto.

—Un par de horas. —Las ventanas de una casucha que está a unos cien metros se rompen. Los cristales se hacen añicos y salen volando por los aires—. La cosa está empezando a ponerse fea.

Con una sincronización perfecta, justo en este momento una señal de tráfico impacta contra la pared, a solo unos centímetros de donde nos encontramos. Me sobresalto al oír el golpe del metal contra el hormigón. Sebastian me abraza instintivamente, protegiéndome la cabeza.

—Hay muchísima diferencia entre un huracán de categoría cinco y otro de categoría uno —grito, sin saber si Sebastian me estará oyendo. Ni siquiera puedo oír mis propios pensamientos—. Esto no se parece en nada a cuando perseguimos al Claudia.

—No creo que quiera pasar por algo así dos veces.

—Me pone las manos en las mejillas y me besa de repente.

Me acaricia el labio inferior con su lengua húmeda, cálida y reconfortante—.

Perdona —dice con timidez—. Hace tiempo que besarte bajo la lluvia está en mi lista de cosas que hacer antes de morir.

—¿Solo has venido por eso? ¿Para enrollarte conmigo?

—Por favor, Monroe. Soy un profesional. —Desliza la mano por debajo de la camiseta de tirantes que llevo pegada a la piel—. Aunque puede que eso me haya servido de incentivo.

Por encima de nuestras cabezas, el toldo cruje y chirría.

Un tornillo se suelta y cae al suelo, al lado de mi pie.

Levanto la vista, sobrecogida, cuando el tejado se desprende y nos deja expuestos a las inclemencias del tiempo.

Al cielo oscuro. A la lluvia torrencial.

A un viento aún más intenso. Es como si tuviéramos un motor a reacción delante y grito mientras pierdo el equilibrio.

—Joder. —Me agarro a los brazos de Sebastian para mantenerme en pie. Un canalón pasa volando a nuestro lado, a pocos centímetros de su cabeza—. ¿A dónde vamos ahora?

—Hay un aparcamiento ahí al lado —grita Sebastian—. Podemos intentar llegar hasta allí.

—Vale. —Asiento mientras veo cómo sale volando todo el tejado de la casa de dos plantas que hay al otro lado de la calle.

El suelo está lleno de tejas. Parece que los cimientos se están hundiendo y me tapo la boca con la mano cuando la planta superior se viene abajo—.

Sebastian. Mira. Madre mía. Espero que no haya nadie dentro.

O, si lo hay, que esté en un lugar seguro.

Siempre que se acerca un huracán, nos hacemos la misma pregunta: «¿Por qué no evacuaron? Tenían tiempo. Sabían lo que se avecinaba».

Cuanto más hago eso, más lo entiendo.

Es fácil juzgar desde miles de kilómetros de distancia, pero cuando te encuentras en peligro, pensar en dejar atrás tus pertenencias, tus recuerdos y el hogar que has construido a lo largo de toda tu vida puede resultar desgarrador.

Algunas personas dependen de dispositivos médicos o tienen problemas de movilidad.

Otras son obstinadas. Prefieren morir antes que renunciar a algo que aman más que nada en el mundo, y optar por quedarse debe de ser la decisión más difícil que han tomado jamás.

Me seco la lágrima que me rueda por la mejilla y me sorbo la nariz. Sebastian me toma de la mano y me la aprieta con fuerza.

—Seguro que están bien —susurra, en claro contraste con el mundo que se desmorona a nuestro alrededor. Su seguridad me reconforta de una forma que ni siquiera yo sabía que necesitaba, aunque él sí—. Tenemos que irnos, cielo.

«Cielo».

La belleza en medio de la destrucción. La esperanza en medio de la desolación.

Me acerco a él y lo beso apasionadamente.

Él responde a mi deseo metiendo las manos en los bolsillos traseros de mis pantalones cortos y apretándome el culo.

Solo me aparto cuando otro árbol se parte y la rama cae justo donde estábamos antes.

—Quiero besarte hasta que nos quedemos sin aliento, pequeña Quinny, pero me gustaría hacerlo según mis reglas, no según las de la Madre Naturaleza. Vamos al aparcamiento ahora mismo —añade, tirándome del brazo y echando a correr.

Me cuesta seguirle el ritmo mientras esquivo los obstáculos voladores que nos encontramos al salir de nuestro refugio. Grito cuando una silla de jardín vuela directamente hacia nosotros y Sebastian me tira al suelo, cubriendo mi cuerpo con el suyo.

No parece real, sino algo sacado de una película apocalíptica. Estamos totalmente desprotegidos, enfrentándonos al principio de la feroz tormenta sin ningún sitio donde ir y él se pone sobre mí para protegerme.

—Cambio de planes —jadea. Apenas puedo verlo, con la cegadora lluvia torrencial que cae a nuestro alrededor.

—¿Echar un polvo bajo la lluvia también está en tu lista de cosas que hacer antes de morir?

—le pregunto. Estoy aterrorizada, me da miedo morir así y recurro al humor para tranquilizarme.

Una alerta de emergencia suena en nuestros teléfonos.

A lo lejos, se escucha el aullido de una sirena que avisa de la presencia de un tornado y me echo a temblar.

—No, así no. —El viento se lleva las palabras, arrebatándomelas.

Sebastian se pega a mí, con un peso casi insoportable pero necesario cuando una fuerte ráfaga arremete contra nosotros.

Si él no estuviera ahí, seguramente saldría volando—.

Tenemos que volver al hotel. Está a unos cien metros de aquí.

—Vale. —Asiento con la cabeza, pero me da miedo moverme. En cuanto lo haga, quedaré expuesta y tenerlo encima de mí me proporciona la tranquilidad que necesito—. ¿Sabes qué estoy pensando ahora mismo?

—¿Verdad o consecuencia en medio de un huracán? No fastidies, pequeña Quinny.

—En que, hace un par de meses, me habría cabreado muchísimo que fueras la última persona a la que pudiera ver antes de morir. Pero ¿ahora? —Trago saliva—. Ahora me parece un regalazo que seas tú. ¿Me esperarás al otro lado?

—No vamos a morir. No pienso permitir que te pase nada malo —dice Sebastian entre dientes mientras la lluvia arrecia—. Pero ¿quieres saber qué estoy pensando yo ahora mismo?

—¿Qué?

—Que ojalá te hubieras puesto las gafas y el casco para saber que estás a salvo. Eres la persona más importante de mi vida y pienso protegerte hasta el fin de mis días.

—Otra vez será —susurro, consciente de que él también se ha convertido en la persona más importante de mi vida.

—Vamos a tener que movernos. No aguantaremos mucho más aquí fuera.

—¿Cuándo?

—Ya. —Sebastian se pone de pie de un salto y me ayuda a levantarme. Va hacia unos edificios que yo no consigo distinguir; la visibilidad es prácticamente nula.

En un arrebato de insensatez, y por si esos fueran mis últimos instantes sobre la faz de la tierra, saco el móvil y empiezo a retransmitir en directo. No sé si tengo cobertura, pero me pongo a hablar, con la cámara apuntando al frente.

—Estoy en medio de la primera fase del huracán Georgianna —digo, intentando seguirle el ritmo a Sebastian, que va rapidísimo—. Nos encontrábamos en un lugar seguro, pero de repente ha dejado de serlo y ahora estamos intentando volver al hotel. No sé si ahora mismo se verá algo en la pantalla.

Sebastian saca un anemómetro de mano del bolsillo izquierdo y lo sostiene frente a él.

—La presión es de novecientos treinta y ocho milibares, y sigue bajando —dice—. Los vientos deben de superar los doscientos cincuenta kilómetros por hora en este momento.

Las ráfagas nos impulsan hacia delante, ayudándonos a llegar a nuestro destino. La gorra de Sebastian sale volando y me da en la cara antes de desaparecer entre un remolino de hojas. No me suelta la mano en ningún momento, ni siquiera cuando empiezo a bajar el ritmo, agotada por el esfuerzo físico.

—Quería que vierais lo que se siente al estar en medio de uno de estos fenómenos —le grito a la cámara mientras una sensación de alivio abrumadora se apodera de mí al ver el hotel un poco más adelante—.

En cuanto Georgianna toque tierra, avanzará directamente por el corredor de la I-4 y se dirigirá hacia Orlando, y luego saldrá por la costa este. Nos vemos luego, en el ojo.

—Entra —grita Sebastian, abriendo de un tirón la puerta de la salida de emergencia y arrastrándome por el brazo.

Finalizo la retransmisión en directo y respiro hondo; el silencio resulta inquietante tras el ruido de fuera. Apoyo una mano en la pared, jadeando.

—Ha sido… —Niego con la cabeza. Me vienen a la mente un millón de palabras. Emocionante. Aterrador. Descabellado. Trascendente. Levanto la vista. Sebastian se está secando la cara con la camiseta empapada—. Gracias.

—¿Por qué? —me pregunta, escurriendo el tejido de algodón mojado.

—Por venir conmigo.

—Ya te dije que no había ningún otro lugar en el que prefiriera estar, Presi.

—¿Deberíamos volver a la habitación?

—Al baño, concretamente. Al menos hasta que pase el ojo.

—¿Y después?

Sebastian me agarra por la nuca. Le tiembla la mano.

—Y después a prepararse para el segundo asalto.