26. Quincy
Quincy
L as horas previas a un huracán son, curiosamente, de las más bonitas que hay en lo que al clima se refiere. Todo está en calma. No sopla el viento. El ambiente es seco, porque la tormenta que se acerca ha absorbido toda la humedad antes de devolverla a la atmósfera con una fuerza descomunal.
Es una sensación engañosa. La gente se deja llevar por la brisa y los últimos rayos de sol, y cree que está a salvo. Pero dentro de unas horas, cuando lleguen las bandas más intensas, el panorama será completamente distinto. Ni siquiera yo puedo creer que se avecine un huracán de categoría cinco.
—Estás muy concentrada. —Sebastian me da un golpecito en el hombro mientras paseamos por los alrededores del hotel que hemos reservado a última hora en Punta Gorda.
Está en una zona más elevada, lejos del agua, y hemos conseguido una habitación con una cama individual tras tres horas de viaje en coche.
El propietario ha dicho que ellos iban a evacuar, pero nos han dado una llave y nos han advertido de que los servicios de emergencia no iban a estar disponibles, en caso de que necesitáramos que nos rescataran—. ¿En qué piensas?
—Me estoy empapando de todo esto. —Me dejo llevar por su caricia, feliz cuando me rodea con un brazo y me estrecha contra él—. Disfrutando de la sensación de estar seca antes de que nos encharquemos. Y esperando que nuestros amigos estén bien en casa.
—Tienen provisiones y una radio de emergencia. Por suerte, Coop sabe cómo actuar ante un desastre natural, así que, si las cosas se ponen feas, será el primero en reaccionar.
—Cuánto me alegro de que nuestros amigos sean tan buena gente.
—Y yo. ¿Cuál es el plan?
—Quiero poner la cámara en ese árbol. —Señalo una palmera alta que da a la carretera y al puerto que está al otro lado de la calle.
Sus hojas se balancean ligeramente, moviéndose con la suave brisa, y pienso en la de cosas que habrá visto—.
E iba a intentar convencerte para pasar la primera parte de la tormenta en el hueco que hay entre nuestro hotel y el de al lado.
—¿Está cubierto?
—Sí. Además, me he traído el casco.
Él se ríe.
—Cómo no. Vale, acepto con una condición.
—A ver, dime, Dunn.
—Cuando los escombros se conviertan en proyectiles, nos metemos dentro. Sin rechistar. Sin intentar buscar una justificación para quedarnos fuera más tiempo. Si corres peligro, nos largamos. ¿Entendido?
—Un pelín controlador, pero vale. Acepto tus reglas.
—Sabes que no soy uno de esos capullos alfa que se creen que pueden dominarte, ¿no? Es que… ¿recuerdas lo que te dije sobre tu bienestar? Con una tormenta como esta, no quiero correr ningún riesgo. Eres muy importante para mí, Quincy, y tu seguridad es lo primero.
—Lo entiendo. —Se me acelera el corazón y atesoro sus palabras en mi pecho—. Yo también quiero que estés a salvo.
—Estamos juntos en esto. Tú…
El sonido de mi móvil lo interrumpe. Lo saco del bolsillo y veo un número desconocido en la pantalla.
—No sé quién es —digo.
—¿De dónde es el prefijo?
—De Miami. Qué raro. ¿Contesto?
—Claro. ¿Y si te ha tocado la lotería?
—¿Con más de medio estado en alerta de huracán? Por favor. —Deslizo el pulgar por la pantalla—. ¿Sí?
—¿Es usted Quincy Monroe?
—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?
—Soy el doctor Feldman, director del Centro Nacional de Huracanes.
Alejo el teléfono de la oreja y pulso el botón de silenciar. Me quedo boquiabierta de la sorpresa.
—Joder —digo.
—¿Quién es? —pregunta Sebastian.
—El doctor Feldman. El director…
—¿Del NHC? ¿Por qué coño te llama?
—¡No lo sé! He leído algunas de sus investigaciones de posgrado, pero no lo conozco en persona. Mierda. Seguro que me va a echar la bronca por haber puesto en duda su pronóstico en la televisión nacional. Adiós a mi carrera.
—Pon el altavoz. —Sebastian toca la pantalla y desactiva el modo silencio. Levanta la barbilla hacia mí y yo trago saliva.
—Disculpe, doctor Feldman. Aquí tengo mala cobertura —digo, orgullosa de la mentira que me acabo de inventar—. ¿Qué tal la tarde?
—¿Además de estar en una sala de prensa abarrotada de medios de comunicación locales y nacionales, y de que el ministro de Comercio me haya cantado las cuarenta? De maravilla —responde muy serio. Pongo cara de circunstancias.
—Eso no debe… no debe de ser muy agradable.
—Pues no, doctora Monroe. No lo es.
—¿Hay alguna razón para que…?
—Usted ha visto algo hoy que la gente de mi departamento había pasado por alto y su observación ha salvado muchas vidas —dice.
Sebastian me rodea con el brazo—. La decisión de contradecir públicamente la trayectoria que nosotros habíamos previsto ha sido muy valiente, y aunque me ha amargado el día, me alegro de que lo haya hecho.
—No soy la única meteoróloga que no estaba de acuerdo con la trayectoria.
Yo solo… Doctor Feldman, ¿cómo se les pudo escapar eso?
¿Su trabajo no es asegurarse de que los datos sean correctos?
Con todos los recursos que tenemos a nuestra disposición.
Cazadores de huracanes, aviones, boyas marinas…
¿Cómo se ha podido producir un error así?
—Necesitamos más personal. No es ninguna excusa, pero si mi equipo tiene que trabajar veinte horas al día es normal que se le pasen cosas por alto.
Además de las previsiones, hay que ocuparse de los medios de comunicación y de la gestión de emergencias.
Por desgracia para nosotros, no fijarnos en esto ha sido un error garrafal.
Ocurrió lo mismo en dos mil cuatro con Charley y a mi predecesor le llovieron las críticas durante años.
Los ciudadanos de a pie no tienen en cuenta el cono de incertidumbre.
Ven la línea central que muestra por dónde va a pasar el ojo y dan por hecho que esa es la única parte de la tormenta de la que deben preocuparse.
Espero que lo ocurrido hoy haya sido una lección para todos.
—Yo también lo espero. No sé muy bien de qué le podría servir, pero ¿puedo ayudarle en algo?
—No. Tiene la cabeza muy bien amueblada, Monroe. ¿Es meteoróloga autónoma?
—Sí. Tengo… una especie de blog. Y varios perfiles en redes sociales. El mundo académico nunca ha sido lo mío. Prefiero divulgar conocimientos sobre nuestro campo fuera de las aulas.
—Este es mi número personal. Si alguna vez necesita algo, llámeme y lo haré posible. Debería sentirse orgullosa. No conozco a muchas personas capaces de tomar la decisión que usted ha tomado hoy y me aseguraré de que incluyan su nombre en toda la documentación posterior al ciclón.
—Eso no… no es necesario. —Escondo la cara en la camiseta de Sebastian y sonrío cuando me acaricia el brazo con la mano—. Solo quiero ayudar a concienciar a la gente y salvar vidas.
—Y lo está haciendo muy bien. Cuídese. ¿Está en Oak Valley, persiguiendo a Georgianna?
—No. Estoy en Punta Gorda. —Se hace el silencio—. Con un amigo.
—Santo cielo. Buena suerte, entonces. La va a necesitar. Tenga cuidado.
Intercambiamos un par de palabras amables más. Cuando cuelgo, Sebastian me coge en brazos y empieza a darme vueltas en el aire.
—¿Qué te había dicho? —exclama cuando finalmente vuelve a dejarme en el suelo—. Eres la puta ama.
—No puedo creer que acabe de hablar con el director del Centro Nacional de Huracanes.
Mi yo más joven estaría alucinada. Joder…
—Sonrío mientras niego con la cabeza. Las últimas seis horas han sido como un sueño.
Un nuevo subidón de adrenalina se apodera de mí.
Acabo de recuperar la motivación—. Yo estoy alucinada.
Damos otra vuelta por la zona buscando rutas de evacuación por si nos hicieran falta. A Sebastian lo reconocen varias veces y una pareja joven que está persiguiendo su primer huracán se detiene para charlar un rato.
—Habéis sido una inspiración para nosotros —dice la chica, mirándonos a ambos—.
En el segundo año de universidad, yo no tenía muy claro por dónde tirar.
Vi por casualidad tus vídeos en redes sociales, Quincy, y fue todo un descubrimiento para mí.
Me pasaba horas enganchada, sintiéndome como si estuviera en la tormenta contigo.
Vi lo que hacías por las mujeres en este campo y fue el empujoncito que necesitaba para matricularme en Meteorología.
Me gradué el año pasado y ahora estoy haciendo un máster.
—Caray. Qué ilusión me hace oír eso. Gracias por contármelo. Si alguna vez necesitas algo, mándame un correo electrónico. Haré lo posible por ayudarte —le digo—. Y por favor, tened cuidado por aquí. Este sistema no es como lo que se ve en la televisión.
Con una sonrisa y un gesto de despedida, ella y su pareja se alejan por la carretera, chapoteando con las botas de agua en los pequeños charcos que se están formando sobre el asfalto.
—Eres toda una celebridad —comenta Sebastian.
—De eso nada. Soy la misma de siempre y me gusta compartir mi pasión con los demás.
—Y lo estás haciendo muy bien, cielo. —Me da un beso en la coronilla mientras posa una mano en la parte baja de mi espalda—. No podrías estar más a la altura —dice, y el corazón se me acelera.
En cuanto se pone el sol, las condiciones empeoran rápidamente.
Una potente línea de tormentas con fuertes rachas de viento entra por el mar y me deja hecha una sopa mientras preparo el equipo para intentar grabar todo lo que pueda.
Utilizo unas cinchas elásticas para sujetar la cámara a un árbol y Sebastian instala la GoPro encima, con la esperanza de que todo siga intacto a la mañana siguiente.
Una vez preparada la habitación y sin nada más que hacer, nos adentramos en la tormenta con frontales y linternas de mano.
Sebastian sale corriendo a toda velocidad hacia el hueco que vamos a utilizar como refugio durante la primera parte de la noche y yo lo sigo.
Bajo el toldo de chapa se está más seco, pero nos hemos puesto en medio de un embudo.
Las ráfagas aúllan como si los dioses se estuvieran peleando entre ellos.