25. Sebastian #2
—Muy buenos consejos, Quincy. —Me vuelvo hacia ella—.
Y como sé que ella no va a promocionar su programa, lo haré yo.
En sus redes sociales hay información muy valiosa que puede resultar útil a nuestros espectadores, especialmente a los recién llegados a Florida.
En ellas encontrarán vídeos sobre qué incluir en un kit para huracanes, cuáles son los lugares más seguros para guardar los documentos importantes y qué hacer si se quedan sin electricidad.
Su cuenta es @TheRainyDayShow , en todas las plataformas.
También pueden leerlo aquí, en mi gorra.
Seguro que encuentran algo útil en su biblioteca de recursos.
Si tuviera que elegir a una persona a la que escuchar en este momento, sería a ella.
—Gracias. —Quincy baja la barbilla para disimular el rubor—. Lo más importante es que todos los que están viendo esto sepan que no están solos. Da miedo. Están pasando muchas cosas, pero saldremos de esta.
—Voy a devolver la conexión al estudio y luego publicaremos un listado de los refugios que estarán abiertos y de las evacuaciones oficiales.
Estoy viendo en el móvil que los responsables de los servicios de emergencias del condado de Charlotte van a dar una rueda de prensa en veinte minutos.
Si están en esa zona, los animo a que la vean.
—En cuanto me indican que han cortado la conexión, cierro el portátil.
Me quito el auricular y lo dejo encima del ordenador—. Lo has hecho genial, Monroe.
—No ha sido tan intimidante como creía, pero me da miedo entrar en mis redes sociales. —Deja el micrófono al lado del mío—. Y ahora ¿qué?
—¿Dónde vas a pasar la tormenta? Ya sé que todos van a ir a casa de Mia, pero a lo mejor podríamos quedarnos en tu casa. Seguro que tienes todo lo necesario y podríamos conseguir unas buenas imágenes.
Quincy frunce el ceño.
—Dije que iba a perseguir la tormenta y es lo que voy a hacer.
—Eso lo dijiste cuando era de categoría dos, no un monstruo de categoría cinco. No te estarás planteando en serio coger el coche y meterte de cabeza en el sistema del que acabamos de recomendar a la gente que se mantenga alejada, ¿no?
—¡Pues claro! —Su voz se vuelve más aguda y aprieta los puños a los costados—. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Porque va a morir gente, Quincy. Pueblos enteros quedarán arrasados.
Las casas desaparecerán y las carreteras estarán intransitables.
Si te quedaras atrapada, los equipos de rescate tardarían días en llegar hasta ti.
¿Y pretendes meterte ahí en medio por voluntad propia? —digo casi a gritos, como ella.
—Necesito demostrarle al Servicio Nacional de Meteorología lo que valgo.
A la gente que no cree en mí. A todo el mundo —chilla Quincy, con un brillo de rabia en la mirada—.
¿Por qué crees que me he pasado todo el verano persiguiendo tormentas cuando normalmente hago todo el trabajo desde el estudio?
¿Por qué crees que me mato a trabajar hasta caer rendida?
Porque estoy harta y cansada de que me ninguneen por ser mujer.
Estoy harta y cansada de trabajar más duro que el resto y no llegar tan lejos como ellos.
Solicité ese puesto en el NWS para demostrarme a mí misma que podía conseguirlo, a pesar de que tanta gente me dijera que no.
A pesar de que la gente de la entrevista me dijera que no podía.
¿Y ahora? Ahora tengo la oportunidad de demostrar que estoy a la altura.
Que me merezco ese puesto más que nadie, y tú no vas a interponerte en mi camino.
—¿A la altura? —digo prácticamente a gritos mientras avanzo hacia ella con decisión.
Cuando estoy lo suficientemente cerca como para tocarla, la agarro por la cintura.
La atraigo hacia mi pecho e ignoro el pequeño jadeo que se le escapa cuando nuestros cuerpos chocan entre sí—. ¿Crees que no estás a la puta altura?
—No lo tengo muy claro. —La confesión emerge como un sollozo, como un gemido desgarrador y entrecortado que hace que su pecho se agite—.
Intento hacerme la dura, pero ahora que se me presenta la oportunidad no puedo desaprovecharla.
Si me muero, me muero, y al menos lo habré intentado, porque me arrepentiré el resto de mi vida si no salgo ahí fuera y le demuestro a todo el mundo que sé perfectamente de lo que hablo.
Pienso perseguir esta tormenta, Sebastian. Y tú no puedes impedírmelo.
Sus palabras resuenan en mis oídos. Una lágrima le resbala por la mejilla. Le acaricio el pómulo con mano temblorosa.
—¿Sabes lo que me gustaría? —murmuro. Un trueno retumba en el edificio.
Ella niega con la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
Asustada y vacilante. Lleva años soportando esa carga sola—.
Lo que más desearía en el mundo es que pudieras verte a través de mis ojos.
Porque ¿sabes qué descubrirías? A una persona realmente maravillosa que se merece todo lo que siempre ha soñado.
Y, si pudiera, daría hasta el último céntimo por hacer un pacto con el diablo y buscar la forma de concederte todo lo que siempre has querido, solo para que pudieras ver lo increíble que me pareces.
—Apoyo la frente en la suya. Solo existimos nosotros dos, el resto del mundo es irrelevante—.
Si quieres perseguir esa tormenta, iré contigo.
No porque crea que no vas a ser capaz de hacerlo sola, sino porque quiero estar presente cuando te des cuenta de cuánta razón tenías.
Cuando te des cuenta de que tu vida está a punto de cambiar porque la gente por fin te está teniendo presente, tal y como debería haber hecho todo este tiempo.
Como yo he estado haciendo tantos puñeteros años.
Me has preguntado si te odiaba. No. —Niego con la cabeza—.
Lo que siento por ti es mucho peor que el odio.
Me está consumiendo. No puedo hacer nada para luchar contra ello.
No puedo evitarlo. Pero, aunque pudiera, no lo haría.
El corazón me late a toda velocidad, como si lo controlara alguien ajeno a mí.
Ella, probablemente.
—Sebastian. —Quincy me pone las manos sobre la camisa y me mira fijamente. Hay muchas preguntas que le gustaría hacerme. Lo sé. Pero se las guarda para sí misma, y me alegro de que sea así. No sabría cómo responderlas, todavía no—. ¿En serio vas a venir conmigo?
—No hay ningún otro lugar en el que prefiriera estar. —Le doy un beso en la coronilla para tranquilizarme—. Lo que significa que hay que ponerse en marcha. Se nos acaba el tiempo.