Llueva o truene 25. Sebastian
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25. Sebastian

Sebastian

—T engo el cable del micrófono encima de la teta. —Quincy se recoloca la camiseta—. Todo esto es muy sofisticado. Echo de menos mi escritorio y mis pantalones de chándal.

—Nunca pensé que tendría celos del cable de un micrófono. —Me arreglo el cuello de la camisa y le sonrío—. ¿Estás bien?

—Todo lo bien que puedo estar, dadas las circunstancias. Un huracán gigantesco viene hacia el estado. Estoy a punto de cagarme en el pronóstico de una agencia gubernamental delante de millones de personas. Una mañana de miércoles más en la vida de una influencer de la meteorología.

—El tío que te ha cuestionado hace un rato es Davis Kensington. Un capullo prepotente que se cree mejor que los demás por haber estudiado en Columbia. ¿Te cuento un secreto?

Ella se acerca un poco más a mí.

—Claro.

—Si sus padres no hubieran donado un montón de pasta a la universidad no se habría graduado. Uno de los laboratorios de investigación lleva el nombre de su abuelo, y estoy convencido de que todavía no sabe cuál es la diferencia entre los sistemas de baja y alta presión.

—Vaya, ¿un hombre inseguro? —Quincy se ríe—. Menuda novedad.

—¿Te cuento otro secreto?

—¿Tú tampoco sabes la diferencia entre los sistemas de baja y alta presión?

—Tiene algo que ver con el aire ascendente, ¿no? —Tiro de una presilla del cinturón de sus vaqueros—. Estoy muy orgulloso de ti. Seguro que no te ha resultado fácil venir aquí a contar lo que has descubierto, pero me alegro mucho de que lo hayas hecho.

—Tú también te diste cuenta del cambio de rumbo. Y ese tipo de Tampa. No puedo atribuirme todo el mérito. —Me roza el zapato con el suyo—. ¿Aún no han cambiado oficialmente la trayectoria?

—Todavía no. Espero que estés preparada para convertirte en el centro de atención, pequeña Quinny. Mañana por la mañana, el Servicio Nacional de Meteorología estará llamando a tu puerta para suplicarte que trabajes para ellos.

—No sé yo. Tú tampoco sabes nada del puesto, ¿no?

—No. Si lo supiera, te lo habría dicho. Supongo que la decisión final se retrasará, con todo lo que está pasando.

—Cierto. Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos. —Quincy se encoge de hombros—. ¿Cómo vamos a hacerlo?

—Interrumpiremos la programación habitual para hacer una conexión en directo de seis o siete minutos. Va a ser un bombardeo de información, pero si te sientes incómoda, hazme una señal. Buscaré la forma de dejarte al margen de la conversación con naturalidad para que puedas coger aire.

—Recuerdo que un verano solicité unas prácticas aquí. —Me mira fijamente—. Al final le dieron el puesto a otra persona.

— Mea culpa . —Sonrío avergonzado y registro la bolsa que he llevado a la emisora hasta encontrar lo que busco. Saco la gorra de béisbol y me la pongo—. Listo. Preparado para los primeros planos.

—No sabía que se pudiera ir tan informal. —Quincy se fija en la gorra. Lee lo que hay escrito sobre la visera en diminutas letras cursivas: The Rainy Day Show —. Venga ya. ¿Eso es material promocional de mi programa?

—Sí. Y de muy buena calidad. Obligué a Mia a comprarla en tu tienda y luego se la robé. Me la pongo muchísimo.

—Muchísimo —repite ella, frunciendo el ceño. Se le forman unas arruguitas preciosas alrededor de la boca y me entran ganas de acariciarlas una a una con el pulgar. Como las pecas que tiene en la nariz. Catorce de mis cosas favoritas—. ¿Qué quieres decir con que te la pones muchísimo?

—¿Recuerdas aquel día que estábamos en la cama y me hablaste de tu familia? Debería haberte contado mi secreto más íntimo y vergonzoso. —Toco la visera de la gorra—. Este.

—¿Tu secreto es que te gustan los complementos?

—No. —Frunzo los labios, tratando de contener una sonrisa—. Es que llevo siete años viendo tu programa y soy un gran fan.

—¿Qué?

—Sí. No me lo he perdido ni una sola vez.

—¿Qué dices? Si eres superconocido.

—Gracias, Monroe.

—Me refiero a que tienes que viajar mucho por trabajo. ¿De dónde sacas tiempo para verme divagar durante una hora sobre formaciones nubosas? Debes de tener la agenda a tope.

—Lo busco. —Me enrollo su cabello en los dedos—. Mis directos son por las noches. Y los días que tengo que estar en el estudio por la mañana, o en exteriores, lo veo cuando tengo un rato libre; pero los he visto todos.

—Pero ¿por qué…? Creía… Si siempre nos hemos llevado fatal. No parabas de meterte conmigo —susurra—. Pensaba que era porque no te caía bien. Daba la impresión de que me odiabas.

—¿Cómo puedes pensar que te odiaba? —le pregunto—. Es verdad que me sacabas un poco de quicio. Y que me parecías una sabelotodo, hasta que me di cuenta de por qué estabas tan empeñada en ser la mejor de la clase. Pero ¿odiarte? No. Jamás.

—No tenía ni idea. —Quincy me mira boquiabierta—. ¿En serio llevas siete años viendo mi programa?

—Sí.

—¿Has visto absolutamente todos los episodios? —me pregunta, con una mano en el pecho.

—Absolutamente todos.

—¿Por qué?

La respuesta es tan sencilla que su pregunta me hace reír.

«¿Tú qué crees, pequeña Quinny? Porque tengo una puta obsesión contigo y estoy orgullosísimo de ti».

—Porque me apetece. Porque verte en la pantalla para mí es lo mejor del día.

Porque desde que te conocí, no he dejado de pensar en ti y ver tu programa me hacía sentir como si estuviera…

—Exhalo un suspiro, avergonzado por lo que voy a decir a continuación—.

Como si estuviera en casa, aunque me encontrara a miles de kilómetros de distancia.

—Creo que es lo más bonito que me han dicho nunca —dice—. Siete años… es mucho tiempo.

—Estoy deseando ver lo que haces en los próximos siete. Creo que lo siguiente será dominar el mundo. —Mi teléfono se ilumina: es un mensaje de Johnathan para avisarme de que estaremos en el aire en dos minutos—. ¿Preparada?

—Creo que sí. ¿Estarás aquí conmigo?

—Todo el tiempo. —Sostengo su cara con la mano y le acaricio la mejilla con el pulgar—. No pienso irme a ningún sitio.

—Así se habla, chico de oro del tiempo. —Quincy esboza una sonrisa tímida que acaba convirtiéndose en una mucho más amplia—. Vamos a darle caña, Dunn.

Mantengo el meñique entrelazado con el suyo mientras me giro hacia el portátil, que está encima de un taburete. Me pongo el auricular y espero unos segundos. Cuando la imagen y el sonido se sincronizan, empiezo a escuchar la conversación en el oído.

—Buenos días. Estoy aquí en Orlando, Florida, donde la población se está preparando para el huracán Georgianna, que se prevé que toque tierra dentro de dieciséis horas, aproximadamente.

Me acompaña la doctora Quincy Monroe, presentadora de The Rainy Day Show , un programa muy reconocido a nivel nacional y por el que seguramente os sonará su cara.

—Suelto una risita—. O puede que les suene del vídeo más popular de Jim Cantore en redes sociales.

—Era muy divertido —comenta Quincy.

—Hay algunas novedades importantes sobre Georgianna que queremos compartir con todos los que nos estén viendo, así que cedo la palabra a Quincy para que nos dé más detalles.

—Gracias, Sebastian. Hola a todos. Soy Quincy. Nací y me crie en Oak Valley, un pueblo de las afueras de Orlando. Me dedico a la meteorología y, aunque me hubiera gustado que fuera en mejores circunstancias, me alegro de estar aquí hoy con ustedes.

—¿Qué nos puedes contar sobre lo que está pasando con el huracán Georgianna?

—Parte de nuestro trabajo consiste en hacer un seguimiento de la situación meteorológica basándonos en la información que nos proporciona el Centro Nacional de Huracanes, o el NHC, como lo llamamos nosotros.

A las cinco de la mañana han publicado un nuevo boletín y, basándonos en la trayectoria de la tormenta, esperamos que toque tierra bastante más al sur de lo previsto inicialmente.

Además, la velocidad del viento del huracán Georgianna ha aumentado desde anoche.

Ahora es una tormenta de categoría cuatro y se espera que alcance la categoría cinco antes de tocar tierra.

Aunque la región suroeste de Florida siempre ha estado dentro del cono de incertidumbre, lo habitual es basarse en la línea central del cono, lo que no indica necesariamente dónde puede tocar tierra.

—¿Para qué debemos prepararnos, Quincy? —le pregunto, en absoluto sorprendido por su serenidad—. Muchos de los espectadores nunca habrán estado en el ojo de un huracán de categoría cinco. Y yo tampoco, la verdad.

—Ni yo. Si se encuentran cerca de Punta Gorda, especialmente en zonas bajas o en casas móviles, deben evacuar inmediatamente.

Se esperan tornados y vientos fuertes. También lluvias torrenciales y una marejada ciclónica que podría alcanzar hasta los seis metros.

Cuesta creerlo, pero la zona tendrá un aspecto completamente diferente dentro de veinticuatro horas —dice.

—Hay algunos compañeros ayudándonos entre bastidores y creo que vamos a poder…

, sí. Gracias, Larry. Es nuestro técnico audiovisual.

Vamos a mostrarles la trayectoria que pronostica la WCPT, la cadena de Orlando asociada a la ABC.

Se trata de una trayectoria distinta a la facilitada por el NHC, y todos los meteorólogos con los que hemos hablado en Tampa y Miami están de acuerdo con esa previsión —digo, mirando a cámara.

—Si están en la carretera, pónganse a cubierto antes del anochecer.

Las borrascas ya se están acercando al estado y la principal prioridad es que lleguen a su destino mientras las condiciones sigan siendo seguras.

Hasta que pase la tormenta y las autoridades locales den el visto bueno para salir, quédense donde estén.