Llueva o truene 24. Quincy #3
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24. Quincy #3

—Sé que todos ustedes han estado siguiendo meticulosamente la trayectoria de Georgianna.

Yo también lo he hecho y esta mañana he notado algo inusual.

—Me acerco al ordenador y abro la página de inicio del NHC.

La imagen del huracán está en el centro, con un pequeño marcador frente a la costa de Florida que indica su posición—. La tormenta está girando.

—Lo hará hoy a última hora —dice alguien—. Ya lo habíamos previsto.

—No. La tormenta está girando ahora mismo —replico.

—Los cazadores de huracanes acaban de entrar en ella y eso no es lo que dice el informe.

—Miren el satélite. —Tecleo la dirección de una página web y sale otra imagen en la gran pantalla—.

Fíjense en la longitud. Ha cambiado. En los últimos cuatro boletines era la misma.

Ahora hay una desviación. El sistema del Golfo la está haciendo girar antes de lo previsto, así que la tormenta no irá tan hacia el norte como creíamos.

Diez hombres miran boquiabiertos la pantalla con el silencio como única respuesta. Junto las manos, esperando a que los demás reaccionen.

—Un momento. —Un tipo con un traje a medida es el primero en hablar y se inclina hacia delante. Me mira con los ojos entornados y me preparo para lo que pueda venir a continuación—. A ver si lo he entendido bien.

—¿Eso es una pregunta? —digo.

—Se llama Quincy, ¿no?

—Monroe, sí.

—¿Es usted científica, señora Monroe?

—Tengo un grado en Meteorología y, como ha dicho Sebastian, un doctorado en Ciencias Atmosféricas. Así que sí, lo soy.

—¿Trabaja para la NOAA?

—Tengo una página web en la que hablo del tiempo —explico sin molestarme en entrar en detalles.

—Además de ser una de las finalistas para hacerse con un puesto en el NWS —añade Sebastian. Yo sonrío.

—Así que es una influencer que cree estar cualificada para afirmar que los expertos de las agencias meteorológicas más prestigiosas del mundo están equivocados, ¿cierto? —pregunta él.

—Estoy cualificada. Y más ahora que las plantillas de las prestigiosas agencias meteorológicas se han reducido en un veinte por ciento y no pueden proporcionar información tan precisa como antes.

Lo vimos con el huracán Claudia a principios de temporada.

Cuanto más tiempo sigan esas agencias con falta de personal, más errores seguirán cometiendo.

Los datos sobre el cambio en la trayectoria de Georgianna están ahí y alguien tiene que dar la noticia.

Ocurren varias cosas a la vez. Alguien desconecta el portátil y acerca la nariz a la pantalla para inspeccionar el mapa que acabo de mostrarles. Tres personas se levantan y salen corriendo por la puerta. Un teléfono suena y se oye un revoloteo de papeles.

—Acabo de hablar por teléfono con Phil, el de Tampa —anuncia un hombre a todos los presentes—. Está de acuerdo: se está produciendo un giro hacia el nordeste, lo que sitúa el punto de llegada a tierra ciento cincuenta kilómetros más al sur.

—¿Está aquí un tal Sebastian Dunn? —Una mujer asoma la cabeza y echa un vistazo a todas las caras de la mesa—.

Acaban de llamar de las oficinas centrales de la ABC.

Vamos a interrumpir la programación habitual para emitir las noticias nacionales y tiene que entrar en directo. En diez minutos estamos en el aire.

—Estupendo. —Sebastian se levanta y rodea la mesa, sin detenerse hasta que se encuentra justo delante de mí—. Tú te vienes conmigo.

—¿Quieres que vaya a verte? Vale. Haré…

—No. Vas a salir en directo conmigo. Serás tú la que informe a todo el país de lo que está pasando.

—¿Qué? De eso nada. No quiero ponerme ante la cámara.

—Te pones ante una cámara todos los días.

—Esto es diferente, Sebastian. —Le tiro del brazo, obligándolo a detenerse en medio del pasillo. Echo la cabeza hacia atrás y miro fijamente las luces del techo que tengo encima—. ¿Y si estoy equivocada? Podría cargarme mi carrera.

—Pero no lo estás y podrías salvar muchas vidas.

Mierda.

Tiene razón.

Por supuesto que tiene razón.

¿Cómo puedo preocuparme por mi prestigio profesional cuando hay miles de personas en peligro? Si equivocarme en eso es lo peor que me va a pasar en mi vida laboral, podré decir que he hecho bien mi trabajo.

Respiro hondo.

—De acuerdo. —Alargo la mano y él la toma sin dudarlo—. Saldré en pantalla contigo.

—Este trabajo es complicado. A veces parece imposible tomar la decisión correcta, e incluso cuando estás seguro algo puede pillarte desprevenido.

No pasa nada por dudar de ti misma, Quincy.

—Me acaricia los nudillos con el pulgar—.

Pero quiero que sepas que yo creo en ti lo suficiente por los dos.

Pondría mi vida en tus manos y no pienso permitir que cargues tú sola con esta responsabilidad. Lo haremos juntos.

No sé si es por la magnitud de lo que nos espera o por la suavidad y delicadeza con la que me agarra de la mano.

Puede que sea por el cansancio de sus ojos o por la palidez de sus mejillas.

O porque no deja de mirarme ni un solo instante, ni siquiera cuando alguien lo llama por su nombre.

Sea cual sea la causa, siento algo cuando me mira.

La intensa nostalgia de años de paciente espera.

El comienzo de algo nuevo. Y, por primera vez en toda la mañana, no tengo miedo.