Llueva o truene 24. Quincy #2
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24. Quincy #2

—Quin. —Mia me pone una mano temblorosa en el brazo. Se nota que está aterrorizada—. Tienes que decírselo a Sebastian. Entre los dos, con vuestras redes sociales y la influencia que él tiene en la ABC… —Traga saliva—. Podríais hacer correr la voz.

Me levanto de inmediato y me pongo a hacer una lista de la gente a la que tengo que llamar y de las cosas que tengo que hacer.

Pienso en las familias del condado de Charlotte que se estarán despertando y que lo único que esperan son lluvias y un día sin colegio.

Estarán preparadas para ráfagas de viento y algún que otro chaparrón, no para algo mucho más grave.

Alguien tiene que decirles lo que se les viene encima, y ahora mismo odio mi trabajo más que nunca.

Cojo a toda prisa el móvil y busco el chat que tengo con Sebastian.

Su mensaje de «Buenas noches, pequeña Quinny.

Sueña conmigo» está justo arriba del todo, con un corazoncito azul al final.

Debe de haber llegado otro hace unos minutos, un selfi suyo en una sala, con un chupetón en el cuello y una sonrisa de orgullo.

Con el pelo revuelto y despeinado. «Buenos días, guapa», veo que pone debajo, y estoy a punto de echarme a llorar.

Pulso su nombre y me llevo el teléfono a la oreja. Suena dos veces y me agarro al borde de la encimera cuando contesta.

—Hola —dice tranquilamente. Lo oigo reír al otro lado de la línea. Es una risa cansada y suave, como la que ahogó en mi hombro hace dos noches, cuando me sacó a rastras de delante del ordenador y me obligó a meterme en la cama para dormir una hora.

—¿Dónde estás? —le pregunto.

—¿Me echas de menos? —Lo único capaz de consolarme en este momento es su risa, firme y cálida. Algo que he empezado a sentir como mi hogar—. Porque yo a ti sí.

—¿Dónde estás?

Se hace un largo silencio. Una puerta se cierra y oigo el crujido de una silla.

—En la WCPT, en Orlando. Un amigo trabaja aquí como meteorólogo y me ha invitado a venir a ver el programa de esta mañana. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Ya te lo explicaré, pero necesito que me hagas un favor.

—Dime.

—Abre la trayectoria de Georgianna, a ver si ves algo raro. Voy ahora mismo para ahí.

—Quincy. —Pronuncia mi nombre con muchísima inquietud. Todas las sílabas rezuman angustia—. ¿Estás bien?

—No —susurro—. Y tú tampoco lo vas a estar.

Cuelgo y miro a mis amigas. Si tienen alguna pregunta sobre la llamada, no me la hacen, afortunadamente. Mia se levanta, viene hacia mí y me da un abrazo.

—Vete —dice en voz baja—. Nosotras estamos bien. Aunque el rumbo haya cambiado, no nos encontramos en ninguna zona que haya que evacuar. Mi casa está preparada y tú tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Por favor, cuidaos. Id con tiempo a donde tengáis que ir. —Me giro hacia Harlow. Tiene los ojos muy abiertos y se está mordiendo el labio inferior. Puedo sentir su nerviosismo desde aquí—. Os quiero.

Conduzco hasta la cadena de televisión en una especie de trance.

No recuerdo el camino que tomo. No recuerdo si hay tráfico ni cuánto tiempo estoy parada en cada semáforo.

El recorrido pasa a toda velocidad ante mí, como un borrón de colores y destellos luminosos.

Entre bocinazos y temblor de manos. Finalmente, encuentro una plaza de aparcamiento junto a una furgoneta de noticias de la WCPT.

El tiempo transcurre tremendamente rápido y, al mismo tiempo, con una lentitud insoportable mientras corro hacia el edificio.

Cada zancada me parece un kilómetro y el agotamiento da paso a la urgencia y el miedo.

Siento una punzada en el costado cuando entro tambaleándome en el vestíbulo y respiro hondo.

Un poco más allá, veo a alguien dando vueltas con los hombros encorvados y los puños cerrados. Camina de un lado a otro por el suelo de linóleo, mira el móvil, levanta la vista hacia el techo y respira hondo.

Sebastian.

—Hola —exclamo.

Se detiene de repente y gira la cabeza. Clava los ojos de color azul oscuro en los míos.

Por un instante el mundo se detiene. Nos miramos fijamente, inmóviles.

Él parpadea y, de pronto, viene corriendo hacia mí.

Me pone las manos en los hombros y en las mejillas.

Enreda los dedos en mi pelo y me atrae hacia él.

—Me estás asustando. —Sebastian me mira fijamente a la cara.

Baja la vista hacia mis brazos y mis pies.

Me revisa de arriba abajo, buscando cualquier signo de lesión o malestar—.

¿Qué es eso que no me has podido decir por teléfono, por lo que me has hecho esperar?

Cuéntamelo, cielo. Por favor. Somos un equipo.

La angustia que se esconde tras su pregunta me conmueve y me cala hasta los huesos. Le pongo las manos en el pecho, aliviada al sentir el latido rápido de su corazón.

—Estoy bien —digo, con voz ronca. Tengo la garganta seca y las palabras me saben a tiza—. Me he quedado sin batería en el móvil y esto es algo de lo que hay que hablar en persona. ¿Has visto la trayectoria de Georgianna?

—Sí. —Traga saliva—. La he visto.

—Tú también te has dado cuenta del cambio de rumbo —digo. Él asiente lentamente con la cabeza—. ¿Alguien más se ha fijado?

—He estado revisando los datos en el pasillo, pero lo dudo mucho. Si lo hubieran hecho, lo sabríamos.

—Tenemos que… Hay que decírselo.

—Vamos. Te enseñaré dónde está todo el mundo.

—Me agarra de la mano y entrelaza los dedos con los míos.

Cuando me acaricia con el pulgar la cara interna de la muñeca, me permito fantasear con pasar todos los veranos de mi vida con él, así.

Siguiendo la trayectoria de los huracanes.

Disfrutando de los días largos y las noches cálidas.

De la perfección absoluta junto a alguien que se ha convertido en la persona más importante del mundo para mí—. ¿Quieres beber algo?

—No. Estoy bien.

Es la mayor mentira que he dicho en mi vida.

No estoy bien, ni muchísimo menos. ¿Cómo voy a estarlo con esa pregunta que me atormenta desde que me he dado cuenta de la desviación en la trayectoria del huracán Georgianna?

«¿Y si nos equivocamos y lo jodemos todo?».

Aunque consultes mil modelos de predicción, es imposible saber a ciencia cierta cómo se va a comportar el tiempo. Es incontrolable. Una fuerza mucho mayor de lo que la mente humana es capaz de comprender. Pero sé lo que he visto y lo tengo clarísimo.

Llevo años estudiando los huracanes. Aprendiendo cómo se mueven, cómo interactúan con otros sistemas que afectan a su trayectoria. Forman parte de mí, los llevo en la sangre, como si fueran parte de mi ADN, y esta tormenta no se parece a nada que haya visto antes.

Eso es lo que más me asusta.

Sé que mis pies se están moviendo. Sé que estoy siguiendo a Sebastian, pero me siento aturdida.

Una puerta se abre. Noto una mano en la parte baja de la espalda, rápida y firme.

Un empujoncito de ánimo que me impulsa hacia una sala llena de gente y salgo del trance cuando alguien carraspea.

Nunca en mi vida me había costado tanto volver a la realidad, pero ese asunto me supera por completo.

Cada segundo que pasamos ahí es un segundo perdido, y esto ya se ha convertido en una carrera contrarreloj.

«Inhala confianza, exhala incertidumbre».

Puedo hacerlo.

—Atención todo el mundo. Esta es Quincy Monroe —dice Sebastian—. Tiene un doctorado en Ciencias Atmosféricas y fue la primera de su promoción. —Me mira y esboza una sonrisa cómplice—. Quiere decirnos algo.

—Hola. —Saludo torpemente al grupo con la mano—. Siento interrumpirles, pero me gustaría enseñarles algo—. Señalo el portátil que está abierto en la parte delantera de la mesa—. ¿Puedo?

—Por supuesto —dice uno de los hombres.